Aquel hombre no tenía aristas. Resulta muy
difícil calcular las edades si no tienes aristas. Y, sentado en un banco en los
amplios pasillos del centro comercial, escrutando concentrado la pantalla del
móvil, aquel hombre no tenía aristas. Ni
bordes, ni líneas rotas, ni espacios vacíos, ni reflejos, ni matices. Aquel
hombre era todo de una pieza.
Una pieza con un brillo constante en la
negrura.
Y su negrura esa tan sorprendente como lo
era que tuviera aristas. No era un negro de ausencia, no era el negro de la
nada ni de la falta de algo ni el negro de la piel que no es negra pero así se
la llama. Era un negro con brillo, un negro de obsidiana, un negro de crin de
índigo alazán.
Levantó la mirada un momento como si
supiera que le estaban mirando y sonrió. Luego volvió a concentrarse en su
mundo, en su pantalla.
Él estuvo a punto de dirigirse a él, de
intentar entablar conversación. Hablar es conocer. Pero, de repente, la música
del centro comercial penetró en sus oídos como un empujón. Alguien la había
subido.
“Raro, no digo diferente, digo raro”.
La estrofa de la canción martilleó en su
cabeza y le hizo torcer el gesto. Muy apropiada para él, muy apropiada para
todo. Muy apropiada para el mundo. Continuó andando por el amplio pasillo de
falso mármol y falsa riqueza hasta que atravesó la entrada del supermercado. El
hombre sin bordes, el hombre del brillo negro, seguía tecleando en su
Smartphone.
L@S SINCUERPO
JINETE
- Va a empezar üü -escribió en su conversación de Whatsapp-.
BE-LEE
- ¿En un supermercado? Tu sarcasmo comienza
a ser irritante, Jinete de los vientos üü
ASTARA
-
¡Dejad de jugar con su vida! ¡No es una mascota! üü
BE-LEE
- ¿Quién ha dicho que es un juego? Además
Ella no está ahí. üü
JINETE
- Para aprender antes hay que recordar,
¿Quién dijo eso? üü
ASTARA
- Lo dijiste tú, Jinete, lo sabes. üü
BE-LEE
- Por cierto, ¿es necesario que tengas en
todas partes un nick tan obvio? Alguien puede darse cuenta. üü
JINETE
- Alguien que no muriera antes del año 600,
quieres decir ¡Mira quién habla! ¿Crees que nadie habla arameo antiguo? üü
BE-LEE
- Es mi nombre. üü
ASTARA
- ¡Callaros ya! Va a empezar. üü
___________________________________________________
- ¿Vienes mucho por aquí?-.
Una apertura clásica, ciertamente. Pero no
en un supermercado.
La mujer que había hecho la pregunta se
apagó allá donde debería haberse iluminado. Un rectángulo irregular y aristado
palpitaba oculto en el centro de su pecho. Tendía a la oscuridad como la
estupidez tiende a la entropía.
Su entrepierna era otra cosa. Sus muslos
reverberaban. Tampoco muy brillantes, tampoco palpitantes. Una pieza triangular
más resaltada, casi delatada, con leves reverberaciones y matices irisados.
- No te he visto antes- insistió su
interlocutora revelando otras piezas luminosas. Un reflejo de impaciencia en el
cuello, allá donde la voz se forma, un velado destello de vergüenza en la mano
con la que sujetaba a la niña pequeña que jugueteaba alrededor de sus piernas.
Opacidad en sus rodillas. El lugar donde se los miedos se escurecen-.
- Será que necesito menos detergente que tú
–contestó casi por instinto y casi por instinto se encogió hasta que recordó
que nadie vería como la luz encendía la parte de su rostro en el que reside el
humor – Mi mujer suele venir a comprar estas cosas-.
Y se alejó con una sonrisa torciéndole los
labios. Casi sintió lastima por ella. Ella no podía saber lo que él sabía. La
oscuridad central y aristada del divorcio, la sospechosa luminiscencia de la
necesidad sexual, los brillos y la sombra de la vergüenza, la autoafirmación,
el miedo. El juego de luces típico de todo cortejo entre adultos en los tiempos
que corrían.
Había mentido. Que su mujer, ex mujer para
precisar, fuera a comprar a ese supermercado hubiera supuesto automáticamente
que él hiciera la compra en alguno de otro continente. Pero la mujer no tenía
por qué saberlo, como no tenía por qué saber que él veía sus piezas.
