miércoles, 26 de febrero de 2014

Puzles incompletos (IV)


Hora y media después se levantó del banco con ganas de disparar a discreción sobre la humanidad en su conjunto.
Aquel hombre era inaguantable. Sus piezas eran afiladas como navajas, sus brillos eran desesperantemente cegadores, horriblemente intensos, repugnantemente obvios.
Había soportado todo un discurso de soberbia y autocomplacencia que iba desde un “las cosas se harán como yo quiera que se hagan y cuando yo quiera que se hagan” hasta el “no pienso enamorarme de nadie que no esté antes enamorada de mi”. Había visto reverberar, brillar y refulgir frustraciones tan obvias que había tenido la tentación de recomendarle antipsicóticos allí mismo.
Una cascada de imprecaciones pasó por su mente cuando hubo de tragarse la respuesta deseada a la afirmación del individuo de “no puedo evitar ser irresistible”; recordó el tuit de las balas cuando su interlocutor no tuvo pudor en afirmar: “para mi es habitual que seis o siete mujeres vayan tras de mi”
-“Todas. Por pocas balas que tenga, todas serían para ti, capullo” -pensó mientras asentía simulando una sonrisa de cómplice comprensión.
Le hervía la sangre. Estaba a punto de estallar.
Necesitaba descargar, necesitaba concentrarse en algo, soltar todos los fulgores repugnantes que su retina había atesorado durante la conversación.
Y pensó en ella. No pudo hacer otra cosa que pensar en ella. Fue un reflejo, fue un instinto, fue una intuición. Tomó el teléfono y lo sujetó un segundo en la mano mientras caminaba, como sopesándolo.
- El 'no' no lo tienes. Tienes un quizá y una esperanza. No la pierdas -le asaltó la voz del hombre desde un banco del parque. Agitaba el móvil en la lejanía- Es un buen tuit, ¿verdad?
Le sonrió y asintió con la cabeza. Luego tecleo en su propio móvil

1 MENSAJE SIN LEER
- ¿Puedes tomarte algo ahora?
Leído
1 MENSAJE SIN LEER
- Por supuesto. Cuándo quieras
Leído

Llegó a las oficinas de Rommates y subió a la primera planta. Las mujeres sin brillo ya no estaban. Habrían utilizado uno de sus múltiples y repetidos velos de mentira para escapar antes de tiempo de sus obligaciones laborales. Como cada día, como toda su vida sin fulgores.
Los ordenadores seguían desgranando los tuits de las cuentas de los clientes para los informes de personalidad virtual. Los contempló unos segundos, esperando, deseando.
La alarma de prioridad, una especie de silbato de barco le sobresaltó. Sonrió

Jinete de los Vientos @jinetedelviento hace 2 m
El 'no' no lo tienes. Tienes un quizá y una esperanza. No la pierdas.
Astara @astara hace 1ms
@jinetedelviento La vida es como un libro en blanco en el que todos los que te rodean se empeñan en escribir sus páginas.
Hacedor sin lágrimas @Insanj hace 1 m
@jinetedelviento @astara ¿Has conseguido mirarte al espejo alguna vez cuando no estás frente a él? Pues eso.
Duque de Randualles @lesskin hace 1m
@jinetedelviento @astara @Insanj ¡Qué hermosa y egoístamente humano @astara ¿Has borrado ya todo lo que escribiste en los libros de otros?
Astara @astara hace 30 s
@jinetedelviento @Insanj @lesskin Por supuesto. Yo no dejo huellas. Soy un profesional
Duque de Randualles @lesskin hace 2 s
@jinetedelviento @astara @Insanj Mi más sentido pésame ¿A qué lugar te envío la esquela y la corona?
Jinete de los Vientos @jinetedelviento hace 2 s
@astara @Insanj @lesskin Conversaciones interminables. Puzles incompletos.

- ¿Mal día? -la voz de su compañera le asaltó desde la espalda- ¿nos vamos?
Echó una última mirada de soslayo a la pantalla. La conversación había desaparecido sustituida por las habituales.
- Conversaciones interminables- susurró y no supo si su compañera le había escuchado.


