martes, 28 de enero de 2014

La Herencia de Caín yIII

El sol le golpeó en los ojos al abandonar la cueva, pero ya no le hizo daño. Miró al niño. Seguía jugando con la arena pero parecía más mayor. Parecía haber crecido. Observó a Lycarades. Sus garras y sus colmillos eran al menos tres centímetros más grandes. Habían pasado meses.
- ¿Has comprendido? –preguntó el niño con una sonrisa.
- ¿Por qué tú? -preguntó Deus- ¿Por qué un niño?
- ¿Has sentido sed desde que bebiste mi sangre? –preguntó el niño a modo de respuesta y el vampiro hubo de reconocer que no había experimentado el ansia que le corroía cada vez que necesitaba alimentarse. La opresión no existía, ni siquiera el constante y cotidiano regusto interior que le avisaba de sus necesidades- Lycarades tampoco tiene hambre. No volverá a tenerla –sentenció el pequeño y Deus le creyó.- Por eso he de ser yo. Yo soy humano.
Deus lo sabía, pero se negaba a aceptarlo. Eones creyendo, guerreando, no eran fáciles de abandonar. Ahora entendía la importancia de proteger al niño. Por eso La Elite le había encomendado a él ese trabajo. Si le controlaban serían invencibles. Ganarían la guerra. Su orgullo renació para morir al instante como una flor que por error se abre en mitad de una helada. La Elite no sabía nada. Ya no había guerra.
- Hay muchos humanos – su voz mostró la incertidumbre que sufría su inmóvil corazón.
- ¿Estás seguro? - Deus no contestó al pequeño. Caminó hacia Lycarades y, sin esperar su reacción, le abrazó.
Fundido en ese abrazo, que durante milenios dos razas inmortales habían considerado antinatural, Tadeus expandió sus sentidos como sólo los suyos y sus enemigos sabían hacer.
Comenzó por olfatear el aire cercano y percibió el olor, dulce y pegajoso del niño. No se detuvo, olfateo más allá y encontró a sus hermanos. Se unió a ellos y utilizó sus sentidos, sus fosas nasales, para alejarse más. Así, abandonó el desierto que le rodeaba y se proyectó a la ciudad. El agudo olfato de Timoneas le permitió atravesar el gran lago salado. En la otra costa, Niguamba abandonó su cacería para cederle sus sentidos.
Ninguno sabía lo que buscaba Deus, El Elegido de La Elite, pero no podía ignorarse su llamada. Esa era la ley y todos la cumplieron.
Uncius Malicinus dejó de hablar en la asamblea para que Tadeus pudiera olfatear la capital del Imperio; Ibn Hammun detuvo su caravana y esperó a que Tadeus pasara a través de él; Tochanatapac frenó su cuerpo en mitad de su danza. La lluvia podía esperar. Deus no.
Y junto a los sentidos de sus hermanos, de los otros vampiros, había otros. Olfatos mucho más agudos y precisos; miradas mucho más penetrantes; oídos más finos. Por primera vez desde que el gran mar anego el continente común, un miembro de La Elite utilizaba los sentidos licántropos. La unión con Lycarades se lo permitía. Los sentidos de las dos razas cubrieron el mundo a la orden de Deus. Detectaron lo indetectable. Millones de olores fueron asimilados y procesados por la memoria colectiva de dos razas inmortales. Lo invisible se hizo visible.
Deus percibió el lejano y agrio olor de dos hombres lagarto que aún vivían en los pantanos del continente virgen. Habían sobrevivido tras El Cataclismo de la roca de Xefando. Bien por ellos.
 Paseó el olfato y el oído de dos razas por ciudades y campos; huertos y páramos; minas y barcos. Se detuvo un instante para descubrir que los Odum, los temibles seres felinos, no estaban tan derrotados como parecían. Descendió a los fondos abisales y su nariz se arrugó con la pestilencia de los sirenios, pálidos como él y esquivos como La Sombra. Respiró el sulfuroso aire de volcanes y simas y descubrió que él último dragón del mundo dormía en Kathay.
Pero no pudo identificar el dulce y pegajoso olor de la humanidad. La sangre estaba, salada y fuerte; la carne estaba, dulce y blanda,  pero la humanidad no. En todo el mundo conocido y por conocer los humanos no eran lo que deberían ser. La humanidad no era humana.
- ¿Has comprendido? – dijo Lycarades zafándose del abrazo. La voz del licántropo sonó ronca y rota y sorprendió a Deus. Luego sonrió- He tenido tiempo de aprender a hablar.
Deus también sonrió y entonces se giró hacia el niño que permanecía sentado y serio – No huelen como deben oler. No son lo que deberían ser.
- Lo sé – asintió el pequeño arrojando un puñado de arena al suelo- También estoy aquí para ellos. Eso será más difícil. Su sangre y su carne deberían curaros y no perderos. Así se decretó que fuera. Pero ellos no lo aceptaron. Tienen una tendencia natural a no comprender.
- Pero La Sombra nos prometió que el que ganara la guerra....
- La Sombra es mi problema, Tadeus. No te preocupes por ella – respondió el niño levantándose- Ella es también víctima de un error. No se puede crear un alma sin cuerpo. Ahora vayámonos. Hay trabajo que hacer y yo no tengo tanto tiempo como vosotros. Yo soy mortal. No se puede tener todo.
Dicen las lenguas, que durante 22 años pudo verse a un niño recorriendo las tierras de ese casi desierto. Recorriendo las polvorientas calles de las ciudades sometidas al sol y al calor. Entrando y saliendo de templos y sinagogas como un hijo en casa de su padre.
Cuentan los contadores de historias que el niño iba acompañado por un lobo de las montañas blanco y gris y que, allí donde se detuviera, era custodiado por un hombre pálido y delgado que parecía no tener sangre en las venas. Dicen que a ellos se unieron cientos, quizás miles; que recorrieron las calles y los desiertos y se llamaban a sí mismos Hermanos de La Sombra. Dicen que incluso las legiones de Augusto se apartaban a su paso. Dicen que un día, en mitad de una tormenta, junto al Jordán, el río del final y del comienzo, desaparecieron.
Eso dicen, pero nunca se sabe. En la tierra de Canaán siempre están esperando un Mesías.

