lunes, 27 de enero de 2014

La Herencia de Caín I

La guerra va mal.
Tenemos el armamento más sofisticado y eficaz que la tecnología  ha podido proporcionarnos; tenemos la preparación que sólo siglos de entrenamiento conceden a los que perseveran; tenemos toda la plata que podemos desear, acumular y utilizar. Pero la guerra va mal.
Ellos sólo tienen sus garras, su eterno e infalible instinto y su determinación.
Eso y a los perros.
A primera vista podría parecer que tenemos todas las de ganar. Pero no es así. Llevamos más de cincuenta años sin abatir un enemigo; ni siquiera hemos conseguido localizar a uno. Creedme, la guerra va mal. Lleva 1.300 años yendo mal.
Y ahora a mi, a uno de los más grandes guerreros de entre los nuestros; a quien fue capaz de frenar el incidente Adraxas, que estuvo a punto de acabar con todos nosotros; al único que ha conseguido convertir a un gobernante supremo, me encargan este trabajo. Me crujen los colmillos sólo de pensar en ello.
Voy a ser la maldita niñera de un pequeño. Es humillante. Los demás de La Elite me miran por encima del hombro y sonríen. He caído en desgracia. Sólo puede ser eso. Nunca antes uno de los nuestros había caído tan bajo. Soy el primer vampiro - niñera de la historia.
Por cierto, mi nombre es Tadeus. Podéis llamarme Deus. Irónico ¿Verdad?




