lunes, 27 de enero de 2014

La Herencia de Caín II

Deus avanzó hacia las rocas sin saber muy bien cuál era el objetivo de aquella absurda excursión. Apenas había dado unos pasos cuando una inmensa abertura se dibujó en la piedra. Al principio parecía una visión provocada por el dolor de sus ojos, pero cobró forma hasta hacerse sólida. Deus se giró hacia atrás y descubrió al niño jugando con la arena. Lycarades había vuelto a ser un lobo blanco y gris. Supuso que se habían preparado para la espera.
Apenas cruzó el umbral de la cueva le asalto el frescor de la humedad. Dio las gracias a La Sombra por ello. Vampiros y calor son algo que no se llevan bien. Llevan demasiado tiempo separados. Avanzó dos pasos por el resbaladizo suelo poblado de líquenes y sintió como si la caverna le engullera.  La abertura le engulló y le transportó, como succionado por el viento, hacia el interior- Cuando la sensación le abandonó se encontraba ante un anciano. El hombre estaba sentado en el suelo y comía pequeñas raciones de algún tipo de carne con hortalizas que sacaba de un caldero con una cuchara de palo. Le tendió la cuchara a Deus
- Yo no como eso – rechazó Deus el ofrecimiento-.
- ¿Estás seguro? -preguntó el anciano insistiendo- La sangre lo es todo para ti. Es tu alimento. No siempre fue así. No siempre será así. Se de lo que hablo.
- ¿Quién eres? -preguntó el vampiro mientras tomaba la cuchara-
- Te gusta hacer esa pregunta –sonrió el anciano- Come y lo sabrás.
Deus obedeció. El guiso estaba salado y sabía a algo rancio y antiguo. Sacudió la cabeza y cuando volvió a fijar la mirada contempló un espectáculo sobrecogedor.
Cientos de figuras se encogían en el fondo de la cueva que se había convertido en una inmensa caverna. Eran blancas, pálidas. Sus rostros estaban distorsionados en gestos imposibles. Caminaban despacio y de pronto aceleraban hasta  el punto de que sus piernas se transformaban en un borrón vislumbrado sobre la roca.
Si hubiera respirado, Deus se habría quedado sin aire al reconocer su rostro entre esas imágenes.
- Todos encuentran la suya cuando se asoman aquí – dijo el anciano soplando sobre la cuchara de madera para enfriar el guiso- No puedes tenerla. No cometas ninguna tontería.
Deus contemplaba su alma y se dio cuenta de que el anciano tenía razón. Volver a tener su alma sería ser de nuevo humano y como humano llevaba miles, millones, de años muerto. No sería buena idea recuperar su alma.
- Te equivocas chico – dijo el anciano como sabiendo sus pensamientos- Ese alma no te corresponde no porque vaya a matarte, sino porque nunca fue tuya. Piensa un poco. Se supone que en todo este tiempo habrás aprendido a hacerlo. Ya sabes... se hace con la cabeza, a veces duele un poco...
El vampiro fulminó al anciano con la mirada pero este no se inmuto. Deus le ignoró pero le hizo caso. Comenzó a darle vueltas a la frase. Si no le correspondía  un alma es que nunca la había tenido. Pero Él la tuvo en una ocasión. Él había sido convertido. Recordaba... De pronto se dio cuenta de que no recordaba nada de su existencia como humano. Debía haber sido un cavernícola preocupado exclusivamente del calor, la comida y la reproducción, pero era incapaz de recordarlo. Se esforzó.
La imagen de sus padres llegó a él. Ateridos de frío en una cueva no muy diferente de aquella en la que se encontraba él ahora. Su madre estrujándole contra su pecho y calentándole con las pieles y sus senos. Su padre afanándose por encender fuego con dos palos. Deus sonrió al recordar la genuina alegría de su progenitor al lograrlo. Sus colmillos asomaron como lo habían hecho los de... su padre.
- ¡Eran vampiros! -exclamó Deus- ¡Eran como yo. Nací siendo un vampiro!
- Parece que el tiempo no anquilosa la mente – suspiro el anciano- Te ha costado menos que al licántropo. Claro que ellos no hablan y por tanto están menos preparados para los conceptos abstractos. Miró a Deus que le observaba con los ojos abiertos como platos.- ¿Te Sorprendes? ¿Crees que, por muy grande que sea el delito, alguien puede arrancarte tu alma cuando la tienes? No, joven inmortal, Eso no puede hacerse.
