Cuando Akhran, la divinidad que no quiso serlo, era dios,
hizo lo que ningún dios había ideado en su magnificencia, lo que ninguna diosa
había consentido en su desmedida grandeza, lo que ninguna deidad había
concedido en su misericordia ni había exigido en su cólera. Lo que El Invisible
que sobrevivió a la Guerra de Los Mil Dioses ni siquiera podía concebir en su
miedo presciente.
Permitió a los seres construirse a si mismos.
Pero El Jinete de Todos Los Vientos era un ente salvaje. Así
que no impuso normas, no fijó formas, no compartió su sabiduría con hombres ni
con bestias. Se limitó a desear suerte a los primeros de los suyos y partió a
recorrer el desierto que en otro tiempo había creado como un vergel.
Condenó a los humanos a hacerse a si mismos y luego rió y se
marchó en busca de su hermano.
Fue entonces, en los tiempos en los que los mil dioses eran
niños en el vientre de Sideria, en los que los planetas se formaban y las
montañas se fundían, cuando los Anthronai, los primeros de los seres que tuvieron
corazón y alma, los primeros de aquellos que sentían más allá de sus
necesidades, los primeros humanos, tuvieron que hacer una elección.
Pero antes de hacerla intentaron todo lo posible para poder
eludirla. Intentaron no construirse, quedarse quietos en espera de que las
cosas ocurrieran por si mismas, en espera de que sus almas crecieran por
inercia y sus corazones amaran por costumbre. Esperando que la vida pasara sin
vivirla. Varias generaciones de Anthronai se perdieron es ese experimento y los
pocos que quedaban decidieron que había llegado el momento de hacer algo. Que
la orden del Errante Eterno les forzaba
a la acción, les impedía la pasividad.
Después de que sus sacerdotes murieran de ancianidad y desesperación sin recibir una sola
respuesta del Dios Salvaje a sus plegarías; después de que sus tribus se
disgregaran buscando tierras que estuvieran más cerca de una deidad que no
dejaba de moverse para escapar de ellos; después de que sus hijos nacieran y
murieran sin nombre y sin lágrimas porque nadie ni nada sabía la forma de
construirles, recurrieron a lo único que les quedaba. Se volvieron a la magia.
Sus hechiceros y brujas se pusieron a ello. Debatieron,
discutieron, gritaron, se mataron, se revivieron y por fin se pusieron de
acuerdo sobre lo que era necesario hacer.
Luego repitieron el proceso sobre cómo hacerlo, cuándo
hacerlo y dónde hacerlo. Las discusiones de los eruditos siempre se repiten
hasta que deciden discutir sobre por qué están discutiendo y al final llegan a
un acuerdo.
Durante cuatro lunas y diez soles realizaron los más
complicados ritos, trazaron con henna en el suelo y con sangre en la piel los
más enrevesados signos mágicos, entonaron con sus gargantas y sus cuerpos las
más reiterativas y mareantes letanías y lograron lo que querían.
Encontraron la forma de que los humanos se construyeran a si
mismos. Sacaron sus corazones, sus almas y sus vidas de sus cuerpos y las
colocaron en otro lado, las repartieron por el mundo, las enquistaron en las
rocas y las imbricaron con la madera; las fundieron con el metal y las
diluyeron con el cristal.
Akhran se volvió un momento hacia ellos y rió ante tan
original idea.
Así comenzó la Era de La Construcción. Con los Anthronai
obligados a construirse desde fuera y la carcajada de un dios.
Así nació La Guardia Dorada. La que ya ni muere ni se rinde.
Durante la Era de La Construcción, los Anthronai nacían sin
alma, sin corazón y sin vida y tenían que forjárselas ellos mismos. Los magos
primigenios habían repartido todas esas esencias infinitas por el mundo y era
obligación de cada humano reunir las suyas.
