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lunes, 27 de enero de 2014

La Morada de la Guardia yXI

La batalla había acabado y nadie, ni los más avezados en los estudios de los astros y el curso de los ciclos supieron calibrar cuanto tiempo había durado. Habría sido todo un logro para ellos, pero, dicen las leyendas, que por aquellos días, en que los Anthronai vieron como su Guardia Dorada construía mientras se enfrentaba a las hordas de Caos, el tiempo no funcionaba como era debido. Incluso Lesskin mantiene que estaba detenido porque el viejo dios que lo lleva en oriente le estaba haciendo un favor a la anciana con la que comparte la eternidad para que esta pudiera enseñarle una extraña lección a una triste princesa de Tezara. Pero quien puede creer a Lesskin. También mantiene que el hecho de que mil Haddonel estallaran en llamas justo en el momento en el que él agitó su pañuelo y estornudó es una simple casualidad incompresible.

- Ves – dijo el curioso personaje mientras quitaba los restos de la piel de un Haddonel de las hombreras de su guerrera, que había surgido como siempre de la nada- no ha sido tan difícil-.

- ¿Qué no ha sido… -la rabia de Ephiné se contuvo cuando vio la sonrisa de Endronel. Él también sabía lo que había que saber de Lesskin. Los aprendices reían a carcajadas. Ellos acababan de aprenderlo.

- Es hermoso -comentó el hombrecillo, ignorando las risas, la sonrisa y la rabia- Os ha quedado bonito.

Fue entonces cuando, por primera vez desde que los vestigios de Caos abandonaron el valle de La Construcción, desde que La Remonta cerró su brecha con la columna levantada por ella, desde que Endronel y los aprendices protegieron sus pilares, Ephiné miró más allá de su propia lucha, de su propio trabajo, de su propia desesperación, de su propia derrota.
Y lo que vio la dejó atónita. Tal fue su alegría y su sorpresa que Sideria considero seriamente volver a abrir de nuevo las puertas de Tannhauser. La madre Desmedida es conocida universalmente por lo mudable de sus sentimientos y lo dúctil de sus decisiones.
Un inmenso edificio se extendía más allá de la vista y ella estaba dentro. Estaba compuesto por estancias de todo tamaño y de formas geométricas distintas. Triángulos, cuadrados, rectángulos, hexágonos y algún que otro historiado dodecaedro. Las gentes del oriente tienden a complicar las cosas incluso en las construcciones de emergencia.
Estaban cubiertas por techos de toda forma y condición; desde las bóvedas infinitas hasta simples tejados a dos aguas, tejados puntiagudos, techos planos, conos de paja y semiesferas de cristal, pero lo que mas maravillaba a Ephiné no era lo que veía, no era lo que La Guardia y sus refuerzos de entre los Anthronai habían conseguido construir en mitad del ataque de Caos, en mitad de la muerte y de la sangre. Lo que más sorprendida la dejaba era lo que habían conseguido evitar.
Todas y cada una de las estancias, desde la más pequeña levantada por los aprendices hasta la más magnifica, que tenía la rúbrica inequívoca del Máximo Guardián y su estirpe, eran diáfanas. Ni una sola columna central cortaba el paso, impedía la vista, cerraba el espacio. Todas las habitaciones, las salas y los salones se apoyaban sobre columnas que a la vez formaban parte de otras estancias, se apoyaban en ellas y las daban sustento.
Por primera vez desde que el Jinete Despiadado les arrojara al mundo a construirse; por primera vez desde que el Hechizo Primigenio arrancara sus vidas y sus almas de sus cuerpos y les obligara a construir sus moradas para levantar sus corazones, y albergar sus esencias, los Anthronai habían construido una edificación que no se tenía a si mismos como centro, que no les obligaba a apoyarse en si mismos para mantenerla, protegerla y resguardarla.
Por primera vez desde que Caos dejara su morada de lava y entregara el universo a los que sienten, La Guardia Dorada tenía una morada.

Los clérigos, los magos y las brujas no perdieron el tiempo en cambiar de postura cuando contemplaron a La Guardia apostada en los muros trasparentes de su nueva residencia. Anunciaron que los presagios eran favorables, proclamaron que sus rezos habían sido escuchados, gritaron que sus ritos eran necesarios, anunciaron que sus palabras eran necesarias para traer la vida a tan gloriosa edificación.
El Guardián Máximo torció el gesto, El Comandante de La Guardia bufó con desagrado, El Comandante de La remonta sonrío socarronamente. La Guardia Dorada río abiertamente a carcajadas. La risa es el único remedio para el ridículo de aquellos que quiere medrar a cualquier precio, incluso a costa de ellos mismos.
Pero no hicieron falta. La luz anegó las estancias y se instaló en cada una de ellas, sin necesidad de sacrificio animal alguno; los olores de flores y de brisas se instalaron en cada una de las ventanas, de los cristales y de las puertas sin necesidad de plegaria ninguna, los vientos de las cuatro estaciones habitaron y recorrieron la inmensa construcción sin que la sangre ni la henna fueran necesaria para convocarlos. Las almas y las vidas de La Guardia ya estaban allí, las gemas preciosas que albergaban sus corazones no necesitaron guía ninguna para encontrar el camino. El reguero de retazos de Caos muertos en la batalla fue faro suficiente.

- No podéis rendiros, no podéis permitiros el lujo de morir –sonrió Lesskin- Ese es vuestro lema. Deberíais haber comprendido hace tiempo el motivo. Dicho lo cual se perdió más allá del cristal que marcaba la pared exterior de la Morada de La Guardia, de la morada de Ephiné. Una pared transparente que protegía pero permitía ver el mundo.

- ¿Y ahora qué?  -la pregunta de Ephiné lanzada a la figura que se marchaba era un reto. Quien nace retadora no deja de serlo por una batalla y un milagro-

- No sé –y la voz que respondió no era la de Lesskin- Supongo que tendrás que salir a por ellos o dejarles entrar- Y la respuesta también era un reto.

Alguien que se ha negado a ser dios no deja de ser retador por una batalla y un milagro. 
Aunque sea uno suyo.


La Morada de la Guardia X

El ataque de los Haddonel se recrudeció cuando dos pequeños aprendices, que luchaban como los que más, resistían como los que más, pero no tenían la fuerza de los que más, flaquearon justo en el vértice opuesto del triángulo que ocupaba La Remonta.
Ephiné tomó otra de las columnas de los restos de su fallida morada y corrió de nuevo con ella alzada. Cuando llegó al lugar en el que las astillas de caos se empezaban a clavar en la carne y los huesos de los jóvenes guerreros estos ya habían hecho en el suelo el hoyo que permitiría a la arquera dorada cimentar la columna.
Puede que no fueran los mejores guerreros, ni los más fuertes de La Guardia Dorada, pero eran aprendices. Su principal trabajo era aprender. Y eso lo hacían como nadie. Otra columna se erigió. Otra brecha se cerró.

Una columna en mitad de un campo de batalla es una casualidad, entra dentro del rango de desatención de Caos. Pero dos, colocadas de forma paralela y erigidas a la misma altura llaman su atención. Toda planificación remueve las entrañas del Señor de La Nada. La causalidad le revuelve las tripas a Caos.
Así que volvió su atención a la guerra que sus restos confusos y casuales, los Haddonel, mantenían con los Anthronai, y por única vez, antes de que su hija, La Bruja de Caos, le exigiera ayuda, decidió intervenir.
Ephiné vio como la lluvia de cantos y de piedras iba a caer encima de su columna, la primera, la que cerró la brecha de La Remonta y supo que no llegaría a tiempo para cubrirla, para reforzarla. Supo que la brecha volvería a abrirse. Se equivocó.
Cuando, a través de las lágrimas de la desesperación que solo pueden permitirse aquellos que tienen esperanza, miró hacia la primera columna que había levantado para rellenar su hueco en La Remonta, vio como el guerrero, el compañero que en su día había querido construir una morada con ella la sostenía, como interponía su escudo entre las piedras que caían intentando horadar la fuerza y la estabilidad, que, pese a sus heridas tenidas en otros frentes, pese a su debilidad por horas eternas de batalla, lanzaba su fuerza contra la columna para evitar que el viento la abatiera.


- Gracias Endronel –susurró y entonces recordó su nombre, recordó las tardes de entrenamiento en compañía, los días de esfuerzo en la construcción, las noches de descanso. Cuando se mira en la dirección de alguien resulta imposible no verle.

Ephiné prosiguió su trabajo. Caos envió lluvia, granizo y barro para horadar los cimientos de la segunda columna, pero los aprendices usaron sus capas, sus escudos y hasta sus cuerpos para enjugar el líquido e impedir que la tierra se empapara y la estabilidad de la columna fuera puesta en tela de juicio.
No quedaban más pilares caídos de sus antiguas moradas para construir más columnas, pero Ephiné tomó hierros, ladrillos, piedras molidas y todo lo que encostro a mano para levantar una nueva columna, una sola, mirando al norte, a su lugar de origen, a las gentes y las tierras de las que nunca llegaba nada.
Cuando la hubo concluido la batalla continuaba, las legiones de la Guardia Dorada seguían su baile de sangre y lucha con los Haddonel, eternamente desordenados, herederos del caos que les puso en el mundo. Endronel seguía protegiendo la primera columna, los aprendices seguían manteniendo en pie la segunda y Lesskin estaba displicentemente apoyado silbando en la tercera. Nadie podría decir que el aristócrata estuviera haciendo nada para protegerla, pero lo cierto es que ninguno de los proyectiles de los Haddonel, ninguno de los meteoros de Caos acertaba a dar en el pilar recién erigido. Él siempre ha mantenido que fue pura casualidad.
Fue entonces, cuando necesitaba construir una cuarta columna, cuando los Haddonel amenazaron con abrir otro hueco en la remonta que a Ephiné ya no le quedaban materiales ni fuerza para hacerlo por si sola, cuando se colocó en mitad del espacio que habían dibujado las tres columnas edificadas en mitad de la batalla e hizo aquello que había olvidado que cualquier miembro de La Guardia Dorada de los Anthronai tenía derecho y obligación de hacer en esos casos. Abrió los labios y gritó:

- ¡Refuerzos! ¡La Remonta necesita refuerzos!

