domingo, 26 de enero de 2014

La Morada de la Guardia VIII

La voz que era el universo volvió a tronar, volvió a acallar al mundo, volvió a cercenar de raíz la resistencia de los elementos desatados, mientras los muros se disgregaban en polvo y sus esencias volvían al norte donde hallarían acomodo en las almas de aquellos que pedían un alma sólo para mostrar un cuerpo, que exigían un corazón sólo para poder mostrarlo sin utilizarlo; que construían la vida sólo para poder desperdiciarla. A esas alturas los curiosos ya se habían alejado del lugar y habían vuelto a los quehaceres que les imponían sus moradas, temerosos de que la furia desatada por esa magia ignota pudiera destruir sus vidas como, al parecer, estaba haciendo con la de la guardiana dorada.
- ¿Dónde? – y la pregunta restalló como un látigo, como la fusta de Akhran hería los flancos de su corcel alazán, como las lágrimas de Lesskin habían quemado el firmamento en otro tiempo.
 La única Anthronai viva que había intentado construir su vida contempló el lugar en el que estaba construyendo su morada. Percibió el suelo y el sustrato con esos nuevos ojos prestados por un dios y guiados por… bueno, guiados por Lesskin.
En el campamento de La Guardia, incluso en la porción que a ella le correspondía, estaba vacío de esencias escondidas, de vidas encerradas. Los miembros de La Guardia estaban vivos, no tenían que poner su alma y su vida en ningún sitio. Los llevaban con ellos a todas partes. Habían llorado al nacer y eso les hacía diferentes, eternos, humanos.
Sólo un elemento de los que en su día separara el Hechizo Primigenio de los cuerpos de los Anthronai se seguía escondiendo entre los terrones y las piedras del suelo, entre las lonas y los bambúes de las tiendas, entre las armas y las corazas de los guerreros. Pero estaban tan juntos, tan mezclados, tan imbricados unos con otros, danzaban tan juntos y tan enlazados, que era imposible separarlos, desentrelazarlos y casi distinguirlos.
 - No era el sitio -esta vez no hubo pregunta ni pensamiento. Lesskin se adelantó y Ephiné lo vio tan claro que sus lágrimas dejaron de brotar. Su vida ya estaba siendo construida, se construía cada día en La Remonta, se construía cada jornada de trabajo en común, de vida compartida, de lucha entrenada y mantenida. Su corazón era suyo y no estaba en su cuerpo, el Hechizo de Antaño, había logrado eso. Pero no tenía que buscar donde habitada. Lo tenía delante aunque fuese incapaz de reconocerlo. Con ese conocimiento le llegó la siguiente pregunta. El siguiente golpe de viento abrasador y arena que sacudió su rostro.

- ¿Cómo? – y mientras los ecos retumbaban en el tiempo infinito de los dioses, las losetas del suelo se quebraron, se abrieron y dejaron pasa a las rocas vivas, los matojos, las plantas. Al sustrato del mundo que diluyó como agua el suelo de aquello que había pretendido ser la vida de quien ya estaba viva. Para entonces los magos y las brujas ya habían vuelto a sus templos y a sus palacios convencidos de que tenían razón al haber vaticinado el desastre que ahora parecía producirse. A los que fingen hablar con los dioses les importa mucho más tener razón en sus profecías y augurios que las consecuencias de esos augurios.
Por toda respuesta a esa pregunta Ephiné se levantó, se mantuvo de pie en medio del caos de tormenta que era ahora el espacio que instantes antes ocupaba su morada.
Tomó la columna, ahora solitaria y baldía en medio de la nada, y la empujó. Puso en ello todo su empeño, toda su fuerza, toda su rabia. El pilar era añicos mucho antes de tocar el suelo, mucho antes de que la tormenta se disipara y se llevara a Aquel que cabalga el Infinito con ella, mucho antes de que Lesskin reapareciera enjugándose el sudor y sacudiéndose el polvo de la ropa con otro pañuelo salido de la nada.
 -Fue un error –dijo Ephiné, sentándose derrotada junto al delicado aristócrata-.
 - El error no existe –y pareció casi lo cantaba- Fue una rendición.
 - Yo nunca
 - Tu insistencia era la rendición guerrera. Eso me lo enseñó ese tozudo jinete del turbante. Salir de las ruinas no supone restaurar el edificio antiguo, supone cambiar la viga maestra, los muros de carga, los materiales de construcción y la piedra angular del edificio. Si se reconstruye sobre el mismo plano, la ruina no se evita, tan sólo se decora y se demora en el tiempo. No se trata de restaurar o de reconstruir. Se trata de construir algo nuevo sobre el solar que han dejado libre las ruinas. Mientras Lesskin hablaba La Guardia Dorada aún seguía acampada. Aunque, aparentemente, ya no quedaba nada que vigilar.
Pero hasta eso iba a cambiar. Una campana sonó y La Guardia se alzó y tomó sus armas.

- ¡Oh no! -se quejó amargamente Lesskin- ¡otra vez, no!, ¡qué inoportunos!


Y de una forma tan casual como inapropiada saludó el Conde de Lesskin el enésimo ataque de los Haddonel, los acérrimos e incansables enemigos de los Anthronai.

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