Una vez el mundo se alzó sobre su vientre de lava ardiente y
vapor venenoso, Caos fue el primero que reinó sobre él. No es que pusiera mucho
empeño en hacerlo, pero nadie le negaba esa posición puesto que no había nadie
que tuviera la existencia suficiente para hacerlo.
Las esencias universales vagaban a su antojo, se
enfrentaban, se conformaban y se fundían sin orden en un concierto inarmónico y
estridente que salvaguardaba el gusto de Caos por la destrucción. De esos
choques y enfrentamientos infinitos nacieron los Haddonel.
No eran hijos de Caos, como los Lorhim, puesto que no habían
nacido de su voluntad, no eran producto del pensamiento de la esencia errática
del mundo. Eran un accidente, un espurio e inquietante resultado casual de una
de esas acciones que Caos no planeaba hacer pero realizaba como parte misma de
su naturaleza.
Los restos del desorden, de la fuerza vital inacabada e
incontrolada, de destrucción aleatoria y la reconstrucción desorganizada
chocaron entre ellos y de las esquilas y las astillas de sus propias esencias
surgió la raza que había de poblar el mundo en la anarquía. Los Haddonel eran
producto de caos y como Caos actuaban aunque ni ellos mismos sabían porque
motivo lo hacían de ese modo.
Los dioses nunca explican sus motivos. Caos ni siquiera los
comprende.
Cuando los Anthronai poblaron el mundo los encontraron en él
y los enfrentaron.
Los Anthronai los temieron en su furia, los combatieron en
su rabia, los vencieron en su desorden. La Guardia Dorada nació para defenderse
de los Haddonel y sus furibundos e impredecibles ataques. Cuando la magia hizo
imposible controlar unas esencias que no respondían ante orden ninguno; cuando
la diplomacia demostró que era incapaz de sellar pacto, acuerdo o tratado
alguno con seres que no reaccionaban ante ninguna lógica y no respetaban
palabra alguna, entonces llegó La Guardia y los obligó a retirarse tantas veces
como fue necesario.
No había Anthronai en su sano juicio que no los temiera, que
no albergara en sus sueños más oscuro el temor de verse rodeado y atacado por
una hueste vociferante y confusa de estos seres de impulsos y de rabia, de
destrucción y furia. No había ninguno salvo los integrantes de élite dorada que
defendía el mundo.
Quizás por ello, porque habían luchado y vencido contra ellos,
porque habían muerto a sus manos y los habían tenido tan cerca que habían
percibido la confusión y el caos hasta en la más leve de sus respiraciones,
hasta en el más imprecisos de sus alientos, los miembros de La Guardia eran los
únicos que no gastaban ni un segundo de su tiempo en maldecirlos, que no
empleaban ni un ápice de sus fuerzas en odiarlos. Necesitaban todo su tiempo y
todo su empeño en combatirles.
Odiar a un enemigo, maldecir a un rival puede ser bueno para
la moral y el trabajo en la batalla. Pero los Haddonel no eran enemigos, no
eran rivales. De nada sirve maldecir a la peste. De nada sirve odiar a una
plaga.
Por eso, cuando los vigías de La Remonta hicieron sonar la
campana de aviso con el tañido lúgubre y rítmico reservado a los Haddonel, se
prepararon para la batalla como el que se dispone a arrancar las malas hierbas,
como el que se ve en la obligación de fijar los pestiños y las contraventanas
ante un viento que se levanta furioso y repentino, como el que tiene la
obligación de mantener el mundo en orden.
Mientras el resto de los Anthronai se encerraba en sus
moradas a rezar por su vida a un dios que les había advertido hacía mucho
tiempo que no iba a escucharles, La Guardia se ordeno en sus amplias
formaciones de cuadrados y rombos y presento batalla a las astillas de caos que
descendían a raudales desde las montañas y brotaban como fuentes desde la linde
de los ríos.
Ephiné tomo su arco del suelo y redispuso a incorporarse a
su unidad de la Remonta allá en las colinas que circundaban la ciudad de los
Anthronai, pero unos delgados dedos la sujetaron por el brazo. Delgados y
unisitadamente fuertes para alguien que parecía descomponerse en mil pedazos de
cristal cada vez que estornudaba. A lo mejor no eran tan fuertes y era solo el
cansancio y la derrota lo que hizo que Ephiné no lograra desasirse de su presa.
- Esta vez no, la batalla ya ha empezado -y la voz del
remilgado aristócrata pareció cantar de nuevo al continuar- hoy no quieras
saber de batallas de odio y de rencor. Hoy ya te hemos visto morir.
Y la batalla comenzó sin Ephiné. Por primera vez desde que
Sideria cometiera el error de su egoísta parto múltiple, por primera vez desde
que los astros comenzaran la danza del universo, por primera vez desde que los
niños comenzaron a nacer sin lágrimas en los ojos y sin sal en el rostro, La
Guardia Dorada de los Anthronai apareció en el campo de batalla con una brecha
en sus filas.
El espacio vacío que la arquera dorada que había decidido
construir su propia vida dejaba en la imponente formación de diez mil guardias
que se desplegaba en el frente de batalla era ínfimo, no había ojo de dios, de
Anthronai o de ángel que pudiera discernirlo, pero los Haddonel son hijos de
Caos. No tienen ojos. Por eso lo olieron, lo escucharon y lo degustaron como
una victoria inesperada, como una sorpresa satisfactoria. Cuando estás
acostumbrado a enfrentarte a algo indestructible, la más pequeña fisura se
antoja un triunfo.
