jueves, 30 de enero de 2014

La Derrota del Caminante

El peregrino arrastraba sus pies, llenos de polvo y de dolor, por el pedregoso camino.
La cadencia de sus pasos era tan irregular como lo era el pavimento por el que transitaba. Ora tropezaba, ora su tobillo giraba en un ángulo demasiado doloroso como para permitir que la planta siguiera asentada en el firme. La velocidad de su caminata también era variable como lo era el rumbo por el que albergaba la esperanza de llegar a su meta. En ocasiones corría desaforado hasta que el sudor empapaba sus vestidos, su rostro y sus brazos; en otros momento se pensaba cada paso como si fuera el último, como si estuviera a punto de traspasar el umbral de su destino. Pero caminaba, siempre caminaba. Sus pies desnudos, como su alma.


En las lindes de un bosque profundo y poderoso, un bosque hostil que había llenado sus brazos de arañazos con sus espinosas ramas y vaciado sus pulmones de aire con sus tórridos vapores y húmedos calores, el peregrino que andaba descalzo chocó con otro caminante. Este mantenía un paso firme y constante, duro y continuo. Sus pies se apoyaban sin duda y sin quiebra sobre un suelo que parecía alisarse un instante antes de recibir el golpe de su suela.
Y miro sorprendido el errático caminar del peregrino. Intentó ajustar a él su paso pero la caminata se le hacía ardua y difícil por lo irregular de los pasos de su nuevo compañero, por las cambiantes cadencias de sus movimientos, por el fluctuante ritmo de su velocidad. Quiso ofrecerle una solución al peregrino que también era una solución para él.
Le enseñó a acompasar la respiración con el paso; le mostró como mantener un ritmo de marcha basado en las normas marciales de aquellos que caminan hacia la batalla antes de saber que van a caer derrotados; le inició en el arte de fijarse un destino cercano que poder alcanzar en una jornada para que su corazón no se cansara de avanzar y su alma no se agotara de no llegar. Y el peregrino le miró, le escuchó, sonrío y aprendió. Pero sus pies seguían desnudos como su alma.
Sólo entonces, el caminante preguntó al peregrino cuál era su destino. Y el peregrino le contó que, como todo peregrino, buscaba un templo. El templo de aquellos dioses muertos que fijan tu futuro, de aquellas divinidades nunca adoradas que comprenden a los hombres y les permiten alcanzar por ellos mismos lo que son. El caminante preguntó interesado dónde se encontraba el templo y el peregrino le contestó que no lo sabía. Nadie lo sabía. Se sabía el camino para llegar a él pero nadie sabía su ubicación exacta. Los dioses no adorados te fijan el destino ¿Para qué volver una vez que los has visto?
Eso le pareció algo extraño al caminante pero las creencias siempre lo eran. Más raro le pareció que el peregrino le contara que no podía alcanzarse solo; que tenían que acudir dos al encuentro del santuario, que sólo sería mostrado a dos peregrinos dignos y puros que no hubieran cometido falta alguna.
- ¿Y para qué lo buscas solo? –Preguntó el caminante-
- Siempre puedo encontrar a alguien en el camino –sonrió el peregrino-

Y así ocurrió que la única peregrinación posible hacia el mausoleo de los hados se inició a mitad de camino. Así acaeció que, un peregrino que no era caminante y un caminante que no había querido ser peregrino, comenzaron una marcha que debía acabar cuando llegaran a un lugar que no conocían. Pero los pies del peregrino seguían desnudos, como su alma.
El camino avanzaba hasta perderse en esas brumas infinitas que algunos creen el fin del mundo y los dos continuaron avanzando, sin pausa, sin etapas de aliento, sin paradas de fonda, sin postas de refresco. Y llegaron los valles dulces donde el simple olor de la fruta madura sirve de alimento y atravesaron los ríos poco profundos en los que la frescura de las aguas y el rumor de las piedras descansan el cuerpo y alegran el alma. Y rieron y salaron; y cantaron y avanzaron; y rodaron por las laderas de los montes de hierba hasta quedar tumbados boca arriba en las majadas de amapolas sonriendo y contemplando las estrellas antes de dormirse.
Los recorrieron, uno tras otro, sin detenerse en ninguno y, como ordena la inmutable ley del camino, quedaron atrás. Todo lo que se recorre pasa.
Pero el camino continuaba y les condujo a los desiertos donde hablar es un lujo que no puedes permitirte mientras caminas; donde sonreír es un fasto que no se puede mostrar mientras se respira; donde la alegría es una ostentación prohibida por la supervivencia. Y los pies del peregrino seguían desnudos, como su alma.
El caminante intentó mantener el ritmo, acompasar el paso a su caprichosa respiración, alterada por el calor y al aire ardiente que penetraba en sus pulmones y no lo consiguió. Intentó fijar un objetivo cercano para que su corazón descansara y su alma se alegrara pero cada duna, cada ola de arena era idéntica a la anterior y parecía alejarse eternamente. El peregrino intentó mostrarle que el desierto no se atraviesa, no se rebasa. Intento demostrar que bajar la vista es la única forma de enfrentarse al sol , que arrastrar los pies bajo la arena es la única manera de evitar que se quemen, que sudar es la única forma de no llorar, que sobrevivir es la única manera de conseguir que el desierto te expulse. Pero no encontraba palabras, no encontraba gestos, no podía hablara la vez con el caminante, la locura y el desierto.
Más, como impone la ley del camino, todo lo que se recorre, acaba. Y el desierto acabó.
Llegaron los desfiladeros de piedra y ambos caminaron y peregrinaron, peregrinaron hacia un santuario que no habían visto, hacia un destino que no conocían. Susurraron y sus voces hechas mil ecos les fueron devueltas como gritos. Un consejo se transformó en una orden, un comentario en un reproche, una queja en una acusación. La compañía se hizo soledad y la cercanía lejanía. La risa se hizo burla y los pies del peregrino siguieron descalzos, como su alma.
Entonces, cuando avanzaban, encerrados entre las vigilantes paredes de una piedra inmutable que les marcaban el camino y les ocultaban el destino, estas empezaron a derrumbarse y les obligaron a correr.
Agobiados, cansados, macilentos y exánimes llegaron a una encrucijada. Las paredes de roca seguían avalándose sobre ellos como chacales del desierto, como depredadores inertes que intentaran devorar el camino.
Y el caminante recordó que él era eso, un caminante no un peregrino. Y quiso tomar uno de los ramales para cambiar de destino, pero sólo cambio de dirección. Las paredes no le mostraban ningún destino, le ocultaban las metas, quizás porque nunca las había perseguido, nunca las había buscado.

El caminante siguió caminando, haciendo lo que siempre había hecho, lo que nunca le había valido pero en toda ocasión había repetido sin cuestionarse su validez, su utilidad: caminó.
Dejó al peregrino solitario en su búsqueda, agotado en su carrera, macilento y exánime en su deseo de encontrar lo que buscaba. Pero él se levantó, no porque fuera fuerte, sino porque no le quedaba otro remedio. Prosiguió, no porque estuviera decidido, sino porque él tampoco conocía otra cosa que hacer, porque no seguir un paso más hubiera sido tumbarse a morir. Eso ya lo había hecho y no había servido para nada.
Así que dio un paso más, sólo un paso más y halló el templo. Donde antes no había nada, justo donde las paredes de piedra no le dejaban atisbar. Pero las paredes se habían desmoronado. Habían estado a punto de matarle, pero se habían desmoronado.
Y allí se sentó. Ya no a morir, sino a esperar. Ya no a perecer sino a prosperar. Ya no a rezar sino a agradecer.
El caminante siguió caminando, siguió tropezando, siguió adelantando hacia un destino desconocido, hacia una parada tan inefable como esquiva, tan elusiva como ignota.
Hasta que un día se sentó a descansar y sin saber por qué lloró.
Un arriero pasó junto a él y, al contemplar la escena, le preguntó cuál era el motivo de su llanto. El caminante contestó que era un hombre impío, que no merecía un destino, porque había recorrido el sendero de Ocam y no había encontrado el santuario de los hados. Dijo que había recorrido el camino con un peregrino que tampoco debía ser digno de un destino. Lo dijo entre lágrimas y el arriero se encogió de hombros y siguió su camino.
Sorprendido, el caminante le preguntó qué si eso le parecía normal y el arriero le contestó: “lloras por nada. El Santuario está hacia el sur y  tú llegas caminando desde allí. La gran barrera se eleva mucho más alta de lo que tu vista puede superar. Es imposible que lo vieras llegando desde allí. A menos, claro está, que los desfiladeros se hayan hundido ¿lo han hecho?

