domingo, 26 de enero de 2014

La Morada de la Guardia VII

Ephiné no pudo terminar la frase. Gritó cuando las paredes de su morada desaparecieron. La magia del Duque de Randuelles, si es que existe ese título en alguna carta nobiliaria, es tan repentina como efímera. No precisa de signos ni de invocaciones, de ritos ni de mantras, de rezos ni de plegarias. Algunos dicen que no precisa de los dioses. Claro, que algunos también dicen que no existe.
Más allá de donde deberían estar los muros, de donde deberían alzarse las paredes que su esfuerzo, su desesperación y su obstinación habían logrado construir y mantener estaba La Guardia, acampada y paciente, estaban los magos, iracundos y temerosos, estaban las brujas, aterradas ante el acero de las armas y la decisión de las miradas de sus antagonistas, solamente aterradas, estaba la muchedumbre que había dejado de construir o mantener sus moradas, sus palacios, sus chozas o sus villas. Más allá de los muros que mantenían el refugio de Ephiné estaban los Anthronai.
- Parece que mi vida se ha convertido en un espectáculo. Parece que la has convertido en un circo -se quejó la arquera apartando los brazos de la columna y alzándolos al cielo-.
- No te ven, no pueden hacerlo. No saben donde mirar porque tú no les miras a ellos –y por primera vez la voz de Lesskin sonó triste, sonó cansada, sonó como si le hablara a un planeta errabundo- Mira más allá. No son ellos a los que tienes que ver.
Ephiné hizo caso. No tenía porque hacerlo. Podía invocar su derecho a mantener su morada por si misma, a apartar de su residencia cualquier cosa o persona que no quisiera que estuviera en ella. Era la ley. Pero no lo hizo. Pensó que tal vez esa ley no funcionara con Lesskin. Si es que ese insoportable y cambiante individuo era en realidad el ser que se suponía que había visto morir a los mil dioses y conducido a la Hija de Caos al amor.
- No deberías pensar tan alto –se quejó el petimetre tapándose suavemente los oídos con las manos – eso puede llegar a ser un problema.
La arquera ignoró el comentario con un bufido y se concentró en mirar más allá de la gente. Tardó en descubrir que es lo que estaba buscando, pero cuando lo encontró supo que era eso y ninguna otra cosa el objeto de su atención. Cuando encuentras algo siempre tiendes a pensar que es exactamente lo que estás buscando. Todo el mundo lo hace. Todos salvo los dioses y los clérigos. Los primeros nunca saben lo que encuentran y los segundos nunca saben lo que buscan. Por eso se llevan bien.
Eran los surcos. Tenían que ser los surcos.
Entre la gente, más allá de sus muros había surcos. Unos surcos en el suelo que no deberían estar allí, unos surcos que ella había borrado con cada fracaso, con cada derrumbe, con cada nuevo intento. Las marcas que en la tierra que habitaban los Anthronai habían dejado sus sucesivos intentos de construir su vida; las heridas que en el sustrato sobre el que se construye la vida habían marcado sus fracasos.
Se dibujaban paralelos, rectos, ordenados hacia dentro. Como una colección de lanzas tendidas sobre el suelo, como rectas varas de avellano ordenadas en la puerta de la casa de un hacedor de flechas. Cada vez más cercanas, cada vez más reducidas.
- Te das cuenta – no era una pregunta y no obtuvo respuesta. A esas alturas Ephiné ya se había acostumbrado a que sus pensamientos fueran su respuesta.
Cada fracaso, cada edificio derruido por el viento o el calor, por el frío, el ataque del fuego o la desidia de aquellos que habían podido o querido ayudarla, provocaba que la línea que marcaba los muros y los cimientos del siguiente fuera más corta, más reducida, más cercana al centro. Cada fracaso limitaba las posibilidades de construcción del siguiente intento, lo convertía en algo más concentrado. Los espacios eran mas pequeños, las distancias más cortas y eso obligaba a que los muros fueran más estrechos y los techos más bajos. Ephiné descubrió lo que en realidad ya sabía. Cada fracaso le dejaba menos espacio para construir su vida.
- Abarcabas el universo y pretendes reducir tu vida a diez baldosas, ¿Cómo has llegado a esto? -la pregunta laceró el corazón de Ephiné, aunque este aún estaba escondido en algún lugar del mundo en una gema hermosa y brillante- La arquera iba a responder que ella nunca había abarcado el universo, que no podía hacer otra cosa, cualquier cosa para convertir en rabia su agonía, en ataque su derrota, en resistencia su rendición. Pero una segunda voz la interrumpió de nuevo.

