domingo, 26 de enero de 2014

La Morada de la Guardia V

No hubo palabras, no hubo reproches, no hubo nada que tuviera que ver con la vida. Los dos constructores se despidieron en silencio y Ephiné se quedó sentada entre los muros destruidos de su último intento de morada, con la vida que tenía pero que no podía construir tan arrasada como los muros que la rodeaban, tan colapsada como la columna en la que se apoyaba, tan quebrada como el arco que había querido cobijarla.
Y en ese momento llegó, como la ola llega del mar y empapa la cara, como el viento llega de la montaña y corta los labios, como el rayo aterriza desde el cielo para forzar un fuego repentino.
- Si pedir ayuda no me sirve y recibir ayuda no me basta, no queda más remedio que no precisar ayuda –el pensamiento fue fuerte y definitivo. Fue sólo un pensamiento, pero eso no evitó que fuese dicho. Ephiné renunció a toda posibilidad de ayuda o de asistencia, a toda petición de socorro, a toda llamada de auxilio. Ephiné renunció a los Anthronai. Renunció a La Guardia.

Y así siguió con su tarea. Construyó un pilar tan bajo que el techo apenas superaba su cabeza y un techo semicircular que no ejercía casi presión sobre las paredes y esa construcción pareció resistir durante un tiempo.
Ephiné se dedicó a vigilar que nada ni nadie alterara ese delicado equilibrio que había logrado en su morada. Impedía acercarse a cualquier miembro de la Guardia por miedo a que moviera algo o que modificara el reparto de pesos y fuerzas de su morada.
Apenas dormía vigilando y revisando cada una de las cuatro caras del achaparrado pilar que era el centro de su casa, de su vida, de su alma. Los que deberían ser sus compañeros de armas eran enemigos de repente, amenazas que ponían en peligro su recién conseguida morada, su inestable pero erguida morada.
Esperaba que resistiera lo suficiente como para que los magos realizaran los arcanos procesos que permitieran definitivamente a los vientos y las luces de su alma y su vida habitar en esa residencia en la que el cielo estaba mucho más lejos que el cielo y en la que apenas podía levantarse la cabeza por miedo a romper alguna línea maestra que convirtiera la vida de Ephiné en escombros.
Como suele ocurrir en los casos en los que la vida lleva la contraria a los clérigos, estos se negaron a repetir los rituales. Argumentaron que no había precedente alguno en que los ritos de anidación de la vida se hubieran repetido para una misma persona.
Como es habitual cuando el presente desmiente a los profetas, los augures advirtieron de la multitud de desgracias y percances que caerían sobre los Anthronai si esos ritos volvían a hacerse para Ephiné
Como es tradicional cuando La Guardia Dorada sabe que algún Anthronai precisa de ellos se levantaron. Como suele ocurrir cuando quien necesita de ayuda es uno de los suyos, tomaron las armas.

La élite guerrera de los Anthronai se desplegó por la ciudad con la misma naturalidad con la que un mozo reparte la leche cada mañana, con la mima gracia con la que una dama acude a las ofrendas de primavera; con la misma precisión con la que una noria arroja el agua de sus baldes en una acequia.
Se desplegaron por las colinas en absoluto silencio; por los valles de forma invisible y por las murallas de forma tan ostentosa y desafiante que los habitantes de la ciudad creyeron por un momento que los N´garai había vuelto o que Caos había perdido el miedo a los guerreros de oro que les protegían. Se pusieron en armas con tanto sigilo y decisión que Sideria decidió posponer un ciclo universal más la apertura definitiva de Las Puertas de Tannhauser. Con tanta rabia que Aziel estuvo a punto de hacer sonar la alarma en Las Casas Celestes.
Con tanto descaro que Akhran aplaudió.
Sus mandos, empuñando sus espadas lacadas en negro y oro, caminaron despacio por las calles hasta el centro místico de la ciudad de los Anthronai. Para cuando llegaron a presencia del Arcano Supremo todos los habitantes habían dejado de construir sus casas, habían contenido el aliento hasta casi dejar de seguir vivos.
 - Se hará –el comandante de La Remonta se atusó el bigote después de hablar. No esperaba una respuesta. No había sido una pregunta-.
- Tú no puedes… - El Arcano Máximo estaba tan indignado como asustado, pero su miedo ganó por diez cabezas la carrera en su cuerpo cuando siguió con la mirada el gesto del comandante. A lo lejos, en las colinas, un guerrero dorado apuntaba su ballesta. Nadie en el mundo de los vivos o de los dioses tenía ninguna duda de que si se disparaba esa flecha alcanzaría pese al viento, la distancia y los obstáculos, el cuerpo del hechicero. La única duda era en que parte de su anatomía decidiría aquel guerrero, muy parecido, por cierto, a aquel que construyera su arco sobre la columna de Ephiné, rubricar la muerte del mago.
No se dijo más porque no era necesario decirlo. El comandante de la remonta sentía una gran tristeza porque Ephiné les hubiera dado de lado, sentía un profundo temor a que su actitud estuviera equivocada y estaba prácticamente seguro de que la arquera dorada nunca podría tener una morada, pero eso no iba a impedirle hacer lo que tenía que hacer. Le haría llorar y maldecir por las noches, pero si un miembro de La Guardia no se rinde, los demás no tiene derecho ni a pensarlo.
En esas estaba cuando la comitiva militar áurea se detuvo frente al templo de las brujas. Esas ni siquiera salieron a la puerta. Su jefa se asomó por la ventana para escuchar las palabras del líder de La Guardia Dorada.
- No consentiremos que no se haga lo que debe de hacerse- Dio media vuelta y no espero a recibir respuesta. Esta vez tampoco había sido una pregunta.
Y eso fue todo. La Guardia volvió al Campamento Dorado y los hechiceros y las brujas encontraron en un tiempo sorprendentemente corto la fórmula necesaria para repetir los rituales y se encaminaron hacia la achaparrada construcción que estaba destinada a ser la morada de Ephiné.
La guerrera no sabía nada de todo lo que había ocurrido. Simplemente esperaba cerrada y silenciosa entre los muros de su endeble construcción que llegara su corazón y su alma. Simplemente esperaba porque la construcción le había restado las fuerzas para cualquier otra cosa. Esperaba porque había dado la espalda a La Guardia para conseguir su morada. Esperaba porque no sabía o no quería saber que La Guardia no le había dado la espalda a ella.
Aún sin que Ephiné lo hubiera pedido o querido, aun sin que La Guardia lo hubiera planeado o lo hubiera deseado, la ayuda había llegado y los artífices de la disrupción de los Anthronai y sus almas estaban dispuestos a deshacer esa decisión en el caso de Ephiné.
Alrededor de su morada estaban, con los brazos alzados, los signos dibujados con henna en el suelo y con sangre en la piel,  y las invocaciones en la garganta, aquellos que podían darle por fin a Ephiné una forma a la vida que el señor de Los Vientos le había regalado con el llanto.
Todo estaba dispuesto y entonces alguien tosió, se atragantó y maldijo.

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