La madera, la piedra, el metal, el cristal, la arcilla, la
cal… en todos y cada uno de esos elementos había esencia humana escondida,
agazapada, rabiosa por revertir el hechizo del concilio mágico que les había
condenado a refugiarse fuera de los cuerpos a los que pertenecían. Así que el
único camino para construirse que encontraron los Anthronai fue construir sus
moradas.
Hombres y mujeres, magos y sacerdotes, reyes y guerreros,
cosechadores y recolectoras, cazadoras y pastores, tenían que recopilar los
elementos de su morada y construirla con sus propias manos, tenían que
levantarla de la nada, como la vida había traído a los Anthronai desde el
vacío, como Akhran había hecho nacer un vergel del aire, como el amor
despertaba una mañana cualquiera desde el reino de los sueños.
Cuando la edificación estaba terminada, los magos rompían su
hechizo sobre ella. Nadie sabía como volver a hacerlo, pero el conocimiento de
cómo deshacerlo en un espacio concreto había sido mantenido parcialmente. Así
que la esencia del constructor le reconocía y abandonaba los lugares en los que
se hallaba encarcelada para acercarse a él. Muy grande y muy fuerte fue la
magia del concilio y resultaba imposible que volviera a los cuerpos. Pero se
asentaba en la casa y era devuelta a aquel que había conseguido construirse.
Mas el hechizo era tan impredecible como el dios cuya orden
cumplía.
Era impredecible. Los sabios decían que errático, pero no.
Sólo era impredecible, absoluta y totalmente impredecible.
Había hombres que acumulaban todo lo posible para construir
su casa, su morada. Demoraban la construcción de su alma y su corazón para tenerlos más
grandes, mas nobles, más impresionantes para los hombres y para los dioses,
empleaban los más caros materiales, importaban las más costosas maderas y la
más ricas piedras de cualquiera de los once puntos de la rosa de los vientos.
Y luego, cuando su palacio estaba concluido, cuando su
fortaleza estaba acabada, cuando su mansión se erigía conclusa y grandiosa,
gastaban lo poco que quedaba de sus pecunias en sacrificios propiciatorios,
empeñaban sus posesiones en pagar a los hechiceros y a las brujas para que repitieran una y otra vez hasta la
extenuación los rituales mágicos y no conseguían nada. Ni el más mínimo viento
animado fluía por las ventanas de sus mansiones, ni el más pequeño rayo de sol
se filtraba a través de los emplomados cristales de sus residencias. Ni la más
pequeña porción de sus almas anidaba en el sándalo oloroso de sus balaustradas
ni el mármol rosado de sus suelos.
Se contaban historias de mujeres que habían optado por la
belleza. Habían construido sus moradas, grandes o pequeñas, con las formas más
perfectas, las proporciones más correctas. Se habían esmerado en ajustar cada
curva, cada caída, cada plomada de sus construcciones de manera que despertara
la admiración con sólo verla, de manera que restara el aliento a los paseantes
y los visitantes con sólo contemplarla; de forma que nadie que fuera invitado a
entrar o residir en ella tuviese nunca la intención de abandonarla, de privarse
de la belleza exterior de sus formas y la suntuosidad interior de sus
contenidos.
Y después, cuando los místicos habían entonado el hechizo
primigenio que convocaba a las almas, los corazones y las vidas a las casas de
sus propietarios, habían sido invadidas por fétidos efluvios de podredumbre,
por sulfurosos vapores irrespirables, que hacían que nadie quisiera traspasar
el umbral de las mismas por mas que sus dueñas lo imploraran; por luces
pertinaces y deslumbradoras que provocaban que cualquier paseante se tapara los
ojos y apartara la vista de las fachadas para evitar que sus ojos quedaran
ciegos por el fulgor insoportable y excesivo.
Las dueñas de las segundas vivían entonces una existencia
insoportable deseando la muerte, mientras que los propietarios de las primeras
existían viviendo una muerte continua anhelando la vida.
Así era el hechizo del Jinete Errante. Así era su voluntad.
Así eran sus hijos.
Y luego estaba La Guardia.

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