miércoles, 22 de enero de 2014

Dime lo que sabes de física cuántica II (otra vida)

Ni siquiera se molesta en ponerse las sandalias. Salta del coche descalza y pisa la arena, la arena de su mar, su arena. Una arena que no está y nunca estuvo en la capital del reino.
No se pregunta cómo ha llegado allí. Solamente disfruta de la playa.
Pasea por ella como si no estuviera sorprendida, como si nunca se hubiera marchado, como si recurriera a la letanía de lo cotidiano en lugar de a la plegaria de lo insólito.
Nunca se ha marchado. Está donde debe estar.
Comienza a jugar con el llavero, haciendo que se balancee de un lado a otro entre sus dedos. No es su llavero. Se da cuenta y sonríe. Mira al horizonte y ve las escalinatas. La piedra que da acceso al paseo. Un paseo marítimo que siempre ha estado ahí pero al que ha vuelto tras atisbar la sonrisa de un negro.
Sube descalza los escalones y se detiene para alzar la cabeza. De nuevo su torcida sonrisa sacude su rostro. La sonrisa de asombro y de enojo con un destino que no se explica en su suerte y que no se disculpaba en su desdicha.
Sin apartar los ojos del ático se dirige al portal. Luego mira las llaves y un sexto sentido le dice que funcionarán. Que es el lote completo. La primera que elige abre el portal. Mira los buzones. Su nombre está escrito en el lacado negro que decora el cajetín del Ático C.
Y allí sube. En ascensor. Nada de deshacerse en eternos escalones, nada de regodearse cada día en su desdicha de cubrir los últimos metros hacia el descanso en empinados peldaños que desafían a sus ya desafiantes tacones. Otra llave del llavero que no es el suyo gira en la cerradura y entra.
Lo ve. Impoluto e imaginado. Cómo sería si existiera, como lo desea ahora que existe. El amplio salón, el televisor de plasma, el sofá y la chaiselonge; las estanterías con sus libros. Todos sus libros. Nunca más dividir su cultura, dividir su literatura, dividir sus pertenencias. Nunca más dividir su vida.
Sabe que ha llegado a casa. A esa casa que el destino ha negado a su existencia. Descubre que el péndulo del equilibrio y la corrección ha girado con ella de repente, arrastrándola a la vida que quería. A otra vía. A su vida.
Sin cuestionarse nada, sin hallarse en conflicto, se ducha y se tira en el sofá. Entonces ve la hora. Son las cuatro y veinte. Ya está duchada y preparada para vivir y son las cuatro y veinte.
Mientras multidifunden a Grey y su anatomía y al médico que sueña con morir, especula un instante con lo sucedido. En alguna ocasión ha oído hablar de las ondas de corrección quánticas o algo por el estilo. Alguien le ha contado que los accidentes con el espacio tiempo quántico generan drásticos cambios que nadie, salvo los afectados, percibe. Sí, alguien se lo ha explicado porque aparece en una novela o algo así. Él se lo ha explicado ¿Quién salvo él habla con ella de esas cosas?
Descuelga y marca.
- Telefónica le informa de que el número que usted ha marcado no existe –las voces pregrabadas nunca cambian. Ni siquiera en las correcciones cuánticas-
Coge el móvil. El número no está en las últimas llamadas. Es raro. Lo busca en la agenda. No aparece. Borrado por el capricho de los quantos, por la magia inefable de un demonio perverso disfrazado de rastafari con casco de obrero. Pero ella está dispuesta a vencer. Se encamina hacia el despacho. No sabe dónde está, pero tiene que haber uno. En su nueva vida tiene que haber despacho.

Es amplio y el ordenador es moderno. Se sienta ante él y lo enciende. No suena. La física del espacio tiempo también ha mejorado el sistema de ventilación de la máquina. 
Se conecta a La Red y no puede evitar la tentación.


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