Todo miembro de La Guardia Dorada de los Anthronai tiene un
instrumento para solicitar ayuda. Nadie pide ayuda a la Guardia porque La
Guardia sabe cuándo tiene que acudir a ayudar a aquel que lo necesita.
Pero sus integrantes pueden pedir refuerzos y asistencia a
aquellos de los Anthronai que forman parte de los vivos que defienden la vida
de los muertos que intentan dejar de serlo.
Los sureños usan para tal menester una concha marina, los
procedentes de del oriente tranquilo una sonora placa de metal que golpean con
un trozo de hierro; los hijos de las furiosas y salvajes tierras de poniente
recurren a la fuerza de su propia garganta. En el norte el reclamo es un
cuerno, un cuerno de caza que Ephiné hizo sonar con todas sus fuerzas, con todo
el aire que aún se mantenía en sus exhaustos pulmones, con toda la
desesperación que le imponía su recién recuperado corazón al verse de nuevo
obligado a escapar de su cuerpo.
Tanto le hubiera dado que hubiera gritado en el desierto o
que hubiera cantado bajo el agua, tanto le hubiera dado transformarse en
clérigo y exigir ayuda al dios de los Anthronai. Nadie acudió. En el norte
nadie atiende las llamadas de ayuda de los otros. La mayoría de las veces ni
siquiera atienden las peticiones de auxilio de si mismos.
La morada que debía ser la vida y el alma de Ephiné se
desmoronó definitivamente y los miembros de La Guardia Dorada vieron como
ocurría sin poder hacer nada. Ephiné tenía que construir su casa, su vida. Era
su obligación. Si La Guardia Dorada no respeta la normas no tiene sentido que
nadie lo haga.
- Te dije que no resultaría –le dijo el comandante que
intentaba consolar a Ephiné pero que sonaba como un maestro frustrado alegre por
el fallo que obligaba al alumno a reconocer su sabiduría-.
- Te dije que resultaría –contraatacó Ephiné comenzando a
reunir los materiales utilizables de entre los escombros- Akhran dijo que
teníamos que construir nuestras vidas. No que tuviéramos que acertar a la
primera. Y así comenzó la lucha de Ephiné contra el destino, contra la
necesidad y contra el azar.
Durante incontables lunas la arquera dorada siguió con su
tarea de construir su vida. Al fin y al cabo había jurado no rendirse.
Construyó moradas con la columna más ancha, pero el calor
del verano la hizo expandirse los materiales y estallar la piedra de la columna
hasta derribarla; levantó una columna mas alargada y esbelta y construyó desde
ellas techos que se combaban hacia adentro, pero el frío de las noches de
invierno hicieron contraerse las paredes y ejercer tal presión sobre el esbelto
pilar que lo astilló como un tronco de leña en una tormenta.
Incluso en una ocasión contó con ayuda.
- Te echo una mano –preguntó una voz distraída mientras ella
sudaba intentando elevar el peso de un balde de argamasa a lo más alto de la
columna.
- Está prohibido –contestó ella sin mirar hacia abajo- la
ley especifica que…
- También especifica que La Guardia Dorada no tenga moradas
-le interrumpió la voz- ¿quieres que te ayude o no?
Ephiné era Anthronai, era de las tierras brumosas y era de
la Guardia Dorada, así que no dijo que sí. Pero tampoco dijo que no.
El resultado de tan inusitada colaboración fue una morada
con una columna central sólida y robusta y un arco central que se apoyaba sobre
ella y sustentaba el peso de paredes y techo. La Guardia sonrió ante tan
insólito edificio y siguió con sus vigilancias y sus entrenamientos.
Durante un tiempo pareció que la estructura iba a mantenerse
el tiempo suficiente como para que Ephiné y su repentino colaborador pudieran
solicitar los rituales necesarios.
Cualquier cambio suele ser motivo de disgusto para aquellos
que medran en el estancamiento y los hechiceros y las brujas utilizaron más
tiempo del que cualquier dios hubiera empleado en tomar una decisión en
discutir al respecto.
Se preguntaban si tenían que practicar un ritual específico
para cada uno de los que habían elevado la construcción; si debería ser uno
conjunto, si los ritos arcanos habrían de decorar el arco o la columna, si las
danzas arcanas habían de ser bailadas en torno al pilar o bajo la arquería, si
era necesario incluir algún elemento específico en el ritual por el hecho de
que Ephiné fuera miembro de La Guardia o si había que restarlo por el hecho de
ambos constructores lo fueran. Pero nunca llegaron a discutir si era preciso
discutir sobre todo aquello. Así que nunca llegaron a decisión alguna.
Mientras el campamento y la ciudad vivían expectantes por
las deliberaciones de los amos de lo arcano con respecto al hechizo Primigenio
a los ritos necesarios en el inusitado caso de Ephiné y su compañero de armas,
los dos residentes se impacientaban.
- Hay que ampliar los muros –afirmó un día el compañero de
armas que había ayudado a Ephiné- El arco no tiene curva suficiente y podría
quebrarse.
- Si amplio los muros la columna se quebrará, ya ha pasado
antes. Esa es la distancia máxima que soportará. Yo lo sé.
- Si no se amplía la curva del arco se quebrará. Yo también
lo sé
- Quedará la columna
- Sí. Quedará la columna
Legaron los fríos, llegaron los pedriscos y los vientos en
los que cabalga El Errante; los tifones estremecieron las paredes exteriores de
la morada, mientras brujas y hechiceros proseguían con su eterno debate.
El arco resistía pese a la furia de los elementos y la
columna le reforzaba. Pero el compañero de guardia de Ephiné, aquel que había
ayudado contra la ley y triunfado con ella contra la lógica, tenía razón al
menos en parte.
La arquería resistió casi todo, pero su base se resintió, no
tenía suficiente curvatura para distribuir los empeñones de los meteoros y de
las cargas. La lluvia de fuego fue demasiado.
El arco se quebró por el centro y se convirtió en dos
ángulos semicirculares que apenas aportaban solidez a la estructura. La columna
quedó como había vaticinado Ephiné pero de repente recibió un peso que no
estaba preparada para soportar. Resistió o al menos lo intentó, como aquella
que la había construido, pero se colapsó sobre si misma, si incrustó tan dentro
de la tierra que pareció perder altura antes de desmoronarse definitivamente en
una lluvia de cascotes que separó para siempre a los dos habitantes de la única
morada de los Anthronai que había sido concebida por dos mentes distintas.
Los hechiceros suspendieron sus disquisiciones y las brujas
sus peleas. Ya no hacían falta. Ellos mismos habían conseguido que ya no
hicieran falta.
- Eso estuvo a punto –comentó Akhran mientras guerreaba con
La Señora de La Desdicha- la divinidad creyó que el Errante se refería a su
ataque. La cabeza no le duró lo suficientemente sobre los hombros como para
darse cuenta de que se estaba refiriendo a otra cosa. Los dioses son demasiado
lentos en darse cuenta que el universo no siempre les tiene en cuenta.
Pese al comentario del dios que no quería serlo. La morada
de Ephiné se hundió de nuevo.

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