- No te has equivocado de camino. No te has equivocado de compañía. Tan sólo os habíais equivocado de dirección. Hubiera bastado girar sobre vuestros pasos, ¿verdad?  Los caminos son de ida y vuelta, si no fuera así desaparecerían tras andarlos, ¿no te parece?

miércoles, 29 de enero de 2014

El Fallo de la Sibila

En la primavera del año 531 antes de que el cometa que siempre vuelve fuera visto en la siempre mística ciudad de Belén, 10.000 griegos cantaban y marchaban con las espadas afiladas y los bolsillos llenos de oro en dirección al corazón del Imperio Persa. La suya era una marcha triunfal destinada a la historia, la gloria y la victoria. La Sibila lo había dicho y la Sibila nunca mentía. Los dioses sí, pero La Sibila no.
Los diez mil dejaron de cantar cuando pasaron por Frigia y el pan se pudrió; dejaron de sonreír cuando atravesaron Licaonia y la enfermedad les acechó; dejaron de confiar cuando recorrieron Capadocia y el agua escaseó. Los diez mil griegos que estaban destinados a la victoria llegaron hasta Tarso y allí se rebelaron.
Pero La Sibila había hablado y nadie lleva la contraria a La Sibila. La expedición estaba destinada a la Victoria, así que pidieron más sueldo, llenaron sus odres, salaron su caza y volvieron a avanzar cantando hasta que el rey Ciro, que les pagaba para seguir siendo rey, murió a manos de su hermano.
Los soldados sabían parte de la profecía, como suele ocurrir, sólo lo que les hacía falta. Los generales conocían gran parte de las palabras de La Sibila, como es habitual, sólo las que querían saber. Jenofonte conocía el augurio en su conjunto: “los que recorran dos veces el camino han de morir; victoriosos saldrán si marchan con corona”.
El rey, que ya lo era de Persia sin el apoyo de los 10.000, les exigió rendirse. Pero, desde las Thermopilas, los griegos no se planteaban rendirse ante los persas. Y volvieron.
Jenofonte desafió el oráculo y volvió. Giro sobre sus pasos y emprendió un retorno en el que los persas le pisaban los talones y su ejército no había sido derrotado porque no había entrado en combate.
Le ofreció su ejército al rey de Corinto y este lo rechazó; le prestó sus armas al monarca de Tracia y este las ignoró; puso a sus mercenarios a las órdenes de la corona de Macedonia y  Macedonia no les dejó atravesar su territorio. “Los que recorran dos veces el camino han de morir” A esas alturas las palabras de La Sibila resonaban en los oídos y el miedo de todos los monarcas del mundo heleno.
Un año y tres meses después, los diez mil estaban a las puertas de Tebas. Su príncipe, expulsado por los persas, aceptaba su ayuda porque ya estaba derrotado y los diez mil de Jenofonte, contra el oráculo de La Sibila, entraron en batalla y contra el oráculo de La Sibila barrieron del campo a los persas y sus aliados.
Dos jornadas después, el ejército se desmovilizó frente a las puertas de Atenas, donde ningún ejército griego ha entrado nunca armado.
En Delfos una sibila agonizaba mientras le dejaba su puesto a su heredera. Muchos en Grecia mantenían que por primera vez había fallado, pero ella sabía que no.
El príncipe tebano llevaba y defendía su corona Y volver al origen no significa necesariamente recorrer de nuevo el mismo camino. Jenofonte, en busca una corona para su ejército, le había devuelto a casa por un itinerario diferente.

La máscara de oro de la nueva sibila ahogo en parte su risa: “Volver en ocasiones es la forma más recta de avanzar”. El hombre rico que había pagado la mitad de su fortuna por escuchar El Oráculo de Delfos. No entendió las palabras. No iban dirigidas a su persona.


El Rey y su Recuerdo yII

Los hados fallan pero no se rinden.
Y ocurrió que el rey, desesperado por las imágenes que era incapaz de recordar; angustiado por las sombras que se dibujaban cuando intentaba atisbar el horizonte de las tierras que habían sido suyas, agotado de intentar olvidar su derrota y su traición sin lograrlo, primero pidió, luego suplicó y, finalmente, exigió a gritos un solaz, un descanso.
Y como suele ocurrir, sus servidores entendieron mal su exigencia.
El rey quería silencio y llenaron el castillo de música y canciones; el rey ansiaba paz y rodearon su lecho de juegos y espectáculos. El monarca clamaba por la soledad y le buscaron una puta.
La cortesana, la más bella cortesana que pudieron encontrar, llego atravesando el Valle de Fuego en un carruaje dorado tan brillante como sus ojos. Se acercó hasta el lecho del rey y le sonrío, esperando recibir los deseos de su contratador.
Pero lo que recibió fue una pregunta. Era la mejor cortesana, así que podía contestar preguntas y sabía hacerlas.  Y era súbdita del rey así que tenía el derecho a contestar con la verdad. Y lo hizo. Las putas eran las únicas que seguían sin rendirse. Ellas y La Guardia
- ¿Cómo sigue el reino? -preguntó el monarca tras mucho tiempo de admirar la belleza de la mujer-.
- Tu recuerdo nos está matando –y la sinceridad sonó como un derecho ganado por la sangre. Como era súbdita también tenía derecho a preguntar. Como era puta se había ganado el derecho a una respuesta- ¿Por qué sigues vigilándonos?
- Intento recordaros –gimió el monarca-, no vigilaros.
- Nosotros tratamos de olvidarte, pero no lo logramos, pero claro nosotros seguimos en el mismo sitio. Tú te marchaste –y el reproche también era su derecho-  - ¿Por qué quieres recordarnos si te marchaste? ¿Por qué no te vas del todo?
Fue entonces cuando los hados hicieron lo que tenían que hacer. Fue entonces cuando el rey recordó los campos, las praderas, las fiestas, los torneos, las celebraciones, las batallas, los honores, las hambrunas, las  rebeliones, las audiencias, las discusiones, los castigos. Fue cuando recordó las tabernas, las cámaras del tesoro, las celdas, los templos, las villas, las cuadras, los palacios y las pocilgas. Fue cuando de nuevo fue capaz de poner rostro a los caballeros, a las damas, a los sacerdotes, a los herreros, a los campesinos, a los comerciantes, a los clérigos. Fue cuando recordó a La Guardia y a las putas.
Y el rey sonrió como no lo había hecho desde que yaciera en su lecho de ónice y cristal. Entonces creyó comprender
- Parece – y su sonrisa volvió por fin a torcer su bello rostro aristócrata- que no se marcharme del todo.
- No –corrigió la cortesana a la que la sonrisa era incapaz de torcerle el rostro- Lo que parece es que hasta ahora no has sabido regresar.
Los hados hicieron su trabajo, la Guardia hizo su trabajo, las putas hicieron su trabajo y el rey, por fin, hizo su trabajo. Dejó de recordar.
El recuerdo, por dulce que sea, resulta mortal cuando es innecesario. Hasta los dioses saben eso. Los clérigos no, pero los dioses sí.

El rey y su recuerdo I

A su término, la Frontera de Bruma se extendió más allá del Valle del Fuego, los mapas se volvieron a dibujar, y las marcas se volvieron a definir.
Tras la guerra, los soldados repartieron su botín, cobraron sus soldadas y se fueron. Pero quedaron sus armas rotas, sus formaciones dibujadas sobre los arrasados campos y sus bastardos en los vientres de aquellas que les siguieron o que escaparon de ellos.
Finalizada la última batalla, los caballeros presentaron armas, rindieron honores y se marcharon. Pero quedaron sus blasones en los castillos conquistados, su sangre saturando la tierra lacerada por sus monturas y sus recaudadores sangrando a los villanos para equilibrar la deuda de sangre contraída con sus señores.
Rubricado el último tratado, los embajadores y los ministros guardaron sus sellos, desmontaron sus pabellones y se fueron. Pero quedaron sus espías vigilando en las esquinas nocturnas cada movimiento, sus edecanes desarrollando las interminables cláusulas de los tratados que se romperían en la siguiente guerra y sus magistrados impartiendo la ley que ambos bandos habían acordado.
Concluida la guerra, las batallas y los tratados, el rey tomó su cetro y su corona, guardó su orbe y su toisón y se fue. Se fue, pero su recuerdo se quedó.

Los heraldos ya no anunciaban su presencia en el mercado los días festivos, pero los mercaderes esperaban a que lo hicieran para abrir sus puestos; ya no se referían sus títulos en la entrega de honores tras los torneos ni tras las proezas de los paladines, pero nadie aceptaba título alguno sin ese agasajo real; el otoño ya no arrojaba a los campos la procesión de regidores y corregidores exigiendo los impuestos y el diezmo real, pero los segadores seguían guardándolo en sus graneros hasta que se pudría por miedo a tomar el Alimento del Rey.
El rey se había ido pero su recuerdo seguía impregnando el aire, aromatizando cada una de las flores que crecían en los jardines reales, visitando por las noches los burdeles y las tabernas, caminando por las cañadas y montando guardia en los patios de armas.
Y el recuerdo del rey impedía que los burgueses mercaderes prosperaran, que los nobles recibieran sus honores, que los paladines obtuvieran sus recompensas, que los campesinos vendieran sus cosechas y que los jueces impartieran su justicia.
Su recuerdo paralizaba todo lo que había de hacerse porque no había nadie para quien hacerlo. Los espías se entregaron y reclamaron misericordia porque no había nadie a quien espiar; los mercenarios se alistaron porque no había nadie a quien reclamar su paga, pero fueron licenciados de inmediato porque no había nadie a quien defender.
El rey se había ido pero su recuerdo no. Así Las cosas,  nadie hacía lo que debía hacer por miedo, respeto, añoranza, odio, pena, oprobio, orgullo o terror hacia el recuerdo del rey.
Nadie, salvo la guardia y las putas. La guardia seguía sin rendirse y las putas también.
Los clérigos tampoco se rindieron. Ellos siguieron exigiendo el diezmo. Al clero no le hace falta un rey para esquilmar a la gente. Para eso tienen a los dioses.
Y se pidió a los dioses que el rey regresara. Uno por uno, se realizaron los rituales, se sacrificaron las víctimas propiciatorias, se llevaron a cabo los holocaustos. Una por una se hicieron las peregrinaciones, se formaron las cofradías, se celebraron las procesiones y se sufrieron las rogativas. Pero de nada sirvió. Los dioses ignoraban a los clérigos y sus rezos. Alguien llegó a decir que era porque el rey se había marchado y su recuerdo permanecía en el reino. Al fin y al cabo, el rey era el principal sacerdote de todos los dioses.
Dependiendo de cómo se levantara el día, el recuerdo del rey afectaba de una forma u otra a la tierra y a las gentes. En los días grises el recuerdo confortaba como algo cercano; en los días negros el recuerdo aterraba como algo indeseable; en los días cálidos asfixiaba como una vaharada de algo deseado, en los días fríos impedía el movimiento como un gélido soplo que convirtiera las almas en estalactitas. El rey se había ido y el reino no seguía porque estaba encadenado a la imagen del sueño, de la esperanza, de la añoranza, de la irrealidad, que supone un recuerdo.
Los clérigos pidieron, rogaron e imploraron y luego exigieron a los dioses que borraran el recuerdo del rey. Y los dioses rieron con una carcajada coral y genuina. Si no tenían poder sobre los hombres era impensable que lo tuvieran sobre los recuerdos.

