domingo, 26 de enero de 2014

La Morada de la Guardia III

Ephiné nació siendo de La Guardia Dorada y su llanto natal aseguró que moriría antes de rendirse. Era una de las más certeras arqueras de las unidades de remonta del ejército de los Anthronai y eso hacía que custodiara las colinas que rodeaban la ciudad donde los Anthronai habían decidido intentar recuperar sus almas de la broma de un dios.
Desde allí divisaba toda la ciudad. Desde allí podía acertar a cualquier ser o dios que se moviera dentro o fuera de las lindes de la ciudad, desde allí contemplaba el campamento ordenado de tiendas y de lonas de la Guardia Dorada, desde allí contemplo la injusticia.
- ¿Por qué vivimos así? -preguntó un día al comandante de La Remonta de la Guardia, mientras hacía un gesto que abarcaba el Campamento Dorado-.
- Somos La Guardia –respondió el comandante en una de esas repuestas creadas y repetidas para eludir las auténticas respuestas-.
- ¿La Guardia no tiene derecho a una vida y un alma, como todos los demás? –la insistencia en el combate es una virtud en La Guardia Dorada. La insistencia en la duda es cuando menos una molestia. El comandante torció el gesto y arqueó una ceja antes de  contestar-.
- Ya tenemos una vida. Somos los únicos que nacemos con ella. Por ello no tenemos que construir una morada –sentenció el mando acicalándose el bigote dando uno de esos motivos que se dan para evitar explicar los auténticos motivos por los cuales se realizan o se eluden las acciones esenciales y las elecciones necesarias-.
- Creo que no – Y con esa creencia, con esa afirmación,  Ephiné hizo lo que nadie había hecho hasta ese momento en el ejército de elite de los Anthronai.
Decidió que tener una vida no era suficiente. Que eso no te evitaba tener que construirla.
Pero antes que guaria dorada, antes que guerrera, antes que distinta, Ephiné era Anthronai. Eso no podía dejar de serlo.


Como el dios que les dejara construirse a sí mismo, los Anthronai, optaban por el aislamiento, por la unidad. Como suele ocurrir con todos los sintientes que esperan algo de aquellos que no existen, entendieron erróneamente el alejamiento de El Que Cabalga Eternamente. Los clérigos lo interpretaron mal, los augures los profetizaron ciegamente y los magos lo convocaron equivocadamente. Así que, como Akhran vagaba y cabalgaba solitario, los Anthronai optaron por la soledad.
Como tenían que hacerse a sí mismos, consideraban que no existía nada, salvo ellos y los materiales por ellos elegidos, que fuera necesario para sus obligadas construcciones.
En las tierras del sur, donde el calor era intenso, buscaban edificar sobre un solo arco central del que partían los muros y el resto de arquerías en una cascada. Un solo ser, un solo arco, una sola morada, una sola alma.
En las tierras del oeste extendían paredes infinitas y muros centrales únicos para soportar los techos de sus casas y los tejados a dos aguas de sus moradas.
En el este, donde hasta los Anthronai eran salvajes, optaron por pilares centrales, redondos y pulidos. Uno de los guerreros de esas tierras llegó a construir un pilar tan elevado que alcanzó los cielos, en un intento de construir una morada que abarcara todo el mundo. Los que cuentan leyendas dicen que ese es el pilar que une los cielos, la tierra y el averno y no están lejos de lo cierto.
Hay alguien que conoce la historia, los motivos y el desenlace de ese descomunal intento. Hay alguien que es tan gran contador de historias como lo es Lesskin y que podría hablar de quién y cómo se elevó el Palomar del Cielo.
Pero Heraiah está demasiado preocupado por la invasión de un fuego fatuo de las casas celestes y demasiado atento a la caída de un ángel que nació siendo ángel, como para detenerse a contar historias.
Los Anthronai habrían desaparecido antes de que él pestañee y observe el desenlace. Así son los tiempos en las Casa del Cielo.
En el norte, en las tierras donde la bruma mata la alegría y la lluvia oculta la vergüenza, en los lares donde los Anthronai viven de espaldas a sí mismos y contra los demás. La soledad no es un rezo, no es una errónea imitación de un dios que vaga libre. La soledad es una religión.
Y Ephiné era de esas tierras, de eso lugares cansados de sí mismos, y cuando decidió construir su morada lo hizo de la forma en la que había visto hacerlo cuando nació llorando en las tierras en las que los Anthronai tan sólo se recuerdan a sí mismos.
Con parsimonia, casi con mimo comenzó a construir una columna central. Ante la atenta y escéptica mirada de sus hermanos y hermanas de armas, la elevó cuadrada y sólida en el centro del espacio que el Campamento Dorado tenía reservado para ella. Buscó los más sólidos materiales y la cimentó con cuidado. Luego comenzó a alzarla hasta una altura suficiente como para que el techo superara su cabeza. No se trataba de erigir una mansión magnífica y ostentosa. Se trataba de construir una morada donde se pudiera habitar. De crear una vida que mereciera la pena vivir.
Los techos se sustentaban sobre esa sola columna y reposaban sobre paredes que no estaban apoyadas en sitio alguno salvo la tierra.
Sudó lloró, rió y se agotó, pero un instante antes de que el sol se pusiera por trigésimo sexta vez desde que abandonara su puesto en la colina para construir su vida, acabó su morada.
A regañadientes, los magos Anthronai realizaron los ritos para llamar al alma de Ephiné, para que los elementos de su corazón y su vida reconocieran su construcción y acudieran a ella. No les gustaba la idea, creían que iba a ser un fracaso, pero lo hicieron. Para aquellos que esperan recompensas, las órdenes de un dios son difícilmente eludibles.
Y cuando la luz comenzaba a anegar la estancia, cuanto el viento primigenio que llevaría el corazón y el alma a la vida de Ephiné estaban invadiendo los muros y los techos, la columna central, el elemento angular de la construcción se rajó desde dentro. Se quebró como si no pudiera soportar el peso infinito de la vida y el corazón de Ephiné.
En unos segundos, unos trágicos y eternos segundo que emularon el tiempo de los ángeles, la columna comenzó a desmoronarse.
La guerrera dorada intentó apuntalarla, arreglarla, sostenerla. Pero cada grieta que sellaba se abría de nuevo un instante después en otra cara de la columna y traía consigo un agujero o un desconchón.

Cuando no pudo contener el desmoronamiento hizo lo que, como miembro de elite de La Guardia Dorada, estaba acostumbrado a hacer. Resistió, no se rindió y pidió refuerzos.

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