La página de su banco se abre, saludándola por su nombre con
esa naturalidad de un amigo que está a tu lado y a quien soportas por
obligación. Pide su saldo y sus movimientos. Aparecen más ceros a la derecha de
los que esperaba. Cientos de movimientos, todos favorables. El 19 de marzo, el
24 de julio, el 23 de agosto, el 11 de abril. Es como si todo lo deseado le
hubiera tocado. La cuántica ha cambiado su suerte de forma absolutamente
radical. El último mensaje recibido de la entidad financiera avisa de la
cancelación definitiva de la hipoteca. Así debe ser, dice su sonrisa. Pero no está
en Internet para eso.
Teclea el nombre en Internet. Aparecen los artículos,
aparecen los relatos, incluso los eróticos, aparecen los cuentos, aparecen los
diseños. Todo está ahí. No será difícil hacer una leve corrección. Enmendarle la
plana a los pliegues espaciotemporales.
Entonces se detiene ¿Qué decirle a alguien que será un
desconocido? ¿Qué explicarle a alguien que no la conocerá, que no la creerá? A
lo mejor no merece la pena. Pero sigue buscando.
Las páginas amarillas no le dan su teléfono pero descubre
algo que no debería estar. Un enlace a un diario en el que nunca trabajó, en el
que nunca escribió. Pincha sobre él.
El gráfico se despliega a una velocidad difusa entre la
impaciencia y la sorpresa.
Se compone empezando por una banda negra que rodea un
espacio en blanco. Luego las letras, también negras. Hormigas difuminadas sobre
un fondo blanco, mientras el gráfico va ganando definición. Las primeras son
las últimas: D.E.P
Las letras siguen difuminadas, pero ella percibe que ya no
es culpa de la lentitud en su definición. Es la pátina de agua salada que se
asoma a sus ojos.
“muerto en trágico accidente de tráfico con su esposa y sus
hijos el día 28 de octubre de 2013. Sus amigos y compañeros no le olvidan.
Descanse en paz”, puede leerse tras el nombre, escrito en notables mayúsculas,
en cuerpo 18. No llora. El mar ya pone la sal y el agua en el ambiente.
Deja el ordenador encendido y abandona el despacho, abandona
el ático, abandona la playa. Se sube de nuevo al coche y conduce por la misma
autopista en sentido contrario.
Busca un atasco, busca una alquitranadora que hace su
trabajo cuando debería dejar paso a aquellos que buscan el reposo de sus
hogares tras el trabajo.
La encuentra, custodiada y flanqueada por los obreros.
Siempre los mismos, siempre diferentes. El rastafari sonríe de nuevo y ella
para el coche en el arcén. Con su sonrisa negra y mellada el operario se
acerca. Ella baja la ventanilla.
- Dime lo que sabes de física cuántica – le espeta el negro
a quemarropa-.
- Voy a volver –dice ella sin responder a la pregunta-.
- Yo la inventé –afirma el rastafari ignorando la
afirmación-
- Vuelvo – dice ella subiendo la ventanilla y acelerando-.
Y acelera. La carretera le permite acelerar y lo hace,
dejando de nuevo atrás el monstruo que enluta la calzada con su alquitrán.
Acelera en la dirección opuesta a la que la lleva a la playa, el ático. A su
vida soñada.
- Una vez extendida una capa, ya no puede quitarse. Se seca
rápido –masculla el operario mientras mira el alquitrán caer sobre la
autopista. Luego se encoge de hombros- ¿Otra vía? Otra vida.
Abre y cierra los ojos mientras conduce; aparta los ojos del
lateral y los fija durante minutos en el frente de la carretera; parpadea
rápido y luego gira la cabeza de forma brusca. Repite la operación tantas veces
como la esperanza se lo permite. La línea del horizonte marino sigue a su
derecha.
El mar ya no es lo suficientemente salado para retener sus
lágrimas.

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