El comandante de La Guardia escuchó el grito e hizo sonar su caracola, el comandante de La Remonta oyó la caracola e hizo sonar su tañidor; Endronel grito y utilizó de campana su propia voz.
Y uno por uno los diez mil luchadores que se enfrentaban a los Haddonel en el campo de batalla que luego sería conocido como El Valle de La Construcción, usaron sus cuernos, sus caracolas, sus gritos y sus tañidores  para pedir refuerzos. El sonido resultó tan atronador que amenazó con ahogar los alaridos de Caos arengando a sus tropas.
Y los refuerzos llegaron. Desde el sur, desde el este y el oeste e incluso algunos desde el norte, donde la bruma de las almas no deja escuchar a las de los demás. Llegaron a cientos, a millares.
Pero no participaron en la lucha, se agruparon en torno a sus amigos, sus hermanos, sus padres o sus hijos, en torno a aquellos que conocían que le habían dado agua y sal al aire al nacer y esperaron. Esperaron en silencio tras aquel miembro de la Guardia que conocían. Esperaron protegiéndole con sus escudos, evitando los proyectiles, los tajos aleatorios de los Haddonel, esperaron hasta que escucharon la orden del Máximo Guardián que combatía en vanguardia, hasta que los halcones de mensajes se posaron en sus hombros y susurraron la estrategia en sus oídos, hasta que la magia elevó el sonido del comandante por encima de la lucha

- ¡Caballeros, dejen sus escudos y tomen los picos y las palas! ¡Es hora de construir algo!

Y lo hicieron. En mitad de la sangre y de la muerte, en medio de las arremetidas aleatorias, fugaces y destructivas de aquellos que eran simiente involuntaria de caos y que atacaban simplemente porque atacar y destruir era su naturaleza, comenzaron a erigir columnas en las que apoyarse, con las que protegerse, comenzaron a transformar el campo de batalla.
Cuando levantaban una columna la protegían y levantaban otra, La Guardia luchaba. Cuando conseguían dos las unían con arcos y arbotantes, La Guardia resistía; cuando tenía cuatro, acoplaban sus arcos con techos, bóvedas, tejados, galerías o lo que se antojase necesario en cada ocasión, La Guardia combatía.
La primera en empezar fue la última en concluir. Apenas había recibido llamada a sus refuerzos.
Ephiné, Endronel, los aprendices y alguna que otra intervención casual de Lesskin forzaron el repliegue de los Haddonel más allá del límite que fijaban las columnas constituidas cuando la batalla amenazaba con ser una derrota y levantaron el último panel de vidrio templado con remates de acero que las cerraba.
Los Haddonel se detuvieron. No hubo rendición, el caos nunca se rinde; no hubo retirada, la nada nunca cede sus espacios, simplemente se marcharon.

Cuando llega la vida la muerte siempre se marcha. Por más que Caos sea desordenado hay leyes que siempre respeta. Él mismo las impuso.

La Morada de la Guardia IX


Una vez el mundo se alzó sobre su vientre de lava ardiente y vapor venenoso, Caos fue el primero que reinó sobre él. No es que pusiera mucho empeño en hacerlo, pero nadie le negaba esa posición puesto que no había nadie que tuviera la existencia suficiente para hacerlo.
Las esencias universales vagaban a su antojo, se enfrentaban, se conformaban y se fundían sin orden en un concierto inarmónico y estridente que salvaguardaba el gusto de Caos por la destrucción. De esos choques y enfrentamientos infinitos nacieron los Haddonel.
No eran hijos de Caos, como los Lorhim, puesto que no habían nacido de su voluntad, no eran producto del pensamiento de la esencia errática del mundo. Eran un accidente, un espurio e inquietante resultado casual de una de esas acciones que Caos no planeaba hacer pero realizaba como parte misma de su naturaleza.
Los restos del desorden, de la fuerza vital inacabada e incontrolada, de destrucción aleatoria y la reconstrucción desorganizada chocaron entre ellos y de las esquilas y las astillas de sus propias esencias surgió la raza que había de poblar el mundo en la anarquía. Los Haddonel eran producto de caos y como Caos actuaban aunque ni ellos mismos sabían porque motivo lo hacían de ese modo.
Los dioses nunca explican sus motivos. Caos ni siquiera los comprende.
Cuando los Anthronai poblaron el mundo los encontraron en él y los enfrentaron.
Los Anthronai los temieron en su furia, los combatieron en su rabia, los vencieron en su desorden. La Guardia Dorada nació para defenderse de los Haddonel y sus furibundos e impredecibles ataques. Cuando la magia hizo imposible controlar unas esencias que no respondían ante orden ninguno; cuando la diplomacia demostró que era incapaz de sellar pacto, acuerdo o tratado alguno con seres que no reaccionaban ante ninguna lógica y no respetaban palabra alguna, entonces llegó La Guardia y los obligó a retirarse tantas veces como fue necesario.
No había Anthronai en su sano juicio que no los temiera, que no albergara en sus sueños más oscuro el temor de verse rodeado y atacado por una hueste vociferante y confusa de estos seres de impulsos y de rabia, de destrucción y furia. No había ninguno salvo los integrantes de élite dorada que defendía el mundo.
Quizás por ello, porque habían luchado y vencido contra ellos, porque habían muerto a sus manos y los habían tenido tan cerca que habían percibido la confusión y el caos hasta en la más leve de sus respiraciones, hasta en el más imprecisos de sus alientos, los miembros de La Guardia eran los únicos que no gastaban ni un segundo de su tiempo en maldecirlos, que no empleaban ni un ápice de sus fuerzas en odiarlos. Necesitaban todo su tiempo y todo su empeño en combatirles.
Odiar a un enemigo, maldecir a un rival puede ser bueno para la moral y el trabajo en la batalla. Pero los Haddonel no eran enemigos, no eran rivales. De nada sirve maldecir a la peste. De nada sirve odiar a una plaga.
Por eso, cuando los vigías de La Remonta hicieron sonar la campana de aviso con el tañido lúgubre y rítmico reservado a los Haddonel, se prepararon para la batalla como el que se dispone a arrancar las malas hierbas, como el que se ve en la obligación de fijar los pestiños y las contraventanas ante un viento que se levanta furioso y repentino, como el que tiene la obligación de mantener el mundo en orden.
Mientras el resto de los Anthronai se encerraba en sus moradas a rezar por su vida a un dios que les había advertido hacía mucho tiempo que no iba a escucharles, La Guardia se ordeno en sus amplias formaciones de cuadrados y rombos y presento batalla a las astillas de caos que descendían a raudales desde las montañas y brotaban como fuentes desde la linde de los ríos.
Ephiné tomo su arco del suelo y redispuso a incorporarse a su unidad de la Remonta allá en las colinas que circundaban la ciudad de los Anthronai, pero unos delgados dedos la sujetaron por el brazo. Delgados y unisitadamente fuertes para alguien que parecía descomponerse en mil pedazos de cristal cada vez que estornudaba. A lo mejor no eran tan fuertes y era solo el cansancio y la derrota lo que hizo que Ephiné no lograra desasirse de su presa.

- Esta vez no, la batalla ya ha empezado -y la voz del remilgado aristócrata pareció cantar de nuevo al continuar- hoy no quieras saber de batallas de odio y de rencor. Hoy ya te hemos visto morir.

Y la batalla comenzó sin Ephiné. Por primera vez desde que Sideria cometiera el error de su egoísta parto múltiple, por primera vez desde que los astros comenzaran la danza del universo, por primera vez desde que los niños comenzaron a nacer sin lágrimas en los ojos y sin sal en el rostro, La Guardia Dorada de los Anthronai apareció en el campo de batalla con una brecha en sus filas.
El espacio vacío que la arquera dorada que había decidido construir su propia vida dejaba en la imponente formación de diez mil guardias que se desplegaba en el frente de batalla era ínfimo, no había ojo de dios, de Anthronai o de ángel que pudiera discernirlo, pero los Haddonel son hijos de Caos. No tienen ojos. Por eso lo olieron, lo escucharon y lo degustaron como una victoria inesperada, como una sorpresa satisfactoria. Cuando estás acostumbrado a enfrentarte a algo indestructible, la más pequeña fisura se antoja un triunfo.
No es que se organizaran, no es que elaboraran una complicada estrategia de fintas y elusiones que les permitiera atacar ese punto débil de la Guardia Dorada. Fue simplemente un impulso anárquico, una fijación destructiva, un arrebato caótico en honor de aquel cuya desidia les había puesto en el mundo por casualidad. En esa batalla, para los Haddonel sólo existía la brecha.
El comandante de La remonta dio las órdenes oportunas y los compañeros y compañeras de unidad de Ephiné repelieron el primer ataque, esquivaron el segundo, paralizaron el tercero y se vieron obligados a retroceder ante el cuarto.
La Guardia Dorada reaccionó y cambió las líneas de batalla, sus trazos se movieron con la precisión de jornadas completas de entrenamiento, de veranos enteros de maniobras, de años íntegros de práctica.
Los cuadrados se hicieron rombos y los rombos triángulos. La Remonta fue apartada del frente principal de batalla y sus flechas silbaron por encima de la cabeza de sus compañeros de armas para irse a clavar en los corazones de los Haddonel.
Pero el Caos se movió al compás. El instinto es a veces mucho más rápido que la mente y el orden. Un instante después los Haddonel volvían a atacar a aquellos que habían sido separados de la primera línea recombate. La brecha seguía abierta. Ephiné seguía en el solar que había sido su morada.

