Los hados fallan pero no se rinden.
Y ocurrió que el rey, desesperado por las imágenes que era
incapaz de recordar; angustiado por las sombras que se dibujaban cuando
intentaba atisbar el horizonte de las tierras que habían sido suyas, agotado de
intentar olvidar su derrota y su traición sin lograrlo, primero pidió, luego
suplicó y, finalmente, exigió a gritos un solaz, un descanso.
Y como suele ocurrir, sus servidores entendieron mal su
exigencia.
El rey quería silencio y llenaron el castillo de música y
canciones; el rey ansiaba paz y rodearon su lecho de juegos y espectáculos. El
monarca clamaba por la soledad y le buscaron una puta.
La cortesana, la más bella cortesana que pudieron encontrar,
llego atravesando el Valle de Fuego en un carruaje dorado tan brillante como
sus ojos. Se acercó hasta el lecho del rey y le sonrío, esperando recibir los
deseos de su contratador.
Pero lo que recibió fue una pregunta. Era la mejor
cortesana, así que podía contestar preguntas y sabía hacerlas. Y era súbdita del rey así que tenía el
derecho a contestar con la verdad. Y lo hizo. Las putas eran las únicas que
seguían sin rendirse. Ellas y La Guardia
- ¿Cómo sigue el reino? -preguntó el monarca tras mucho
tiempo de admirar la belleza de la mujer-.
- Tu recuerdo nos está matando –y la sinceridad sonó como un
derecho ganado por la sangre. Como era súbdita también tenía derecho a
preguntar. Como era puta se había ganado el derecho a una respuesta- ¿Por qué
sigues vigilándonos?
- Intento recordaros –gimió el monarca-, no vigilaros.
- Nosotros tratamos de olvidarte, pero no lo logramos, pero
claro nosotros seguimos en el mismo sitio. Tú te marchaste –y el reproche
también era su derecho- - ¿Por qué
quieres recordarnos si te marchaste? ¿Por qué no te vas del todo?
Fue entonces cuando los hados hicieron lo que tenían que
hacer. Fue entonces cuando el rey recordó los campos, las praderas, las
fiestas, los torneos, las celebraciones, las batallas, los honores, las
hambrunas, las rebeliones, las
audiencias, las discusiones, los castigos. Fue cuando recordó las tabernas, las
cámaras del tesoro, las celdas, los templos, las villas, las cuadras, los
palacios y las pocilgas. Fue cuando de nuevo fue capaz de poner rostro a los
caballeros, a las damas, a los sacerdotes, a los herreros, a los campesinos, a
los comerciantes, a los clérigos. Fue cuando recordó a La Guardia y a las
putas.
Y el rey sonrió como no lo había hecho desde que yaciera en
su lecho de ónice y cristal. Entonces creyó comprender
- Parece – y su sonrisa volvió por fin a torcer su bello
rostro aristócrata- que no se marcharme del todo.
- No –corrigió la cortesana a la que la sonrisa era incapaz
de torcerle el rostro- Lo que parece es que hasta ahora no has sabido regresar.
Los hados hicieron su trabajo, la Guardia hizo su trabajo,
las putas hicieron su trabajo y el rey, por fin, hizo su trabajo. Dejó de
recordar.
El recuerdo, por dulce que sea, resulta mortal cuando es
innecesario. Hasta los dioses saben eso. Los clérigos no, pero los dioses sí.
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