- No se lo tomes en cuenta –la voz era profunda y llego acompañada de un cuerpo enfundado en negro y plata y de un viento cálido y tumultuoso- Lesskin lleva demasiado tiempo hablando con las estrellas como para ser diplomático – Esa no es la primera pregunta, pero desde luego tampoco es la última –dicho lo cual, El Jinete que no Quiso ser Dios, apoyó la mano sobre el pomo de su alfanje y sonrió como si supiera todo lo que ocurre en el universo.
- ¿Qué haces tú aquí? –preguntó ofendido Lesskin, moviendo el dedo índice delante de su cara. Luego agitó la mano en el aire – No se supone que estabas peleándote con alguna de tus madres.
- Te vi bostezar y sentí auténtico pánico, querido –Contestó El Señor de Los Vientos mientras se sentaba en el suelo- Creo recordar que tus siestas causan muchos problemas
- ¡Para un marido que maté, haceviudas me llamaron! –Y Lesskin se agarró la cabellera en un remedo de auténtica aflicción- Nada cuentan todos mis esfuerzos, toda una existencia consagrada al servicio de – Soltó un hipido tan falso como su agonía-, Echas una cabezadita y…
- Disculpad si interrumpo -Ephiné alzó de nuevo los brazos al cielo pero esta es mi casa y…
- Esencialmente, sí -contesto Akhran sin dejar de sonreír-.
- Técnicamente, no -contradijo Lesskin-
- Me da igual –se volvió sin miedo al dios errante aunque le había reconocido- Di lo que hayas venido a decir y márchate.

No he venido a decir nada. He venido a preguntar. Lesskin tiene verdaderos problemas para hacer las preguntas correctas cuando conoce las respuestas, es decir, la mayoría de las veces. Olvida que los mortales y sobre todo los Anthronai no son como él.
Entonces Lesskin desapareció, la casa desapareció, el mundo desapareció. Hasta Ephiné tuvo la sensación de desaparecer entre la tormenta de arena viento y calor que se había desatado. Incluso Akhran desapareció. Sólo quedo una voz que no era su voz. Una voz que podría ser la voz del cielo o del infierno, que podría ser la voz de un dios o de un demonio. Que podría ser la voz del mundo.
- ¿Qué? –preguntó la voz y su eterno eco reiterándose en los oídos de Ephiné hizo innecesario que fuera repetida porque estaría siendo pronunciada eternamente.
Y la arquera dorada lo vio. Como había visto los surcos cuando Lesskin se lo pidió, como había observado al cielo cuando su compañero de obras se lo exigió. Por enésima vez en esa aciaga jornada lo vio.
Vio los materiales de su casa, de la morada que su esfuerzo y su agonía, pero los vio más allá de la piedra, más allá de la argamasa, el ladrillo, el cristal, el ónice o el metal. Los contemplo por dentro. Observo las esencias que bailaban en su interior, que se arremolinaban esperando a ser liberadas con el mágico rito que los hechiceros y las brujas guardaban en secreto a sangre y fuego.
Eran elementos traídos de las tierras donde la bruma, la lluvia y el frío de las gentes atoran las almas y las hacen mirarse exclusivamente a si mismas. Como todo el mundo, como cualquier Anthronai hubiera hecho, Ephiné había utilizado los materiales conocidos y repetidos para su morada y en su caso eso era parte del problema.
- Tu lloraste al nacer, ¿acaso lo olvidaste? –La voz de Lesskin se alzó por encima de la tormenta y luego calló mientras la guerrera se daba cuenta de que nada que proviniera de esas tierras podría nunca albergar su esencia. Ella no tenía el alma brumosa, no poseía esa ductilidad de los materiales norteños que les permitía doblarse hacia dentro con la facilidad de ignorar todo lo que causaran en el exterior, de mantener apartado todo aquello que no contribuía al mantenimiento de sus fachadas y a la vacuidad de sus interiores. Esos materiales no le servían porque ella había llorado al nacer. Ella estaba viva.
- Yo no lo pedí –se quejó en silencio sabiendo que su queja llegaría a sus desaparecidos interlocutores.

- Nadie lo pide. Pero lloraste al nacer, naciste viva y eso te impide estar muerta. Tu vida no puede construirse con esencias que tienen la muerte como destino y premio. Yo tampoco pedí ser dios, tampoco pedí ser Lesskin – Y por un momento Ephiné no supo cuál de los dos personajes invisibles había contestado a su muda afirmación que era una pregunta. Tampoco le importó-.

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