domingo, 23 de febrero de 2014

Puzles incompletos (I)

Aquel hombre no tenía aristas. Resulta muy difícil calcular las edades si no tienes aristas. Y, sentado en un banco en los amplios pasillos del centro comercial, escrutando concentrado la pantalla del móvil, aquel hombre  no tenía aristas. Ni bordes, ni líneas rotas, ni espacios vacíos, ni reflejos, ni matices. Aquel hombre era todo de una pieza.
Una pieza con un brillo constante en la negrura.
Y su negrura esa tan sorprendente como lo era que tuviera aristas. No era un negro de ausencia, no era el negro de la nada ni de la falta de algo ni el negro de la piel que no es negra pero así se la llama. Era un negro con brillo, un negro de obsidiana, un negro de crin de índigo alazán.
Levantó la mirada un momento como si supiera que le estaban mirando y sonrió. Luego volvió a concentrarse en su mundo, en su pantalla.
Él estuvo a punto de dirigirse a él, de intentar entablar conversación. Hablar es conocer. Pero, de repente, la música del centro comercial penetró en sus oídos como un empujón. Alguien la había subido.

“Raro, no digo diferente, digo raro”.
La estrofa de la canción martilleó en su cabeza y le hizo torcer el gesto. Muy apropiada para él, muy apropiada para todo. Muy apropiada para el mundo. Continuó andando por el amplio pasillo de falso mármol y falsa riqueza hasta que atravesó la entrada del supermercado. El hombre sin bordes, el hombre del brillo negro, seguía tecleando en su Smartphone.

L@S SINCUERPO
JINETE
- Va a empezar üü -escribió en su conversación de Whatsapp-.
BE-LEE
- ¿En un supermercado? Tu sarcasmo comienza a ser irritante, Jinete de los vientos üü
ASTARA
-  ¡Dejad de jugar con su vida! ¡No es una mascota! üü
BE-LEE
- ¿Quién ha dicho que es un juego? Además Ella no está ahí. üü
JINETE
- Para aprender antes hay que recordar, ¿Quién dijo eso? üü
ASTARA
- Lo dijiste tú, Jinete, lo sabes. üü
BE-LEE
- Por cierto, ¿es necesario que tengas en todas partes un nick tan obvio? Alguien puede darse cuenta. üü
JINETE
- Alguien que no muriera antes del año 600, quieres decir ¡Mira quién habla! ¿Crees que nadie habla arameo antiguo? üü
BE-LEE
- Es mi nombre. üü
ASTARA
- ¡Callaros ya! Va a empezar. üü


