Deus avanzó hacia las rocas sin saber muy bien cuál era el
objetivo de aquella absurda excursión. Apenas había dado unos pasos cuando una
inmensa abertura se dibujó en la piedra. Al principio parecía una visión
provocada por el dolor de sus ojos, pero cobró forma hasta hacerse sólida. Deus
se giró hacia atrás y descubrió al niño jugando con la arena. Lycarades había
vuelto a ser un lobo blanco y gris. Supuso que se habían preparado para la
espera.
Apenas cruzó el umbral de la cueva le asalto el frescor de
la humedad. Dio las gracias a La Sombra por ello. Vampiros y calor son algo que
no se llevan bien. Llevan demasiado tiempo separados. Avanzó dos pasos por el
resbaladizo suelo poblado de líquenes y sintió como si la caverna le engullera. La abertura le engulló y le transportó, como
succionado por el viento, hacia el interior- Cuando la sensación le abandonó se
encontraba ante un anciano. El hombre estaba sentado en el suelo y comía
pequeñas raciones de algún tipo de carne con hortalizas que sacaba de un
caldero con una cuchara de palo. Le tendió la cuchara a Deus
- Yo no como eso – rechazó Deus el ofrecimiento-.
- ¿Estás seguro? -preguntó el anciano insistiendo- La sangre
lo es todo para ti. Es tu alimento. No siempre fue así. No siempre será así. Se
de lo que hablo.
- ¿Quién eres? -preguntó el vampiro mientras tomaba la
cuchara-
- Te gusta hacer esa pregunta –sonrió el anciano- Come y lo
sabrás.
Deus obedeció. El guiso estaba salado y sabía a algo rancio
y antiguo. Sacudió la cabeza y cuando volvió a fijar la mirada contempló un
espectáculo sobrecogedor.
Cientos de figuras se encogían en el fondo de la cueva que
se había convertido en una inmensa caverna. Eran blancas, pálidas. Sus rostros
estaban distorsionados en gestos imposibles. Caminaban despacio y de pronto
aceleraban hasta el punto de que sus
piernas se transformaban en un borrón vislumbrado sobre la roca.
Si hubiera respirado, Deus se habría quedado sin aire al
reconocer su rostro entre esas imágenes.
- Todos encuentran la suya cuando se asoman aquí – dijo el
anciano soplando sobre la cuchara de madera para enfriar el guiso- No puedes
tenerla. No cometas ninguna tontería.
Deus contemplaba su alma y se dio cuenta de que el anciano
tenía razón. Volver a tener su alma sería ser de nuevo humano y como humano
llevaba miles, millones, de años muerto. No sería buena idea recuperar su alma.
- Te equivocas chico – dijo el anciano como sabiendo sus
pensamientos- Ese alma no te corresponde no porque vaya a matarte, sino porque
nunca fue tuya. Piensa un poco. Se supone que en todo este tiempo habrás
aprendido a hacerlo. Ya sabes... se hace con la cabeza, a veces duele un
poco...
El vampiro fulminó al anciano con la mirada pero este no se
inmuto. Deus le ignoró pero le hizo caso. Comenzó a darle vueltas a la frase.
Si no le correspondía un alma es que
nunca la había tenido. Pero Él la tuvo en una ocasión. Él había sido
convertido. Recordaba... De pronto se dio cuenta de que no recordaba nada de su
existencia como humano. Debía haber sido un cavernícola preocupado
exclusivamente del calor, la comida y la reproducción, pero era incapaz de
recordarlo. Se esforzó.
La imagen de sus padres llegó a él. Ateridos de frío en una
cueva no muy diferente de aquella en la que se encontraba él ahora. Su madre
estrujándole contra su pecho y calentándole con las pieles y sus senos. Su
padre afanándose por encender fuego con dos palos. Deus sonrió al recordar la
genuina alegría de su progenitor al lograrlo. Sus colmillos asomaron como lo
habían hecho los de... su padre.
- ¡Eran vampiros! -exclamó Deus- ¡Eran como yo. Nací siendo
un vampiro!
- Parece que el tiempo no anquilosa la mente – suspiro el
anciano- Te ha costado menos que al licántropo. Claro que ellos no hablan y por
tanto están menos preparados para los conceptos abstractos. Miró a Deus que le
observaba con los ojos abiertos como platos.- ¿Te Sorprendes? ¿Crees que, por
muy grande que sea el delito, alguien puede arrancarte tu alma cuando la
tienes? No, joven inmortal, Eso no puede hacerse.