Mientras el reino recordaba al rey que se había ido, este yacía en un lecho de cristal y ónice, más allá del Valle de Fuego y del Muro de Nieve, más allá del Mar de Niebla y de las Praderas Doradas. Yacía sin morir y sin vivir. Yacía sin recuerdos.
No quería recordar la derrota, no quería recordar el dolor de la caída, no quería recordar la traición y por eso dejó de rehacer en su mente desde el más magnifico de sus palacios hasta la más miserables de las pocilgas de su reino, desde el más alto y orgulloso de los robles del Jardín de los Antepasados hasta la más diminuta brizna de hierba de los eternamente agostados pastos de cabras de las Tierras Bajas.
Pero cada día hacía empujar su lecho hacia el ventanal y miraba hacia el reino. El Mar de Niebla no le dejaba ver sus costas, El Muro de Nieve no le permitía atisbar sus montes, El Valle de Fuego le impedía ver el resplandor de los amaneceres en las tierras que un día fueran su reino, pero su mirada se perdía siempre en esa dirección, siempre sin querer atisbar, siempre si querer recordar.
Y ocurrió que los dioses se disgustaron. Los dioses siempre se disgustan cuando el mundo se para. Creen que los únicos que tiene derecho a estar parados por toda la eternidad son ellos.
Así que, a despecho de las rogativas de los sacerdotes, a despecho de las plegarias de clérigos, a despecho de las súplicas de los penitentes, intervinieron. De hecho, decidieron hacer algo pese a todo eso.
Y enviaron tremendos aguaceros sobre el Valle de Fuego que redujeron las llamas de los árboles brasa a meros rescoldos de manera que el rey lejano pudo ver los amaneceres de sus tierras. Creyeron que así recordaría. Se equivocaron.
Descargaron rayos sobre las praderas, los campos y los pastos del reino, provocando incendios tan delirantes y voraces que hasta los más altos aristócratas del reino hubieron de  colgar sus armaduras y arrimar el hombro, algo que no ocurría desde que las hordas de Caos inundaron el reino de plagas y catástrofes. Creyeron que el esfuerzo y el sudor harían olvidar al reino. También se equivocaron.
Enviaron un profeta al rey. Cargado de harapos y de ceniza, el escuálido portador de la voz de los dioses se acercó al lecho de cristal y ónice donde el monarca yacía sin recuerdos.  Y allí le susurró desgracias, le declamó catástrofes y le gritó divinas amenazas. El rey le alimentó, le vistió y le ignoró. Nadie hace caso a los dioses cuando puede escucharse a si mismo.
Arrojaron sobre el reino un Mesías que recorrió los campos, pateó las calles y llamó a los aldabones de todos los palacios, castillos y casas solariegas del reino. Y, siempre que tuvo ocasión,  auguró recompensas, ofreció perdones y prometió castigos. Las gentes le escucharon y siguieron trabajando; los administradores le atendieron y le dieron la razón; los soldados consideraron sus palabras y asintieron conformes. Y el Mesías murió de viejo porque el reino había aprendido hacía mucho tiempo a no matar a aquellos que acuden a decir la verdad. Y un Mesías que muere de viejo no es de ninguna utilidad para los dioses.
Así que los dioses dejaron de intentarlo y miraron a otro lado. Los hombres y los reyes no merecían sus esfuerzos. Ni los comunes ni los monarcas son dignos de la atención de las divinidades cuando su mera visión les recuerda sus fracasos.
Pero, como siempre, como desde el principio de los tiempos, cuando los dioses fallan, los hados lo intentan. Para eso están. Son la última línea de defensa. Como La Guardia, como las putas.
Los hados fallan pero no se rinden.

martes, 28 de enero de 2014

La Herencia de Caín yIII

El sol le golpeó en los ojos al abandonar la cueva, pero ya no le hizo daño. Miró al niño. Seguía jugando con la arena pero parecía más mayor. Parecía haber crecido. Observó a Lycarades. Sus garras y sus colmillos eran al menos tres centímetros más grandes. Habían pasado meses.
- ¿Has comprendido? –preguntó el niño con una sonrisa.
- ¿Por qué tú? -preguntó Deus- ¿Por qué un niño?
- ¿Has sentido sed desde que bebiste mi sangre? –preguntó el niño a modo de respuesta y el vampiro hubo de reconocer que no había experimentado el ansia que le corroía cada vez que necesitaba alimentarse. La opresión no existía, ni siquiera el constante y cotidiano regusto interior que le avisaba de sus necesidades- Lycarades tampoco tiene hambre. No volverá a tenerla –sentenció el pequeño y Deus le creyó.- Por eso he de ser yo. Yo soy humano.
Deus lo sabía, pero se negaba a aceptarlo. Eones creyendo, guerreando, no eran fáciles de abandonar. Ahora entendía la importancia de proteger al niño. Por eso La Elite le había encomendado a él ese trabajo. Si le controlaban serían invencibles. Ganarían la guerra. Su orgullo renació para morir al instante como una flor que por error se abre en mitad de una helada. La Elite no sabía nada. Ya no había guerra.
- Hay muchos humanos – su voz mostró la incertidumbre que sufría su inmóvil corazón.
- ¿Estás seguro? - Deus no contestó al pequeño. Caminó hacia Lycarades y, sin esperar su reacción, le abrazó.
Fundido en ese abrazo, que durante milenios dos razas inmortales habían considerado antinatural, Tadeus expandió sus sentidos como sólo los suyos y sus enemigos sabían hacer.
Comenzó por olfatear el aire cercano y percibió el olor, dulce y pegajoso del niño. No se detuvo, olfateo más allá y encontró a sus hermanos. Se unió a ellos y utilizó sus sentidos, sus fosas nasales, para alejarse más. Así, abandonó el desierto que le rodeaba y se proyectó a la ciudad. El agudo olfato de Timoneas le permitió atravesar el gran lago salado. En la otra costa, Niguamba abandonó su cacería para cederle sus sentidos.
Ninguno sabía lo que buscaba Deus, El Elegido de La Elite, pero no podía ignorarse su llamada. Esa era la ley y todos la cumplieron.
Uncius Malicinus dejó de hablar en la asamblea para que Tadeus pudiera olfatear la capital del Imperio; Ibn Hammun detuvo su caravana y esperó a que Tadeus pasara a través de él; Tochanatapac frenó su cuerpo en mitad de su danza. La lluvia podía esperar. Deus no.
Y junto a los sentidos de sus hermanos, de los otros vampiros, había otros. Olfatos mucho más agudos y precisos; miradas mucho más penetrantes; oídos más finos. Por primera vez desde que el gran mar anego el continente común, un miembro de La Elite utilizaba los sentidos licántropos. La unión con Lycarades se lo permitía. Los sentidos de las dos razas cubrieron el mundo a la orden de Deus. Detectaron lo indetectable. Millones de olores fueron asimilados y procesados por la memoria colectiva de dos razas inmortales. Lo invisible se hizo visible.
Deus percibió el lejano y agrio olor de dos hombres lagarto que aún vivían en los pantanos del continente virgen. Habían sobrevivido tras El Cataclismo de la roca de Xefando. Bien por ellos.
 Paseó el olfato y el oído de dos razas por ciudades y campos; huertos y páramos; minas y barcos. Se detuvo un instante para descubrir que los Odum, los temibles seres felinos, no estaban tan derrotados como parecían. Descendió a los fondos abisales y su nariz se arrugó con la pestilencia de los sirenios, pálidos como él y esquivos como La Sombra. Respiró el sulfuroso aire de volcanes y simas y descubrió que él último dragón del mundo dormía en Kathay.
Pero no pudo identificar el dulce y pegajoso olor de la humanidad. La sangre estaba, salada y fuerte; la carne estaba, dulce y blanda,  pero la humanidad no. En todo el mundo conocido y por conocer los humanos no eran lo que deberían ser. La humanidad no era humana.
- ¿Has comprendido? – dijo Lycarades zafándose del abrazo. La voz del licántropo sonó ronca y rota y sorprendió a Deus. Luego sonrió- He tenido tiempo de aprender a hablar.
Deus también sonrió y entonces se giró hacia el niño que permanecía sentado y serio – No huelen como deben oler. No son lo que deberían ser.
- Lo sé – asintió el pequeño arrojando un puñado de arena al suelo- También estoy aquí para ellos. Eso será más difícil. Su sangre y su carne deberían curaros y no perderos. Así se decretó que fuera. Pero ellos no lo aceptaron. Tienen una tendencia natural a no comprender.
- Pero La Sombra nos prometió que el que ganara la guerra....
- La Sombra es mi problema, Tadeus. No te preocupes por ella – respondió el niño levantándose- Ella es también víctima de un error. No se puede crear un alma sin cuerpo. Ahora vayámonos. Hay trabajo que hacer y yo no tengo tanto tiempo como vosotros. Yo soy mortal. No se puede tener todo.
Dicen las lenguas, que durante 22 años pudo verse a un niño recorriendo las tierras de ese casi desierto. Recorriendo las polvorientas calles de las ciudades sometidas al sol y al calor. Entrando y saliendo de templos y sinagogas como un hijo en casa de su padre.
Cuentan los contadores de historias que el niño iba acompañado por un lobo de las montañas blanco y gris y que, allí donde se detuviera, era custodiado por un hombre pálido y delgado que parecía no tener sangre en las venas. Dicen que a ellos se unieron cientos, quizás miles; que recorrieron las calles y los desiertos y se llamaban a sí mismos Hermanos de La Sombra. Dicen que incluso las legiones de Augusto se apartaban a su paso. Dicen que un día, en mitad de una tormenta, junto al Jordán, el río del final y del comienzo, desaparecieron.
Eso dicen, pero nunca se sabe. En la tierra de Canaán siempre están esperando un Mesías.