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- ¿Vienes mucho por aquí?-.
Una apertura clásica, ciertamente. Pero no en un supermercado.
La mujer que había hecho la pregunta se apagó allá donde debería haberse iluminado. Un rectángulo irregular y aristado palpitaba oculto en el centro de su pecho. Tendía a la oscuridad como la estupidez tiende a la entropía.
Su entrepierna era otra cosa. Sus muslos reverberaban. Tampoco muy brillantes, tampoco palpitantes. Una pieza triangular más resaltada, casi delatada, con leves reverberaciones y matices irisados.
- No te he visto antes- insistió su interlocutora revelando otras piezas luminosas. Un reflejo de impaciencia en el cuello, allá donde la voz se forma, un velado destello de vergüenza en la mano con la que sujetaba a la niña pequeña que jugueteaba alrededor de sus piernas. Opacidad en sus rodillas. El lugar donde se los miedos se escurecen-.
- Será que necesito menos detergente que tú –contestó casi por instinto y casi por instinto se encogió hasta que recordó que nadie vería como la luz encendía la parte de su rostro en el que reside el humor – Mi mujer suele venir a comprar estas cosas-.
Y se alejó con una sonrisa torciéndole los labios. Casi sintió lastima por ella. Ella no podía saber lo que él sabía. La oscuridad central y aristada del divorcio, la sospechosa luminiscencia de la necesidad sexual, los brillos y la sombra de la vergüenza, la autoafirmación, el miedo. El juego de luces típico de todo cortejo entre adultos en los tiempos que corrían.
Había mentido. Que su mujer, ex mujer para precisar, fuera a comprar a ese supermercado hubiera supuesto automáticamente que él hiciera la compra en alguno de otro continente. Pero la mujer no tenía por qué saberlo, como no tenía por qué saber que él veía sus piezas.
Pero las veía.
En otro tiempo no hubiera pasado de la pubertad antes de arder en una pira de tejo y nogal; en otro lugar hubiera sido sometido a una vida de caridad y misericordia, alimentado por los buenos creyentes.
Pero no nació ni en otro tiempo ni en otro lugar así que nadie le consideró maldito ni loco. Bueno, al menos no del todo.
Un hecho que contribuyó sobremanera a esa afortunada situación fue que en realidad no le dijo a nadie lo que le pasaba. Nació con ello, creció con ello y se quedó con ello.
A ver cómo le explicas a la gente que los ves en piezas.
Para él los humanos eran puzles. No es que sus ojos de ámbar lacado y oscurecido vieran a sus congéneres troquelados en trozos como un mal efecto de retoque fotográfico. Era otra cosa. Era la luz.
Cada ser que tocaba su vida era para él un juego de luces y de sombras. Una superficie irisada sobre la que la luz danzaba y se movía alumbrando y ensombreciendo áreas enteras o pequeños retazos; cada gesto les cambiaba la luz; cada mentira se la oscurecía; cada verdad se la iluminaba.
Eso eran las piezas.
Desde que aprendiera a no cambiar la cara cuando las veía refulgir y opacarse, desde que aprendiera a no asombrarse, alterarse o asustarse cuando empezaba a percibirlas, había descubierto otra verdad: no todos eran puzles. Solo algunos, solo aquello a los que su vida tocaba.
Su padre había sido tantos agujeros sombríos que solo sabía de él lo que ignoraba; su madre tantas luces fuera de sitio que había aprendido de ello que no siempre se muestra lo que se cree estar mostrando. Si el cansancio y el hastío se iluminan y el cariño se opaca, los besos de una madre ya no son lo que eran.
Por más que su sonrisa sea eterna y perfecta.
Y con la adolescencia llegó otro conocimiento. Quizá fueran las drogas, quizá fueran las hormonas, quizás fuera un poco de todo o nada de nada, pero con la adolescencias el atlas de piezas luminosas que eran los otros para él se tiñó de colores.
Hasta entonces eran niños. Los niños son todos de una pieza. O lucen o se oscurecen o son brillo o son sombra. Todo a la vez, sin ambages, sin zonas intermedias. Los niños son de una sola pieza cada vez. Luego se van quebrando.

Pero con la adolescencia le llegaron los colores.
Por entonces eso de las comunicaciones instantáneas estaba en sus albores. Así que el estallido de los colores en las piezas fue recibido con un desaforado y urgente intercambio de correos electrónicos prioritarios. Por supuesto, él no sabía nada de ello.

Asunto ¿estás loco?
Tus cabalgadas te han enloquecido, ¿verdad? Vas a matarle o a volverle loco. No puedes dejar que se desaten así. Haz algo para que pueda controlarlos. Los colores le matarán. Lo sabes.

Asunto: Re: ¿estás loco?
Tiene razón. Páralo o contrólalo. Es demasiado joven. Esto no tiene que ser así ¡no es vuestro maldito juguete!

Asunto: Re: ¿estás loco?
¿Puedo ir a enseñarle? Lo hago bien, acordaros de Cordelia… Bueno hubo algunos problemillas, pero no fueron culpa mía. Uno no puede estar en todo ¿Quién iba a saber que una hija de Caos… bueno en fin ¿puedo ir yo a enseñarle?

Asunto: Re Re: ¿estás loco?
¡Parecéis viejas borrachas esperando una ejecución en la plaza del pueblo! No puedo hacer nada. No son míos, son suyos. ¡Quédate donde quiera que estés, Lesskin! Para aprender es necesario recordar.

Y los colores siguieron en las piezas.

