domingo, 26 de enero de 2014

La Morada de La Guardia II

La Guardia Dorada protegía a los Anthronai. Habían luchado y vencido contra los N´garai y los habían enviado a las casas celestes a penar y pedir el final; habían enfrentado a las huestes de los Doce de caos sin pestañear y habían logrado que su mundo siguiera vivo. Parcialmente desordenado, pero vivo.
Había algunos que decían que incluso habían mantenido a Los Lorhim a raya mientras La Desmedida ideaba la forma de encerrarles en su inconmensurable vientre. Otros iban más allá y afirmaban que habían aceptado un hechizo que les hizo de metal por dentro para estar en condiciones de defender, allá en el cielo de los dioses, la Puerta de Tannhauser del ataque de los superhombres de Saurón. Nadie sabía muy bien si eso era una leyenda o una profecía, pero estaban seguros que si alguien era capaz de hacer algo por el estilo, esa era la Guardia Dorada de los Anthronai.
Con todas sus virtudes, con toda su fuerza, su valentía y su inquebrantable lealtad en la defensa de su raza y de aquellos que la componían, los hombres y mujeres que formaban la élite guerrera de la raza más antigua del mundo, tenían dos problemas.
El primero es que con tanta batalla, con tanta patrulla por los confines, con tanto viaje a los reinos de Sideria y tanta resistencia a las huestes de universos pasados y las hordas de firmamentos futuros, no tenían demasiado tiempo para hacer la construcción de sus almas; no disponían de espacio para la edificación de sus corazones, carecían de momentos para la elaboración de sus vidas.
Vivian en tiendas de paño duro y áspero, permanentemente alerta, continuamente en campaña y en armas. No se quejaban. Pero que alguien no exponga una queja no evita que exista un problema. Hasta los magos sabían eso.
El segundo de los problemas que afrontaba la Guardia Dorada era más complejo, quizá por eso nadie se había parado a considerarlo en su totalidad. Quizás por eso nunca nadie había dado con una solución para él. Quizás por eso había dejado de ser un problema.
Los miembros de La Guardia nacían vivos.

Puede que en cualquier otra era ese pequeño detalle no hubiera sido algo que resultara un motivo de preocupación; puede que para los hombres y mujeres más fuertes y leales de los Anthronai no hubiera diferencia, puede que si otro dios que no hubiera sido El Errante hubiera recorrido los cielos negándose a ejercer de divinidad esa diferencia hubiera pasado completamente inadvertida.
Pero la casualidad es la especialidad del Jinete de los Vientos Eternos  así que en las tierras y los tiempos de los Anthronai ese hecho no pasó inadvertido. Unos pocos de los niños que nacían y cuyos pequeños cuerpos eran elevados al cielo a la vista de un dios que no se volvía a mirarlos lloraban al nacer.
Unos decían que era porque sus pequeñas mentes, sus diminutos corazones que residían en gemas o piedras del mundo, percibían que estaban rodeados de gente muerta. La muerte siempre asusta a los niños.
Otros decían que era porque a ellos, a esa extraña élite que burlaba los hechizos de los magos y los rezos de los sacerdotes, el dios sí les miraba y hasta les sonreía. La conmiseración de una divinidad siempre produce tristeza.
Había teorías para todos los gustos, se contaban leyendas para todos los oídos, existían fábulas para todas las enseñanzas, pero el hecho incuestionable era que nacían vivos.
Por ello o quizás pese a ello o tal vez porque la inagotable ironía de la voluntad del Dios Errante nunca se cansaba de poner a prueba el humor y la paciencia de los Anthronai, eran expertos en la muerte.
No había prueba de acceso, no había rito de iniciación. Los seres que nacían llorando se ganaban con la sal de sus lágrimas el derecho incuestionable de formar parte de La Guardia de los Anthronai; Asumían con el primer aire de sus pulmones y el primer grito de sus gargantas el deber ineludible de no rendirse.
Nadie dudaba que uno de esos niños diferentes y vivos iba a coger una daga en el aire y arrojarla con precisión imposible allá donde quisiera incluso antes de que hubieran empezado a salirle los dientes; nadie dudaba que cualquier jovencita cuyas lágrimas hubieran resbalado por su rostro en el momento de ver el sol sería capaz de montar una ballesta, disparar un arco o detener una hacha que buscara su vientre incluso antes de que la sangre de la diosa Domarha rebosara sus entrañas y la hiciera mujer.
Nunca un grito de batalla, nunca un lema de combate había sido tan cierto y tan imposiblemente excluyente con respecto a los demás. Nunca un ejército había sido tan diferente de aquellos a los que defendía y protegía que el de La Guardia Dorada de los Anthronai.
“La Guardia muere pero no se rinde”. A la fuerza tenía que ser así. Eran los únicos que podían morir. Los demás nacían muertos.
Como La Guardia estaba viva nunca se preocuparon de sus moradas, nunca se preocuparon de recopilar los elementos de su alma y de su corazón repartidos por el mundo por mor del Hechizo Primigenio. Habitaban en tiendas de campaña en las afueras de la ciudad y no protestaban por ello. La Guardia nunca protesta.
Su función era lograr que todos los demás Anthronai tuvieran tiempo y espacio para buscar sus almas, para construir sus vidas. Las suyas estaban construidas desde el momento en que su llanto había saludado al mundo.
Nunca invadían, nunca atacaban, nunca se movían en maniobras ofensivas. Sólo defendían y protegían, pero lo hacían con tal capacidad y concentración que hasta los dioses les temían. Se decía que Antares había forzado un pacto antes de la Guerra de los Mil Dioses en el que se prohibía expresamente utilizar, contratar, convencer o manipular a La Guardia Dorada para que actuara en beneficio de dios alguno. Se decía que Caos había retirado a su hija cuando les vio formar para la batalla. Se decían muchas cosas.
No en vano habían acabado con la diosa Vidianne en un solo combate. Y eso se sabía. Los Anthronai lo sabían y los dioses lo sabían.
Así que nadie cuestionaba como o donde vivía La Guardia Dorada; los sacerdotes, aunque les molestara que ellos hubieran visto al dios que se ocultaba a sus ojos y plegarias, no lo cuestionaban; los magos, aunque les indignara que hubieran escapado parcialmente a su hechizo, no lo cuestionaban, la propia Guardia no lo cuestionaba.

Hasta que llegó Ephiné.

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