- Es por mi culpa –masculló la guerrera, tomando su arco y pretendiendo soltarse de la presa de Lesskin. Este la soltó sin oponer resistencia – He de hacer algo.
Dio varios pasos decididos hacia el frente. El ala de retaguardia apenas se encontraba a doscientos metros de su morada. Diez mil Anthronai y Cien mil demonios de Caos precisan mucho espacio para hacer correr la sangre y la muerte. De nuevo la voz del petimetre la detuvo con su versión más aflautada y cínica.

- ¿Por qué pedirle a alguien que está destruido que te ayude a construirte?, ¿de que te sorprendes si te lleva a la ruina? Mira como luchan, mira como viven, mira como mueren. Eres uno de ellos, ¿por qué te empeñas en negarlo?

Ephiné no tuvo que comprender, no tuvo que poner su mente al servicio de la lógica y la interpretación de las palabras escuchadas. Su cuerpo reaccionó por ella y arrojó el arco al suelo, su alma reaccionó por ella y tomó una herramienta, su corazón, escondido aún en una gema brillante y remota en las montañas que circundan el mundo, reaccionó por ella y comenzó a construir.
Se afanó entre sudores en poner en pie una de las columnas que yacían inertes y horizontales en el suelo después de los intentos dolorosos e inútiles de construir su morada que la guerrera había protagonizado. Cargó con ella como quien carga con el peso de la vida y del mundo pero, en lugar de colocarla en el centro del espacio en el que debía asentarse su morada, corrió con ella hacia uno de los ángulos y Corella sobre el hombro se puso a horadar un agujero que la sirviera de cimiento y, terminada la tarea, la clavó en el suelo como los salvajes del oeste clavan sus verticales altares de madera para hablar con sus antepasados.
La Guardia seguía girando sus lados y sus figuras de acero y sangre, ofreciendo sus ángulos mas afilados a los Haddonel. Los hacheros abrían brechas en la horda y en las cabezas de sus enemigos, las lanceras retrasaban los avances ensartando demonios de Caos a diestro y siniestro, Los arqueros y arqueras de La Remonta habían llegado a la retaguardia mientras los Haddonel les perseguían obsesivamente, con la obcecación que sólo muestran aquellos que están consagrados a la destrucción.
 Y de pronto se pararon. La Remonta seguía en pie, herida, macilenta y tumefacta, pero en pie. 
Pero los Haddonel se detuvieron un instante como si hubieran logrado su objetivo.
Repentinamente su ataque volvió a ser desordenado, sin objetivo, rabioso, como lo había sido siempre, como lo sería portada la eternidad. Cargaban contra cualquier flanco, cualquier formación, cualquier arma que les opusieran los guardianes áureos. Los Haddonel habían dejado de percibir la brecha.
Los acompasados y sangrientos movimientos de La Guardia Dorada para cubrir a su asediada ala de La Remonta habían llevado a los vigilantes de las colinas a la retaguardia y allí se habían agrupado, cubriendo su brecha con lo único que tenían para hacerlo. Habían cerrado el hueco con la columna que Ephiné había erigido. Ya no había desorden, ya los Haddonel no podían paladear el sabor de la derrota, no podían escuchar el paso del viento entre las líneas de batalla de sus enemigos. El orden exige observación. Y los Haddonel nunca han dejado de estar ciegos.
Ephiné lo vio y vitoreó interiormente su victoria. El comandante de La Guardia lo vio y ladró órdenes, envió mensajes y lanzó halcones de despachos para reorganizar la defensa y el contraataque de manera que la Remonta no perdiera en ningún momento su nueva formación con la columna de Ephiné; Lesskin lo vio y palmeo animadamente como un niño lo hace ante la actuación de unos acróbatas en un día de fiesta.
Akhran lo vio y arqueó una ceja en la curvatura contraria de su sonrisa. Ese gesto, esa ínfima distracción de un instante mínimo en la eterna desatención de un dios,  permitió a Pavan, Señor del Miedo y la Cobardía escapar de su acero. El cobarde siempre escapa. El miedo siempre vuelve.


- Ingenioso –comentó mientras limpiaba su acero de la sangre de tres dioses- Complicado, pero en extremo ingenioso-.

domingo, 26 de enero de 2014

La Morada de la Guardia VIII

La voz que era el universo volvió a tronar, volvió a acallar al mundo, volvió a cercenar de raíz la resistencia de los elementos desatados, mientras los muros se disgregaban en polvo y sus esencias volvían al norte donde hallarían acomodo en las almas de aquellos que pedían un alma sólo para mostrar un cuerpo, que exigían un corazón sólo para poder mostrarlo sin utilizarlo; que construían la vida sólo para poder desperdiciarla. A esas alturas los curiosos ya se habían alejado del lugar y habían vuelto a los quehaceres que les imponían sus moradas, temerosos de que la furia desatada por esa magia ignota pudiera destruir sus vidas como, al parecer, estaba haciendo con la de la guardiana dorada.
- ¿Dónde? – y la pregunta restalló como un látigo, como la fusta de Akhran hería los flancos de su corcel alazán, como las lágrimas de Lesskin habían quemado el firmamento en otro tiempo.
 La única Anthronai viva que había intentado construir su vida contempló el lugar en el que estaba construyendo su morada. Percibió el suelo y el sustrato con esos nuevos ojos prestados por un dios y guiados por… bueno, guiados por Lesskin.
En el campamento de La Guardia, incluso en la porción que a ella le correspondía, estaba vacío de esencias escondidas, de vidas encerradas. Los miembros de La Guardia estaban vivos, no tenían que poner su alma y su vida en ningún sitio. Los llevaban con ellos a todas partes. Habían llorado al nacer y eso les hacía diferentes, eternos, humanos.
Sólo un elemento de los que en su día separara el Hechizo Primigenio de los cuerpos de los Anthronai se seguía escondiendo entre los terrones y las piedras del suelo, entre las lonas y los bambúes de las tiendas, entre las armas y las corazas de los guerreros. Pero estaban tan juntos, tan mezclados, tan imbricados unos con otros, danzaban tan juntos y tan enlazados, que era imposible separarlos, desentrelazarlos y casi distinguirlos.
 - No era el sitio -esta vez no hubo pregunta ni pensamiento. Lesskin se adelantó y Ephiné lo vio tan claro que sus lágrimas dejaron de brotar. Su vida ya estaba siendo construida, se construía cada día en La Remonta, se construía cada jornada de trabajo en común, de vida compartida, de lucha entrenada y mantenida. Su corazón era suyo y no estaba en su cuerpo, el Hechizo de Antaño, había logrado eso. Pero no tenía que buscar donde habitada. Lo tenía delante aunque fuese incapaz de reconocerlo. Con ese conocimiento le llegó la siguiente pregunta. El siguiente golpe de viento abrasador y arena que sacudió su rostro.

- ¿Cómo? – y mientras los ecos retumbaban en el tiempo infinito de los dioses, las losetas del suelo se quebraron, se abrieron y dejaron pasa a las rocas vivas, los matojos, las plantas. Al sustrato del mundo que diluyó como agua el suelo de aquello que había pretendido ser la vida de quien ya estaba viva. Para entonces los magos y las brujas ya habían vuelto a sus templos y a sus palacios convencidos de que tenían razón al haber vaticinado el desastre que ahora parecía producirse. A los que fingen hablar con los dioses les importa mucho más tener razón en sus profecías y augurios que las consecuencias de esos augurios.
Por toda respuesta a esa pregunta Ephiné se levantó, se mantuvo de pie en medio del caos de tormenta que era ahora el espacio que instantes antes ocupaba su morada.
Tomó la columna, ahora solitaria y baldía en medio de la nada, y la empujó. Puso en ello todo su empeño, toda su fuerza, toda su rabia. El pilar era añicos mucho antes de tocar el suelo, mucho antes de que la tormenta se disipara y se llevara a Aquel que cabalga el Infinito con ella, mucho antes de que Lesskin reapareciera enjugándose el sudor y sacudiéndose el polvo de la ropa con otro pañuelo salido de la nada.
 -Fue un error –dijo Ephiné, sentándose derrotada junto al delicado aristócrata-.
 - El error no existe –y pareció casi lo cantaba- Fue una rendición.
 - Yo nunca
 - Tu insistencia era la rendición guerrera. Eso me lo enseñó ese tozudo jinete del turbante. Salir de las ruinas no supone restaurar el edificio antiguo, supone cambiar la viga maestra, los muros de carga, los materiales de construcción y la piedra angular del edificio. Si se reconstruye sobre el mismo plano, la ruina no se evita, tan sólo se decora y se demora en el tiempo. No se trata de restaurar o de reconstruir. Se trata de construir algo nuevo sobre el solar que han dejado libre las ruinas. Mientras Lesskin hablaba La Guardia Dorada aún seguía acampada. Aunque, aparentemente, ya no quedaba nada que vigilar.
Pero hasta eso iba a cambiar. Una campana sonó y La Guardia se alzó y tomó sus armas.

- ¡Oh no! -se quejó amargamente Lesskin- ¡otra vez, no!, ¡qué inoportunos!


Y de una forma tan casual como inapropiada saludó el Conde de Lesskin el enésimo ataque de los Haddonel, los acérrimos e incansables enemigos de los Anthronai.