Pero las veía.
En otro tiempo no hubiera pasado de la
pubertad antes de arder en una pira de tejo y nogal; en otro lugar hubiera sido
sometido a una vida de caridad y misericordia, alimentado por los buenos
creyentes.
Pero no nació ni en otro tiempo ni en otro
lugar así que nadie le consideró maldito ni loco. Bueno, al menos no del todo.
Un hecho que contribuyó sobremanera a esa afortunada
situación fue que en realidad no le dijo a nadie lo que le pasaba. Nació con
ello, creció con ello y se quedó con ello.
A ver cómo le explicas a la gente que los
ves en piezas.
Para él los humanos eran puzles. No es que
sus ojos de ámbar lacado y oscurecido vieran a sus congéneres troquelados en
trozos como un mal efecto de retoque fotográfico. Era otra cosa. Era la luz.
Cada ser que tocaba su vida era para él un
juego de luces y de sombras. Una superficie irisada sobre la que la luz danzaba
y se movía alumbrando y ensombreciendo áreas enteras o pequeños retazos; cada
gesto les cambiaba la luz; cada mentira se la oscurecía; cada verdad se la
iluminaba.
Eso eran las piezas.
Desde que aprendiera a no cambiar la cara
cuando las veía refulgir y opacarse, desde que aprendiera a no asombrarse,
alterarse o asustarse cuando empezaba a percibirlas, había descubierto otra
verdad: no todos eran puzles. Solo algunos, solo aquello a los que su vida
tocaba.
Su padre había sido tantos agujeros sombríos
que solo sabía de él lo que ignoraba; su madre tantas luces fuera de sitio que
había aprendido de ello que no siempre se muestra lo que se cree estar
mostrando. Si el cansancio y el hastío se iluminan y el cariño se opaca, los
besos de una madre ya no son lo que eran.
Por más que su sonrisa sea eterna y
perfecta.
Y con la adolescencia llegó otro
conocimiento. Quizá fueran las drogas, quizá fueran las hormonas, quizás fuera
un poco de todo o nada de nada, pero con la adolescencias el atlas de piezas
luminosas que eran los otros para él se tiñó de colores.
Hasta entonces eran niños. Los niños son
todos de una pieza. O lucen o se oscurecen o son brillo o son sombra. Todo a la
vez, sin ambages, sin zonas intermedias. Los niños son de una sola pieza cada
vez. Luego se van quebrando.
Pero con la adolescencia le llegaron los
colores.
Por entonces eso de las comunicaciones
instantáneas estaba en sus albores. Así que el estallido de los colores en las
piezas fue recibido con un desaforado y urgente intercambio de correos
electrónicos prioritarios. Por supuesto, él no sabía nada de ello.
A:
jinetedelosvientos@canal14.net,
atrgas@webmail.com, leskin@graphicweb.org, angeldopedra@instantmail.com …
Asunto
¿estás loco?
Tus
cabalgadas te han enloquecido, ¿verdad? Vas a matarle o a volverle loco. No
puedes dejar que se desaten así. Haz algo para que pueda controlarlos. Los
colores le matarán. Lo sabes.
A:
jinetedelosvientos@canal14.net,
belee662@mixmail.com , leskin@graphicweb.org, angeldopedra@instantmail.com …
Asunto:
Re: ¿estás loco?
Tiene
razón. Páralo o contrólalo. Es demasiado joven. Esto no tiene que ser así ¡no
es vuestro maldito juguete!
A:
jinetedelosvientos@canal14.net,
atrgas@webmail.com. belee662@mixmail.com, angeldopedra@instantmail.com …
Asunto:
Re: ¿estás loco?
¿Puedo
ir a enseñarle? Lo hago bien, acordaros de Cordelia… Bueno hubo algunos
problemillas, pero no fueron culpa mía. Uno no puede estar en todo ¿Quién iba a
saber que una hija de Caos… bueno en fin ¿puedo ir yo a enseñarle?
Asunto:
Re Re: ¿estás loco?
¡Parecéis
viejas borrachas esperando una ejecución en la plaza del pueblo! No puedo hacer
nada. No son míos, son suyos. ¡Quédate donde quiera que estés, Lesskin! Para
aprender es necesario recordar.