No es que se organizaran, no es que elaboraran una
complicada estrategia de fintas y elusiones que les permitiera atacar ese punto
débil de la Guardia Dorada. Fue simplemente un impulso anárquico, una fijación
destructiva, un arrebato caótico en honor de aquel cuya desidia les había
puesto en el mundo por casualidad. En esa batalla, para los Haddonel sólo
existía la brecha.
El comandante de La remonta dio las órdenes oportunas y los
compañeros y compañeras de unidad de Ephiné repelieron el primer ataque,
esquivaron el segundo, paralizaron el tercero y se vieron obligados a
retroceder ante el cuarto.
La Guardia Dorada reaccionó y cambió las líneas de batalla,
sus trazos se movieron con la precisión de jornadas completas de entrenamiento,
de veranos enteros de maniobras, de años íntegros de práctica.
Los cuadrados se hicieron rombos y los rombos triángulos. La
Remonta fue apartada del frente principal de batalla y sus flechas silbaron por
encima de la cabeza de sus compañeros de armas para irse a clavar en los
corazones de los Haddonel.
Pero el Caos se movió al compás. El instinto es a veces
mucho más rápido que la mente y el orden. Un instante después los Haddonel
volvían a atacar a aquellos que habían sido separados de la primera línea recombate.
La brecha seguía abierta. Ephiné seguía en el solar que había sido su morada.
- Es por mi culpa –masculló la guerrera, tomando su arco y
pretendiendo soltarse de la presa de Lesskin. Este la soltó sin oponer
resistencia – He de hacer algo.
Dio varios pasos decididos hacia el frente. El ala de
retaguardia apenas se encontraba a doscientos metros de su morada. Diez mil
Anthronai y Cien mil demonios de Caos precisan mucho espacio para hacer correr
la sangre y la muerte. De nuevo la voz del petimetre la detuvo con su versión
más aflautada y cínica.
- ¿Por qué pedirle a alguien que está destruido que te ayude
a construirte?, ¿de que te sorprendes si te lleva a la ruina? Mira como luchan,
mira como viven, mira como mueren. Eres uno de ellos, ¿por qué te empeñas en
negarlo?
Ephiné no tuvo que comprender, no tuvo que poner su mente al
servicio de la lógica y la interpretación de las palabras escuchadas. Su cuerpo
reaccionó por ella y arrojó el arco al suelo, su alma reaccionó por ella y tomó
una herramienta, su corazón, escondido aún en una gema brillante y remota en
las montañas que circundan el mundo, reaccionó por ella y comenzó a construir.
Se afanó entre sudores en poner en pie una de las columnas
que yacían inertes y horizontales en el suelo después de los intentos dolorosos
e inútiles de construir su morada que la guerrera había protagonizado. Cargó
con ella como quien carga con el peso de la vida y del mundo pero, en lugar de
colocarla en el centro del espacio en el que debía asentarse su morada, corrió
con ella hacia uno de los ángulos y Corella sobre el hombro se puso a horadar
un agujero que la sirviera de cimiento y, terminada la tarea, la clavó en el
suelo como los salvajes del oeste clavan sus verticales altares de madera para
hablar con sus antepasados.
La Guardia seguía girando sus lados y sus figuras de acero y
sangre, ofreciendo sus ángulos mas afilados a los Haddonel. Los hacheros abrían
brechas en la horda y en las cabezas de sus enemigos, las lanceras retrasaban
los avances ensartando demonios de Caos a diestro y siniestro, Los arqueros y
arqueras de La Remonta habían llegado a la retaguardia mientras los Haddonel
les perseguían obsesivamente, con la obcecación que sólo muestran aquellos que
están consagrados a la destrucción.
Pero los Haddonel se detuvieron un instante
como si hubieran logrado su objetivo.
Repentinamente su ataque volvió a ser desordenado, sin
objetivo, rabioso, como lo había sido siempre, como lo sería portada la
eternidad. Cargaban contra cualquier flanco, cualquier formación, cualquier
arma que les opusieran los guardianes áureos. Los Haddonel habían dejado de
percibir la brecha.
Los acompasados y sangrientos movimientos de La Guardia
Dorada para cubrir a su asediada ala de La Remonta habían llevado a los
vigilantes de las colinas a la retaguardia y allí se habían agrupado, cubriendo
su brecha con lo único que tenían para hacerlo. Habían cerrado el hueco con la
columna que Ephiné había erigido. Ya no había desorden, ya los Haddonel no
podían paladear el sabor de la derrota, no podían escuchar el paso del viento
entre las líneas de batalla de sus enemigos. El orden exige observación. Y los
Haddonel nunca han dejado de estar ciegos.
Ephiné lo vio y vitoreó interiormente su victoria. El
comandante de La Guardia lo vio y ladró órdenes, envió mensajes y lanzó
halcones de despachos para reorganizar la defensa y el contraataque de manera
que la Remonta no perdiera en ningún momento su nueva formación con la columna
de Ephiné; Lesskin lo vio y palmeo animadamente como un niño lo hace ante la
actuación de unos acróbatas en un día de fiesta.
Akhran lo vio y arqueó una ceja en la curvatura contraria de
su sonrisa. Ese gesto, esa ínfima distracción de un instante mínimo en la
eterna desatención de un dios, permitió
a Pavan, Señor del Miedo y la Cobardía escapar de su acero. El cobarde siempre escapa. El miedo siempre vuelve.
- Ingenioso –comentó mientras limpiaba su acero de la sangre
de tres dioses- Complicado, pero en extremo ingenioso-.

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