La Morada de la Guardia VII

Ephiné no pudo terminar la frase. Gritó cuando las paredes de su morada desaparecieron. La magia del Duque de Randuelles, si es que existe ese título en alguna carta nobiliaria, es tan repentina como efímera. No precisa de signos ni de invocaciones, de ritos ni de mantras, de rezos ni de plegarias. Algunos dicen que no precisa de los dioses. Claro, que algunos también dicen que no existe.
Más allá de donde deberían estar los muros, de donde deberían alzarse las paredes que su esfuerzo, su desesperación y su obstinación habían logrado construir y mantener estaba La Guardia, acampada y paciente, estaban los magos, iracundos y temerosos, estaban las brujas, aterradas ante el acero de las armas y la decisión de las miradas de sus antagonistas, solamente aterradas, estaba la muchedumbre que había dejado de construir o mantener sus moradas, sus palacios, sus chozas o sus villas. Más allá de los muros que mantenían el refugio de Ephiné estaban los Anthronai.
- Parece que mi vida se ha convertido en un espectáculo. Parece que la has convertido en un circo -se quejó la arquera apartando los brazos de la columna y alzándolos al cielo-.
- No te ven, no pueden hacerlo. No saben donde mirar porque tú no les miras a ellos –y por primera vez la voz de Lesskin sonó triste, sonó cansada, sonó como si le hablara a un planeta errabundo- Mira más allá. No son ellos a los que tienes que ver.
Ephiné hizo caso. No tenía porque hacerlo. Podía invocar su derecho a mantener su morada por si misma, a apartar de su residencia cualquier cosa o persona que no quisiera que estuviera en ella. Era la ley. Pero no lo hizo. Pensó que tal vez esa ley no funcionara con Lesskin. Si es que ese insoportable y cambiante individuo era en realidad el ser que se suponía que había visto morir a los mil dioses y conducido a la Hija de Caos al amor.
- No deberías pensar tan alto –se quejó el petimetre tapándose suavemente los oídos con las manos – eso puede llegar a ser un problema.
La arquera ignoró el comentario con un bufido y se concentró en mirar más allá de la gente. Tardó en descubrir que es lo que estaba buscando, pero cuando lo encontró supo que era eso y ninguna otra cosa el objeto de su atención. Cuando encuentras algo siempre tiendes a pensar que es exactamente lo que estás buscando. Todo el mundo lo hace. Todos salvo los dioses y los clérigos. Los primeros nunca saben lo que encuentran y los segundos nunca saben lo que buscan. Por eso se llevan bien.
Eran los surcos. Tenían que ser los surcos.
Entre la gente, más allá de sus muros había surcos. Unos surcos en el suelo que no deberían estar allí, unos surcos que ella había borrado con cada fracaso, con cada derrumbe, con cada nuevo intento. Las marcas que en la tierra que habitaban los Anthronai habían dejado sus sucesivos intentos de construir su vida; las heridas que en el sustrato sobre el que se construye la vida habían marcado sus fracasos.
Se dibujaban paralelos, rectos, ordenados hacia dentro. Como una colección de lanzas tendidas sobre el suelo, como rectas varas de avellano ordenadas en la puerta de la casa de un hacedor de flechas. Cada vez más cercanas, cada vez más reducidas.
- Te das cuenta – no era una pregunta y no obtuvo respuesta. A esas alturas Ephiné ya se había acostumbrado a que sus pensamientos fueran su respuesta.
Cada fracaso, cada edificio derruido por el viento o el calor, por el frío, el ataque del fuego o la desidia de aquellos que habían podido o querido ayudarla, provocaba que la línea que marcaba los muros y los cimientos del siguiente fuera más corta, más reducida, más cercana al centro. Cada fracaso limitaba las posibilidades de construcción del siguiente intento, lo convertía en algo más concentrado. Los espacios eran mas pequeños, las distancias más cortas y eso obligaba a que los muros fueran más estrechos y los techos más bajos. Ephiné descubrió lo que en realidad ya sabía. Cada fracaso le dejaba menos espacio para construir su vida.
- Abarcabas el universo y pretendes reducir tu vida a diez baldosas, ¿Cómo has llegado a esto? -la pregunta laceró el corazón de Ephiné, aunque este aún estaba escondido en algún lugar del mundo en una gema hermosa y brillante- La arquera iba a responder que ella nunca había abarcado el universo, que no podía hacer otra cosa, cualquier cosa para convertir en rabia su agonía, en ataque su derrota, en resistencia su rendición. Pero una segunda voz la interrumpió de nuevo.

- No se lo tomes en cuenta –la voz era profunda y llego acompañada de un cuerpo enfundado en negro y plata y de un viento cálido y tumultuoso- Lesskin lleva demasiado tiempo hablando con las estrellas como para ser diplomático – Esa no es la primera pregunta, pero desde luego tampoco es la última –dicho lo cual, El Jinete que no Quiso ser Dios, apoyó la mano sobre el pomo de su alfanje y sonrió como si supiera todo lo que ocurre en el universo.
- ¿Qué haces tú aquí? –preguntó ofendido Lesskin, moviendo el dedo índice delante de su cara. Luego agitó la mano en el aire – No se supone que estabas peleándote con alguna de tus madres.
- Te vi bostezar y sentí auténtico pánico, querido –Contestó El Señor de Los Vientos mientras se sentaba en el suelo- Creo recordar que tus siestas causan muchos problemas
- ¡Para un marido que maté, haceviudas me llamaron! –Y Lesskin se agarró la cabellera en un remedo de auténtica aflicción- Nada cuentan todos mis esfuerzos, toda una existencia consagrada al servicio de – Soltó un hipido tan falso como su agonía-, Echas una cabezadita y…
- Disculpad si interrumpo -Ephiné alzó de nuevo los brazos al cielo pero esta es mi casa y…
- Esencialmente, sí -contesto Akhran sin dejar de sonreír-.
- Técnicamente, no -contradijo Lesskin-
- Me da igual –se volvió sin miedo al dios errante aunque le había reconocido- Di lo que hayas venido a decir y márchate.

No he venido a decir nada. He venido a preguntar. Lesskin tiene verdaderos problemas para hacer las preguntas correctas cuando conoce las respuestas, es decir, la mayoría de las veces. Olvida que los mortales y sobre todo los Anthronai no son como él.
Entonces Lesskin desapareció, la casa desapareció, el mundo desapareció. Hasta Ephiné tuvo la sensación de desaparecer entre la tormenta de arena viento y calor que se había desatado. Incluso Akhran desapareció. Sólo quedo una voz que no era su voz. Una voz que podría ser la voz del cielo o del infierno, que podría ser la voz de un dios o de un demonio. Que podría ser la voz del mundo.
- ¿Qué? –preguntó la voz y su eterno eco reiterándose en los oídos de Ephiné hizo innecesario que fuera repetida porque estaría siendo pronunciada eternamente.
Y la arquera dorada lo vio. Como había visto los surcos cuando Lesskin se lo pidió, como había observado al cielo cuando su compañero de obras se lo exigió. Por enésima vez en esa aciaga jornada lo vio.
Vio los materiales de su casa, de la morada que su esfuerzo y su agonía, pero los vio más allá de la piedra, más allá de la argamasa, el ladrillo, el cristal, el ónice o el metal. Los contemplo por dentro. Observo las esencias que bailaban en su interior, que se arremolinaban esperando a ser liberadas con el mágico rito que los hechiceros y las brujas guardaban en secreto a sangre y fuego.
Eran elementos traídos de las tierras donde la bruma, la lluvia y el frío de las gentes atoran las almas y las hacen mirarse exclusivamente a si mismas. Como todo el mundo, como cualquier Anthronai hubiera hecho, Ephiné había utilizado los materiales conocidos y repetidos para su morada y en su caso eso era parte del problema.
- Tu lloraste al nacer, ¿acaso lo olvidaste? –La voz de Lesskin se alzó por encima de la tormenta y luego calló mientras la guerrera se daba cuenta de que nada que proviniera de esas tierras podría nunca albergar su esencia. Ella no tenía el alma brumosa, no poseía esa ductilidad de los materiales norteños que les permitía doblarse hacia dentro con la facilidad de ignorar todo lo que causaran en el exterior, de mantener apartado todo aquello que no contribuía al mantenimiento de sus fachadas y a la vacuidad de sus interiores. Esos materiales no le servían porque ella había llorado al nacer. Ella estaba viva.
- Yo no lo pedí –se quejó en silencio sabiendo que su queja llegaría a sus desaparecidos interlocutores.

- Nadie lo pide. Pero lloraste al nacer, naciste viva y eso te impide estar muerta. Tu vida no puede construirse con esencias que tienen la muerte como destino y premio. Yo tampoco pedí ser dios, tampoco pedí ser Lesskin – Y por un momento Ephiné no supo cuál de los dos personajes invisibles había contestado a su muda afirmación que era una pregunta. Tampoco le importó-.

La Morada de la Guardia VI

- Perdonad, perdonad -dijo una voz aflautada hasta el límite mismo de la estridencia ante la consternación general – Pero sé que todos estos rituales vuestros me provocan unos cambios de humor demasiado bruscos. Luego contrajo el entrecejo, entrecerró sus ojos ambarinos y adoptó una actitud de fingida concentración – Abrahaj nabral, urbal vesar, dojier ciembe ¿era así, no?, ¿o ese era el conjuro de la creación? ¿Cómo se llamaba aquel tipo tan simpático que me lo enseñó? -el personaje miró con intensidad a los anonadados hechiceros mientras se rascaba el pelo con uno de sus delicados dedos- Si hombre ese que perseguía a las doncellas en los Lagos ¿o era el que se empeñaba en cambiar de color? Ese que primero era gris luego negro, luego rojo, luego blanco. No, no. Creo que estoy mezclando dos gamas cromáticas. ¿Raisdalf?, ¿Gandtlin? Nunca entenderé por los magos tienen nombres tan complicados de recordar.
Sin esperar respuesta se encaminó hacia la puerta de entrada de la morada de Ephiné e hizo lo que nadie había pensado, intuido o imaginado hacer hasta la fecho. La atravesó. Mientras entraba en la construcción que debía albergar el alma y la vida de la arquera habló sin volverse a la atónita concurrencia.
- Haz acampar a tus hombres –le aconsejó al comandante de La Remonta de La Guardia Dorada-, me temo que esto va para largo.
Contra todas las expectativas y revisiones, contra toda lógica, el comandante le hizo caso con una sonrisa dibujada en el rostro.
  