Y los colores siguieron en las piezas.
Entrar en un garito, en una discoteca era
presenciar un caleidoscopio biológico de proporciones multitudinarias. Era un
adolescente, aún no había descubierto que no todo el mundo tiene algo que ver con
él. Casi le cuesta la vida. Durante un tiempo le costó la cordura.
Cada
uno de los presentes y ausentes en su existencia era un puzle de infinitos
colores en el que las piezas nunca terminaban de casar, nunca empezaban a
cambiar, nunca se completaban y nunca se apagaban.
La vida era el equivalente a la gama
cromática de una alucinación por ácido.
Un borracho marrón en sus piezas perdidas,
verde en las destrozadas y ácidamente amarillo en las empobrecidas le espiaba
desde la barra y se sumergía de nuevo en su baso para volverse pardo y negro.
El aburrimiento de los camareros, la
tensión de las chicas de barra, al aversión de las gogós contoneándose en sus
fingidas jaulas eran piezas de blancos fríos, grises, azures y metálicos. Exudaban
asco hacia la concurrencia. Daban miedo.
El aforo de cualquier garito de moda se
hacía ámbar nacarado a las primeras de cambio. Ámbar y fluorescencia. Sexo y
feromonas; indiferencia y asco. Hombres y mujeres, depredadores y presas,
carroñeras y despojos. Fácil de leer.
Contornos acerados de piezas rojas y
blancas Sudor frío. Miedo. Rebordes suavizados ámbares, opalescentes y
naranjas. Sexo Gratis. Agujeros sin pieza de índigos y azures. Llantos por
venir. Extremos recortados en naranjas y malvas. Humor. Risas toda la noche.
Para un adolescente era el infierno. Era el
paraíso.
Sus cortejos y ligues se medían apenas en
segundos. Lo veía. Lo sabía y reaccionaba.
- Nos vamos de aquí a hacerlo a alguna
parte –decía cuando el ámbar saturaba a la chica- Hacia su anuncio en rojo, ella lo recibía en ámbar y celeste. Sorpresa e
incredulidad. Pero el ámbar siempre se imponía. La pieza de sus muslos, sus
brazos y sus pechos siempre podían más que cualquier otra. Era como una runa.
Era la adolescencia.
Durante aquellos años, aquellos perdidos y
disfrutados años, no pasó noche sin sexo hasta necesitarlo cada noche. No paso
jornada sin resaca hasta experimentarlas sin beber una gota.
Con lo que era, con su virtud o su poder,
podía haber extendido su adolescencia para siempre en un juego infinito de
piezas luminosas que le dieran placeres. Pero cuando las piezas eran de colores
una tonalidad difusa, tal vez ocre, tal vez gris, tal vez celeste, lo empañaba
todo como un velo apenas perceptible que matizaba todo sin empañarlo, que
atenuaba todo sin oscurecerlo.
En una ocasión estuvo trece días seguidos acostándose
con una chica de ese de cuerpo casi perfecto mejorado en quirófano de andar por
casa. Toda ella era piezas marrones de venganza y bermellón de ira, toda ella
esquinas plateadas de furia imposibles de encajar y aristas de cobalto
absurdamente afiladas de rabia contra nadie.
Siguió con ella solo por ver si sus colores
cambiaban, si conseguía modificarlos, atenuarlos, aunque fuera tan solo limar una
pequeña arista de sus piezas.
- ¿Me quieres? – Le preguntó tras uno de
sus furiosos encuentros de quince minutos arañando con la espalda la pared
- ¿Quieres que lo haga? –le respondió ella
apartando su rubia melena del rostro sudoroso con una sorna infinita que él
apenas esperaba. Todas sus aristas brillaban-.
- Estaría bien –y no mentía-
- Te quiero – Y mintió y el velo se hizo
opaco hasta cubrirlo todo de un color repugnante. Hasta ocultar las aristas,
disimular los bordes, esconder los espacios sin pieza-.
Y así, tras un velo tan tenue que era casi
invisible, él perdió los colores. Como un niño que descubre que sus padres no
son todopoderosos, como un amante que descubre que es el único que ama o una
esposa que comprende que es la única no amada, se fueron los colores.
Descubrió el tenue y sempiterno velo de la
mentira. Saltó a la madurez.

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