El sol le golpeó en los ojos al abandonar la cueva, pero ya
no le hizo daño. Miró al niño. Seguía jugando con la arena pero parecía más
mayor. Parecía haber crecido. Observó a Lycarades. Sus garras y sus colmillos
eran al menos tres centímetros más grandes. Habían pasado meses.
- ¿Has comprendido? –preguntó el niño con una sonrisa.
- ¿Por qué tú? -preguntó Deus- ¿Por qué un niño?
- ¿Has sentido sed desde que bebiste mi sangre? –preguntó el
niño a modo de respuesta y el vampiro hubo de reconocer que no había
experimentado el ansia que le corroía cada vez que necesitaba alimentarse. La
opresión no existía, ni siquiera el constante y cotidiano regusto interior que
le avisaba de sus necesidades- Lycarades tampoco tiene hambre. No volverá a
tenerla –sentenció el pequeño y Deus le creyó.- Por eso he de ser yo. Yo soy
humano.
Deus lo sabía, pero se negaba a aceptarlo. Eones creyendo,
guerreando, no eran fáciles de abandonar. Ahora entendía la importancia de
proteger al niño. Por eso La Elite le había encomendado a él ese trabajo. Si le
controlaban serían invencibles. Ganarían la guerra. Su orgullo renació para
morir al instante como una flor que por error se abre en mitad de una helada.
La Elite no sabía nada. Ya no había guerra.
- Hay muchos humanos – su voz mostró la incertidumbre que
sufría su inmóvil corazón.
- ¿Estás seguro? - Deus no contestó al pequeño. Caminó hacia
Lycarades y, sin esperar su reacción, le abrazó.
Fundido en ese abrazo, que durante milenios dos razas
inmortales habían considerado antinatural, Tadeus expandió sus sentidos como
sólo los suyos y sus enemigos sabían hacer.
Comenzó por olfatear el aire cercano y percibió el olor,
dulce y pegajoso del niño. No se detuvo, olfateo más allá y encontró a sus
hermanos. Se unió a ellos y utilizó sus sentidos, sus fosas nasales, para
alejarse más. Así, abandonó el desierto que le rodeaba y se proyectó a la
ciudad. El agudo olfato de Timoneas le permitió atravesar el gran lago salado.
En la otra costa, Niguamba abandonó su cacería para cederle sus sentidos.
Ninguno sabía lo que buscaba Deus, El Elegido de La Elite,
pero no podía ignorarse su llamada. Esa era la ley y todos la cumplieron.
Uncius Malicinus dejó de hablar en la asamblea para que
Tadeus pudiera olfatear la capital del Imperio; Ibn Hammun detuvo su caravana y
esperó a que Tadeus pasara a través de él; Tochanatapac frenó su cuerpo en
mitad de su danza. La lluvia podía esperar. Deus no.
Y junto a los sentidos de sus hermanos, de los otros
vampiros, había otros. Olfatos mucho más agudos y precisos; miradas mucho más
penetrantes; oídos más finos. Por primera vez desde que el gran mar anego el
continente común, un miembro de La Elite utilizaba los sentidos licántropos. La
unión con Lycarades se lo permitía. Los sentidos de las dos razas cubrieron el
mundo a la orden de Deus. Detectaron lo indetectable. Millones de olores fueron
asimilados y procesados por la memoria colectiva de dos razas inmortales. Lo
invisible se hizo visible.
Deus percibió el lejano y agrio olor de dos hombres lagarto
que aún vivían en los pantanos del continente virgen. Habían sobrevivido tras
El Cataclismo de la roca de Xefando. Bien por ellos.
Paseó el olfato y el
oído de dos razas por ciudades y campos; huertos y páramos; minas y barcos. Se
detuvo un instante para descubrir que los Odum, los temibles seres felinos, no
estaban tan derrotados como parecían. Descendió a los fondos abisales y su
nariz se arrugó con la pestilencia de los sirenios, pálidos como él y esquivos
como La Sombra. Respiró el sulfuroso aire de volcanes y simas y descubrió que
él último dragón del mundo dormía en Kathay.
