No hubo palabras, no hubo reproches, no hubo nada que
tuviera que ver con la vida. Los dos constructores se despidieron en silencio y
Ephiné se quedó sentada entre los muros destruidos de su último intento de
morada, con la vida que tenía pero que no podía construir tan arrasada como los
muros que la rodeaban, tan colapsada como la columna en la que se apoyaba, tan
quebrada como el arco que había querido cobijarla.
Y en ese momento llegó, como la ola llega del mar y empapa
la cara, como el viento llega de la montaña y corta los labios, como el rayo
aterriza desde el cielo para forzar un fuego repentino.
- Si pedir ayuda no me sirve y recibir ayuda no me basta, no
queda más remedio que no precisar ayuda –el pensamiento fue fuerte y
definitivo. Fue sólo un pensamiento, pero eso no evitó que fuese dicho. Ephiné
renunció a toda posibilidad de ayuda o de asistencia, a toda petición de
socorro, a toda llamada de auxilio. Ephiné renunció a los Anthronai. Renunció a
La Guardia.
Y así siguió con su tarea. Construyó un pilar tan bajo que
el techo apenas superaba su cabeza y un techo semicircular que no ejercía casi
presión sobre las paredes y esa construcción pareció resistir durante un
tiempo.
Ephiné se dedicó a vigilar que nada ni nadie alterara ese
delicado equilibrio que había logrado en su morada. Impedía acercarse a
cualquier miembro de la Guardia por miedo a que moviera algo o que modificara
el reparto de pesos y fuerzas de su morada.
Apenas dormía vigilando y revisando cada una de las cuatro
caras del achaparrado pilar que era el centro de su casa, de su vida, de su
alma. Los que deberían ser sus compañeros de armas eran enemigos de repente,
amenazas que ponían en peligro su recién conseguida morada, su inestable pero
erguida morada.
Esperaba que resistiera lo suficiente como para que los
magos realizaran los arcanos procesos que permitieran definitivamente a los
vientos y las luces de su alma y su vida habitar en esa residencia en la que el
cielo estaba mucho más lejos que el cielo y en la que apenas podía levantarse
la cabeza por miedo a romper alguna línea maestra que convirtiera la vida de
Ephiné en escombros.
Como suele ocurrir en los casos en los que la vida lleva la
contraria a los clérigos, estos se negaron a repetir los rituales. Argumentaron
que no había precedente alguno en que los ritos de anidación de la vida se
hubieran repetido para una misma persona.
Como es habitual cuando el presente desmiente a los
profetas, los augures advirtieron de la multitud de desgracias y percances que
caerían sobre los Anthronai si esos ritos volvían a hacerse para Ephiné
Como es tradicional cuando La Guardia Dorada sabe que algún
Anthronai precisa de ellos se levantaron. Como suele ocurrir cuando quien
necesita de ayuda es uno de los suyos, tomaron las armas.
La élite guerrera de los Anthronai se desplegó por la ciudad
con la misma naturalidad con la que un mozo reparte la leche cada mañana, con
la mima gracia con la que una dama acude a las ofrendas de primavera; con la
misma precisión con la que una noria arroja el agua de sus baldes en una
acequia.
Se desplegaron por las colinas en absoluto silencio; por los
valles de forma invisible y por las murallas de forma tan ostentosa y
desafiante que los habitantes de la ciudad creyeron por un momento que los
N´garai había vuelto o que Caos había perdido el miedo a los guerreros de oro
que les protegían. Se pusieron en armas con tanto sigilo y decisión que Sideria
decidió posponer un ciclo universal más la apertura definitiva de Las Puertas
de Tannhauser. Con tanta rabia que Aziel estuvo a punto de hacer sonar la
alarma en Las Casas Celestes.
Con tanto descaro que Akhran aplaudió.
Sus mandos, empuñando sus espadas lacadas en negro y oro,
caminaron despacio por las calles hasta el centro místico de la ciudad de los
Anthronai. Para cuando llegaron a presencia del Arcano Supremo todos los
habitantes habían dejado de construir sus casas, habían contenido el aliento
hasta casi dejar de seguir vivos.
- Se hará –el
comandante de La Remonta se atusó el bigote después de hablar. No esperaba una
respuesta. No había sido una pregunta-.
- Tú no puedes… - El Arcano Máximo estaba tan indignado como
asustado, pero su miedo ganó por diez cabezas la carrera en su cuerpo cuando
siguió con la mirada el gesto del comandante. A lo lejos, en las colinas, un
guerrero dorado apuntaba su ballesta. Nadie en el mundo de los vivos o de los
dioses tenía ninguna duda de que si se disparaba esa flecha alcanzaría pese al
viento, la distancia y los obstáculos, el cuerpo del hechicero. La única duda
era en que parte de su anatomía decidiría aquel guerrero, muy parecido, por
cierto, a aquel que construyera su arco sobre la columna de Ephiné, rubricar la
muerte del mago.
No se dijo más porque no era necesario decirlo. El
comandante de la remonta sentía una gran tristeza porque Ephiné les hubiera
dado de lado, sentía un profundo temor a que su actitud estuviera equivocada y
estaba prácticamente seguro de que la arquera dorada nunca podría tener una
morada, pero eso no iba a impedirle hacer lo que tenía que hacer. Le haría
llorar y maldecir por las noches, pero si un miembro de La Guardia no se rinde,
los demás no tiene derecho ni a pensarlo.
En esas estaba cuando la comitiva militar áurea se detuvo
frente al templo de las brujas. Esas ni siquiera salieron a la puerta. Su jefa
se asomó por la ventana para escuchar las palabras del líder de La Guardia
Dorada.
- No consentiremos que no se haga lo que debe de hacerse-
Dio media vuelta y no espero a recibir respuesta. Esta vez tampoco había sido
una pregunta.
Y eso fue todo. La Guardia volvió al Campamento Dorado y los
hechiceros y las brujas encontraron en un tiempo sorprendentemente corto la
fórmula necesaria para repetir los rituales y se encaminaron hacia la
achaparrada construcción que estaba destinada a ser la morada de Ephiné.
La guerrera no sabía nada de todo lo que había ocurrido.
Simplemente esperaba cerrada y silenciosa entre los muros de su endeble
construcción que llegara su corazón y su alma. Simplemente esperaba porque la
construcción le había restado las fuerzas para cualquier otra cosa. Esperaba
porque había dado la espalda a La Guardia para conseguir su morada. Esperaba
porque no sabía o no quería saber que La Guardia no le había dado la espalda a
ella.
Aún sin que Ephiné lo hubiera pedido o querido, aun sin que
La Guardia lo hubiera planeado o lo hubiera deseado, la ayuda había llegado y
los artífices de la disrupción de los Anthronai y sus almas estaban dispuestos
a deshacer esa decisión en el caso de Ephiné.
Alrededor de su morada estaban, con los brazos alzados, los
signos dibujados con henna en el suelo y con sangre en la piel, y las invocaciones en la garganta, aquellos
que podían darle por fin a Ephiné una forma a la vida que el señor de Los
Vientos le había regalado con el llanto.
Todo estaba dispuesto y entonces alguien tosió, se atragantó
y maldijo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario