miércoles, 29 de enero de 2014

El Rey y su Recuerdo yII

Los hados fallan pero no se rinden.
Y ocurrió que el rey, desesperado por las imágenes que era incapaz de recordar; angustiado por las sombras que se dibujaban cuando intentaba atisbar el horizonte de las tierras que habían sido suyas, agotado de intentar olvidar su derrota y su traición sin lograrlo, primero pidió, luego suplicó y, finalmente, exigió a gritos un solaz, un descanso.
Y como suele ocurrir, sus servidores entendieron mal su exigencia.
El rey quería silencio y llenaron el castillo de música y canciones; el rey ansiaba paz y rodearon su lecho de juegos y espectáculos. El monarca clamaba por la soledad y le buscaron una puta.
La cortesana, la más bella cortesana que pudieron encontrar, llego atravesando el Valle de Fuego en un carruaje dorado tan brillante como sus ojos. Se acercó hasta el lecho del rey y le sonrío, esperando recibir los deseos de su contratador.
Pero lo que recibió fue una pregunta. Era la mejor cortesana, así que podía contestar preguntas y sabía hacerlas.  Y era súbdita del rey así que tenía el derecho a contestar con la verdad. Y lo hizo. Las putas eran las únicas que seguían sin rendirse. Ellas y La Guardia
- ¿Cómo sigue el reino? -preguntó el monarca tras mucho tiempo de admirar la belleza de la mujer-.
- Tu recuerdo nos está matando –y la sinceridad sonó como un derecho ganado por la sangre. Como era súbdita también tenía derecho a preguntar. Como era puta se había ganado el derecho a una respuesta- ¿Por qué sigues vigilándonos?
- Intento recordaros –gimió el monarca-, no vigilaros.
- Nosotros tratamos de olvidarte, pero no lo logramos, pero claro nosotros seguimos en el mismo sitio. Tú te marchaste –y el reproche también era su derecho-  - ¿Por qué quieres recordarnos si te marchaste? ¿Por qué no te vas del todo?
Fue entonces cuando los hados hicieron lo que tenían que hacer. Fue entonces cuando el rey recordó los campos, las praderas, las fiestas, los torneos, las celebraciones, las batallas, los honores, las hambrunas, las  rebeliones, las audiencias, las discusiones, los castigos. Fue cuando recordó las tabernas, las cámaras del tesoro, las celdas, los templos, las villas, las cuadras, los palacios y las pocilgas. Fue cuando de nuevo fue capaz de poner rostro a los caballeros, a las damas, a los sacerdotes, a los herreros, a los campesinos, a los comerciantes, a los clérigos. Fue cuando recordó a La Guardia y a las putas.
Y el rey sonrió como no lo había hecho desde que yaciera en su lecho de ónice y cristal. Entonces creyó comprender
- Parece – y su sonrisa volvió por fin a torcer su bello rostro aristócrata- que no se marcharme del todo.
- No –corrigió la cortesana a la que la sonrisa era incapaz de torcerle el rostro- Lo que parece es que hasta ahora no has sabido regresar.
Los hados hicieron su trabajo, la Guardia hizo su trabajo, las putas hicieron su trabajo y el rey, por fin, hizo su trabajo. Dejó de recordar.
El recuerdo, por dulce que sea, resulta mortal cuando es innecesario. Hasta los dioses saben eso. Los clérigos no, pero los dioses sí.

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