- ¿Cómo lo sabes? – Deus hablaba con rabia. Con la rabia que albergan todos aquellos que han creído saber y han comprobado desconocer. El anciano le miró y en su rostro se dibujó un esfuerzo. Como si quisiera expresar algo que era incapaz de sentir. Como si quiera expresar ternura. Lentamente se apartó el pelo del rostro.
- Yo estaba allí cuando ocurrió. Siempre he estado allí – Deus pudo ver en su frente una marca. Un dibujo arcaico, como las señales de clan que todo vampiro tenía. Parecido al que el llevaba grabado en el pecho a fuego. Pero era diferente. Parecía formar parte de su piel; era como si lo hubieran dibujado con su sangre. El dibujo era complicado. Las líneas se mezclaban y se superponían. Se antojaba indescifrable. Pero observado desde lejos podían parecer dos letras entrelazadas: una A y una C. Abrió la boca para hablar. La cerró. Saber es como recordar los recuerdos de otro.
Una tierra rica y próspera. Dos hombres. Dos humanos. Dos hermanos. Pero uno no lo es. Lo parece pero no lo es. Está incompleto. Es repudiado, es apartado. La ira, la rabia. La incomprensión de esa injusticia. Si él no pidió ser creado sin alma porque le rechazan por no tenerla. Por ser diferente. Elige la venganza, se equivoca de víctima. La sangre que derrama tiñe su frente, marcándole para siempre, para la eternidad...
- Tú – prosiguió el anciano - al igual que todos y cada uno de vosotros nacisteis así. No tiene nada que ver con vuestras obras o vuestros méritos. Tiene que ver con los míos ¡Podríais haber sido malditos anacoretas y seguiríais siendo vampiros!
- Pero, entonces – Deus estaba, por primera vez en varios siglos, seriamente desorientado - ¿De quién son esas almas?
- Deberían haber sido vuestras –el anciano meno la cabeza mirando al tumulto de figuras pálidas que se agitaba en el fondo de la cueva- Pero se hicieron después. Nacisteis sin alma. Alguien cometió ese error.  Fuisteis las primeras razas, eso ya lo sabías, pero faltaban las almas. Luego se hicieron, pero no se supo cómo hacéroslas llegar. Él también fue joven una vez, también se equivocaba. Aunque no quiera reconocerlo. En fin, ¿por donde íbamos? ¡Ah sí! – El anciano volvió a mirar a Deus – La plata, la madera, el sol y todo eso son sólo formas de ligaros a vuestras almas. De daros una existencia plena – el viejo se detuvo un instante en su diatriba, como reflexionando -  Pero claro, es lógico que prefiráis estar parcialmente vivos sin alma que plenamente muertos con ella. Eso es algo con lo que tampoco se contó en su momento.
- Entonces, el niño...
- Eres rápido Tadeus. Está aquí para daros algo de lo que os privaron. Él no está muy contento, pero le han obligado. Ahora podréis elegir. Podréis elegir por fin. Podréis acabar la guerra.
Deus comprendió por fin. Se giró y se encaminó hacia la salida de la cueva a grandes zancadas. Cuando apenas había dado tres pasos se giró de nuevo. El anciano había vuelto a afanarse con el guiso. “No puede ser él”, pensó recordando la marca de sangre que le había visto en la frente. Se detuvo y le gritó.
- Entonces tú eres... – no completó la frase. La voz del anciano sonó  como un susurro en su oído pese a que se encontraba a varios metros de él.
- Se me marcó para separarme de los humanos. Para que los hijos de Set pudieran olvidar la existencia de su tío perverso. Pero hay ocasiones en que las cosas no funcionan como Él quiere. Casi siempre ocurre así. La prohibición afectaba a la descendencia humana. No a aquellos que nacerían de mi sin alma. Esos sois todos vosotros. Ahora soy lo que me negué a ser con el humano al que llamaban Abel, Tadeus.

Ahora soy el guardián de mis hermanos.

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