 Mientras esto sucedía a su alrededor, Ephiné era ajena a todo ello. 
Permanecía ignorante de las alianzas y los enfrentamientos; se mantenía al margen de las ayudas y las inquinas, las desidias y los apoyos, las críticas y las voluntades. Ignoraba que La Guardia había acampado frente a la puerta inconclusa de su morada y que los señores arcanos del Hechizo Primigenio habían hecho de su miedo su bandera.
Resistía, como hace cualquier miembro de la elite dorada de los Anthronai, pero lo hacía sola, como nunca lo había hecho antes ninguno de los guerreros del llanto, de los seres vivos que defendían el derecho del resto de los suyos a construirse una vida.
Sus ojos estaban fijos en el barniz de la columna que sustentaba su pírrica construcción, sus brazos, agotados y tensos de tanto esfuerzo y trabajo continuado sin recompensa, abrazaban el anguloso diámetro del pilar en un intento de abarcarlo, de apretar su vida y su alma contra su pecho.
Cada desconchón en una pared era una tragedia más relevante que la misma Guerra de los Dioses; cada fractura en una de las losetas del suelo era un drama de mayores proporciones que la supervivencia del Invisible; cada sonido interior de la columna, cada resquebrajamiento, cada crujido, cada traquido sonaban a sus oídos como el más furioso grito de los Lorhim, como el más insoportable llanto de un niño, como el más tenebroso susurro de la muerte.
Quizás fue por ello que no escuchó los pasos melifluos y silenciosos del fieltro de los escarpines del hombre que, sin permiso ni orden, penetró en su morada. Tal vez fue ese el motivo deque no le viera acercarse y sentarse junto a ella en un cojín de plumas que apareció de la nada justo cuando su huesudo trasero iba a aposentarse en el desvencijado firme de la morada de Ephiné.
Quizá fuera por eso o porque las lágrimas que arrasaban sus ojos no le permitían ver absolutamente nada. Ni siquiera a sí misma.
- Has liado una buena –le saludó la estridente voz mientras su propietario mullía el almohadón con las nalgas como una gallina buscando acomodo para empollar un huevo. Ephiné se sobresaltó y miró de frente a su indeseado interlocutor.
- Ya sé que no debería estar aquí –dijo el hombrecillo- Ya sé que incumplo no sé cuántas leyes de los Anthronai y que técnicamente que no puedo estar aquí porque aunque estás viva no has construido tu vida y todas esas sandeces filosóficas que se han inventado esas viejas desdentadas ¿Por qué las brujas no pueden ser atractivas, jóvenes y bellas, como la Bruja de Caos? Bueno, a lo que íbamos. Ya sé que no quieres que esté aquí y todas esas cosas, así que vamos a lo esencial, si te parece, claro está.
Ephiné abrió la boca para hablar pero apenas pudo coger aire. Tan sólo un hipido quejumbroso y efímero salió de su boca antes de que el hombrecillo la interrumpiera mientras se colocaba el encaje de su manga.
- Ahórrate esa cara de sorpresa y tú próxima pregunta. Sabes perfectamente lo que has pensado y ya sabes que lo que se piensa se dice. No hay diferencia ¿es que no os enseñan nada en esa Guardia tuya?
- No había pensado eso -replicó Ephiné sin saber por qué de repente estaba a la defensiva, sin comprender el motivo que la impulsaba a contestar a alguien con quien no quería hablar - ¿Quién… - no terminó la pregunta. No hizo falta. La Guardia sabe cosas que otros ignoran. La Guardia ha visto el rostro de Akhran. La Guardia ha llorado al nacer.
- Estupendo eso me evita tener que hacer mi preciosa presentación. No me malinterpretes, adoro hacerla, me ha costado mucho tiempo y esfuerzo refinarla, pero en este entorno sería…, digamos peligroso alzarse de forma repentina y mi reverencia final exige precisamente ese movimiento en concreto para alcanzar toda su fuerza expresiva.
- No puedes ser Él. Las leyendas dicen que pereciste en el Duelo del Forjador. Las historias dicen que estás muerto.
- Es curiosa la ironía. Yo oí por ahí que estabas viva.

Es posible que Ephiné reaccionara ante el ataque de Lesskin o es posible que lo hiciera ante la carcajada de Akhran o ante el alzamiento preocupado de cejas de Heraiah o ante la sonrisa del Príncipe Tenebroso o ante el giro de cuello sorprendido de Okocha. Pero, según los que saben de esto, los que atisban más allá de donde miran los demás, es harto improbable que Ephiné fuera capaz de percibir los ritmos y los gestos de aquellos que ven en todas partes y escuchan en todos los tiempos, así que lo más factible es que la arquera dorada tan sólo reaccionara ante su rabia.
- ¡Lo estoy! ¡Siempre lo he estado! ¡Lloré al nacer y soy miembro de La Guardia Dorada! – sus gritos retumbaban contra las paredes, sus lágrimas rebotaban contra el suelo. Su dolor rebotaba contra ella misma- No puedes venir a mi morada y decirme que estoy muerta. Soy el único miembro de La Guardia que ha podido construirla.
- Disculpa, disculpa –Lesskin se limpiaba las salpicaduras de lágrimas del jubón granate con un pañuelo de raso que, como era tendencia habitual en todos sus complementos, había salido de la nada- No era mi intención ofenderte. Es que como te empeñas en actuar como si estuvieras muerta… Una vez conocí a un hombre muerto que seguía metido en su armadura y se negaba a estar muerto. Me recuerdas mucho a él. Bueno, el tenía barba, había sido expulsado del vientre de un dragón y era algo rechoncho, en eso no os parecéis, pero…

- Yo no…

La Morada de la Guardia V

No hubo palabras, no hubo reproches, no hubo nada que tuviera que ver con la vida. Los dos constructores se despidieron en silencio y Ephiné se quedó sentada entre los muros destruidos de su último intento de morada, con la vida que tenía pero que no podía construir tan arrasada como los muros que la rodeaban, tan colapsada como la columna en la que se apoyaba, tan quebrada como el arco que había querido cobijarla.
Y en ese momento llegó, como la ola llega del mar y empapa la cara, como el viento llega de la montaña y corta los labios, como el rayo aterriza desde el cielo para forzar un fuego repentino.
- Si pedir ayuda no me sirve y recibir ayuda no me basta, no queda más remedio que no precisar ayuda –el pensamiento fue fuerte y definitivo. Fue sólo un pensamiento, pero eso no evitó que fuese dicho. Ephiné renunció a toda posibilidad de ayuda o de asistencia, a toda petición de socorro, a toda llamada de auxilio. Ephiné renunció a los Anthronai. Renunció a La Guardia.

Y así siguió con su tarea. Construyó un pilar tan bajo que el techo apenas superaba su cabeza y un techo semicircular que no ejercía casi presión sobre las paredes y esa construcción pareció resistir durante un tiempo.
Ephiné se dedicó a vigilar que nada ni nadie alterara ese delicado equilibrio que había logrado en su morada. Impedía acercarse a cualquier miembro de la Guardia por miedo a que moviera algo o que modificara el reparto de pesos y fuerzas de su morada.
Apenas dormía vigilando y revisando cada una de las cuatro caras del achaparrado pilar que era el centro de su casa, de su vida, de su alma. Los que deberían ser sus compañeros de armas eran enemigos de repente, amenazas que ponían en peligro su recién conseguida morada, su inestable pero erguida morada.
Esperaba que resistiera lo suficiente como para que los magos realizaran los arcanos procesos que permitieran definitivamente a los vientos y las luces de su alma y su vida habitar en esa residencia en la que el cielo estaba mucho más lejos que el cielo y en la que apenas podía levantarse la cabeza por miedo a romper alguna línea maestra que convirtiera la vida de Ephiné en escombros.
Como suele ocurrir en los casos en los que la vida lleva la contraria a los clérigos, estos se negaron a repetir los rituales. Argumentaron que no había precedente alguno en que los ritos de anidación de la vida se hubieran repetido para una misma persona.
Como es habitual cuando el presente desmiente a los profetas, los augures advirtieron de la multitud de desgracias y percances que caerían sobre los Anthronai si esos ritos volvían a hacerse para Ephiné
Como es tradicional cuando La Guardia Dorada sabe que algún Anthronai precisa de ellos se levantaron. Como suele ocurrir cuando quien necesita de ayuda es uno de los suyos, tomaron las armas.

