El ataque de los Haddonel se recrudeció cuando dos pequeños
aprendices, que luchaban como los que más, resistían como los que más, pero no
tenían la fuerza de los que más, flaquearon justo en el vértice opuesto del
triángulo que ocupaba La Remonta.
Ephiné tomó otra de las columnas de los restos de su fallida
morada y corrió de nuevo con ella alzada. Cuando llegó al lugar en el que las
astillas de caos se empezaban a clavar en la carne y los huesos de los jóvenes
guerreros estos ya habían hecho en el suelo el hoyo que permitiría a la arquera
dorada cimentar la columna.
Puede que no fueran los mejores guerreros, ni los más
fuertes de La Guardia Dorada, pero eran aprendices. Su principal trabajo era
aprender. Y eso lo hacían como nadie. Otra columna se erigió. Otra brecha se
cerró.
Una columna en mitad de un campo de batalla es una
casualidad, entra dentro del rango de desatención de Caos. Pero dos, colocadas
de forma paralela y erigidas a la misma altura llaman su atención. Toda
planificación remueve las entrañas del Señor de La Nada. La causalidad le
revuelve las tripas a Caos.
Así que volvió su atención a la guerra que sus restos
confusos y casuales, los Haddonel, mantenían con los Anthronai, y por única
vez, antes de que su hija, La Bruja de Caos, le exigiera ayuda, decidió intervenir.
Ephiné vio como la lluvia de cantos y de piedras iba a caer
encima de su columna, la primera, la que cerró la brecha de La Remonta y supo
que no llegaría a tiempo para cubrirla, para reforzarla. Supo que la brecha
volvería a abrirse. Se equivocó.
Cuando, a través de las lágrimas de la desesperación que
solo pueden permitirse aquellos que tienen esperanza, miró hacia la primera
columna que había levantado para rellenar su hueco en La Remonta, vio como el
guerrero, el compañero que en su día había querido construir una morada con
ella la sostenía, como interponía su escudo entre las piedras que caían
intentando horadar la fuerza y la estabilidad, que, pese a sus heridas tenidas
en otros frentes, pese a su debilidad por horas eternas de batalla, lanzaba su
fuerza contra la columna para evitar que el viento la abatiera.
- Gracias Endronel –susurró y entonces recordó su nombre,
recordó las tardes de entrenamiento en compañía, los días de esfuerzo en la
construcción, las noches de descanso. Cuando se mira en la dirección de alguien
resulta imposible no verle.
Ephiné prosiguió su trabajo. Caos envió lluvia, granizo y
barro para horadar los cimientos de la segunda columna, pero los aprendices
usaron sus capas, sus escudos y hasta sus cuerpos para enjugar el líquido e
impedir que la tierra se empapara y la estabilidad de la columna fuera puesta
en tela de juicio.
No quedaban más pilares caídos de sus antiguas moradas para
construir más columnas, pero Ephiné tomó hierros, ladrillos, piedras molidas y
todo lo que encostro a mano para levantar una nueva columna, una sola, mirando
al norte, a su lugar de origen, a las gentes y las tierras de las que nunca
llegaba nada.
Cuando la hubo concluido la batalla continuaba, las legiones
de la Guardia Dorada seguían su baile de sangre y lucha con los Haddonel,
eternamente desordenados, herederos del caos que les puso en el mundo. Endronel
seguía protegiendo la primera columna, los aprendices seguían manteniendo en
pie la segunda y Lesskin estaba displicentemente apoyado silbando en la
tercera. Nadie podría decir que el aristócrata estuviera haciendo nada para
protegerla, pero lo cierto es que ninguno de los proyectiles de los Haddonel,
ninguno de los meteoros de Caos acertaba a dar en el pilar recién erigido. Él
siempre ha mantenido que fue pura casualidad.
Fue entonces, cuando necesitaba construir una cuarta
columna, cuando los Haddonel amenazaron con abrir otro hueco en la remonta que
a Ephiné ya no le quedaban materiales ni fuerza para hacerlo por si sola,
cuando se colocó en mitad del espacio que habían dibujado las tres columnas
edificadas en mitad de la batalla e hizo aquello que había olvidado que
cualquier miembro de La Guardia Dorada de los Anthronai tenía derecho y
obligación de hacer en esos casos. Abrió los labios y gritó:
- ¡Refuerzos! ¡La Remonta necesita refuerzos!
El comandante de La Guardia escuchó el grito e hizo sonar su
caracola, el comandante de La Remonta oyó la caracola e hizo sonar su tañidor;
Endronel grito y utilizó de campana su propia voz.
Y uno por uno los diez mil luchadores que se enfrentaban a
los Haddonel en el campo de batalla que luego sería conocido como El Valle de
La Construcción, usaron sus cuernos, sus caracolas, sus gritos y sus
tañidores para pedir refuerzos. El
sonido resultó tan atronador que amenazó con ahogar los alaridos de Caos
arengando a sus tropas.
Y los refuerzos llegaron. Desde el sur, desde el este y el
oeste e incluso algunos desde el norte, donde la bruma de las almas no deja
escuchar a las de los demás. Llegaron a cientos, a millares.
Pero no participaron en la lucha, se agruparon en torno a
sus amigos, sus hermanos, sus padres o sus hijos, en torno a aquellos que
conocían que le habían dado agua y sal al aire al nacer y esperaron. Esperaron
en silencio tras aquel miembro de la Guardia que conocían. Esperaron
protegiéndole con sus escudos, evitando los proyectiles, los tajos aleatorios
de los Haddonel, esperaron hasta que escucharon la orden del Máximo Guardián
que combatía en vanguardia, hasta que los halcones de mensajes se posaron en
sus hombros y susurraron la estrategia en sus oídos, hasta que la magia elevó
el sonido del comandante por encima de la lucha
- ¡Caballeros, dejen sus escudos y tomen los picos y las
palas! ¡Es hora de construir algo!
Y lo hicieron. En mitad de la sangre y de la muerte, en
medio de las arremetidas aleatorias, fugaces y destructivas de aquellos que
eran simiente involuntaria de caos y que atacaban simplemente porque atacar y
destruir era su naturaleza, comenzaron a erigir columnas en las que apoyarse,
con las que protegerse, comenzaron a transformar el campo de batalla.
Cuando levantaban una columna la protegían y levantaban
otra, La Guardia luchaba. Cuando conseguían dos las unían con arcos y
arbotantes, La Guardia resistía; cuando tenía cuatro, acoplaban sus arcos con
techos, bóvedas, tejados, galerías o lo que se antojase necesario en cada
ocasión, La Guardia combatía.
La primera en empezar fue la última en concluir. Apenas
había recibido llamada a sus refuerzos.
Ephiné, Endronel, los aprendices y alguna que otra
intervención casual de Lesskin forzaron el repliegue de los Haddonel más allá
del límite que fijaban las columnas constituidas cuando la batalla amenazaba
con ser una derrota y levantaron el último panel de vidrio templado con remates
de acero que las cerraba.
Los Haddonel se detuvieron. No hubo rendición, el caos nunca
se rinde; no hubo retirada, la nada nunca cede sus espacios, simplemente se
marcharon.
Cuando llega la vida la muerte siempre se marcha. Por más
que Caos sea desordenado hay leyes que siempre respeta. Él mismo las impuso.

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