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-¿Qué haremos ahora? – Deus se volvió hacia Lycarades que contemplaba la escena como si no estuviera allí –
- Esperaremos. Llevamos una vida inmortal haciéndolo –la mirada del lobo blanco y gris se volvió hacia él. En 25 años había aprendido la magia de hablar a las mentes- Le han matado. Es lo que debían hacer. Los humanos tienen una tendencia natural a no comprender ¿Recuerdas?
- Pero ahora La Sombra estará sola. Perdida, enfadada y sola.
- La sombra es su problema  -la voz rió en su mente- No lo olvides. Todo lo que digas, todo lo que hagas, está de más. La Sombra es su hermano. Es su problema.
Un escribano garabateaba sobre su papiro el informe que le dictaba el centurión al pie de las cruces. El viento arreciaba y la lluvia descargaba sin descanso desde el cielo. La tierra se anegaba por momentos. Un rayo hendió el aire y un trueno ahogó el grito final del condenado.
Sin recibir dictado alguno el escribano hizo volar su caña sobre el papiro.
“Cuando el condenado expiró un hombre pálido y alto abandonó el monte de la ejecución, también llamado Gólgota, acompañado de una bestia, con pelaje gris y blanco, semejante a un lobo de las montañas. El hombre era conocido por todos como Tadeus, el de Judá, en la lengua de Roma, Judas Tadeus”

El centurión no había dictado esa frase e hizo que el escribano la borrara. Al emperador no le interesaba en lo más mínimo quien acudía a las ejecuciones de los sediciosos en aquel recóndito y olvidado rincón del mundo llamado Judea.


lunes, 27 de enero de 2014

La Herencia de Caín II

Deus avanzó hacia las rocas sin saber muy bien cuál era el objetivo de aquella absurda excursión. Apenas había dado unos pasos cuando una inmensa abertura se dibujó en la piedra. Al principio parecía una visión provocada por el dolor de sus ojos, pero cobró forma hasta hacerse sólida. Deus se giró hacia atrás y descubrió al niño jugando con la arena. Lycarades había vuelto a ser un lobo blanco y gris. Supuso que se habían preparado para la espera.
Apenas cruzó el umbral de la cueva le asalto el frescor de la humedad. Dio las gracias a La Sombra por ello. Vampiros y calor son algo que no se llevan bien. Llevan demasiado tiempo separados. Avanzó dos pasos por el resbaladizo suelo poblado de líquenes y sintió como si la caverna le engullera.  La abertura le engulló y le transportó, como succionado por el viento, hacia el interior- Cuando la sensación le abandonó se encontraba ante un anciano. El hombre estaba sentado en el suelo y comía pequeñas raciones de algún tipo de carne con hortalizas que sacaba de un caldero con una cuchara de palo. Le tendió la cuchara a Deus
- Yo no como eso – rechazó Deus el ofrecimiento-.
- ¿Estás seguro? -preguntó el anciano insistiendo- La sangre lo es todo para ti. Es tu alimento. No siempre fue así. No siempre será así. Se de lo que hablo.
- ¿Quién eres? -preguntó el vampiro mientras tomaba la cuchara-
- Te gusta hacer esa pregunta –sonrió el anciano- Come y lo sabrás.
Deus obedeció. El guiso estaba salado y sabía a algo rancio y antiguo. Sacudió la cabeza y cuando volvió a fijar la mirada contempló un espectáculo sobrecogedor.
Cientos de figuras se encogían en el fondo de la cueva que se había convertido en una inmensa caverna. Eran blancas, pálidas. Sus rostros estaban distorsionados en gestos imposibles. Caminaban despacio y de pronto aceleraban hasta  el punto de que sus piernas se transformaban en un borrón vislumbrado sobre la roca.
Si hubiera respirado, Deus se habría quedado sin aire al reconocer su rostro entre esas imágenes.
- Todos encuentran la suya cuando se asoman aquí – dijo el anciano soplando sobre la cuchara de madera para enfriar el guiso- No puedes tenerla. No cometas ninguna tontería.
Deus contemplaba su alma y se dio cuenta de que el anciano tenía razón. Volver a tener su alma sería ser de nuevo humano y como humano llevaba miles, millones, de años muerto. No sería buena idea recuperar su alma.
- Te equivocas chico – dijo el anciano como sabiendo sus pensamientos- Ese alma no te corresponde no porque vaya a matarte, sino porque nunca fue tuya. Piensa un poco. Se supone que en todo este tiempo habrás aprendido a hacerlo. Ya sabes... se hace con la cabeza, a veces duele un poco...
El vampiro fulminó al anciano con la mirada pero este no se inmuto. Deus le ignoró pero le hizo caso. Comenzó a darle vueltas a la frase. Si no le correspondía  un alma es que nunca la había tenido. Pero Él la tuvo en una ocasión. Él había sido convertido. Recordaba... De pronto se dio cuenta de que no recordaba nada de su existencia como humano. Debía haber sido un cavernícola preocupado exclusivamente del calor, la comida y la reproducción, pero era incapaz de recordarlo. Se esforzó.
La imagen de sus padres llegó a él. Ateridos de frío en una cueva no muy diferente de aquella en la que se encontraba él ahora. Su madre estrujándole contra su pecho y calentándole con las pieles y sus senos. Su padre afanándose por encender fuego con dos palos. Deus sonrió al recordar la genuina alegría de su progenitor al lograrlo. Sus colmillos asomaron como lo habían hecho los de... su padre.
- ¡Eran vampiros! -exclamó Deus- ¡Eran como yo. Nací siendo un vampiro!
- Parece que el tiempo no anquilosa la mente – suspiro el anciano- Te ha costado menos que al licántropo. Claro que ellos no hablan y por tanto están menos preparados para los conceptos abstractos. Miró a Deus que le observaba con los ojos abiertos como platos.- ¿Te Sorprendes? ¿Crees que, por muy grande que sea el delito, alguien puede arrancarte tu alma cuando la tienes? No, joven inmortal, Eso no puede hacerse.
- ¿Cómo lo sabes? – Deus hablaba con rabia. Con la rabia que albergan todos aquellos que han creído saber y han comprobado desconocer. El anciano le miró y en su rostro se dibujó un esfuerzo. Como si quisiera expresar algo que era incapaz de sentir. Como si quiera expresar ternura. Lentamente se apartó el pelo del rostro.
- Yo estaba allí cuando ocurrió. Siempre he estado allí – Deus pudo ver en su frente una marca. Un dibujo arcaico, como las señales de clan que todo vampiro tenía. Parecido al que el llevaba grabado en el pecho a fuego. Pero era diferente. Parecía formar parte de su piel; era como si lo hubieran dibujado con su sangre. El dibujo era complicado. Las líneas se mezclaban y se superponían. Se antojaba indescifrable. Pero observado desde lejos podían parecer dos letras entrelazadas: una A y una C. Abrió la boca para hablar. La cerró. Saber es como recordar los recuerdos de otro.
Una tierra rica y próspera. Dos hombres. Dos humanos. Dos hermanos. Pero uno no lo es. Lo parece pero no lo es. Está incompleto. Es repudiado, es apartado. La ira, la rabia. La incomprensión de esa injusticia. Si él no pidió ser creado sin alma porque le rechazan por no tenerla. Por ser diferente. Elige la venganza, se equivoca de víctima. La sangre que derrama tiñe su frente, marcándole para siempre, para la eternidad...
- Tú – prosiguió el anciano - al igual que todos y cada uno de vosotros nacisteis así. No tiene nada que ver con vuestras obras o vuestros méritos. Tiene que ver con los míos ¡Podríais haber sido malditos anacoretas y seguiríais siendo vampiros!
- Pero, entonces – Deus estaba, por primera vez en varios siglos, seriamente desorientado - ¿De quién son esas almas?
- Deberían haber sido vuestras –el anciano meno la cabeza mirando al tumulto de figuras pálidas que se agitaba en el fondo de la cueva- Pero se hicieron después. Nacisteis sin alma. Alguien cometió ese error.  Fuisteis las primeras razas, eso ya lo sabías, pero faltaban las almas. Luego se hicieron, pero no se supo cómo hacéroslas llegar. Él también fue joven una vez, también se equivocaba. Aunque no quiera reconocerlo. En fin, ¿por donde íbamos? ¡Ah sí! – El anciano volvió a mirar a Deus – La plata, la madera, el sol y todo eso son sólo formas de ligaros a vuestras almas. De daros una existencia plena – el viejo se detuvo un instante en su diatriba, como reflexionando -  Pero claro, es lógico que prefiráis estar parcialmente vivos sin alma que plenamente muertos con ella. Eso es algo con lo que tampoco se contó en su momento.
- Entonces, el niño...
- Eres rápido Tadeus. Está aquí para daros algo de lo que os privaron. Él no está muy contento, pero le han obligado. Ahora podréis elegir. Podréis elegir por fin. Podréis acabar la guerra.
Deus comprendió por fin. Se giró y se encaminó hacia la salida de la cueva a grandes zancadas. Cuando apenas había dado tres pasos se giró de nuevo. El anciano había vuelto a afanarse con el guiso. “No puede ser él”, pensó recordando la marca de sangre que le había visto en la frente. Se detuvo y le gritó.
- Entonces tú eres... – no completó la frase. La voz del anciano sonó  como un susurro en su oído pese a que se encontraba a varios metros de él.
- Se me marcó para separarme de los humanos. Para que los hijos de Set pudieran olvidar la existencia de su tío perverso. Pero hay ocasiones en que las cosas no funcionan como Él quiere. Casi siempre ocurre así. La prohibición afectaba a la descendencia humana. No a aquellos que nacerían de mi sin alma. Esos sois todos vosotros. Ahora soy lo que me negué a ser con el humano al que llamaban Abel, Tadeus.