La élite guerrera de los Anthronai se desplegó por la ciudad con la misma naturalidad con la que un mozo reparte la leche cada mañana, con la mima gracia con la que una dama acude a las ofrendas de primavera; con la misma precisión con la que una noria arroja el agua de sus baldes en una acequia.
Se desplegaron por las colinas en absoluto silencio; por los valles de forma invisible y por las murallas de forma tan ostentosa y desafiante que los habitantes de la ciudad creyeron por un momento que los N´garai había vuelto o que Caos había perdido el miedo a los guerreros de oro que les protegían. Se pusieron en armas con tanto sigilo y decisión que Sideria decidió posponer un ciclo universal más la apertura definitiva de Las Puertas de Tannhauser. Con tanta rabia que Aziel estuvo a punto de hacer sonar la alarma en Las Casas Celestes.
Con tanto descaro que Akhran aplaudió.
Sus mandos, empuñando sus espadas lacadas en negro y oro, caminaron despacio por las calles hasta el centro místico de la ciudad de los Anthronai. Para cuando llegaron a presencia del Arcano Supremo todos los habitantes habían dejado de construir sus casas, habían contenido el aliento hasta casi dejar de seguir vivos.
 - Se hará –el comandante de La Remonta se atusó el bigote después de hablar. No esperaba una respuesta. No había sido una pregunta-.
- Tú no puedes… - El Arcano Máximo estaba tan indignado como asustado, pero su miedo ganó por diez cabezas la carrera en su cuerpo cuando siguió con la mirada el gesto del comandante. A lo lejos, en las colinas, un guerrero dorado apuntaba su ballesta. Nadie en el mundo de los vivos o de los dioses tenía ninguna duda de que si se disparaba esa flecha alcanzaría pese al viento, la distancia y los obstáculos, el cuerpo del hechicero. La única duda era en que parte de su anatomía decidiría aquel guerrero, muy parecido, por cierto, a aquel que construyera su arco sobre la columna de Ephiné, rubricar la muerte del mago.
No se dijo más porque no era necesario decirlo. El comandante de la remonta sentía una gran tristeza porque Ephiné les hubiera dado de lado, sentía un profundo temor a que su actitud estuviera equivocada y estaba prácticamente seguro de que la arquera dorada nunca podría tener una morada, pero eso no iba a impedirle hacer lo que tenía que hacer. Le haría llorar y maldecir por las noches, pero si un miembro de La Guardia no se rinde, los demás no tiene derecho ni a pensarlo.
En esas estaba cuando la comitiva militar áurea se detuvo frente al templo de las brujas. Esas ni siquiera salieron a la puerta. Su jefa se asomó por la ventana para escuchar las palabras del líder de La Guardia Dorada.
- No consentiremos que no se haga lo que debe de hacerse- Dio media vuelta y no espero a recibir respuesta. Esta vez tampoco había sido una pregunta.
Y eso fue todo. La Guardia volvió al Campamento Dorado y los hechiceros y las brujas encontraron en un tiempo sorprendentemente corto la fórmula necesaria para repetir los rituales y se encaminaron hacia la achaparrada construcción que estaba destinada a ser la morada de Ephiné.
La guerrera no sabía nada de todo lo que había ocurrido. Simplemente esperaba cerrada y silenciosa entre los muros de su endeble construcción que llegara su corazón y su alma. Simplemente esperaba porque la construcción le había restado las fuerzas para cualquier otra cosa. Esperaba porque había dado la espalda a La Guardia para conseguir su morada. Esperaba porque no sabía o no quería saber que La Guardia no le había dado la espalda a ella.
Aún sin que Ephiné lo hubiera pedido o querido, aun sin que La Guardia lo hubiera planeado o lo hubiera deseado, la ayuda había llegado y los artífices de la disrupción de los Anthronai y sus almas estaban dispuestos a deshacer esa decisión en el caso de Ephiné.
Alrededor de su morada estaban, con los brazos alzados, los signos dibujados con henna en el suelo y con sangre en la piel,  y las invocaciones en la garganta, aquellos que podían darle por fin a Ephiné una forma a la vida que el señor de Los Vientos le había regalado con el llanto.
Todo estaba dispuesto y entonces alguien tosió, se atragantó y maldijo.

La Morada de la Guardia IV

Todo miembro de La Guardia Dorada de los Anthronai tiene un instrumento para solicitar ayuda. Nadie pide ayuda a la Guardia porque La Guardia sabe cuándo tiene que acudir a ayudar a aquel que lo necesita.
Pero sus integrantes pueden pedir refuerzos y asistencia a aquellos de los Anthronai que forman parte de los vivos que defienden la vida de los muertos que intentan dejar de serlo.
Los sureños usan para tal menester una concha marina, los procedentes de del oriente tranquilo una sonora placa de metal que golpean con un trozo de hierro; los hijos de las furiosas y salvajes tierras de poniente recurren a la fuerza de su propia garganta. En el norte el reclamo es un cuerno, un cuerno de caza que Ephiné hizo sonar con todas sus fuerzas, con todo el aire que aún se mantenía en sus exhaustos pulmones, con toda la desesperación que le imponía su recién recuperado corazón al verse de nuevo obligado a escapar de su cuerpo.
Tanto le hubiera dado que hubiera gritado en el desierto o que hubiera cantado bajo el agua, tanto le hubiera dado transformarse en clérigo y exigir ayuda al dios de los Anthronai. Nadie acudió. En el norte nadie atiende las llamadas de ayuda de los otros. La mayoría de las veces ni siquiera atienden las peticiones de auxilio de si mismos.
La morada que debía ser la vida y el alma de Ephiné se desmoronó definitivamente y los miembros de La Guardia Dorada vieron como ocurría sin poder hacer nada. Ephiné tenía que construir su casa, su vida. Era su obligación. Si La Guardia Dorada no respeta la normas no tiene sentido que nadie lo haga.
- Te dije que no resultaría –le dijo el comandante que intentaba consolar a Ephiné pero que sonaba como un maestro frustrado alegre por el fallo que obligaba al alumno a reconocer su sabiduría-.
- Te dije que resultaría –contraatacó Ephiné comenzando a reunir los materiales utilizables de entre los escombros- Akhran dijo que teníamos que construir nuestras vidas. No que tuviéramos que acertar a la primera. Y así comenzó la lucha de Ephiné contra el destino, contra la necesidad y contra el azar.
Durante incontables lunas la arquera dorada siguió con su tarea de construir su vida. Al fin y al cabo había jurado no rendirse.
Construyó moradas con la columna más ancha, pero el calor del verano la hizo expandirse los materiales y estallar la piedra de la columna hasta derribarla; levantó una columna mas alargada y esbelta y construyó desde ellas techos que se combaban hacia adentro, pero el frío de las noches de invierno hicieron contraerse las paredes y ejercer tal presión sobre el esbelto pilar que lo astilló como un tronco de leña en una tormenta.
Incluso en una ocasión contó con ayuda.
- Te echo una mano –preguntó una voz distraída mientras ella sudaba intentando elevar el peso de un balde de argamasa a lo más alto de la columna.
- Está prohibido –contestó ella sin mirar hacia abajo- la ley especifica que…
- También especifica que La Guardia Dorada no tenga moradas -le interrumpió la voz- ¿quieres que te ayude o no?
Ephiné era Anthronai, era de las tierras brumosas y era de la Guardia Dorada, así que no dijo que sí. Pero tampoco dijo que no.


El resultado de tan inusitada colaboración fue una morada con una columna central sólida y robusta y un arco central que se apoyaba sobre ella y sustentaba el peso de paredes y techo. La Guardia sonrió ante tan insólito edificio y siguió con sus vigilancias y sus entrenamientos.
Durante un tiempo pareció que la estructura iba a mantenerse el tiempo suficiente como para que Ephiné y su repentino colaborador pudieran solicitar los rituales necesarios.
Cualquier cambio suele ser motivo de disgusto para aquellos que medran en el estancamiento y los hechiceros y las brujas utilizaron más tiempo del que cualquier dios hubiera empleado en tomar una decisión en discutir al respecto.
Se preguntaban si tenían que practicar un ritual específico para cada uno de los que habían elevado la construcción; si debería ser uno conjunto, si los ritos arcanos habrían de decorar el arco o la columna, si las danzas arcanas habían de ser bailadas en torno al pilar o bajo la arquería, si era necesario incluir algún elemento específico en el ritual por el hecho de que Ephiné fuera miembro de La Guardia o si había que restarlo por el hecho de ambos constructores lo fueran. Pero nunca llegaron a discutir si era preciso discutir sobre todo aquello. Así que nunca llegaron a decisión alguna.
Mientras el campamento y la ciudad vivían expectantes por las deliberaciones de los amos de lo arcano con respecto al hechizo Primigenio a los ritos necesarios en el inusitado caso de Ephiné y su compañero de armas, los dos residentes se impacientaban.
- Hay que ampliar los muros –afirmó un día el compañero de armas que había ayudado a Ephiné- El arco no tiene curva suficiente y podría quebrarse.
- Si amplio los muros la columna se quebrará, ya ha pasado antes. Esa es la distancia máxima que soportará. Yo lo sé.
- Si no se amplía la curva del arco se quebrará. Yo también lo sé
- Quedará la columna
- Sí. Quedará la columna
 No volvieron a hablar de ello. No hacía falta. Los Anthronai estaban acostumbrados a tomar decisiones por su cuenta y eso es lo que hicieron.
Legaron los fríos, llegaron los pedriscos y los vientos en los que cabalga El Errante; los tifones estremecieron las paredes exteriores de la morada, mientras brujas y hechiceros proseguían con su eterno debate.
El arco resistía pese a la furia de los elementos y la columna le reforzaba. Pero el compañero de guardia de Ephiné, aquel que había ayudado contra la ley y triunfado con ella contra la lógica, tenía razón al menos en parte.
La arquería resistió casi todo, pero su base se resintió, no tenía suficiente curvatura para distribuir los empeñones de los meteoros y de las cargas. La lluvia de fuego fue demasiado.
El arco se quebró por el centro y se convirtió en dos ángulos semicirculares que apenas aportaban solidez a la estructura. La columna quedó como había vaticinado Ephiné pero de repente recibió un peso que no estaba preparada para soportar. Resistió o al menos lo intentó, como aquella que la había construido, pero se colapsó sobre si misma, si incrustó tan dentro de la tierra que pareció perder altura antes de desmoronarse definitivamente en una lluvia de cascotes que separó para siempre a los dos habitantes de la única morada de los Anthronai que había sido concebida por dos mentes distintas.
Los hechiceros suspendieron sus disquisiciones y las brujas sus peleas. Ya no hacían falta. Ellos mismos habían conseguido que ya no hicieran falta.

- Eso estuvo a punto –comentó Akhran mientras guerreaba con La Señora de La Desdicha- la divinidad creyó que el Errante se refería a su ataque. La cabeza no le duró lo suficientemente sobre los hombros como para darse cuenta de que se estaba refiriendo a otra cosa. Los dioses son demasiado lentos en darse cuenta que el universo no siempre les tiene en cuenta.

Pese al comentario del dios que no quería serlo. La morada de Ephiné se hundió de nuevo.