Y fueron interminables.
Comenzaron a hablar y no dejaron de hacerlo, empezaron a conversar y la conversación se hizo eterna, infinita.
Sacudida por la cotidianidad de asuntos del trabajo, de anécdotas y secretos de Rommates, de bromas y protestas laborales; amasada en historias de otros tiempos, sazonada de ideas y de filosofías, aderezada de vidas y experiencias.
La conversación se hizo interminable e interminable se hizo el resultado.
Él la veía, la contemplaba hablar, con esa suficiencia a veces inocente y exasperarte otras y él contestaba, seguí, completaba, abría nuevos frentes con esa ironía de la que era discípulo, con esa arrogante seguridad en la que era maestro.
Y la conversación hacía su trabajo.
Desde la edad de los colores no veía a nadie completo, no intentaba hacerlo. Pero la conversación lo hacía inevitable.
Puedes estar un lustro hablando cada día con alguien sin poder recibir una verdad. Sin retirar un velo de una pieza. Él estaba preparado para eso. Llevaba viendo y viviendo esa experiencia desde que el céfiro de la falacia le velara por siempre los colores de las piezas.
Pero no estaba preparado para verlo caer.
Fue una pieza pequeña, insignificante, situada en el más alejado extremo de un curvo reborde de su frente
Era una conversación de esas en las que siempre parece que se habla de otra cosa. De esas que se abordan en general para no conducirlas a zonas peligrosas, para no revelar qué se ansía saber y qué no se está dispuesto a revelar
Y lo dijo como quien escucha llover tras la ventana, como quien en la cosa no arriesga daño alguno. Como quién miente.
- No se puede querer sin dar primero -ni siquiera esperó contestación, refrendo o réplica. Continuó como si nada, como si fuera un axioma irrefutable. Como quien cree haber dicho una verdad.
Y él no le escuchó. No podía hacerlo. Su atención se concentró en aquel diminuto punto de su frente que de pronto destacó de entre los otros.
Lo vio tilitar con reflejos dispares, como un pulsar de estrellas diminutas a punto de estallar, como un faro que gira mostrando y ocultando la luz que lleva dentro.
Y se detuvo en rojo. Se quedó parpadeando distante y atenuado mientras ella se detenía y sonreís como si supiera que él estaba perplejo por haber visto disiparse el velo. Como si esperara una respuesta
- Eres una mujer rara -y apartó la mirada sonriendo- No digo diferente, digo rara -parafraseó sonriendo la canción-.
- Puede ser -concedió ella y siguió desgranando la conversación -¿otra copa?

Fue otra y otros cientos. Copas, café de las diez, Martini de la una, cerveza de las seis, whisky de medianoche.
Pasó meses retirando los velos, haciéndolos caer, hablando y contestando, riendo y bromeando y cada día se llevaba a la cama al menos otra pieza de ella desvelada, arrojada al color. Eso y su imagen. Había día que costaba borrar su imagen de los ojos para arrojarse al sueño.
Vio llegar el color a sus hombros, contempló atónito como un día casi sin venir a cuento, la parte de su rostro que es la pena se quedó al descubierto en un ocre pálido y distinto que reverberaba como la luz de un atardecer en un horizonte alejado por la curva del mundo.
Celebró ver iluminados sus muslos en un pálido ámbar contenido, aplaudió interiormente cuando los tenues azulados regresaron al perder el velo mentiroso de las piezas más grandes de sus codos.
Cada conversación era una sinfonía de luces que quitaba las sombras y los velos a las piezas, en fijaba los reflejos en su  sitio, que les daba a todas sus tintes, sus patinas, sus matices, sus tonalidades.
El atlas cromático que era ella le enamoraba a veces, le exasperaba otras, le arrebataba siempre, no le dejaba nunca indiferente.
Volvía una y otra vez a ella sin miedo, siempre que le apetecía, siempre que lo necesitaba. Nunca tenía miedo a que no estuviera para él, a que no quisiera estarlo. Y ella parecía comprender que podía ir a él cunado quisiera. Que podía volver o podía no irse.
Lo hacía con cierta prevención y él lo comprendía. Ella no era capaz de ver las piezas, ella no sabía leer las luces.
Cada vez quedaban menos piezas veladas, cada vez había más colores y luces hasta que un día ocurrió lo inesperado.
Él hablaba. Ella reía. Estaba contando una anécdota de esas que hacen reír hasta que saltan las lágrimas, de esas que casi no pueden terminar de contarse entre las carcajadas y de repente alzó la vista hacia ella y quedó mudo.
Ella le miró y él vio una pieza que brillaba justo al lado del pecho con una tonalidad nunca observada, con un reflejo prismático que parecía ser de todos los colores, que mudaba en secuencias continuas pero siempre parecía ser de todos los colores, que centelleaba cambiante pero se mantenía como lo hace el arco iris.
Nunca había visto algo semejante. Nunca lo había contemplado pero sabía perfectamente lo que era. 
Era aquello que buscó en su adolescencia colocar en el mapa rojo y pardo de la muchacha rabiosa que dijo quererle y extendió sobre el color el velo de la mentira, era lo que había ansiado ver en una madre que siempre mentía su cariño, era lo que temía ver en sus conquistas, lo que nunca había visto en sus amantes.
Era Amor.
El amor no puede ser de un color. Lo sabía aunque nunca hubiera visto una pieza de un humano decorada con él. Aunque hubiera llegado a creer que no existía.
Lo es de todos porque si lo es, lo es todas las ocasiones, en todas las circunstancias, en todos los estados de ánimo. Porque si lo es te arroja a la furia y la templanza, a la dureza y la dulzura, a la pasión y la rutina deseada, a la tranquilidad y al desespero.
Recordó haber aprendido eso del poema, de aquel estudiado y memorizado en una adolescencia en el que los estudios no eran nada para alguien que podía ser dios si lo quería.
La recitó sin querer en su interior mientras miraba la miraba fijamente mientras ella fumaba distraída.

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

Era amor y casi sintió el calor de la luz en sus rodillas. Tuvo miedo. Y nada es más fuerte que el miedo.

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