Ahora soy el guardián de mis hermanos.

La Herencia de Caín I

La guerra va mal.
Tenemos el armamento más sofisticado y eficaz que la tecnología  ha podido proporcionarnos; tenemos la preparación que sólo siglos de entrenamiento conceden a los que perseveran; tenemos toda la plata que podemos desear, acumular y utilizar. Pero la guerra va mal.
Ellos sólo tienen sus garras, su eterno e infalible instinto y su determinación.
Eso y a los perros.
A primera vista podría parecer que tenemos todas las de ganar. Pero no es así. Llevamos más de cincuenta años sin abatir un enemigo; ni siquiera hemos conseguido localizar a uno. Creedme, la guerra va mal. Lleva 1.300 años yendo mal.
Y ahora a mi, a uno de los más grandes guerreros de entre los nuestros; a quien fue capaz de frenar el incidente Adraxas, que estuvo a punto de acabar con todos nosotros; al único que ha conseguido convertir a un gobernante supremo, me encargan este trabajo. Me crujen los colmillos sólo de pensar en ello.
Voy a ser la maldita niñera de un pequeño. Es humillante. Los demás de La Elite me miran por encima del hombro y sonríen. He caído en desgracia. Sólo puede ser eso. Nunca antes uno de los nuestros había caído tan bajo. Soy el primer vampiro - niñera de la historia.
Por cierto, mi nombre es Tadeus. Podéis llamarme Deus. Irónico ¿Verdad?




Deus avanzó por la calle confundiéndose con las sombras como había hecho durante siglos. Las luces de los faroles eran un impedimento pero habían desarrollado nuevas técnicas para ocultarse de ellas. Antes, cuando no había alumbrado, la vida era más fácil. La guerra era más segura.
Lo olió antes de verlo y automáticamente sacó su arma. Mecánicamente la comprobó. Toda la plata estaba en su sitio. Preparada para ser disparada. El olor le perforaba los sentidos y se tensó. Husmeó el aire para identificar el hedor. No había duda. El enemigo estaba cerca. Su pútrido aroma le delataba. Era intenso, tan fuerte que podría tratarse de un primigenio.
- ¿Será posible? – pensó Deus - A lo mejor La Sombra era benévola con él y le permitía eliminar a un primigenio en el transcurso de su bochornosa misión. Sería el primero en cincuenta años.  Eso retraería los colmillos a unos cuantos.
Y junto a aquel maldito olor había otro. Uno eterno, dulce y cálido. Junto al enemigo estaba la recompensa. La sangre.
Apoyado contra el muro que rezumaba agua y basura giró la esquina y contempló la escena. Allí estaban los dos. Las dos razones de su existencia; sus dos objetivos: la guerra y la sangre.
Se mantenía en forma lupina junto al niño. Era blanco y gris. Era hermoso. Era letal. Sintió como el vello de su nuca se erizaba, volvía a la vida. Deus era uno de los pocos que admiraba abiertamente la belleza de sus enemigos, había matado a tantos que se había ganado ese derecho.
Apuntó la pequeña ballesta a la cabeza del can y saltó sobre el muro, anduvo sobre él. Disparó y se dio cuenta de que su enemigo ya no estaba en el mismo sitio. Había saltado. Su figura se recortaba en el aire con las patas extendidas y la boca abierta. Si esos colmillos le tocaban sería el fin.
Giró en el aire y aterrizó en el suelo. Otra saeta se había cargado en la ballesta. Magia y técnica hacían su trabajo. Volvió a apuntar mientras su enemigo apoyaba las patas traseras en la pared y volvía a lanzarse contra él.
Suspendido en la noche, en el aire cálido y agobiante de aquella tierra semidesértica, el lobo blanco y gris comenzó a transformarse, a adoptar su forma de combate.
Deus contempló una de las pocas escenas que eran capaces de encoger los sentidos de un miembro de La Elite; una visión que aterrorizaría a un vampiro común. Si hubiera tenido sangre se le hubiera helado en las venas; si hubiera tenido alma se le hubiera encogido.
Cuando el lobo blanco y gris aterrizó en el suelo ya no era un lobo. Medía dos metros y medio y se apoyaba sobre dos piernas con las articulaciones invertidas. Todo su torso y su espalda estaban cubiertos de pelaje blanco y gris y sus patas delanteras eran brazos que acababan en manos rematadas con garras brillantes de 30 centímetros de longitud. Sus colmillos de madera medían lo mismo. Era un primigenio. No había duda.
Deus tomó aire para fijar el blanco. Tenía una sola oportunidad y la aprovecharía. La ballesta no temblaba. Sintió el roce de una pequeña mano sobre su piel y el olor de la sangre le inundó. Llenó sus sentidos como sólo el alimento primordial podía hacerlo. Durante un instante su sed fue más importante que su visión. En una guerra que dura millones de años un instante es demasiado importante. Perdió el blanco.
- No dispares Plubio Tadeus Pealico – escuchó la voz del niño y esta fue como un arrullo- Te lo pido yo, que estoy aquí para procurarte alimento-. Una gota de sangre cayó desde la muñeca del infante sobre el brazo con el que Deus empuñaba la ballesta. Su piel se calentó, ardió. Lamió esa gota y el mundo desapareció – He venido a devolveros lo vuestro. A todos – escuchó el vampiro de La Elite mientras se desmayaba.
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Deus despertó y en un segundo supo lo que había pasado. Tanteó el suelo buscando su arma pero sólo encontró arena. Los sentidos de un inmortal son rápidos. Su mente también. No estaba en la ciudad. Habría tocado piedra si estuviera en ese cúmulo de viviendas inhabitables que los humanos llamaban ciudad. Había sido trasladado.
- Él te trajo – la voz del niño, aguda y cálida, le obligó a abrir los ojos- Yo se lo pedí.
Deus se dio cuenta de que estaba en el desierto. El horizonte se extendía con apariencia infinita. Las dunas cantaban su canción en armonía con el viento. El sol se alzaba en el horizonte.
Sus instintos reaccionaron al tomar conciencia de la presencia del astro en el firmamento. Se cubrió el rostro. Se preparó para desaparecer pero su piel seguía fría; seguía entera. Deus seguía muerto. Contempló el sol con sorpresa y excitación.
- Mi sangre cura. Mi carne cura, siempre lo ha hecho – rió el niño ante la sorpresa del vampiro, tendiéndole la mano para que se levantara – A Lycarades también le curó.
Deus miró al lobo primigenio. Se suponía que sólo podía asumir su forma de combate durante la noche. Pero allí estaba. Sus garras y sus colmillos relucían al sol. Su nombre empezaba por la raíz antigua. No sólo era un primigenio. Era un miembro de El Origen, del equivalente a La Elite de los Vampiros. Luego observó la herida en el brazo del niño. Faltaba un trozo de carne.
El licántropo debería haberse transformado a su forma lupina al llegar la mañana pero seguía erguido sobre dos piernas. Era algo imposible. Tan imposible como que Deus siguiera vivo.
- ¿Quién eres? – le preguntó al niño mientras se levantaba-
- Eso deben decidirlo otros –contestó la cálida voz del pequeño. Había demasiada sabiduría en ella. Era como la de aquellos que son convertidos en la infancia y viven siglos de experiencia en un cuerpo de niño. Pero no era así. Olía a humano. Era completamente humano – Nosotros no estamos aquí para eso.
Desalentado por la respuesta, Deus hizo algo que no se había hecho desde antes de que la gran roca de Xefando chocara contra el mundo y el hielo invadiera La Tierra por primera vez. Habló con un enemigo.
- ¿Tu sabes algo?-preguntó volviéndose hacia Lycarades, que se encogió de hombros después de apartarse y gruñir con sorpresa-.
- Es un licántropo –dijo el niño- Los licántropos no tienen el don de la palabra. Yo curo. No cambio la naturaleza de nadie. Lycarades ya ha visto lo que estas a punto de ver. Ya sabe. Ya comprende. Ahora es tu turno.
El niño comenzó a andar y Deus se sintió impelido a seguirle. Caminaban por el desierto como el que avanza por una gran avenida. Sus pasos no eran trabados por la arena o el calor. Dos inmortales y un niño no se cansan con facilidad.
Toda la atención de Deus se centraba en vigilar que Lycarades, que caminaba a su altura husmeando el aire a cada paso, no se lanzara sobre él. Por eso le sorprendió encontrarse de repente ante una formación rocosa que parecía haber surgido de la nada. Se detuvo en seco y pestañeo. Los ojos le dolían; el sol le molestaba. Llevaba 1.000 centurias sin verlo.

- Hemos llegado –dijo el niño. Y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas frente al muro natural de roca- Yo vengo de allí. Lycarades ya ha estado allí. Ahora debes entrar tú.

