La voz que era el universo volvió a tronar, volvió a acallar
al mundo, volvió a cercenar de raíz la resistencia de los elementos desatados,
mientras los muros se disgregaban en polvo y sus esencias volvían al norte
donde hallarían acomodo en las almas de aquellos que pedían un alma sólo para
mostrar un cuerpo, que exigían un corazón sólo para poder mostrarlo sin
utilizarlo; que construían la vida sólo para poder desperdiciarla. A esas
alturas los curiosos ya se habían alejado del lugar y habían vuelto a los
quehaceres que les imponían sus moradas, temerosos de que la furia desatada por
esa magia ignota pudiera destruir sus vidas como, al parecer, estaba haciendo
con la de la guardiana dorada.
- ¿Dónde? – y la pregunta restalló como un látigo, como la
fusta de Akhran hería los flancos de su corcel alazán, como las lágrimas de
Lesskin habían quemado el firmamento en otro tiempo.
En el campamento de La Guardia, incluso en la porción que a
ella le correspondía, estaba vacío de esencias escondidas, de vidas encerradas.
Los miembros de La Guardia estaban vivos, no tenían que poner su alma y su vida
en ningún sitio. Los llevaban con ellos a todas partes. Habían llorado al nacer
y eso les hacía diferentes, eternos, humanos.
Sólo un elemento de los que en su día separara el Hechizo
Primigenio de los cuerpos de los Anthronai se seguía escondiendo entre los
terrones y las piedras del suelo, entre las lonas y los bambúes de las tiendas,
entre las armas y las corazas de los guerreros. Pero estaban tan juntos, tan
mezclados, tan imbricados unos con otros, danzaban tan juntos y tan enlazados,
que era imposible separarlos, desentrelazarlos y casi distinguirlos.
- ¿Cómo? – y mientras los ecos retumbaban en el tiempo
infinito de los dioses, las losetas del suelo se quebraron, se abrieron y
dejaron pasa a las rocas vivas, los matojos, las plantas. Al sustrato del mundo
que diluyó como agua el suelo de aquello que había pretendido ser la vida de
quien ya estaba viva. Para entonces los magos y las brujas ya habían vuelto a
sus templos y a sus palacios convencidos de que tenían razón al haber
vaticinado el desastre que ahora parecía producirse. A los que fingen hablar
con los dioses les importa mucho más tener razón en sus profecías y augurios
que las consecuencias de esos augurios.
Por toda respuesta a esa pregunta Ephiné se levantó, se
mantuvo de pie en medio del caos de tormenta que era ahora el espacio que
instantes antes ocupaba su morada.
Tomó la columna, ahora solitaria y baldía en medio de la
nada, y la empujó. Puso en ello todo su empeño, toda su fuerza, toda su rabia.
El pilar era añicos mucho antes de tocar el suelo, mucho antes de que la
tormenta se disipara y se llevara a Aquel que cabalga el Infinito con ella,
mucho antes de que Lesskin reapareciera enjugándose el sudor y sacudiéndose el
polvo de la ropa con otro pañuelo salido de la nada.
Pero hasta eso iba a cambiar. Una campana sonó y La Guardia
se alzó y tomó sus armas.
- ¡Oh no! -se quejó amargamente Lesskin- ¡otra vez, no!,
¡qué inoportunos!
Y de una forma tan casual como inapropiada saludó el Conde
de Lesskin el enésimo ataque de los Haddonel, los acérrimos e incansables
enemigos de los Anthronai.

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