martes, 7 de enero de 2014

¡Qué arda Roma!

El décimo octavo día del mes dedicado a Cayo César del año 64 después de que el rey de Judea creyera que había nacido un sucesor indeseado para su trono, Roma se moría. Nadie podía evitarlo. Roma se marchaba por el sumidero de su opulencia y su desidia y nadie hacia nada en absoluto para impedir, demorar o atenuar el óbito. Ni siquiera el César. El que menos, el César.
Desde que había nacido, había escuchado a sus espaldas los gritos de su madre llamándole loco y los reproches de su padrastro llamándole indolente, porque el noble  Claudio tartamudeaba tanto que le resultaba difícil, muy difícil, gritar.
Y ahora, mientras paseaba por las calles de la ciudad que era el reflejo de su propia persona, escuchaba los susurros de sus súbditos y esclavos llamándole loco, perturbado, raro.
Nerón Claudio César Augusto Germánico sabía que ser César de Roma convertía los gritos en susurros, pero no evitaba que, hasta el último de los romanos que estaban llevando su ciudad a la muerte, pensaran de él que no era como ellos. Hasta el viejo Calígula era más comprensible. Ese simplemente era un depravado.
Ninguno de los nobles escritores de Roma compartió aquel paseo con Nerón. Ni Cicerón, ni su maestro Séneca, ni ninguno de los ilustres latinos que han pasado a la historia de las postrimerías, caminaban junto al emperador esa tórrida tarde. Tan sólo lo hacía un esclavo y un liberto. Y el esclavo no contaba. Los esclavos nunca cuentan.
Nerón había decidido, como lo deciden todos los césares, como lo deciden todos los humanos, erigir su propia historia.
Los valientes, o al menos los que en un momento de su vida se creen valientes, optan por la guerra, por la paz o por la justicia para edificar sus existencias. Pero Nerón era César no por ser valiente, sino por ser Nerón.
Los cobardes eligen la huida y la traición para levantar los muros que protegen y afirman su vida. Pero el Nerón no era César por se cobarde. Era César por ser Nerón.
Así que Nerón eligió la construcción para su historia. Eligió construir una nueva Roma para que quedara el recuerdo de un nuevo Nerón.
Para ello sacrificó el erario público, exprimió las colonias, esquilmo los tesoros de patricios y plebeyos, elevó los impuestos y exigió al Senado apoyo gratuito, pagando la disensión con muerte y con veneno.