La Morada de la Guardia yXI

La batalla había acabado y nadie, ni los más avezados en los estudios de los astros y el curso de los ciclos supieron calibrar cuanto tiempo había durado. Habría sido todo un logro para ellos, pero, dicen las leyendas, que por aquellos días, en que los Anthronai vieron como su Guardia Dorada construía mientras se enfrentaba a las hordas de Caos, el tiempo no funcionaba como era debido. Incluso Lesskin mantiene que estaba detenido porque el viejo dios que lo lleva en oriente le estaba haciendo un favor a la anciana con la que comparte la eternidad para que esta pudiera enseñarle una extraña lección a una triste princesa de Tezara. Pero quien puede creer a Lesskin. También mantiene que el hecho de que mil Haddonel estallaran en llamas justo en el momento en el que él agitó su pañuelo y estornudó es una simple casualidad incompresible.

- Ves – dijo el curioso personaje mientras quitaba los restos de la piel de un Haddonel de las hombreras de su guerrera, que había surgido como siempre de la nada- no ha sido tan difícil-.

- ¿Qué no ha sido… -la rabia de Ephiné se contuvo cuando vio la sonrisa de Endronel. Él también sabía lo que había que saber de Lesskin. Los aprendices reían a carcajadas. Ellos acababan de aprenderlo.

- Es hermoso -comentó el hombrecillo, ignorando las risas, la sonrisa y la rabia- Os ha quedado bonito.

Fue entonces cuando, por primera vez desde que los vestigios de Caos abandonaron el valle de La Construcción, desde que La Remonta cerró su brecha con la columna levantada por ella, desde que Endronel y los aprendices protegieron sus pilares, Ephiné miró más allá de su propia lucha, de su propio trabajo, de su propia desesperación, de su propia derrota.
Y lo que vio la dejó atónita. Tal fue su alegría y su sorpresa que Sideria considero seriamente volver a abrir de nuevo las puertas de Tannhauser. La madre Desmedida es conocida universalmente por lo mudable de sus sentimientos y lo dúctil de sus decisiones.
Un inmenso edificio se extendía más allá de la vista y ella estaba dentro. Estaba compuesto por estancias de todo tamaño y de formas geométricas distintas. Triángulos, cuadrados, rectángulos, hexágonos y algún que otro historiado dodecaedro. Las gentes del oriente tienden a complicar las cosas incluso en las construcciones de emergencia.
Estaban cubiertas por techos de toda forma y condición; desde las bóvedas infinitas hasta simples tejados a dos aguas, tejados puntiagudos, techos planos, conos de paja y semiesferas de cristal, pero lo que mas maravillaba a Ephiné no era lo que veía, no era lo que La Guardia y sus refuerzos de entre los Anthronai habían conseguido construir en mitad del ataque de Caos, en mitad de la muerte y de la sangre. Lo que más sorprendida la dejaba era lo que habían conseguido evitar.
Todas y cada una de las estancias, desde la más pequeña levantada por los aprendices hasta la más magnifica, que tenía la rúbrica inequívoca del Máximo Guardián y su estirpe, eran diáfanas. Ni una sola columna central cortaba el paso, impedía la vista, cerraba el espacio. Todas las habitaciones, las salas y los salones se apoyaban sobre columnas que a la vez formaban parte de otras estancias, se apoyaban en ellas y las daban sustento.
Por primera vez desde que el Jinete Despiadado les arrojara al mundo a construirse; por primera vez desde que el Hechizo Primigenio arrancara sus vidas y sus almas de sus cuerpos y les obligara a construir sus moradas para levantar sus corazones, y albergar sus esencias, los Anthronai habían construido una edificación que no se tenía a si mismos como centro, que no les obligaba a apoyarse en si mismos para mantenerla, protegerla y resguardarla.
Por primera vez desde que Caos dejara su morada de lava y entregara el universo a los que sienten, La Guardia Dorada tenía una morada.

Los clérigos, los magos y las brujas no perdieron el tiempo en cambiar de postura cuando contemplaron a La Guardia apostada en los muros trasparentes de su nueva residencia. Anunciaron que los presagios eran favorables, proclamaron que sus rezos habían sido escuchados, gritaron que sus ritos eran necesarios, anunciaron que sus palabras eran necesarias para traer la vida a tan gloriosa edificación.
El Guardián Máximo torció el gesto, El Comandante de La Guardia bufó con desagrado, El Comandante de La remonta sonrío socarronamente. La Guardia Dorada río abiertamente a carcajadas. La risa es el único remedio para el ridículo de aquellos que quiere medrar a cualquier precio, incluso a costa de ellos mismos.
Pero no hicieron falta. La luz anegó las estancias y se instaló en cada una de ellas, sin necesidad de sacrificio animal alguno; los olores de flores y de brisas se instalaron en cada una de las ventanas, de los cristales y de las puertas sin necesidad de plegaria ninguna, los vientos de las cuatro estaciones habitaron y recorrieron la inmensa construcción sin que la sangre ni la henna fueran necesaria para convocarlos. Las almas y las vidas de La Guardia ya estaban allí, las gemas preciosas que albergaban sus corazones no necesitaron guía ninguna para encontrar el camino. El reguero de retazos de Caos muertos en la batalla fue faro suficiente.

- No podéis rendiros, no podéis permitiros el lujo de morir –sonrió Lesskin- Ese es vuestro lema. Deberíais haber comprendido hace tiempo el motivo. Dicho lo cual se perdió más allá del cristal que marcaba la pared exterior de la Morada de La Guardia, de la morada de Ephiné. Una pared transparente que protegía pero permitía ver el mundo.

- ¿Y ahora qué?  -la pregunta de Ephiné lanzada a la figura que se marchaba era un reto. Quien nace retadora no deja de serlo por una batalla y un milagro-

- No sé –y la voz que respondió no era la de Lesskin- Supongo que tendrás que salir a por ellos o dejarles entrar- Y la respuesta también era un reto.

Alguien que se ha negado a ser dios no deja de ser retador por una batalla y un milagro. 
Aunque sea uno suyo.


La Morada de la Guardia X

El ataque de los Haddonel se recrudeció cuando dos pequeños aprendices, que luchaban como los que más, resistían como los que más, pero no tenían la fuerza de los que más, flaquearon justo en el vértice opuesto del triángulo que ocupaba La Remonta.
Ephiné tomó otra de las columnas de los restos de su fallida morada y corrió de nuevo con ella alzada. Cuando llegó al lugar en el que las astillas de caos se empezaban a clavar en la carne y los huesos de los jóvenes guerreros estos ya habían hecho en el suelo el hoyo que permitiría a la arquera dorada cimentar la columna.
Puede que no fueran los mejores guerreros, ni los más fuertes de La Guardia Dorada, pero eran aprendices. Su principal trabajo era aprender. Y eso lo hacían como nadie. Otra columna se erigió. Otra brecha se cerró.

Una columna en mitad de un campo de batalla es una casualidad, entra dentro del rango de desatención de Caos. Pero dos, colocadas de forma paralela y erigidas a la misma altura llaman su atención. Toda planificación remueve las entrañas del Señor de La Nada. La causalidad le revuelve las tripas a Caos.
Así que volvió su atención a la guerra que sus restos confusos y casuales, los Haddonel, mantenían con los Anthronai, y por única vez, antes de que su hija, La Bruja de Caos, le exigiera ayuda, decidió intervenir.
Ephiné vio como la lluvia de cantos y de piedras iba a caer encima de su columna, la primera, la que cerró la brecha de La Remonta y supo que no llegaría a tiempo para cubrirla, para reforzarla. Supo que la brecha volvería a abrirse. Se equivocó.
Cuando, a través de las lágrimas de la desesperación que solo pueden permitirse aquellos que tienen esperanza, miró hacia la primera columna que había levantado para rellenar su hueco en La Remonta, vio como el guerrero, el compañero que en su día había querido construir una morada con ella la sostenía, como interponía su escudo entre las piedras que caían intentando horadar la fuerza y la estabilidad, que, pese a sus heridas tenidas en otros frentes, pese a su debilidad por horas eternas de batalla, lanzaba su fuerza contra la columna para evitar que el viento la abatiera.


- Gracias Endronel –susurró y entonces recordó su nombre, recordó las tardes de entrenamiento en compañía, los días de esfuerzo en la construcción, las noches de descanso. Cuando se mira en la dirección de alguien resulta imposible no verle.

Ephiné prosiguió su trabajo. Caos envió lluvia, granizo y barro para horadar los cimientos de la segunda columna, pero los aprendices usaron sus capas, sus escudos y hasta sus cuerpos para enjugar el líquido e impedir que la tierra se empapara y la estabilidad de la columna fuera puesta en tela de juicio.
No quedaban más pilares caídos de sus antiguas moradas para construir más columnas, pero Ephiné tomó hierros, ladrillos, piedras molidas y todo lo que encostro a mano para levantar una nueva columna, una sola, mirando al norte, a su lugar de origen, a las gentes y las tierras de las que nunca llegaba nada.
Cuando la hubo concluido la batalla continuaba, las legiones de la Guardia Dorada seguían su baile de sangre y lucha con los Haddonel, eternamente desordenados, herederos del caos que les puso en el mundo. Endronel seguía protegiendo la primera columna, los aprendices seguían manteniendo en pie la segunda y Lesskin estaba displicentemente apoyado silbando en la tercera. Nadie podría decir que el aristócrata estuviera haciendo nada para protegerla, pero lo cierto es que ninguno de los proyectiles de los Haddonel, ninguno de los meteoros de Caos acertaba a dar en el pilar recién erigido. Él siempre ha mantenido que fue pura casualidad.
Fue entonces, cuando necesitaba construir una cuarta columna, cuando los Haddonel amenazaron con abrir otro hueco en la remonta que a Ephiné ya no le quedaban materiales ni fuerza para hacerlo por si sola, cuando se colocó en mitad del espacio que habían dibujado las tres columnas edificadas en mitad de la batalla e hizo aquello que había olvidado que cualquier miembro de La Guardia Dorada de los Anthronai tenía derecho y obligación de hacer en esos casos. Abrió los labios y gritó:

- ¡Refuerzos! ¡La Remonta necesita refuerzos!