Pero no pudo identificar el dulce y pegajoso olor de la
humanidad. La sangre estaba, salada y fuerte; la carne estaba, dulce y
blanda, pero la humanidad no. En todo el
mundo conocido y por conocer los humanos no eran lo que deberían ser. La
humanidad no era humana.
- ¿Has comprendido? – dijo Lycarades zafándose del abrazo.
La voz del licántropo sonó ronca y rota y sorprendió a Deus. Luego sonrió- He
tenido tiempo de aprender a hablar.
Deus también sonrió y entonces se giró hacia el niño que
permanecía sentado y serio – No huelen como deben oler. No son lo que deberían
ser.
- Lo sé – asintió el pequeño arrojando un puñado de arena al
suelo- También estoy aquí para ellos. Eso será más difícil. Su sangre y su
carne deberían curaros y no perderos. Así se decretó que fuera. Pero ellos no
lo aceptaron. Tienen una tendencia natural a no comprender.
- Pero La Sombra nos prometió que el que ganara la
guerra....
- La Sombra es mi problema, Tadeus. No te preocupes por ella
– respondió el niño levantándose- Ella es también víctima de un error. No se
puede crear un alma sin cuerpo. Ahora vayámonos. Hay trabajo que hacer y yo no
tengo tanto tiempo como vosotros. Yo soy mortal. No se puede tener todo.
Dicen las lenguas, que durante 22 años pudo verse a un niño
recorriendo las tierras de ese casi desierto. Recorriendo las polvorientas
calles de las ciudades sometidas al sol y al calor. Entrando y saliendo de
templos y sinagogas como un hijo en casa de su padre.
Cuentan los contadores de historias que el niño iba
acompañado por un lobo de las montañas blanco y gris y que, allí donde se
detuviera, era custodiado por un hombre pálido y delgado que parecía no tener
sangre en las venas. Dicen que a ellos se unieron cientos, quizás miles; que
recorrieron las calles y los desiertos y se llamaban a sí mismos Hermanos de La
Sombra. Dicen que incluso las legiones de Augusto se apartaban a su paso. Dicen
que un día, en mitad de una tormenta, junto al Jordán, el río del final y del
comienzo, desaparecieron.
Eso dicen, pero nunca se sabe. En la tierra de Canaán
siempre están esperando un Mesías.
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-¿Qué haremos ahora? – Deus se volvió hacia Lycarades que
contemplaba la escena como si no estuviera allí –
- Esperaremos. Llevamos una vida inmortal haciéndolo –la
mirada del lobo blanco y gris se volvió hacia él. En 25 años había aprendido la
magia de hablar a las mentes- Le han matado. Es lo que debían hacer. Los
humanos tienen una tendencia natural a no comprender ¿Recuerdas?
- Pero ahora La Sombra estará sola. Perdida, enfadada y
sola.
- La sombra es su problema
-la voz rió en su mente- No lo olvides. Todo lo que digas, todo lo que
hagas, está de más. La Sombra es su hermano. Es su problema.
Un escribano garabateaba sobre su papiro el informe que le
dictaba el centurión al pie de las cruces. El viento arreciaba y la lluvia
descargaba sin descanso desde el cielo. La tierra se anegaba por momentos. Un
rayo hendió el aire y un trueno ahogó el grito final del condenado.
Sin recibir dictado alguno el escribano hizo volar su caña
sobre el papiro.
“Cuando el condenado expiró un hombre pálido y alto abandonó
el monte de la ejecución, también llamado Gólgota, acompañado de una bestia,
con pelaje gris y blanco, semejante a un lobo de las montañas. El hombre era
conocido por todos como Tadeus, el de Judá, en la lengua de Roma, Judas Tadeus”
El centurión no había dictado esa frase e hizo que el
escribano la borrara. Al emperador no le interesaba en lo más mínimo quien
acudía a las ejecuciones de los sediciosos en aquel recóndito y olvidado rincón
del mundo llamado Judea.

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