miércoles, 22 de enero de 2014

Dime lo que sabes de física cuántica I (otra vida)

Cuando sale a la calle el humo alto hace que tosa una vez más. En la ciudad ya no hay niebla. El humo alto ha tomado su lugar. No hay espacio en el cielo para el aire ¡Como para esperar que lo hubiera para la niebla! Muchos dicen, en los informativos y los documentales, que el tráfico terminaría devorando la tierra. Lo cierto es que ya ha tomado y digerido el cielo.
- Mierda –  y la afirmación se hace eterna por lo repetida. Por la constancia en el fallo de la caja de cambios, por la ingratitud reiterada y ubicua del tráfico, por la imposibilidad de escapatoria del atasco.
La máquina vuelve a estar en su sitio. Las sirenas la anuncian, las luces la anticipan. No debería estar allí. Las emisoras anuncian que no está allí, la lógica debería impedir que estuviera allí, las cámaras de la DGT niegan que esté allí.
Pero sigue en su sitio, escupiendo grava y alquitrán, tiñendo del negro luto de su contenido la calzada que debería asfaltar en la oscuridad de la noche y no en el reciente amanecer de la hora punta. Está allí. Ese ya es su sitio. La reiteración le ha concedido carta de naturaleza. La alquitranadota tiene su nuevo feudo.
Siente como las luces se quedan un instante paradas, el tiempo que un suspiro tarda en formase, el tiempo que su escote tarda en hincharse antes de exhalarlo ante la atenta mirada del conductor tuneado que le ha tocado de compañero en esa danza aciaga de adelantamientos al ralentí. Las sirenas del monstruo del alquitrán dudan un instante, como el politono de un móvil con poca batería, como la primera entrando por trigésimo cuarta vez en la última media hora.
Pasa junto a la máquina y un operario la saluda. Siempre son los mismos. Siempre llegan de lejos, siempre soportan el calor que otros no aguantan. Manejan las señales con la desgana de aquellos que hacen algo que no quieren hacer –no es culpa nuestra – parecen decir sin hablar- somos unos mandados. Todos negros, todos rubios, todos los mismos. Todos de lejos. Son rostros diferentes, pero son los mismos.
- Siempre es lo mismo si no cambia –le grita uno de ellos, las rastas atadas a la espalda, la sonrisa careada en sus dientes negros, como la piel, como la magia- Siempre es lo mismo ¿Otra vía?
No entiende la pregunta y acelera. Acelera. La carretera ya lo permite. El atasco desaparece cuando el monstruo alquitranador queda atrás. Y ella acelera. Huyendo del lugar, huyendo del calor, huyendo de la desazón que le han producido las palabras del operario, huyendo de la complicidad de su sonrisa. Huyendo de su vida.
Conduce mirando al frente, a las intermitentes líneas que dan la posibilidad a los velocistas suicidas de poner a prueba su pacto diario con la muerte, a las rectas continuas que mantienen a los conductores a salvo de aquellos que compiten al volante con su propia ignorancia, con su secular inconsciencia.
No mira a los laterales, no aparta la vista del frente hasta que le llega un olor familiar, un olor añorado y perpetuo. Un olor que no debería estar allí.
La humedad la hace romper a sudar y la sal la obliga a estornudar justo cuando gira la cabeza. Cree que no está viendo lo que ve y parpadea dos veces. Suena un claxon.
La línea del mar sigue allí, los rompientes siguen allí. El ruido, la humedad, la sal, siguen allí. No deberían estar pero permanecen allí. La costa se marca en el lateral de la carretera como la hombrera de su camiseta lo hace sobre su brazo.
Decide tomar la primera salida de la autopista. Ni siquiera se fija en la indicación. No tiene sentido dar pábulo a las indicaciones cuando el mar no está en su sitio.

El desvío la lleva hasta la playa. No la sorprende. Si ha aparecido el mar de repente será para que alguien vaya a verlo, a sentirlo. Ya no tiene que añorarlo. Lo tiene delante.

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