Ephiné nació siendo de La Guardia Dorada y su llanto natal
aseguró que moriría antes de rendirse. Era una de las más certeras arqueras de
las unidades de remonta del ejército de los Anthronai y eso hacía que
custodiara las colinas que rodeaban la ciudad donde los Anthronai habían
decidido intentar recuperar sus almas de la broma de un dios.
Desde allí divisaba toda la ciudad. Desde allí podía acertar
a cualquier ser o dios que se moviera dentro o fuera de las lindes de la
ciudad, desde allí contemplaba el campamento ordenado de tiendas y de lonas de
la Guardia Dorada, desde allí contemplo la injusticia.
- ¿Por qué vivimos así? -preguntó un día al comandante de La
Remonta de la Guardia, mientras hacía un gesto que abarcaba el Campamento
Dorado-.
- Somos La Guardia –respondió el comandante en una de esas
repuestas creadas y repetidas para eludir las auténticas respuestas-.
- ¿La Guardia no tiene derecho a una vida y un alma, como
todos los demás? –la insistencia en el combate es una virtud en La Guardia
Dorada. La insistencia en la duda es cuando menos una molestia. El comandante
torció el gesto y arqueó una ceja antes de
contestar-.
- Ya tenemos una vida. Somos los únicos que nacemos con
ella. Por ello no tenemos que construir una morada –sentenció el mando
acicalándose el bigote dando uno de esos motivos que se dan para evitar
explicar los auténticos motivos por los cuales se realizan o se eluden las
acciones esenciales y las elecciones necesarias-.
- Creo que no – Y con esa creencia, con esa afirmación, Ephiné hizo lo que nadie había hecho hasta
ese momento en el ejército de elite de los Anthronai.
Decidió que tener una vida no era suficiente. Que eso no te evitaba
tener que construirla.
Pero antes que guaria dorada, antes que guerrera, antes que
distinta, Ephiné era Anthronai. Eso no podía dejar de serlo.
Como el dios que les dejara construirse a sí mismo, los
Anthronai, optaban por el aislamiento, por la unidad. Como suele ocurrir con
todos los sintientes que esperan algo de aquellos que no existen, entendieron
erróneamente el alejamiento de El Que Cabalga Eternamente. Los clérigos lo
interpretaron mal, los augures los profetizaron ciegamente y los magos lo
convocaron equivocadamente. Así que, como Akhran vagaba y cabalgaba solitario,
los Anthronai optaron por la soledad.
Como tenían que hacerse a sí mismos, consideraban que no
existía nada, salvo ellos y los materiales por ellos elegidos, que fuera
necesario para sus obligadas construcciones.
En las tierras del sur, donde el calor era intenso, buscaban
edificar sobre un solo arco central del que partían los muros y el resto de
arquerías en una cascada. Un solo ser, un solo arco, una sola morada, una sola
alma.
En las tierras del oeste extendían paredes infinitas y muros
centrales únicos para soportar los techos de sus casas y los tejados a dos
aguas de sus moradas.
En el este, donde hasta los Anthronai eran salvajes, optaron
por pilares centrales, redondos y pulidos. Uno de los guerreros de esas tierras
llegó a construir un pilar tan elevado que alcanzó los cielos, en un intento de
construir una morada que abarcara todo el mundo. Los que cuentan leyendas dicen
que ese es el pilar que une los cielos, la tierra y el averno y no están lejos
de lo cierto.
Hay alguien que conoce la historia, los motivos y el
desenlace de ese descomunal intento. Hay alguien que es tan gran contador de
historias como lo es Lesskin y que podría hablar de quién y cómo se elevó el
Palomar del Cielo.
Pero Heraiah está demasiado preocupado por la invasión de un
fuego fatuo de las casas celestes y demasiado atento a la caída de un ángel que
nació siendo ángel, como para detenerse a contar historias.
Los Anthronai habrían desaparecido antes de que él pestañee
y observe el desenlace. Así son los tiempos en las Casa del Cielo.
En el norte, en las tierras donde la bruma mata la alegría y
la lluvia oculta la vergüenza, en los lares donde los Anthronai viven de
espaldas a sí mismos y contra los demás. La soledad no es un rezo, no es una
errónea imitación de un dios que vaga libre. La soledad es una religión.
Y Ephiné era de esas tierras, de eso lugares cansados de sí
mismos, y cuando decidió construir su morada lo hizo de la forma en la que
había visto hacerlo cuando nació llorando en las tierras en las que los
Anthronai tan sólo se recuerdan a sí mismos.
Con parsimonia, casi con mimo comenzó a construir una
columna central. Ante la atenta y escéptica mirada de sus hermanos y hermanas
de armas, la elevó cuadrada y sólida en el centro del espacio que el Campamento
Dorado tenía reservado para ella. Buscó los más sólidos materiales y la cimentó
con cuidado. Luego comenzó a alzarla hasta una altura suficiente como para que
el techo superara su cabeza. No se trataba de erigir una mansión magnífica y
ostentosa. Se trataba de construir una morada donde se pudiera habitar. De
crear una vida que mereciera la pena vivir.
Los techos se sustentaban sobre esa sola columna y reposaban
sobre paredes que no estaban apoyadas en sitio alguno salvo la tierra.
Sudó lloró, rió y se agotó, pero un instante antes de que el
sol se pusiera por trigésimo sexta vez desde que abandonara su puesto en la
colina para construir su vida, acabó su morada.
A regañadientes, los magos Anthronai realizaron los ritos
para llamar al alma de Ephiné, para que los elementos de su corazón y su vida
reconocieran su construcción y acudieran a ella. No les gustaba la idea, creían
que iba a ser un fracaso, pero lo hicieron. Para aquellos que esperan
recompensas, las órdenes de un dios son difícilmente eludibles.
Y cuando la luz comenzaba a anegar la estancia, cuanto el
viento primigenio que llevaría el corazón y el alma a la vida de Ephiné estaban
invadiendo los muros y los techos, la columna central, el elemento angular de
la construcción se rajó desde dentro. Se quebró como si no pudiera soportar el
peso infinito de la vida y el corazón de Ephiné.
En unos segundos, unos trágicos y eternos segundo que
emularon el tiempo de los ángeles, la columna comenzó a desmoronarse.
La guerrera dorada intentó apuntalarla, arreglarla,
sostenerla. Pero cada grieta que sellaba se abría de nuevo un instante después en
otra cara de la columna y traía consigo un agujero o un desconchón.
Cuando no pudo contener el desmoronamiento hizo lo que, como
miembro de elite de La Guardia Dorada, estaba acostumbrado a hacer. Resistió,
no se rindió y pidió refuerzos.

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