lunes, 27 de enero de 2014

La Morada de la Guardia IX


Una vez el mundo se alzó sobre su vientre de lava ardiente y vapor venenoso, Caos fue el primero que reinó sobre él. No es que pusiera mucho empeño en hacerlo, pero nadie le negaba esa posición puesto que no había nadie que tuviera la existencia suficiente para hacerlo.
Las esencias universales vagaban a su antojo, se enfrentaban, se conformaban y se fundían sin orden en un concierto inarmónico y estridente que salvaguardaba el gusto de Caos por la destrucción. De esos choques y enfrentamientos infinitos nacieron los Haddonel.
No eran hijos de Caos, como los Lorhim, puesto que no habían nacido de su voluntad, no eran producto del pensamiento de la esencia errática del mundo. Eran un accidente, un espurio e inquietante resultado casual de una de esas acciones que Caos no planeaba hacer pero realizaba como parte misma de su naturaleza.
Los restos del desorden, de la fuerza vital inacabada e incontrolada, de destrucción aleatoria y la reconstrucción desorganizada chocaron entre ellos y de las esquilas y las astillas de sus propias esencias surgió la raza que había de poblar el mundo en la anarquía. Los Haddonel eran producto de caos y como Caos actuaban aunque ni ellos mismos sabían porque motivo lo hacían de ese modo.
Los dioses nunca explican sus motivos. Caos ni siquiera los comprende.
Cuando los Anthronai poblaron el mundo los encontraron en él y los enfrentaron.
Los Anthronai los temieron en su furia, los combatieron en su rabia, los vencieron en su desorden. La Guardia Dorada nació para defenderse de los Haddonel y sus furibundos e impredecibles ataques. Cuando la magia hizo imposible controlar unas esencias que no respondían ante orden ninguno; cuando la diplomacia demostró que era incapaz de sellar pacto, acuerdo o tratado alguno con seres que no reaccionaban ante ninguna lógica y no respetaban palabra alguna, entonces llegó La Guardia y los obligó a retirarse tantas veces como fue necesario.
No había Anthronai en su sano juicio que no los temiera, que no albergara en sus sueños más oscuro el temor de verse rodeado y atacado por una hueste vociferante y confusa de estos seres de impulsos y de rabia, de destrucción y furia. No había ninguno salvo los integrantes de élite dorada que defendía el mundo.
Quizás por ello, porque habían luchado y vencido contra ellos, porque habían muerto a sus manos y los habían tenido tan cerca que habían percibido la confusión y el caos hasta en la más leve de sus respiraciones, hasta en el más imprecisos de sus alientos, los miembros de La Guardia eran los únicos que no gastaban ni un segundo de su tiempo en maldecirlos, que no empleaban ni un ápice de sus fuerzas en odiarlos. Necesitaban todo su tiempo y todo su empeño en combatirles.
Odiar a un enemigo, maldecir a un rival puede ser bueno para la moral y el trabajo en la batalla. Pero los Haddonel no eran enemigos, no eran rivales. De nada sirve maldecir a la peste. De nada sirve odiar a una plaga.
Por eso, cuando los vigías de La Remonta hicieron sonar la campana de aviso con el tañido lúgubre y rítmico reservado a los Haddonel, se prepararon para la batalla como el que se dispone a arrancar las malas hierbas, como el que se ve en la obligación de fijar los pestiños y las contraventanas ante un viento que se levanta furioso y repentino, como el que tiene la obligación de mantener el mundo en orden.
Mientras el resto de los Anthronai se encerraba en sus moradas a rezar por su vida a un dios que les había advertido hacía mucho tiempo que no iba a escucharles, La Guardia se ordeno en sus amplias formaciones de cuadrados y rombos y presento batalla a las astillas de caos que descendían a raudales desde las montañas y brotaban como fuentes desde la linde de los ríos.
Ephiné tomo su arco del suelo y redispuso a incorporarse a su unidad de la Remonta allá en las colinas que circundaban la ciudad de los Anthronai, pero unos delgados dedos la sujetaron por el brazo. Delgados y unisitadamente fuertes para alguien que parecía descomponerse en mil pedazos de cristal cada vez que estornudaba. A lo mejor no eran tan fuertes y era solo el cansancio y la derrota lo que hizo que Ephiné no lograra desasirse de su presa.

- Esta vez no, la batalla ya ha empezado -y la voz del remilgado aristócrata pareció cantar de nuevo al continuar- hoy no quieras saber de batallas de odio y de rencor. Hoy ya te hemos visto morir.