- ¿Cómo lo sabes? – Deus hablaba con rabia. Con la rabia que
albergan todos aquellos que han creído saber y han comprobado desconocer. El
anciano le miró y en su rostro se dibujó un esfuerzo. Como si quisiera expresar
algo que era incapaz de sentir. Como si quiera expresar ternura. Lentamente se
apartó el pelo del rostro.
- Yo estaba allí cuando ocurrió. Siempre he estado allí –
Deus pudo ver en su frente una marca. Un dibujo arcaico, como las señales de
clan que todo vampiro tenía. Parecido al que el llevaba grabado en el pecho a
fuego. Pero era diferente. Parecía formar parte de su piel; era como si lo
hubieran dibujado con su sangre. El dibujo era complicado. Las líneas se
mezclaban y se superponían. Se antojaba indescifrable. Pero observado desde
lejos podían parecer dos letras entrelazadas: una A y una C. Abrió la boca para
hablar. La cerró. Saber es como recordar los recuerdos de otro.
Una tierra rica y próspera. Dos hombres. Dos humanos. Dos
hermanos. Pero uno no lo es. Lo parece pero no lo es. Está incompleto. Es
repudiado, es apartado. La ira, la rabia. La incomprensión de esa injusticia.
Si él no pidió ser creado sin alma porque le rechazan por no tenerla. Por ser
diferente. Elige la venganza, se equivoca de víctima. La sangre que derrama
tiñe su frente, marcándole para siempre, para la eternidad...
- Tú – prosiguió el anciano - al igual que todos y cada uno
de vosotros nacisteis así. No tiene nada que ver con vuestras obras o vuestros
méritos. Tiene que ver con los míos ¡Podríais haber sido malditos anacoretas y
seguiríais siendo vampiros!
- Pero, entonces – Deus estaba, por primera vez en varios
siglos, seriamente desorientado - ¿De quién son esas almas?
- Deberían haber sido vuestras –el anciano meno la cabeza
mirando al tumulto de figuras pálidas que se agitaba en el fondo de la cueva-
Pero se hicieron después. Nacisteis sin alma. Alguien cometió ese error. Fuisteis las primeras razas, eso ya lo
sabías, pero faltaban las almas. Luego se hicieron, pero no se supo cómo
hacéroslas llegar. Él también fue joven una vez, también se equivocaba. Aunque
no quiera reconocerlo. En fin, ¿por donde íbamos? ¡Ah sí! – El anciano volvió a
mirar a Deus – La plata, la madera, el sol y todo eso son sólo formas de
ligaros a vuestras almas. De daros una existencia plena – el viejo se detuvo un
instante en su diatriba, como reflexionando -
Pero claro, es lógico que prefiráis estar parcialmente vivos sin alma
que plenamente muertos con ella. Eso es algo con lo que tampoco se contó en su
momento.
- Entonces, el niño...
- Eres rápido Tadeus. Está aquí para daros algo de lo que os
privaron. Él no está muy contento, pero le han obligado. Ahora podréis elegir.
Podréis elegir por fin. Podréis acabar la guerra.
Deus comprendió por fin. Se giró y se encaminó hacia la
salida de la cueva a grandes zancadas. Cuando apenas había dado tres pasos se
giró de nuevo. El anciano había vuelto a afanarse con el guiso. “No puede ser
él”, pensó recordando la marca de sangre que le había visto en la frente. Se
detuvo y le gritó.
- Entonces tú eres... – no completó la frase. La voz del
anciano sonó como un susurro en su oído
pese a que se encontraba a varios metros de él.
- Se me marcó para separarme de los humanos. Para que los
hijos de Set pudieran olvidar la existencia de su tío perverso. Pero hay ocasiones
en que las cosas no funcionan como Él quiere. Casi siempre ocurre así. La
prohibición afectaba a la descendencia humana. No a aquellos que nacerían de mi
sin alma. Esos sois todos vosotros. Ahora soy lo que me negué a ser con el
humano al que llamaban Abel, Tadeus.
Ahora soy el guardián de mis hermanos.

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