lunes, 27 de enero de 2014

La Morada de la Guardia yXI

La batalla había acabado y nadie, ni los más avezados en los estudios de los astros y el curso de los ciclos supieron calibrar cuanto tiempo había durado. Habría sido todo un logro para ellos, pero, dicen las leyendas, que por aquellos días, en que los Anthronai vieron como su Guardia Dorada construía mientras se enfrentaba a las hordas de Caos, el tiempo no funcionaba como era debido. Incluso Lesskin mantiene que estaba detenido porque el viejo dios que lo lleva en oriente le estaba haciendo un favor a la anciana con la que comparte la eternidad para que esta pudiera enseñarle una extraña lección a una triste princesa de Tezara. Pero quien puede creer a Lesskin. También mantiene que el hecho de que mil Haddonel estallaran en llamas justo en el momento en el que él agitó su pañuelo y estornudó es una simple casualidad incompresible.

- Ves – dijo el curioso personaje mientras quitaba los restos de la piel de un Haddonel de las hombreras de su guerrera, que había surgido como siempre de la nada- no ha sido tan difícil-.

- ¿Qué no ha sido… -la rabia de Ephiné se contuvo cuando vio la sonrisa de Endronel. Él también sabía lo que había que saber de Lesskin. Los aprendices reían a carcajadas. Ellos acababan de aprenderlo.

- Es hermoso -comentó el hombrecillo, ignorando las risas, la sonrisa y la rabia- Os ha quedado bonito.

Fue entonces cuando, por primera vez desde que los vestigios de Caos abandonaron el valle de La Construcción, desde que La Remonta cerró su brecha con la columna levantada por ella, desde que Endronel y los aprendices protegieron sus pilares, Ephiné miró más allá de su propia lucha, de su propio trabajo, de su propia desesperación, de su propia derrota.
Y lo que vio la dejó atónita. Tal fue su alegría y su sorpresa que Sideria considero seriamente volver a abrir de nuevo las puertas de Tannhauser. La madre Desmedida es conocida universalmente por lo mudable de sus sentimientos y lo dúctil de sus decisiones.
Un inmenso edificio se extendía más allá de la vista y ella estaba dentro. Estaba compuesto por estancias de todo tamaño y de formas geométricas distintas. Triángulos, cuadrados, rectángulos, hexágonos y algún que otro historiado dodecaedro. Las gentes del oriente tienden a complicar las cosas incluso en las construcciones de emergencia.
Estaban cubiertas por techos de toda forma y condición; desde las bóvedas infinitas hasta simples tejados a dos aguas, tejados puntiagudos, techos planos, conos de paja y semiesferas de cristal, pero lo que mas maravillaba a Ephiné no era lo que veía, no era lo que La Guardia y sus refuerzos de entre los Anthronai habían conseguido construir en mitad del ataque de Caos, en mitad de la muerte y de la sangre. Lo que más sorprendida la dejaba era lo que habían conseguido evitar.
Todas y cada una de las estancias, desde la más pequeña levantada por los aprendices hasta la más magnifica, que tenía la rúbrica inequívoca del Máximo Guardián y su estirpe, eran diáfanas. Ni una sola columna central cortaba el paso, impedía la vista, cerraba el espacio. Todas las habitaciones, las salas y los salones se apoyaban sobre columnas que a la vez formaban parte de otras estancias, se apoyaban en ellas y las daban sustento.
Por primera vez desde que el Jinete Despiadado les arrojara al mundo a construirse; por primera vez desde que el Hechizo Primigenio arrancara sus vidas y sus almas de sus cuerpos y les obligara a construir sus moradas para levantar sus corazones, y albergar sus esencias, los Anthronai habían construido una edificación que no se tenía a si mismos como centro, que no les obligaba a apoyarse en si mismos para mantenerla, protegerla y resguardarla.
Por primera vez desde que Caos dejara su morada de lava y entregara el universo a los que sienten, La Guardia Dorada tenía una morada.

Los clérigos, los magos y las brujas no perdieron el tiempo en cambiar de postura cuando contemplaron a La Guardia apostada en los muros trasparentes de su nueva residencia. Anunciaron que los presagios eran favorables, proclamaron que sus rezos habían sido escuchados, gritaron que sus ritos eran necesarios, anunciaron que sus palabras eran necesarias para traer la vida a tan gloriosa edificación.
El Guardián Máximo torció el gesto, El Comandante de La Guardia bufó con desagrado, El Comandante de La remonta sonrío socarronamente. La Guardia Dorada río abiertamente a carcajadas. La risa es el único remedio para el ridículo de aquellos que quiere medrar a cualquier precio, incluso a costa de ellos mismos.
Pero no hicieron falta. La luz anegó las estancias y se instaló en cada una de ellas, sin necesidad de sacrificio animal alguno; los olores de flores y de brisas se instalaron en cada una de las ventanas, de los cristales y de las puertas sin necesidad de plegaria ninguna, los vientos de las cuatro estaciones habitaron y recorrieron la inmensa construcción sin que la sangre ni la henna fueran necesaria para convocarlos. Las almas y las vidas de La Guardia ya estaban allí, las gemas preciosas que albergaban sus corazones no necesitaron guía ninguna para encontrar el camino. El reguero de retazos de Caos muertos en la batalla fue faro suficiente.

- No podéis rendiros, no podéis permitiros el lujo de morir –sonrió Lesskin- Ese es vuestro lema. Deberíais haber comprendido hace tiempo el motivo. Dicho lo cual se perdió más allá del cristal que marcaba la pared exterior de la Morada de La Guardia, de la morada de Ephiné. Una pared transparente que protegía pero permitía ver el mundo.

- ¿Y ahora qué?  -la pregunta de Ephiné lanzada a la figura que se marchaba era un reto. Quien nace retadora no deja de serlo por una batalla y un milagro-

- No sé –y la voz que respondió no era la de Lesskin- Supongo que tendrás que salir a por ellos o dejarles entrar- Y la respuesta también era un reto.

Alguien que se ha negado a ser dios no deja de ser retador por una batalla y un milagro. 
Aunque sea uno suyo.


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