domingo, 9 de febrero de 2014

Un Bardo en la Tierra Muerta yII

¿Tenía aquel cantor a qué cantarle?
Rodeado por la desolación de aquel suelo sin agua, de aquellos árboles muertos, de esas flores marchitas que ya ni podía mantener en el recuerdo, ¿tenía aquel cantor a quién cantarle?
En silencio escuchaste la única canción de aquella tierra. El viento de la soledad, el rumor del dolor y sin saber el motivo le pediste una canción. No hacía falta motivo.
¿Puedes aún ver la sorpresa que invadió su mirada? ¿Conservas el recuerdo de su expresión pasando de la incredulidad al miedo? Haz tan sólo el esfuerzo de intentarlo antes de proseguir el camino que te lleve a tu destino.
Pero lo olvido, tú no puedes recordarlo. Tú ya no estabas allí.
Te quedaste dormida en la única sombra que quedaba bajo el último árbol que crecía en la  moribunda morada del hombre vivo que había decidido morir ¿Por qué no ibas a hacerlo? ¿Qué tiene de especial pedirle a un bardo que cante una canción?
Envuelta por el manto de la noche que ocultaba la única luz que el juglar había visto en muchos años. No pudiste ver que esa luz partía de tus ojos, no pudiste ver como el bardo mató ese último árbol para reparar su maltrecho laúd, como buscó con desesperación entre los restos de su reino la piel que le sirviera para hacer nuevas cuerdas y como, al no encontrarla, la arrancó de lo único que creía que ya estaba muerto, su propio corazón, para poder cantarte.
¿Cómo podría contarte la vigilia y el sueño de aquel bardo buscando la melodía que entonar y cantarte? ¿Cómo podría decirte el miedo que sentía de no saber qué hacer por la mañana cuando le pidieras que cumpliera con tu encargo? ¿Cómo podría explicar la angustia de no poder alcanzar el ritmo de alguien que aún estaba vivo cuando él permanecía muerto?
Sencillamente, no podría hacerlo.
Por eso, señora que camina hacia el horizonte, sólo puedo decirte que busques en el sueño que persigues y te incita al camino e imagines cómo será la noche antes de que lo veas logrado; cómo será la noche antes de que temas perderlo.
Mientras el sueño reparaba tu cansancio no observaste como rebuscaba sentimientos largo tiempo olvidados, como exprimía hasta la última gota de agua de su tierra para alimentarse mientras llegaba la musa que le diera una canción que cantarte cuando llegara el alba. Tu no lo pudiste ver, pero yo te lo cuento, reina viajera, antes de que emprendas de nuevo tu camino.



Lo que sí puedes recordar es como sonó su voz esa mañana. Rota, torpe, cansada por el tiempo durante el cual el silencio se había enseñoreado de ella. ¿Puedes volver a mirar en tu mente como sonó la primera canción que el juglar entonó para ti? ¿Puedes escuchar las notas marcadas por esa soledad que precede al cansancio que a su vez se sitúa delante del olvido?
¿Recuerdas aún que ocurrió en esta tierra que ahora abandonas?
Tú viste florecer cada macizo de flores. Donde el viento había dejado sarmientos retorcidos, cansados de resistir lo irresistible, viste cobrar vida a cada arbusto.
Tras la primera canción, llegó otra segunda y una tercera hasta que tú y el cantor perdisteis juntos la cuenta de las baladas, las trovas y los versos desgranados para ti ¿Acaso, señora, creías que otro era el motivo? ¿Quién había puesto la risa y el sosiego en esa tierra muerta?
Con cada estrofa nacía un nuevo ritmo en esta tierra cansada, con cada nota fluía un manantial que regaba un valle, que cobijaba semillas escapadas de la muerte dispuestas a florecer cada mañana.
¿Puedes ver con los ojos del pasado como cada canción se hacía más fuerte con la vida que cantar daba al juglar? Y una tras de otra fueron fluyendo, aclarando la garganta y las manos del cantor y reviviendo la tierra que días antes marchaba hacia la muerte.
Viste como allanaba riscos y creaba veredas; como la fuerza de su canto encendía en su tierra el fuego de la vida hasta hacer revivir en su reino, antes yerto, árboles muertos muchos años atrás. Justo cuando el juglar dejó de tener razón para cantar.
Sentada cada noche en el regazo de esa nueva tierra verde, escuchabas el canto sorprendida y sentías la lluvia mojar tu dulce rostro, como un regalo más traído desde un cielo que se unía a la alegría de una vida recuperada en tu honor.
¿No le diste al cantor ningún motivo? Es posible. Tú ya estabas allí ¿Quieres otro motivo?
Poco a poco la tierra se rehízo, salió de su silencio y de su muerte con todo lo que  te cantaba.
¿Acaso no viste brotar los ríos en los cauces donde antes sólo había suelo seco? Con tu presencia el cantor se hizo fuerte y gritó su canción hasta que la voz llegó al cielo y el sol tembló y dejo paso por fin a las nubes de una lluvia mil años esperada.
Y recordando como floreció aquel mundo desierto ante tus ojos, como en cada canción surgía nueva vida, ¿aún puedes reprochar al juglar que te amara? Tus ojos vieron desatarse la tormenta en un momento cuando el juglar cantó por primera vez su canción de amor y sus notas llegaron a tu oído. Tú escuchaste llorar a aquella tierra recientemente florecida y retraerse de nuevo.
¿Cuánto esfuerzo costó recuperarse de aquello? ¿Cuánta vida escapó de aquella muerte?
 Pese a todo, el juglar siguió cantando ¿por qué iba a dejar de hacerlo? Tú ya estabas allí.
Y los ríos se hicieron manantiales, los arboles arbustos y todo rebajó su intensidad para poder seguir vivo.
¿Volvió entonces el juglar a su silencio?
Te siguió hasta que toda su tierra se enteró de que volvía a tener voz para cantar porque volvía a haber alguien que escuchara. Te siguió hasta las fronteras de tu reino y allí siguió esperando y esperando.
Y ahora, que sabes y recuerdas todo aquello, anuncias por fin tu retirada. Levantas de la hierba tu presencia y viajas a otro país, a otra frontera.

Escúchame, viajera que ahora reanudas tu camino.
Yo hablo con la voz de todo lo que revivió con la canción.
Soy la voz de aquello que no habla y de lo que no se habla.
Escúchame viajera ahora que el recuerdo aún permanece tenue en tu memoria.
Tú tienes mil reinos que visitar. Tú tienes mil cantores que te canten y te entonen  bellas baladas.
Como eres reina, lo eres donde vayas.
Puedes entrar allí donde el bardo no puede ni siquiera soñar que le permitas asomarse. Tu viaje es tuyo porque tuyo es también el camino y los pies que lo andan. Puedes proseguirlo o concluirlo o puedes hacer parada cuando te plazca.
Pero antes de abandonar la tierra que ahora te acoge, piensa, siente por el cantor al que hiciste cantar.
¿Qué le queda al bardo si te marchas? ¿Le queda algún motivo de canción?
Todos los que no hablamos en esta tierra suya que es su alma, todos los que nos ocultamos cada noche para florecer con su canción, volveremos a estar como al principio.
No creas que fue el canto lo que nos trajo a la vida.
No creas que el bardo puede seguir cantando si sigues tu viaje.
El bardo seguirá cantando aunque este muerto, pero si nadie escucha su canción, ¿de qué nos sirve?
Es posible que ya nada importe. Tú no estarás aquí
Puede ser que sea lo único importante porque estuviste aquí.
Y Ya no diré más. Mi voz ha hablado demasiado. Que cante el bardo si aún puede.

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