Y la batalla comenzó sin Ephiné. Por primera vez desde que Sideria cometiera el error de su egoísta parto múltiple, por primera vez desde que los astros comenzaran la danza del universo, por primera vez desde que los niños comenzaron a nacer sin lágrimas en los ojos y sin sal en el rostro, La Guardia Dorada de los Anthronai apareció en el campo de batalla con una brecha en sus filas.
El espacio vacío que la arquera dorada que había decidido construir su propia vida dejaba en la imponente formación de diez mil guardias que se desplegaba en el frente de batalla era ínfimo, no había ojo de dios, de Anthronai o de ángel que pudiera discernirlo, pero los Haddonel son hijos de Caos. No tienen ojos. Por eso lo olieron, lo escucharon y lo degustaron como una victoria inesperada, como una sorpresa satisfactoria. Cuando estás acostumbrado a enfrentarte a algo indestructible, la más pequeña fisura se antoja un triunfo.
No es que se organizaran, no es que elaboraran una complicada estrategia de fintas y elusiones que les permitiera atacar ese punto débil de la Guardia Dorada. Fue simplemente un impulso anárquico, una fijación destructiva, un arrebato caótico en honor de aquel cuya desidia les había puesto en el mundo por casualidad. En esa batalla, para los Haddonel sólo existía la brecha.
El comandante de La remonta dio las órdenes oportunas y los compañeros y compañeras de unidad de Ephiné repelieron el primer ataque, esquivaron el segundo, paralizaron el tercero y se vieron obligados a retroceder ante el cuarto.
La Guardia Dorada reaccionó y cambió las líneas de batalla, sus trazos se movieron con la precisión de jornadas completas de entrenamiento, de veranos enteros de maniobras, de años íntegros de práctica.
Los cuadrados se hicieron rombos y los rombos triángulos. La Remonta fue apartada del frente principal de batalla y sus flechas silbaron por encima de la cabeza de sus compañeros de armas para irse a clavar en los corazones de los Haddonel.
Pero el Caos se movió al compás. El instinto es a veces mucho más rápido que la mente y el orden. Un instante después los Haddonel volvían a atacar a aquellos que habían sido separados de la primera línea recombate. La brecha seguía abierta. Ephiné seguía en el solar que había sido su morada.

- Es por mi culpa –masculló la guerrera, tomando su arco y pretendiendo soltarse de la presa de Lesskin. Este la soltó sin oponer resistencia – He de hacer algo.
Dio varios pasos decididos hacia el frente. El ala de retaguardia apenas se encontraba a doscientos metros de su morada. Diez mil Anthronai y Cien mil demonios de Caos precisan mucho espacio para hacer correr la sangre y la muerte. De nuevo la voz del petimetre la detuvo con su versión más aflautada y cínica.

- ¿Por qué pedirle a alguien que está destruido que te ayude a construirte?, ¿de que te sorprendes si te lleva a la ruina? Mira como luchan, mira como viven, mira como mueren. Eres uno de ellos, ¿por qué te empeñas en negarlo?

Ephiné no tuvo que comprender, no tuvo que poner su mente al servicio de la lógica y la interpretación de las palabras escuchadas. Su cuerpo reaccionó por ella y arrojó el arco al suelo, su alma reaccionó por ella y tomó una herramienta, su corazón, escondido aún en una gema brillante y remota en las montañas que circundan el mundo, reaccionó por ella y comenzó a construir.
Se afanó entre sudores en poner en pie una de las columnas que yacían inertes y horizontales en el suelo después de los intentos dolorosos e inútiles de construir su morada que la guerrera había protagonizado. Cargó con ella como quien carga con el peso de la vida y del mundo pero, en lugar de colocarla en el centro del espacio en el que debía asentarse su morada, corrió con ella hacia uno de los ángulos y Corella sobre el hombro se puso a horadar un agujero que la sirviera de cimiento y, terminada la tarea, la clavó en el suelo como los salvajes del oeste clavan sus verticales altares de madera para hablar con sus antepasados.
La Guardia seguía girando sus lados y sus figuras de acero y sangre, ofreciendo sus ángulos mas afilados a los Haddonel. Los hacheros abrían brechas en la horda y en las cabezas de sus enemigos, las lanceras retrasaban los avances ensartando demonios de Caos a diestro y siniestro, Los arqueros y arqueras de La Remonta habían llegado a la retaguardia mientras los Haddonel les perseguían obsesivamente, con la obcecación que sólo muestran aquellos que están consagrados a la destrucción.
 Y de pronto se pararon. La Remonta seguía en pie, herida, macilenta y tumefacta, pero en pie. 
Pero los Haddonel se detuvieron un instante como si hubieran logrado su objetivo.
Repentinamente su ataque volvió a ser desordenado, sin objetivo, rabioso, como lo había sido siempre, como lo sería portada la eternidad. Cargaban contra cualquier flanco, cualquier formación, cualquier arma que les opusieran los guardianes áureos. Los Haddonel habían dejado de percibir la brecha.
Los acompasados y sangrientos movimientos de La Guardia Dorada para cubrir a su asediada ala de La Remonta habían llevado a los vigilantes de las colinas a la retaguardia y allí se habían agrupado, cubriendo su brecha con lo único que tenían para hacerlo. Habían cerrado el hueco con la columna que Ephiné había erigido. Ya no había desorden, ya los Haddonel no podían paladear el sabor de la derrota, no podían escuchar el paso del viento entre las líneas de batalla de sus enemigos. El orden exige observación. Y los Haddonel nunca han dejado de estar ciegos.
Ephiné lo vio y vitoreó interiormente su victoria. El comandante de La Guardia lo vio y ladró órdenes, envió mensajes y lanzó halcones de despachos para reorganizar la defensa y el contraataque de manera que la Remonta no perdiera en ningún momento su nueva formación con la columna de Ephiné; Lesskin lo vio y palmeo animadamente como un niño lo hace ante la actuación de unos acróbatas en un día de fiesta.
Akhran lo vio y arqueó una ceja en la curvatura contraria de su sonrisa. Ese gesto, esa ínfima distracción de un instante mínimo en la eterna desatención de un dios,  permitió a Pavan, Señor del Miedo y la Cobardía escapar de su acero. El cobarde siempre escapa. El miedo siempre vuelve.


- Ingenioso –comentó mientras limpiaba su acero de la sangre de tres dioses- Complicado, pero en extremo ingenioso-.

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