La Morada de la Guardia III

Ephiné nació siendo de La Guardia Dorada y su llanto natal aseguró que moriría antes de rendirse. Era una de las más certeras arqueras de las unidades de remonta del ejército de los Anthronai y eso hacía que custodiara las colinas que rodeaban la ciudad donde los Anthronai habían decidido intentar recuperar sus almas de la broma de un dios.
Desde allí divisaba toda la ciudad. Desde allí podía acertar a cualquier ser o dios que se moviera dentro o fuera de las lindes de la ciudad, desde allí contemplaba el campamento ordenado de tiendas y de lonas de la Guardia Dorada, desde allí contemplo la injusticia.
- ¿Por qué vivimos así? -preguntó un día al comandante de La Remonta de la Guardia, mientras hacía un gesto que abarcaba el Campamento Dorado-.
- Somos La Guardia –respondió el comandante en una de esas repuestas creadas y repetidas para eludir las auténticas respuestas-.
- ¿La Guardia no tiene derecho a una vida y un alma, como todos los demás? –la insistencia en el combate es una virtud en La Guardia Dorada. La insistencia en la duda es cuando menos una molestia. El comandante torció el gesto y arqueó una ceja antes de  contestar-.
- Ya tenemos una vida. Somos los únicos que nacemos con ella. Por ello no tenemos que construir una morada –sentenció el mando acicalándose el bigote dando uno de esos motivos que se dan para evitar explicar los auténticos motivos por los cuales se realizan o se eluden las acciones esenciales y las elecciones necesarias-.
- Creo que no – Y con esa creencia, con esa afirmación,  Ephiné hizo lo que nadie había hecho hasta ese momento en el ejército de elite de los Anthronai.
Decidió que tener una vida no era suficiente. Que eso no te evitaba tener que construirla.
Pero antes que guaria dorada, antes que guerrera, antes que distinta, Ephiné era Anthronai. Eso no podía dejar de serlo.


Como el dios que les dejara construirse a sí mismo, los Anthronai, optaban por el aislamiento, por la unidad. Como suele ocurrir con todos los sintientes que esperan algo de aquellos que no existen, entendieron erróneamente el alejamiento de El Que Cabalga Eternamente. Los clérigos lo interpretaron mal, los augures los profetizaron ciegamente y los magos lo convocaron equivocadamente. Así que, como Akhran vagaba y cabalgaba solitario, los Anthronai optaron por la soledad.
Como tenían que hacerse a sí mismos, consideraban que no existía nada, salvo ellos y los materiales por ellos elegidos, que fuera necesario para sus obligadas construcciones.
En las tierras del sur, donde el calor era intenso, buscaban edificar sobre un solo arco central del que partían los muros y el resto de arquerías en una cascada. Un solo ser, un solo arco, una sola morada, una sola alma.
En las tierras del oeste extendían paredes infinitas y muros centrales únicos para soportar los techos de sus casas y los tejados a dos aguas de sus moradas.
En el este, donde hasta los Anthronai eran salvajes, optaron por pilares centrales, redondos y pulidos. Uno de los guerreros de esas tierras llegó a construir un pilar tan elevado que alcanzó los cielos, en un intento de construir una morada que abarcara todo el mundo. Los que cuentan leyendas dicen que ese es el pilar que une los cielos, la tierra y el averno y no están lejos de lo cierto.
Hay alguien que conoce la historia, los motivos y el desenlace de ese descomunal intento. Hay alguien que es tan gran contador de historias como lo es Lesskin y que podría hablar de quién y cómo se elevó el Palomar del Cielo.
Pero Heraiah está demasiado preocupado por la invasión de un fuego fatuo de las casas celestes y demasiado atento a la caída de un ángel que nació siendo ángel, como para detenerse a contar historias.
Los Anthronai habrían desaparecido antes de que él pestañee y observe el desenlace. Así son los tiempos en las Casa del Cielo.
En el norte, en las tierras donde la bruma mata la alegría y la lluvia oculta la vergüenza, en los lares donde los Anthronai viven de espaldas a sí mismos y contra los demás. La soledad no es un rezo, no es una errónea imitación de un dios que vaga libre. La soledad es una religión.
Y Ephiné era de esas tierras, de eso lugares cansados de sí mismos, y cuando decidió construir su morada lo hizo de la forma en la que había visto hacerlo cuando nació llorando en las tierras en las que los Anthronai tan sólo se recuerdan a sí mismos.
Con parsimonia, casi con mimo comenzó a construir una columna central. Ante la atenta y escéptica mirada de sus hermanos y hermanas de armas, la elevó cuadrada y sólida en el centro del espacio que el Campamento Dorado tenía reservado para ella. Buscó los más sólidos materiales y la cimentó con cuidado. Luego comenzó a alzarla hasta una altura suficiente como para que el techo superara su cabeza. No se trataba de erigir una mansión magnífica y ostentosa. Se trataba de construir una morada donde se pudiera habitar. De crear una vida que mereciera la pena vivir.
Los techos se sustentaban sobre esa sola columna y reposaban sobre paredes que no estaban apoyadas en sitio alguno salvo la tierra.
Sudó lloró, rió y se agotó, pero un instante antes de que el sol se pusiera por trigésimo sexta vez desde que abandonara su puesto en la colina para construir su vida, acabó su morada.
A regañadientes, los magos Anthronai realizaron los ritos para llamar al alma de Ephiné, para que los elementos de su corazón y su vida reconocieran su construcción y acudieran a ella. No les gustaba la idea, creían que iba a ser un fracaso, pero lo hicieron. Para aquellos que esperan recompensas, las órdenes de un dios son difícilmente eludibles.
Y cuando la luz comenzaba a anegar la estancia, cuanto el viento primigenio que llevaría el corazón y el alma a la vida de Ephiné estaban invadiendo los muros y los techos, la columna central, el elemento angular de la construcción se rajó desde dentro. Se quebró como si no pudiera soportar el peso infinito de la vida y el corazón de Ephiné.
En unos segundos, unos trágicos y eternos segundo que emularon el tiempo de los ángeles, la columna comenzó a desmoronarse.
La guerrera dorada intentó apuntalarla, arreglarla, sostenerla. Pero cada grieta que sellaba se abría de nuevo un instante después en otra cara de la columna y traía consigo un agujero o un desconchón.

Cuando no pudo contener el desmoronamiento hizo lo que, como miembro de elite de La Guardia Dorada, estaba acostumbrado a hacer. Resistió, no se rindió y pidió refuerzos.

La Morada de La Guardia II

La Guardia Dorada protegía a los Anthronai. Habían luchado y vencido contra los N´garai y los habían enviado a las casas celestes a penar y pedir el final; habían enfrentado a las huestes de los Doce de caos sin pestañear y habían logrado que su mundo siguiera vivo. Parcialmente desordenado, pero vivo.
Había algunos que decían que incluso habían mantenido a Los Lorhim a raya mientras La Desmedida ideaba la forma de encerrarles en su inconmensurable vientre. Otros iban más allá y afirmaban que habían aceptado un hechizo que les hizo de metal por dentro para estar en condiciones de defender, allá en el cielo de los dioses, la Puerta de Tannhauser del ataque de los superhombres de Saurón. Nadie sabía muy bien si eso era una leyenda o una profecía, pero estaban seguros que si alguien era capaz de hacer algo por el estilo, esa era la Guardia Dorada de los Anthronai.
Con todas sus virtudes, con toda su fuerza, su valentía y su inquebrantable lealtad en la defensa de su raza y de aquellos que la componían, los hombres y mujeres que formaban la élite guerrera de la raza más antigua del mundo, tenían dos problemas.
El primero es que con tanta batalla, con tanta patrulla por los confines, con tanto viaje a los reinos de Sideria y tanta resistencia a las huestes de universos pasados y las hordas de firmamentos futuros, no tenían demasiado tiempo para hacer la construcción de sus almas; no disponían de espacio para la edificación de sus corazones, carecían de momentos para la elaboración de sus vidas.
Vivian en tiendas de paño duro y áspero, permanentemente alerta, continuamente en campaña y en armas. No se quejaban. Pero que alguien no exponga una queja no evita que exista un problema. Hasta los magos sabían eso.
El segundo de los problemas que afrontaba la Guardia Dorada era más complejo, quizá por eso nadie se había parado a considerarlo en su totalidad. Quizás por eso nunca nadie había dado con una solución para él. Quizás por eso había dejado de ser un problema.
Los miembros de La Guardia nacían vivos.

