En la primavera del año 531 antes de que el cometa que
siempre vuelve fuera visto en la siempre mística ciudad de Belén, 10.000
griegos cantaban y marchaban con las espadas afiladas y los bolsillos llenos de
oro en dirección al corazón del Imperio Persa. La suya era una marcha triunfal
destinada a la historia, la gloria y la victoria. La Sibila lo había dicho y la
Sibila nunca mentía. Los dioses sí, pero La Sibila no.
Los diez mil dejaron de cantar cuando pasaron por Frigia y
el pan se pudrió; dejaron de sonreír cuando atravesaron Licaonia y la
enfermedad les acechó; dejaron de confiar cuando recorrieron Capadocia y el
agua escaseó. Los diez mil griegos que estaban destinados a la victoria
llegaron hasta Tarso y allí se rebelaron.
Pero La Sibila había hablado y nadie lleva la contraria a La
Sibila. La expedición estaba destinada a la Victoria, así que pidieron más
sueldo, llenaron sus odres, salaron su caza y volvieron a avanzar cantando
hasta que el rey Ciro, que les pagaba para seguir siendo rey, murió a manos de
su hermano.
Los soldados sabían parte de la profecía, como suele
ocurrir, sólo lo que les hacía falta. Los generales conocían gran parte de las
palabras de La Sibila, como es habitual, sólo las que querían saber. Jenofonte
conocía el augurio en su conjunto: “los que recorran dos veces el camino han de
morir; victoriosos saldrán si marchan con corona”.
El rey, que ya lo era de Persia sin el apoyo de los 10.000,
les exigió rendirse. Pero, desde las Thermopilas, los griegos no se planteaban
rendirse ante los persas. Y volvieron.
Jenofonte desafió el oráculo y volvió. Giro sobre sus pasos
y emprendió un retorno en el que los persas le pisaban los talones y su
ejército no había sido derrotado porque no había entrado en combate.
Le ofreció su ejército al rey de Corinto y este lo rechazó;
le prestó sus armas al monarca de Tracia y este las ignoró; puso a sus
mercenarios a las órdenes de la corona de Macedonia y Macedonia no les dejó atravesar su
territorio. “Los que recorran dos veces el camino han de morir” A esas alturas
las palabras de La Sibila resonaban en los oídos y el miedo de todos los
monarcas del mundo heleno.
Un año y tres meses después, los diez mil estaban a las
puertas de Tebas. Su príncipe, expulsado por los persas, aceptaba su ayuda
porque ya estaba derrotado y los diez mil de Jenofonte, contra el oráculo de La
Sibila, entraron en batalla y contra el oráculo de La Sibila barrieron del
campo a los persas y sus aliados.
Dos jornadas después, el ejército se desmovilizó frente a
las puertas de Atenas, donde ningún ejército griego ha entrado nunca armado.
En Delfos una sibila agonizaba mientras le dejaba su puesto
a su heredera. Muchos en Grecia mantenían que por primera vez había fallado,
pero ella sabía que no.
El príncipe tebano llevaba y defendía su corona Y volver al
origen no significa necesariamente recorrer de nuevo el mismo camino.
Jenofonte, en busca una corona para su ejército, le había devuelto a casa por
un itinerario diferente.
La máscara de oro de la nueva sibila ahogo en parte su risa:
“Volver en ocasiones es la forma más recta de avanzar”. El hombre rico que
había pagado la mitad de su fortuna por escuchar El Oráculo de Delfos. No
entendió las palabras. No iban dirigidas a su persona.


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