El comandante de La Guardia escuchó el grito e hizo sonar su caracola, el comandante de La Remonta oyó la caracola e hizo sonar su tañidor; Endronel grito y utilizó de campana su propia voz.
Y uno por uno los diez mil luchadores que se enfrentaban a los Haddonel en el campo de batalla que luego sería conocido como El Valle de La Construcción, usaron sus cuernos, sus caracolas, sus gritos y sus tañidores  para pedir refuerzos. El sonido resultó tan atronador que amenazó con ahogar los alaridos de Caos arengando a sus tropas.
Y los refuerzos llegaron. Desde el sur, desde el este y el oeste e incluso algunos desde el norte, donde la bruma de las almas no deja escuchar a las de los demás. Llegaron a cientos, a millares.
Pero no participaron en la lucha, se agruparon en torno a sus amigos, sus hermanos, sus padres o sus hijos, en torno a aquellos que conocían que le habían dado agua y sal al aire al nacer y esperaron. Esperaron en silencio tras aquel miembro de la Guardia que conocían. Esperaron protegiéndole con sus escudos, evitando los proyectiles, los tajos aleatorios de los Haddonel, esperaron hasta que escucharon la orden del Máximo Guardián que combatía en vanguardia, hasta que los halcones de mensajes se posaron en sus hombros y susurraron la estrategia en sus oídos, hasta que la magia elevó el sonido del comandante por encima de la lucha

- ¡Caballeros, dejen sus escudos y tomen los picos y las palas! ¡Es hora de construir algo!

Y lo hicieron. En mitad de la sangre y de la muerte, en medio de las arremetidas aleatorias, fugaces y destructivas de aquellos que eran simiente involuntaria de caos y que atacaban simplemente porque atacar y destruir era su naturaleza, comenzaron a erigir columnas en las que apoyarse, con las que protegerse, comenzaron a transformar el campo de batalla.
Cuando levantaban una columna la protegían y levantaban otra, La Guardia luchaba. Cuando conseguían dos las unían con arcos y arbotantes, La Guardia resistía; cuando tenía cuatro, acoplaban sus arcos con techos, bóvedas, tejados, galerías o lo que se antojase necesario en cada ocasión, La Guardia combatía.
La primera en empezar fue la última en concluir. Apenas había recibido llamada a sus refuerzos.
Ephiné, Endronel, los aprendices y alguna que otra intervención casual de Lesskin forzaron el repliegue de los Haddonel más allá del límite que fijaban las columnas constituidas cuando la batalla amenazaba con ser una derrota y levantaron el último panel de vidrio templado con remates de acero que las cerraba.
Los Haddonel se detuvieron. No hubo rendición, el caos nunca se rinde; no hubo retirada, la nada nunca cede sus espacios, simplemente se marcharon.

Cuando llega la vida la muerte siempre se marcha. Por más que Caos sea desordenado hay leyes que siempre respeta. Él mismo las impuso.

La Morada de la Guardia IX


Una vez el mundo se alzó sobre su vientre de lava ardiente y vapor venenoso, Caos fue el primero que reinó sobre él. No es que pusiera mucho empeño en hacerlo, pero nadie le negaba esa posición puesto que no había nadie que tuviera la existencia suficiente para hacerlo.
Las esencias universales vagaban a su antojo, se enfrentaban, se conformaban y se fundían sin orden en un concierto inarmónico y estridente que salvaguardaba el gusto de Caos por la destrucción. De esos choques y enfrentamientos infinitos nacieron los Haddonel.
No eran hijos de Caos, como los Lorhim, puesto que no habían nacido de su voluntad, no eran producto del pensamiento de la esencia errática del mundo. Eran un accidente, un espurio e inquietante resultado casual de una de esas acciones que Caos no planeaba hacer pero realizaba como parte misma de su naturaleza.
Los restos del desorden, de la fuerza vital inacabada e incontrolada, de destrucción aleatoria y la reconstrucción desorganizada chocaron entre ellos y de las esquilas y las astillas de sus propias esencias surgió la raza que había de poblar el mundo en la anarquía. Los Haddonel eran producto de caos y como Caos actuaban aunque ni ellos mismos sabían porque motivo lo hacían de ese modo.
Los dioses nunca explican sus motivos. Caos ni siquiera los comprende.
Cuando los Anthronai poblaron el mundo los encontraron en él y los enfrentaron.
Los Anthronai los temieron en su furia, los combatieron en su rabia, los vencieron en su desorden. La Guardia Dorada nació para defenderse de los Haddonel y sus furibundos e impredecibles ataques. Cuando la magia hizo imposible controlar unas esencias que no respondían ante orden ninguno; cuando la diplomacia demostró que era incapaz de sellar pacto, acuerdo o tratado alguno con seres que no reaccionaban ante ninguna lógica y no respetaban palabra alguna, entonces llegó La Guardia y los obligó a retirarse tantas veces como fue necesario.
No había Anthronai en su sano juicio que no los temiera, que no albergara en sus sueños más oscuro el temor de verse rodeado y atacado por una hueste vociferante y confusa de estos seres de impulsos y de rabia, de destrucción y furia. No había ninguno salvo los integrantes de élite dorada que defendía el mundo.
Quizás por ello, porque habían luchado y vencido contra ellos, porque habían muerto a sus manos y los habían tenido tan cerca que habían percibido la confusión y el caos hasta en la más leve de sus respiraciones, hasta en el más imprecisos de sus alientos, los miembros de La Guardia eran los únicos que no gastaban ni un segundo de su tiempo en maldecirlos, que no empleaban ni un ápice de sus fuerzas en odiarlos. Necesitaban todo su tiempo y todo su empeño en combatirles.
Odiar a un enemigo, maldecir a un rival puede ser bueno para la moral y el trabajo en la batalla. Pero los Haddonel no eran enemigos, no eran rivales. De nada sirve maldecir a la peste. De nada sirve odiar a una plaga.
Por eso, cuando los vigías de La Remonta hicieron sonar la campana de aviso con el tañido lúgubre y rítmico reservado a los Haddonel, se prepararon para la batalla como el que se dispone a arrancar las malas hierbas, como el que se ve en la obligación de fijar los pestiños y las contraventanas ante un viento que se levanta furioso y repentino, como el que tiene la obligación de mantener el mundo en orden.
Mientras el resto de los Anthronai se encerraba en sus moradas a rezar por su vida a un dios que les había advertido hacía mucho tiempo que no iba a escucharles, La Guardia se ordeno en sus amplias formaciones de cuadrados y rombos y presento batalla a las astillas de caos que descendían a raudales desde las montañas y brotaban como fuentes desde la linde de los ríos.
Ephiné tomo su arco del suelo y redispuso a incorporarse a su unidad de la Remonta allá en las colinas que circundaban la ciudad de los Anthronai, pero unos delgados dedos la sujetaron por el brazo. Delgados y unisitadamente fuertes para alguien que parecía descomponerse en mil pedazos de cristal cada vez que estornudaba. A lo mejor no eran tan fuertes y era solo el cansancio y la derrota lo que hizo que Ephiné no lograra desasirse de su presa.

- Esta vez no, la batalla ya ha empezado -y la voz del remilgado aristócrata pareció cantar de nuevo al continuar- hoy no quieras saber de batallas de odio y de rencor. Hoy ya te hemos visto morir.

Y la batalla comenzó sin Ephiné. Por primera vez desde que Sideria cometiera el error de su egoísta parto múltiple, por primera vez desde que los astros comenzaran la danza del universo, por primera vez desde que los niños comenzaron a nacer sin lágrimas en los ojos y sin sal en el rostro, La Guardia Dorada de los Anthronai apareció en el campo de batalla con una brecha en sus filas.
El espacio vacío que la arquera dorada que había decidido construir su propia vida dejaba en la imponente formación de diez mil guardias que se desplegaba en el frente de batalla era ínfimo, no había ojo de dios, de Anthronai o de ángel que pudiera discernirlo, pero los Haddonel son hijos de Caos. No tienen ojos. Por eso lo olieron, lo escucharon y lo degustaron como una victoria inesperada, como una sorpresa satisfactoria. Cuando estás acostumbrado a enfrentarte a algo indestructible, la más pequeña fisura se antoja un triunfo.
No es que se organizaran, no es que elaboraran una complicada estrategia de fintas y elusiones que les permitiera atacar ese punto débil de la Guardia Dorada. Fue simplemente un impulso anárquico, una fijación destructiva, un arrebato caótico en honor de aquel cuya desidia les había puesto en el mundo por casualidad. En esa batalla, para los Haddonel sólo existía la brecha.
El comandante de La remonta dio las órdenes oportunas y los compañeros y compañeras de unidad de Ephiné repelieron el primer ataque, esquivaron el segundo, paralizaron el tercero y se vieron obligados a retroceder ante el cuarto.
La Guardia Dorada reaccionó y cambió las líneas de batalla, sus trazos se movieron con la precisión de jornadas completas de entrenamiento, de veranos enteros de maniobras, de años íntegros de práctica.
Los cuadrados se hicieron rombos y los rombos triángulos. La Remonta fue apartada del frente principal de batalla y sus flechas silbaron por encima de la cabeza de sus compañeros de armas para irse a clavar en los corazones de los Haddonel.
Pero el Caos se movió al compás. El instinto es a veces mucho más rápido que la mente y el orden. Un instante después los Haddonel volvían a atacar a aquellos que habían sido separados de la primera línea recombate. La brecha seguía abierta. Ephiné seguía en el solar que había sido su morada.