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-¿Qué haremos ahora? – Deus se volvió hacia Lycarades que contemplaba la escena como si no estuviera allí –
- Esperaremos. Llevamos una vida inmortal haciéndolo –la mirada del lobo blanco y gris se volvió hacia él. En 25 años había aprendido la magia de hablar a las mentes- Le han matado. Es lo que debían hacer. Los humanos tienen una tendencia natural a no comprender ¿Recuerdas?
- Pero ahora La Sombra estará sola. Perdida, enfadada y sola.
- La sombra es su problema  -la voz rió en su mente- No lo olvides. Todo lo que digas, todo lo que hagas, está de más. La Sombra es su hermano. Es su problema.
Un escribano garabateaba sobre su papiro el informe que le dictaba el centurión al pie de las cruces. El viento arreciaba y la lluvia descargaba sin descanso desde el cielo. La tierra se anegaba por momentos. Un rayo hendió el aire y un trueno ahogó el grito final del condenado.
Sin recibir dictado alguno el escribano hizo volar su caña sobre el papiro.
“Cuando el condenado expiró un hombre pálido y alto abandonó el monte de la ejecución, también llamado Gólgota, acompañado de una bestia, con pelaje gris y blanco, semejante a un lobo de las montañas. El hombre era conocido por todos como Tadeus, el de Judá, en la lengua de Roma, Judas Tadeus”

El centurión no había dictado esa frase e hizo que el escribano la borrara. Al emperador no le interesaba en lo más mínimo quien acudía a las ejecuciones de los sediciosos en aquel recóndito y olvidado rincón del mundo llamado Judea.


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