Ni siquiera se molesta en ponerse las sandalias. Salta del
coche descalza y pisa la arena, la arena de su mar, su arena. Una arena que no
está y nunca estuvo en la capital del reino.
No se pregunta cómo ha llegado allí. Solamente disfruta de
la playa.
Pasea por ella como si no estuviera sorprendida, como si
nunca se hubiera marchado, como si recurriera a la letanía de lo cotidiano en
lugar de a la plegaria de lo insólito.
Nunca se ha marchado. Está donde debe estar.
Comienza a jugar con el llavero, haciendo que se balancee de
un lado a otro entre sus dedos. No es su llavero. Se da cuenta y sonríe. Mira
al horizonte y ve las escalinatas. La piedra que da acceso al paseo. Un paseo
marítimo que siempre ha estado ahí pero al que ha vuelto tras atisbar la sonrisa
de un negro.
Sube descalza los escalones y se detiene para alzar la
cabeza. De nuevo su torcida sonrisa sacude su rostro. La sonrisa de asombro y
de enojo con un destino que no se explica en su suerte y que no se disculpaba
en su desdicha.
Sin apartar los ojos del ático se dirige al portal. Luego
mira las llaves y un sexto sentido le dice que funcionarán. Que es el lote
completo. La primera que elige abre el portal. Mira los buzones. Su nombre está
escrito en el lacado negro que decora el cajetín del Ático C.
Y allí sube. En ascensor. Nada de deshacerse en eternos
escalones, nada de regodearse cada día en su desdicha de cubrir los últimos
metros hacia el descanso en empinados peldaños que desafían a sus ya
desafiantes tacones. Otra llave del llavero que no es el suyo gira en la
cerradura y entra.
Lo ve. Impoluto e imaginado. Cómo sería si existiera, como
lo desea ahora que existe. El amplio salón, el televisor de plasma, el sofá y
la chaiselonge; las estanterías con sus libros. Todos sus libros. Nunca más
dividir su cultura, dividir su literatura, dividir sus pertenencias. Nunca más
dividir su vida.
Sabe que ha llegado a casa. A esa casa que el destino ha
negado a su existencia. Descubre que el péndulo del equilibrio y la corrección
ha girado con ella de repente, arrastrándola a la vida que quería. A otra vía.
A su vida.
Sin cuestionarse nada, sin hallarse en conflicto, se ducha y
se tira en el sofá. Entonces ve la hora. Son las cuatro y veinte. Ya está
duchada y preparada para vivir y son las cuatro y veinte.
Mientras multidifunden a Grey y su anatomía y al médico que
sueña con morir, especula un instante con lo sucedido. En alguna ocasión ha
oído hablar de las ondas de corrección quánticas o algo por el estilo. Alguien
le ha contado que los accidentes con el espacio tiempo quántico generan
drásticos cambios que nadie, salvo los afectados, percibe. Sí, alguien se lo ha
explicado porque aparece en una novela o algo así. Él se lo ha explicado ¿Quién
salvo él habla con ella de esas cosas?
Descuelga y marca.
- Telefónica le informa de que el número que usted ha
marcado no existe –las voces pregrabadas nunca cambian. Ni siquiera en las
correcciones cuánticas-
Coge el móvil. El número no está en las últimas llamadas. Es
raro. Lo busca en la agenda. No aparece. Borrado por el capricho de los
quantos, por la magia inefable de un demonio perverso disfrazado de rastafari
con casco de obrero. Pero ella está dispuesta a vencer. Se encamina hacia el
despacho. No sabe dónde está, pero tiene que haber uno. En su nueva vida tiene
que haber despacho.
Es amplio y el ordenador es moderno. Se sienta ante él y lo
enciende. No suena. La física del espacio tiempo también ha mejorado el sistema
de ventilación de la máquina.
Se conecta a La Red y no puede evitar la
tentación.

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