- Es por mi culpa –masculló la guerrera, tomando su arco y pretendiendo soltarse de la presa de Lesskin. Este la soltó sin oponer resistencia – He de hacer algo.
Dio varios pasos decididos hacia el frente. El ala de retaguardia apenas se encontraba a doscientos metros de su morada. Diez mil Anthronai y Cien mil demonios de Caos precisan mucho espacio para hacer correr la sangre y la muerte. De nuevo la voz del petimetre la detuvo con su versión más aflautada y cínica.

- ¿Por qué pedirle a alguien que está destruido que te ayude a construirte?, ¿de que te sorprendes si te lleva a la ruina? Mira como luchan, mira como viven, mira como mueren. Eres uno de ellos, ¿por qué te empeñas en negarlo?

Ephiné no tuvo que comprender, no tuvo que poner su mente al servicio de la lógica y la interpretación de las palabras escuchadas. Su cuerpo reaccionó por ella y arrojó el arco al suelo, su alma reaccionó por ella y tomó una herramienta, su corazón, escondido aún en una gema brillante y remota en las montañas que circundan el mundo, reaccionó por ella y comenzó a construir.
Se afanó entre sudores en poner en pie una de las columnas que yacían inertes y horizontales en el suelo después de los intentos dolorosos e inútiles de construir su morada que la guerrera había protagonizado. Cargó con ella como quien carga con el peso de la vida y del mundo pero, en lugar de colocarla en el centro del espacio en el que debía asentarse su morada, corrió con ella hacia uno de los ángulos y Corella sobre el hombro se puso a horadar un agujero que la sirviera de cimiento y, terminada la tarea, la clavó en el suelo como los salvajes del oeste clavan sus verticales altares de madera para hablar con sus antepasados.
La Guardia seguía girando sus lados y sus figuras de acero y sangre, ofreciendo sus ángulos mas afilados a los Haddonel. Los hacheros abrían brechas en la horda y en las cabezas de sus enemigos, las lanceras retrasaban los avances ensartando demonios de Caos a diestro y siniestro, Los arqueros y arqueras de La Remonta habían llegado a la retaguardia mientras los Haddonel les perseguían obsesivamente, con la obcecación que sólo muestran aquellos que están consagrados a la destrucción.
 Y de pronto se pararon. La Remonta seguía en pie, herida, macilenta y tumefacta, pero en pie. 
Pero los Haddonel se detuvieron un instante como si hubieran logrado su objetivo.
Repentinamente su ataque volvió a ser desordenado, sin objetivo, rabioso, como lo había sido siempre, como lo sería portada la eternidad. Cargaban contra cualquier flanco, cualquier formación, cualquier arma que les opusieran los guardianes áureos. Los Haddonel habían dejado de percibir la brecha.
Los acompasados y sangrientos movimientos de La Guardia Dorada para cubrir a su asediada ala de La Remonta habían llevado a los vigilantes de las colinas a la retaguardia y allí se habían agrupado, cubriendo su brecha con lo único que tenían para hacerlo. Habían cerrado el hueco con la columna que Ephiné había erigido. Ya no había desorden, ya los Haddonel no podían paladear el sabor de la derrota, no podían escuchar el paso del viento entre las líneas de batalla de sus enemigos. El orden exige observación. Y los Haddonel nunca han dejado de estar ciegos.
Ephiné lo vio y vitoreó interiormente su victoria. El comandante de La Guardia lo vio y ladró órdenes, envió mensajes y lanzó halcones de despachos para reorganizar la defensa y el contraataque de manera que la Remonta no perdiera en ningún momento su nueva formación con la columna de Ephiné; Lesskin lo vio y palmeo animadamente como un niño lo hace ante la actuación de unos acróbatas en un día de fiesta.
Akhran lo vio y arqueó una ceja en la curvatura contraria de su sonrisa. Ese gesto, esa ínfima distracción de un instante mínimo en la eterna desatención de un dios,  permitió a Pavan, Señor del Miedo y la Cobardía escapar de su acero. El cobarde siempre escapa. El miedo siempre vuelve.


- Ingenioso –comentó mientras limpiaba su acero de la sangre de tres dioses- Complicado, pero en extremo ingenioso-.

domingo, 26 de enero de 2014

La Morada de la Guardia VIII

La voz que era el universo volvió a tronar, volvió a acallar al mundo, volvió a cercenar de raíz la resistencia de los elementos desatados, mientras los muros se disgregaban en polvo y sus esencias volvían al norte donde hallarían acomodo en las almas de aquellos que pedían un alma sólo para mostrar un cuerpo, que exigían un corazón sólo para poder mostrarlo sin utilizarlo; que construían la vida sólo para poder desperdiciarla. A esas alturas los curiosos ya se habían alejado del lugar y habían vuelto a los quehaceres que les imponían sus moradas, temerosos de que la furia desatada por esa magia ignota pudiera destruir sus vidas como, al parecer, estaba haciendo con la de la guardiana dorada.
- ¿Dónde? – y la pregunta restalló como un látigo, como la fusta de Akhran hería los flancos de su corcel alazán, como las lágrimas de Lesskin habían quemado el firmamento en otro tiempo.
 La única Anthronai viva que había intentado construir su vida contempló el lugar en el que estaba construyendo su morada. Percibió el suelo y el sustrato con esos nuevos ojos prestados por un dios y guiados por… bueno, guiados por Lesskin.
En el campamento de La Guardia, incluso en la porción que a ella le correspondía, estaba vacío de esencias escondidas, de vidas encerradas. Los miembros de La Guardia estaban vivos, no tenían que poner su alma y su vida en ningún sitio. Los llevaban con ellos a todas partes. Habían llorado al nacer y eso les hacía diferentes, eternos, humanos.
Sólo un elemento de los que en su día separara el Hechizo Primigenio de los cuerpos de los Anthronai se seguía escondiendo entre los terrones y las piedras del suelo, entre las lonas y los bambúes de las tiendas, entre las armas y las corazas de los guerreros. Pero estaban tan juntos, tan mezclados, tan imbricados unos con otros, danzaban tan juntos y tan enlazados, que era imposible separarlos, desentrelazarlos y casi distinguirlos.
 - No era el sitio -esta vez no hubo pregunta ni pensamiento. Lesskin se adelantó y Ephiné lo vio tan claro que sus lágrimas dejaron de brotar. Su vida ya estaba siendo construida, se construía cada día en La Remonta, se construía cada jornada de trabajo en común, de vida compartida, de lucha entrenada y mantenida. Su corazón era suyo y no estaba en su cuerpo, el Hechizo de Antaño, había logrado eso. Pero no tenía que buscar donde habitada. Lo tenía delante aunque fuese incapaz de reconocerlo. Con ese conocimiento le llegó la siguiente pregunta. El siguiente golpe de viento abrasador y arena que sacudió su rostro.

- ¿Cómo? – y mientras los ecos retumbaban en el tiempo infinito de los dioses, las losetas del suelo se quebraron, se abrieron y dejaron pasa a las rocas vivas, los matojos, las plantas. Al sustrato del mundo que diluyó como agua el suelo de aquello que había pretendido ser la vida de quien ya estaba viva. Para entonces los magos y las brujas ya habían vuelto a sus templos y a sus palacios convencidos de que tenían razón al haber vaticinado el desastre que ahora parecía producirse. A los que fingen hablar con los dioses les importa mucho más tener razón en sus profecías y augurios que las consecuencias de esos augurios.
Por toda respuesta a esa pregunta Ephiné se levantó, se mantuvo de pie en medio del caos de tormenta que era ahora el espacio que instantes antes ocupaba su morada.
Tomó la columna, ahora solitaria y baldía en medio de la nada, y la empujó. Puso en ello todo su empeño, toda su fuerza, toda su rabia. El pilar era añicos mucho antes de tocar el suelo, mucho antes de que la tormenta se disipara y se llevara a Aquel que cabalga el Infinito con ella, mucho antes de que Lesskin reapareciera enjugándose el sudor y sacudiéndose el polvo de la ropa con otro pañuelo salido de la nada.
 -Fue un error –dijo Ephiné, sentándose derrotada junto al delicado aristócrata-.
 - El error no existe –y pareció casi lo cantaba- Fue una rendición.
 - Yo nunca
 - Tu insistencia era la rendición guerrera. Eso me lo enseñó ese tozudo jinete del turbante. Salir de las ruinas no supone restaurar el edificio antiguo, supone cambiar la viga maestra, los muros de carga, los materiales de construcción y la piedra angular del edificio. Si se reconstruye sobre el mismo plano, la ruina no se evita, tan sólo se decora y se demora en el tiempo. No se trata de restaurar o de reconstruir. Se trata de construir algo nuevo sobre el solar que han dejado libre las ruinas. Mientras Lesskin hablaba La Guardia Dorada aún seguía acampada. Aunque, aparentemente, ya no quedaba nada que vigilar.
Pero hasta eso iba a cambiar. Una campana sonó y La Guardia se alzó y tomó sus armas.

- ¡Oh no! -se quejó amargamente Lesskin- ¡otra vez, no!, ¡qué inoportunos!


Y de una forma tan casual como inapropiada saludó el Conde de Lesskin el enésimo ataque de los Haddonel, los acérrimos e incansables enemigos de los Anthronai.