Como Roma moría, Nerón la obligó a sangrar. A los sacerdotes de los templos divinos les escocían las gargantas y los ojos de tanto clamar y llorar al ver sustraídos por los pretorianos los denarios y talentos de las ofrendas a los dioses; los cuerpos de los comerciantes crujían y se amorataban ante los empeñones que recibían de los cuestores en su afán por extraer de ellos hasta la última moneda que exigían los nuevos impuestos y aranceles; las espaldas, los brazos y las cabezas de los esclavos de las trirremes de Roma penaban más que nunca por el látigo, el remo y el timbal de sus maestros de puente que les obligaban a surcar los mares a toda velocidad para trasladar a Roma todas las riquezas que los confines del imperio podían proporcionar; Los hombros y las piernas de las orgullosas legiones ardían de calambres obligados a forzar una marcha que ya era forzada para poner ante el emperador el fruto de las rapiñas en las tierras bárbaras y en las provincias rebeldes y sometidas. Al Imperio, desde Siria hasta Lusitania, desde Londignum hasta Numidia le dolía su César. Y el Cesár tomó el dolor de Roma, que también era el suyo, y lo transformó en oro para poder construirla de nuevo.
Aprendió a mentir a los que le querían para soslayar dudas, explicaciones y preocupaciones; a ignorar a los que le odiaban para evitar cualquier cosa que llegara de ellos. Aprendió a llorar a solas y a reír ante todos. Aprendió que la locura era un escudo y la verdad un pilum de acero hitita que podía clavarse en el alma de aquellos que se oponían a sus intentos de construirse con cada piedra de Roma.
Y ahora paseaba entre arquitectos y obreros, entre capataces y canteros, entre esclavos y artesanos y no le gustaba lo que veía. No le gustaban como estaban construyendo la ciudad que era él.
- Lo hacen mal- Y el liberto se encogió esperando uno de los tristemente famosos ataques de ira del César- Si construyen mal Roma me construyen mal a mi. Yo soy Roma.
- La reconstruyen según los planos, César- Se aventuró a afirmar el liberto.
Intentaba salvar a inocentes de la ira de Nerón, de la furia del César. Pero sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo el sumo monarca y pontífice latino.
Le había visto morir cada noche ante el espejo, así que sabía que Nerón no quería una reconstrucción de Roma quería una nueva construcción de Roma; le había visto repasar con admiración los escritos de Claudio, el noble Claudio, así que sabía que no quería que remozaran las paredes, restauraran los arcos y arreglaran las grietas de los edificios, los almacenes, y las termas.
Quería una ciudad nueva. Quería que cada edificación de Roma renunciara a sus vigas maestras inconsistentes, a sus muros de carga desgastados, a sus piedras angulares baldías, a sus cimientos centenarios, a sus materiales antiguos y a sus distribuciones de pesos abocadas a la ruina. Quería que la Roma que era él no volviera a encontrarse dentro de dos césares necesitando una nueva restauración.
No ansiaba demorar la caída. Quería evitarla. No deseaba retrasarla, quería impedirla. No pretendía reconstruir, quería construir y construirse su historia de nuevo desde un solar arrasado y dejado libre por los escombros de todo lo anterior.
Nerón acabó su paseo y al día siguiente Roma ardió. 
Ardió como había ardido Troya por la furia vengativa de Agamenón; ardió como ardería Londres por la desesperación de la enfermedad; ardió como había de arder París por la rabia justiciera de sus habitantes. Algunos dijeron que fue por las ratas o por la peste, otros que fue un accidente y otros que fue para sacar del subsuelo a esos locos cristianos. Pero todos se quedaron con la idea de que había sido por la locura incomprensible de su César.
Y desde ese día comenzaron a planear su muerte.
Más todos los patricios y cortesanos que se encontraban en la sala junto a Nerón mientras ardía Roma estaban tan preocupados por sus posesiones, su futuro y sus cabezas, que no fueron capaces  de escuchar la última estrofa de la elegía que Nerón había compuesto para ese histórico momento.
El 19 de Julio del año 64 de la era cristiana, el miedo, al avaricia y una lira mal afinada evitaron que nadie, salvo un liberto, escuchara la canción del César Nerón
- Por fin Roma es una tabula rasa. Por fin podemos construirla y construirnos. Por fin, sin edificios y sin sombras, el sol existe para todos.
Y si el miedo, la avaricia y la precaución impidieron a patricios, cortesanos y soldados escuchar esa estrofa, la desidia, la conspiración y el odio impidieron comprender la respuesta de un liberto que, en teoría, no tenía derecho alguno a contestar.
- Quedan las colinas, César. Se construya como se construya la Roma que es el César, siempre podrá apoyarse en las colinas, siempre necesitará de ellas. Las colinas irán allá donde Roma y el César, que es Roma, les pidan que vayan.
El liberto nunca supo si Nerón Claudio César Augusto Germánico escuchó esa sentencia. Miraba a las llamas y a los solares arrasados que estas dejaban como el galeote mira el cortafríos que rompe sus grilletes.
Una ciudad eterna que es el alma de un césar y un César que es el cuerpo de una ciudad eterna no suelen pedir nada. No acostumbran a hacerlo. Pero ha de aprenderse. Aunque eso se aprende de otra forma.

Desde ese día Nerón se limitó a vivir y  a esperar que su sucesor acabara con él. Él ya había hecho su trabajo. Y las colinas…

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