Entrar en un garito, en una discoteca era presenciar un caleidoscopio biológico de proporciones multitudinarias. Era un adolescente, aún no había descubierto que no todo el mundo tiene algo que ver con él. Casi le cuesta la vida. Durante un tiempo le costó la cordura.
 Cada uno de los presentes y ausentes en su existencia era un puzle de infinitos colores en el que las piezas nunca terminaban de casar, nunca empezaban a cambiar, nunca se completaban y nunca se apagaban.
La vida era el equivalente a la gama cromática de una alucinación por ácido.
Un borracho marrón en sus piezas perdidas, verde en las destrozadas y ácidamente amarillo en las empobrecidas le espiaba desde la barra y se sumergía de nuevo en su baso para volverse pardo y negro.
El aburrimiento de los camareros, la tensión de las chicas de barra, al aversión de las gogós contoneándose en sus fingidas jaulas eran piezas de blancos fríos, grises, azures y metálicos. Exudaban asco hacia la concurrencia. Daban miedo.
El aforo de cualquier garito de moda se hacía ámbar nacarado a las primeras de cambio. Ámbar y fluorescencia. Sexo y feromonas; indiferencia y asco. Hombres y mujeres, depredadores y presas, carroñeras y despojos. Fácil de leer.
Contornos acerados de piezas rojas y blancas Sudor frío. Miedo. Rebordes suavizados ámbares, opalescentes y naranjas. Sexo Gratis. Agujeros sin pieza de índigos y azures. Llantos por venir. Extremos recortados en naranjas y malvas. Humor. Risas toda la noche.
Para un adolescente era el infierno. Era el paraíso.
Sus cortejos y ligues se medían apenas en segundos. Lo veía. Lo sabía y reaccionaba.

- Nos vamos de aquí a hacerlo a alguna parte –decía cuando el ámbar saturaba a la chica- Hacia  su anuncio en rojo, ella  lo recibía en ámbar y celeste. Sorpresa e incredulidad. Pero el ámbar siempre se imponía. La pieza de sus muslos, sus brazos y sus pechos siempre podían más que cualquier otra. Era como una runa. Era la adolescencia.
Durante aquellos años, aquellos perdidos y disfrutados años, no pasó noche sin sexo hasta necesitarlo cada noche. No paso jornada sin resaca hasta experimentarlas sin beber una gota.
Con lo que era, con su virtud o su poder, podía haber extendido su adolescencia para siempre en un juego infinito de piezas luminosas que le dieran placeres. Pero cuando las piezas eran de colores una tonalidad difusa, tal vez ocre, tal vez gris, tal vez celeste, lo empañaba todo como un velo apenas perceptible que matizaba todo sin empañarlo, que atenuaba todo sin oscurecerlo.
En una ocasión estuvo trece días seguidos acostándose con una chica de ese de cuerpo casi perfecto mejorado en quirófano de andar por casa. Toda ella era piezas marrones de venganza y bermellón de ira, toda ella esquinas plateadas de furia imposibles de encajar y aristas de cobalto absurdamente afiladas de rabia contra nadie.
Siguió con ella solo por ver si sus colores cambiaban, si conseguía modificarlos, atenuarlos, aunque fuera tan solo limar una pequeña arista de sus piezas.
- ¿Me quieres? – Le preguntó tras uno de sus furiosos encuentros de quince minutos arañando con la espalda la pared
- ¿Quieres que lo haga? –le respondió ella apartando su rubia melena del rostro sudoroso con una sorna infinita que él apenas esperaba. Todas sus aristas brillaban-.
- Estaría bien –y no mentía-
- Te quiero – Y mintió y el velo se hizo opaco hasta cubrirlo todo de un color repugnante. Hasta ocultar las aristas, disimular los bordes, esconder los espacios sin pieza-.
Y así, tras un velo tan tenue que era casi invisible, él perdió los colores. Como un niño que descubre que sus padres no son todopoderosos, como un amante que descubre que es el único que ama o una esposa que comprende que es la única no amada, se fueron los colores.
Descubrió el tenue y sempiterno velo de la mentira. Saltó a la madurez.

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