Deus avanzó por la calle confundiéndose con las sombras como había hecho durante siglos. Las luces de los faroles eran un impedimento pero habían desarrollado nuevas técnicas para ocultarse de ellas. Antes, cuando no había alumbrado, la vida era más fácil. La guerra era más segura.
Lo olió antes de verlo y automáticamente sacó su arma. Mecánicamente la comprobó. Toda la plata estaba en su sitio. Preparada para ser disparada. El olor le perforaba los sentidos y se tensó. Husmeó el aire para identificar el hedor. No había duda. El enemigo estaba cerca. Su pútrido aroma le delataba. Era intenso, tan fuerte que podría tratarse de un primigenio.
- ¿Será posible? – pensó Deus - A lo mejor La Sombra era benévola con él y le permitía eliminar a un primigenio en el transcurso de su bochornosa misión. Sería el primero en cincuenta años.  Eso retraería los colmillos a unos cuantos.
Y junto a aquel maldito olor había otro. Uno eterno, dulce y cálido. Junto al enemigo estaba la recompensa. La sangre.
Apoyado contra el muro que rezumaba agua y basura giró la esquina y contempló la escena. Allí estaban los dos. Las dos razones de su existencia; sus dos objetivos: la guerra y la sangre.
Se mantenía en forma lupina junto al niño. Era blanco y gris. Era hermoso. Era letal. Sintió como el vello de su nuca se erizaba, volvía a la vida. Deus era uno de los pocos que admiraba abiertamente la belleza de sus enemigos, había matado a tantos que se había ganado ese derecho.
Apuntó la pequeña ballesta a la cabeza del can y saltó sobre el muro, anduvo sobre él. Disparó y se dio cuenta de que su enemigo ya no estaba en el mismo sitio. Había saltado. Su figura se recortaba en el aire con las patas extendidas y la boca abierta. Si esos colmillos le tocaban sería el fin.
Giró en el aire y aterrizó en el suelo. Otra saeta se había cargado en la ballesta. Magia y técnica hacían su trabajo. Volvió a apuntar mientras su enemigo apoyaba las patas traseras en la pared y volvía a lanzarse contra él.
Suspendido en la noche, en el aire cálido y agobiante de aquella tierra semidesértica, el lobo blanco y gris comenzó a transformarse, a adoptar su forma de combate.
Deus contempló una de las pocas escenas que eran capaces de encoger los sentidos de un miembro de La Elite; una visión que aterrorizaría a un vampiro común. Si hubiera tenido sangre se le hubiera helado en las venas; si hubiera tenido alma se le hubiera encogido.
Cuando el lobo blanco y gris aterrizó en el suelo ya no era un lobo. Medía dos metros y medio y se apoyaba sobre dos piernas con las articulaciones invertidas. Todo su torso y su espalda estaban cubiertos de pelaje blanco y gris y sus patas delanteras eran brazos que acababan en manos rematadas con garras brillantes de 30 centímetros de longitud. Sus colmillos de madera medían lo mismo. Era un primigenio. No había duda.
Deus tomó aire para fijar el blanco. Tenía una sola oportunidad y la aprovecharía. La ballesta no temblaba. Sintió el roce de una pequeña mano sobre su piel y el olor de la sangre le inundó. Llenó sus sentidos como sólo el alimento primordial podía hacerlo. Durante un instante su sed fue más importante que su visión. En una guerra que dura millones de años un instante es demasiado importante. Perdió el blanco.
- No dispares Plubio Tadeus Pealico – escuchó la voz del niño y esta fue como un arrullo- Te lo pido yo, que estoy aquí para procurarte alimento-. Una gota de sangre cayó desde la muñeca del infante sobre el brazo con el que Deus empuñaba la ballesta. Su piel se calentó, ardió. Lamió esa gota y el mundo desapareció – He venido a devolveros lo vuestro. A todos – escuchó el vampiro de La Elite mientras se desmayaba.
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Deus despertó y en un segundo supo lo que había pasado. Tanteó el suelo buscando su arma pero sólo encontró arena. Los sentidos de un inmortal son rápidos. Su mente también. No estaba en la ciudad. Habría tocado piedra si estuviera en ese cúmulo de viviendas inhabitables que los humanos llamaban ciudad. Había sido trasladado.
- Él te trajo – la voz del niño, aguda y cálida, le obligó a abrir los ojos- Yo se lo pedí.
Deus se dio cuenta de que estaba en el desierto. El horizonte se extendía con apariencia infinita. Las dunas cantaban su canción en armonía con el viento. El sol se alzaba en el horizonte.
Sus instintos reaccionaron al tomar conciencia de la presencia del astro en el firmamento. Se cubrió el rostro. Se preparó para desaparecer pero su piel seguía fría; seguía entera. Deus seguía muerto. Contempló el sol con sorpresa y excitación.
- Mi sangre cura. Mi carne cura, siempre lo ha hecho – rió el niño ante la sorpresa del vampiro, tendiéndole la mano para que se levantara – A Lycarades también le curó.
Deus miró al lobo primigenio. Se suponía que sólo podía asumir su forma de combate durante la noche. Pero allí estaba. Sus garras y sus colmillos relucían al sol. Su nombre empezaba por la raíz antigua. No sólo era un primigenio. Era un miembro de El Origen, del equivalente a La Elite de los Vampiros. Luego observó la herida en el brazo del niño. Faltaba un trozo de carne.
El licántropo debería haberse transformado a su forma lupina al llegar la mañana pero seguía erguido sobre dos piernas. Era algo imposible. Tan imposible como que Deus siguiera vivo.
- ¿Quién eres? – le preguntó al niño mientras se levantaba-
- Eso deben decidirlo otros –contestó la cálida voz del pequeño. Había demasiada sabiduría en ella. Era como la de aquellos que son convertidos en la infancia y viven siglos de experiencia en un cuerpo de niño. Pero no era así. Olía a humano. Era completamente humano – Nosotros no estamos aquí para eso.
Desalentado por la respuesta, Deus hizo algo que no se había hecho desde antes de que la gran roca de Xefando chocara contra el mundo y el hielo invadiera La Tierra por primera vez. Habló con un enemigo.
- ¿Tu sabes algo?-preguntó volviéndose hacia Lycarades, que se encogió de hombros después de apartarse y gruñir con sorpresa-.
- Es un licántropo –dijo el niño- Los licántropos no tienen el don de la palabra. Yo curo. No cambio la naturaleza de nadie. Lycarades ya ha visto lo que estas a punto de ver. Ya sabe. Ya comprende. Ahora es tu turno.
El niño comenzó a andar y Deus se sintió impelido a seguirle. Caminaban por el desierto como el que avanza por una gran avenida. Sus pasos no eran trabados por la arena o el calor. Dos inmortales y un niño no se cansan con facilidad.
Toda la atención de Deus se centraba en vigilar que Lycarades, que caminaba a su altura husmeando el aire a cada paso, no se lanzara sobre él. Por eso le sorprendió encontrarse de repente ante una formación rocosa que parecía haber surgido de la nada. Se detuvo en seco y pestañeo. Los ojos le dolían; el sol le molestaba. Llevaba 1.000 centurias sin verlo.

- Hemos llegado –dijo el niño. Y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas frente al muro natural de roca- Yo vengo de allí. Lycarades ya ha estado allí. Ahora debes entrar tú.

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