Puede que en cualquier otra era ese pequeño detalle no hubiera sido algo que resultara un motivo de preocupación; puede que para los hombres y mujeres más fuertes y leales de los Anthronai no hubiera diferencia, puede que si otro dios que no hubiera sido El Errante hubiera recorrido los cielos negándose a ejercer de divinidad esa diferencia hubiera pasado completamente inadvertida.
Pero la casualidad es la especialidad del Jinete de los Vientos Eternos  así que en las tierras y los tiempos de los Anthronai ese hecho no pasó inadvertido. Unos pocos de los niños que nacían y cuyos pequeños cuerpos eran elevados al cielo a la vista de un dios que no se volvía a mirarlos lloraban al nacer.
Unos decían que era porque sus pequeñas mentes, sus diminutos corazones que residían en gemas o piedras del mundo, percibían que estaban rodeados de gente muerta. La muerte siempre asusta a los niños.
Otros decían que era porque a ellos, a esa extraña élite que burlaba los hechizos de los magos y los rezos de los sacerdotes, el dios sí les miraba y hasta les sonreía. La conmiseración de una divinidad siempre produce tristeza.
Había teorías para todos los gustos, se contaban leyendas para todos los oídos, existían fábulas para todas las enseñanzas, pero el hecho incuestionable era que nacían vivos.
Por ello o quizás pese a ello o tal vez porque la inagotable ironía de la voluntad del Dios Errante nunca se cansaba de poner a prueba el humor y la paciencia de los Anthronai, eran expertos en la muerte.
No había prueba de acceso, no había rito de iniciación. Los seres que nacían llorando se ganaban con la sal de sus lágrimas el derecho incuestionable de formar parte de La Guardia de los Anthronai; Asumían con el primer aire de sus pulmones y el primer grito de sus gargantas el deber ineludible de no rendirse.
Nadie dudaba que uno de esos niños diferentes y vivos iba a coger una daga en el aire y arrojarla con precisión imposible allá donde quisiera incluso antes de que hubieran empezado a salirle los dientes; nadie dudaba que cualquier jovencita cuyas lágrimas hubieran resbalado por su rostro en el momento de ver el sol sería capaz de montar una ballesta, disparar un arco o detener una hacha que buscara su vientre incluso antes de que la sangre de la diosa Domarha rebosara sus entrañas y la hiciera mujer.
Nunca un grito de batalla, nunca un lema de combate había sido tan cierto y tan imposiblemente excluyente con respecto a los demás. Nunca un ejército había sido tan diferente de aquellos a los que defendía y protegía que el de La Guardia Dorada de los Anthronai.
“La Guardia muere pero no se rinde”. A la fuerza tenía que ser así. Eran los únicos que podían morir. Los demás nacían muertos.
Como La Guardia estaba viva nunca se preocuparon de sus moradas, nunca se preocuparon de recopilar los elementos de su alma y de su corazón repartidos por el mundo por mor del Hechizo Primigenio. Habitaban en tiendas de campaña en las afueras de la ciudad y no protestaban por ello. La Guardia nunca protesta.
Su función era lograr que todos los demás Anthronai tuvieran tiempo y espacio para buscar sus almas, para construir sus vidas. Las suyas estaban construidas desde el momento en que su llanto había saludado al mundo.
Nunca invadían, nunca atacaban, nunca se movían en maniobras ofensivas. Sólo defendían y protegían, pero lo hacían con tal capacidad y concentración que hasta los dioses les temían. Se decía que Antares había forzado un pacto antes de la Guerra de los Mil Dioses en el que se prohibía expresamente utilizar, contratar, convencer o manipular a La Guardia Dorada para que actuara en beneficio de dios alguno. Se decía que Caos había retirado a su hija cuando les vio formar para la batalla. Se decían muchas cosas.
No en vano habían acabado con la diosa Vidianne en un solo combate. Y eso se sabía. Los Anthronai lo sabían y los dioses lo sabían.
Así que nadie cuestionaba como o donde vivía La Guardia Dorada; los sacerdotes, aunque les molestara que ellos hubieran visto al dios que se ocultaba a sus ojos y plegarias, no lo cuestionaban; los magos, aunque les indignara que hubieran escapado parcialmente a su hechizo, no lo cuestionaban, la propia Guardia no lo cuestionaba.

Hasta que llegó Ephiné.

La Morada de la Guardia I

Cuando Akhran, la divinidad que no quiso serlo, era dios, hizo lo que ningún dios había ideado en su magnificencia, lo que ninguna diosa había consentido en su desmedida grandeza, lo que ninguna deidad había concedido en su misericordia ni había exigido en su cólera. Lo que El Invisible que sobrevivió a la Guerra de Los Mil Dioses ni siquiera podía concebir en su miedo presciente.
Permitió a los seres construirse a si mismos.
Pero El Jinete de Todos Los Vientos era un ente salvaje. Así que no impuso normas, no fijó formas, no compartió su sabiduría con hombres ni con bestias. Se limitó a desear suerte a los primeros de los suyos y partió a recorrer el desierto que en otro tiempo había creado como un vergel.
Condenó a los humanos a hacerse a si mismos y luego rió y se marchó en busca de su hermano.


Fue entonces, en los tiempos en los que los mil dioses eran niños en el vientre de Sideria, en los que los planetas se formaban y las montañas se fundían, cuando los Anthronai, los primeros de los seres que tuvieron corazón y alma, los primeros de aquellos que sentían más allá de sus necesidades, los primeros humanos, tuvieron que hacer una elección.
Pero antes de hacerla intentaron todo lo posible para poder eludirla. Intentaron no construirse, quedarse quietos en espera de que las cosas ocurrieran por si mismas, en espera de que sus almas crecieran por inercia y sus corazones amaran por costumbre. Esperando que la vida pasara sin vivirla. Varias generaciones de Anthronai se perdieron es ese experimento y los pocos que quedaban decidieron que había llegado el momento de hacer algo. Que la orden  del Errante Eterno les forzaba a la acción, les impedía la pasividad.
Después de que sus sacerdotes murieran de ancianidad  y desesperación sin recibir una sola respuesta del Dios Salvaje a sus plegarías; después de que sus tribus se disgregaran buscando tierras que estuvieran más cerca de una deidad que no dejaba de moverse para escapar de ellos; después de que sus hijos nacieran y murieran sin nombre y sin lágrimas porque nadie ni nada sabía la forma de construirles, recurrieron a lo único que les quedaba. Se volvieron a la magia.
Sus hechiceros y brujas se pusieron a ello. Debatieron, discutieron, gritaron, se mataron, se revivieron y por fin se pusieron de acuerdo sobre lo que era necesario hacer.
Luego repitieron el proceso sobre cómo hacerlo, cuándo hacerlo y dónde hacerlo. Las discusiones de los eruditos siempre se repiten hasta que deciden discutir sobre por qué están discutiendo y al final llegan a un acuerdo.
Durante cuatro lunas y diez soles realizaron los más complicados ritos, trazaron con henna en el suelo y con sangre en la piel los más enrevesados signos mágicos, entonaron con sus gargantas y sus cuerpos las más reiterativas y mareantes letanías y lograron lo que querían.
Encontraron la forma de que los humanos se construyeran a si mismos. Sacaron sus corazones, sus almas y sus vidas de sus cuerpos y las colocaron en otro lado, las repartieron por el mundo, las enquistaron en las rocas y las imbricaron con la madera; las fundieron con el metal y las diluyeron con el cristal.
Akhran se volvió un momento hacia ellos y rió ante tan original idea.
 - Era mucho más sencillo- comentó con descuido y olvidó lo que estaba pasando. Discutir con una diosa desmedida ocupaba por aquel entonces su atención.

Así comenzó la Era de La Construcción. Con los Anthronai obligados a construirse desde fuera y la carcajada de un dios.
Así nació La Guardia Dorada. La que ya ni muere ni se rinde.
  
Durante la Era de La Construcción, los Anthronai nacían sin alma, sin corazón y sin vida y tenían que forjárselas ellos mismos. Los magos primigenios habían repartido todas esas esencias infinitas por el mundo y era obligación de cada humano reunir las suyas.
La madera, la piedra, el metal, el cristal, la arcilla, la cal… en todos y cada uno de esos elementos había esencia humana escondida, agazapada, rabiosa por revertir el hechizo del concilio mágico que les había condenado a refugiarse fuera de los cuerpos a los que pertenecían. Así que el único camino para construirse que encontraron los Anthronai fue construir sus moradas.
Hombres y mujeres, magos y sacerdotes, reyes y guerreros, cosechadores y recolectoras, cazadoras y pastores, tenían que recopilar los elementos de su morada y construirla con sus propias manos, tenían que levantarla de la nada, como la vida había traído a los Anthronai desde el vacío, como Akhran había hecho nacer un vergel del aire, como el amor despertaba una mañana cualquiera desde el reino de los sueños.
Cuando la edificación estaba terminada, los magos rompían su hechizo sobre ella. Nadie sabía como volver a hacerlo, pero el conocimiento de cómo deshacerlo en un espacio concreto había sido mantenido parcialmente. Así que la esencia del constructor le reconocía y abandonaba los lugares en los que se hallaba encarcelada para acercarse a él. Muy grande y muy fuerte fue la magia del concilio y resultaba imposible que volviera a los cuerpos. Pero se asentaba en la casa y era devuelta a aquel que había conseguido construirse.
Mas el hechizo era tan impredecible como el dios cuya orden cumplía.

Era impredecible. Los sabios decían que errático, pero no. Sólo era impredecible, absoluta y totalmente impredecible.
Había hombres que acumulaban todo lo posible para construir su casa, su morada. Demoraban la construcción de  su alma y su corazón para tenerlos más grandes, mas nobles, más impresionantes para los hombres y para los dioses, empleaban los más caros materiales, importaban las más costosas maderas y la más ricas piedras de cualquiera de los once puntos de la rosa de los vientos.
Y luego, cuando su palacio estaba concluido, cuando su fortaleza estaba acabada, cuando su mansión se erigía conclusa y grandiosa, gastaban lo poco que quedaba de sus pecunias en sacrificios propiciatorios, empeñaban sus posesiones en pagar a los hechiceros y a las brujas  para que repitieran una y otra vez hasta la extenuación los rituales mágicos y no conseguían nada. Ni el más mínimo viento animado fluía por las ventanas de sus mansiones, ni el más pequeño rayo de sol se filtraba a través de los emplomados cristales de sus residencias. Ni la más pequeña porción de sus almas anidaba en el sándalo oloroso de sus balaustradas ni el mármol rosado de sus suelos.
Se contaban historias de mujeres que habían optado por la belleza. Habían construido sus moradas, grandes o pequeñas, con las formas más perfectas, las proporciones más correctas. Se habían esmerado en ajustar cada curva, cada caída, cada plomada de sus construcciones de manera que despertara la admiración con sólo verla, de manera que restara el aliento a los paseantes y los visitantes con sólo contemplarla; de forma que nadie que fuera invitado a entrar o residir en ella tuviese nunca la intención de abandonarla, de privarse de la belleza exterior de sus formas y la suntuosidad interior de sus contenidos.
Y después, cuando los místicos habían entonado el hechizo primigenio que convocaba a las almas, los corazones y las vidas a las casas de sus propietarios, habían sido invadidas por fétidos efluvios de podredumbre, por sulfurosos vapores irrespirables, que hacían que nadie quisiera traspasar el umbral de las mismas por mas que sus dueñas lo imploraran; por luces pertinaces y deslumbradoras que provocaban que cualquier paseante se tapara los ojos y apartara la vista de las fachadas para evitar que sus ojos quedaran ciegos por el fulgor insoportable y excesivo.
Las dueñas de las segundas vivían entonces una existencia insoportable deseando la muerte, mientras que los propietarios de las primeras existían viviendo una muerte continua anhelando la vida.
Así era el hechizo del Jinete Errante. Así era su voluntad. Así eran sus hijos.

Y luego estaba La Guardia.