- Perdonad, perdonad -dijo una voz aflautada hasta el límite
mismo de la estridencia ante la consternación general – Pero sé que todos estos
rituales vuestros me provocan unos cambios de humor demasiado bruscos. Luego
contrajo el entrecejo, entrecerró sus ojos ambarinos y adoptó una actitud de
fingida concentración – Abrahaj nabral, urbal vesar, dojier ciembe ¿era así,
no?, ¿o ese era el conjuro de la creación? ¿Cómo se llamaba aquel tipo tan
simpático que me lo enseñó? -el personaje miró con intensidad a los anonadados
hechiceros mientras se rascaba el pelo con uno de sus delicados dedos- Si hombre
ese que perseguía a las doncellas en los Lagos ¿o era el que se empeñaba en
cambiar de color? Ese que primero era gris luego negro, luego rojo, luego
blanco. No, no. Creo que estoy mezclando dos gamas cromáticas. ¿Raisdalf?,
¿Gandtlin? Nunca entenderé por los magos tienen nombres tan complicados de
recordar.
Sin esperar respuesta se encaminó hacia la puerta de entrada
de la morada de Ephiné e hizo lo que nadie había pensado, intuido o imaginado
hacer hasta la fecho. La atravesó. Mientras entraba en la construcción que
debía albergar el alma y la vida de la arquera habló sin volverse a la atónita
concurrencia.
- Haz acampar a tus hombres –le aconsejó al comandante de La
Remonta de La Guardia Dorada-, me temo que esto va para largo.
Contra todas las expectativas y revisiones, contra toda
lógica, el comandante le hizo caso con una sonrisa dibujada en el rostro.
Mientras esto sucedía
a su alrededor, Ephiné era ajena a todo ello.
Permanecía ignorante de las
alianzas y los enfrentamientos; se mantenía al margen de las ayudas y las
inquinas, las desidias y los apoyos, las críticas y las voluntades. Ignoraba
que La Guardia había acampado frente a la puerta inconclusa de su morada y que
los señores arcanos del Hechizo Primigenio habían hecho de su miedo su bandera.
Resistía, como hace cualquier miembro de la elite dorada de
los Anthronai, pero lo hacía sola, como nunca lo había hecho antes ninguno de
los guerreros del llanto, de los seres vivos que defendían el derecho del resto
de los suyos a construirse una vida.
Sus ojos estaban fijos en el barniz de la columna que
sustentaba su pírrica construcción, sus brazos, agotados y tensos de tanto
esfuerzo y trabajo continuado sin recompensa, abrazaban el anguloso diámetro
del pilar en un intento de abarcarlo, de apretar su vida y su alma contra su
pecho.
Cada desconchón en una pared era una tragedia más relevante
que la misma Guerra de los Dioses; cada fractura en una de las losetas del
suelo era un drama de mayores proporciones que la supervivencia del Invisible;
cada sonido interior de la columna, cada resquebrajamiento, cada crujido, cada
traquido sonaban a sus oídos como el más furioso grito de los Lorhim, como el
más insoportable llanto de un niño, como el más tenebroso susurro de la muerte.
Quizás fue por ello que no escuchó los pasos melifluos y
silenciosos del fieltro de los escarpines del hombre que, sin permiso ni orden,
penetró en su morada. Tal vez fue ese el motivo deque no le viera acercarse y
sentarse junto a ella en un cojín de plumas que apareció de la nada justo
cuando su huesudo trasero iba a aposentarse en el desvencijado firme de la
morada de Ephiné.
Quizá fuera por eso o porque las lágrimas que arrasaban sus
ojos no le permitían ver absolutamente nada. Ni siquiera a sí misma.
- Has liado una buena –le saludó la estridente voz mientras
su propietario mullía el almohadón con las nalgas como una gallina buscando
acomodo para empollar un huevo. Ephiné se sobresaltó y miró de frente a su
indeseado interlocutor.
- Ya sé que no debería estar aquí –dijo el hombrecillo- Ya sé
que incumplo no sé cuántas leyes de los Anthronai y que técnicamente que no
puedo estar aquí porque aunque estás viva no has construido tu vida y todas
esas sandeces filosóficas que se han inventado esas viejas desdentadas ¿Por qué
las brujas no pueden ser atractivas, jóvenes y bellas, como la Bruja de Caos?
Bueno, a lo que íbamos. Ya sé que no quieres que esté aquí y todas esas cosas,
así que vamos a lo esencial, si te parece, claro está.
Ephiné abrió la boca para hablar pero apenas pudo coger
aire. Tan sólo un hipido quejumbroso y efímero salió de su boca antes de que el
hombrecillo la interrumpiera mientras se colocaba el encaje de su manga.
- Ahórrate esa cara de sorpresa y tú próxima pregunta. Sabes
perfectamente lo que has pensado y ya sabes que lo que se piensa se dice. No
hay diferencia ¿es que no os enseñan nada en esa Guardia tuya?
- No había pensado eso -replicó Ephiné sin saber por qué de
repente estaba a la defensiva, sin comprender el motivo que la impulsaba a
contestar a alguien con quien no quería hablar - ¿Quién… - no terminó la
pregunta. No hizo falta. La Guardia sabe cosas que otros ignoran. La Guardia ha
visto el rostro de Akhran. La Guardia ha llorado al nacer.
- Estupendo eso me evita tener que hacer mi preciosa
presentación. No me malinterpretes, adoro hacerla, me ha costado mucho tiempo y
esfuerzo refinarla, pero en este entorno sería…, digamos peligroso alzarse de
forma repentina y mi reverencia final exige precisamente ese movimiento en
concreto para alcanzar toda su fuerza expresiva.
- No puedes ser Él. Las leyendas dicen que pereciste en el
Duelo del Forjador. Las historias dicen que estás muerto.
- Es curiosa la ironía. Yo oí por ahí que estabas viva.
Es posible que Ephiné reaccionara ante el ataque de Lesskin
o es posible que lo hiciera ante la carcajada de Akhran o ante el alzamiento
preocupado de cejas de Heraiah o ante la sonrisa del Príncipe Tenebroso o ante
el giro de cuello sorprendido de Okocha. Pero, según los que saben de esto, los
que atisban más allá de donde miran los demás, es harto improbable que Ephiné
fuera capaz de percibir los ritmos y los gestos de aquellos que ven en todas
partes y escuchan en todos los tiempos, así que lo más factible es que la
arquera dorada tan sólo reaccionara ante su rabia.
- ¡Lo estoy! ¡Siempre lo he estado! ¡Lloré al nacer y soy
miembro de La Guardia Dorada! – sus gritos retumbaban contra las paredes, sus
lágrimas rebotaban contra el suelo. Su dolor rebotaba contra ella misma- No
puedes venir a mi morada y decirme que estoy muerta. Soy el único miembro de La
Guardia que ha podido construirla.
- Disculpa, disculpa –Lesskin se limpiaba las salpicaduras
de lágrimas del jubón granate con un pañuelo de raso que, como era tendencia
habitual en todos sus complementos, había salido de la nada- No era mi
intención ofenderte. Es que como te empeñas en actuar como si estuvieras muerta…
Una vez conocí a un hombre muerto que seguía metido en su armadura y se negaba
a estar muerto. Me recuerdas mucho a él. Bueno, el tenía barba, había sido
expulsado del vientre de un dragón y era algo rechoncho, en eso no os parecéis,
pero…
- Yo no…

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