Hora y media después se levantó del banco
con ganas de disparar a discreción sobre la humanidad en su conjunto.
Aquel hombre era inaguantable. Sus piezas
eran afiladas como navajas, sus brillos eran desesperantemente cegadores,
horriblemente intensos, repugnantemente obvios.
Había soportado todo un discurso de
soberbia y autocomplacencia que iba desde un “las cosas se harán como yo quiera
que se hagan y cuando yo quiera que se hagan” hasta el “no pienso enamorarme de
nadie que no esté antes enamorada de mi”. Había visto reverberar, brillar y
refulgir frustraciones tan obvias que había tenido la tentación de recomendarle
antipsicóticos allí mismo.
Una cascada de imprecaciones pasó por su
mente cuando hubo de tragarse la respuesta deseada a la afirmación del
individuo de “no puedo evitar ser irresistible”; recordó el tuit de las balas
cuando su interlocutor no tuvo pudor en afirmar: “para mi es habitual que seis
o siete mujeres vayan tras de mi”
-“Todas. Por pocas balas que tenga, todas
serían para ti, capullo” -pensó mientras asentía simulando una sonrisa de
cómplice comprensión.
Le hervía la sangre. Estaba a punto de
estallar.
Necesitaba descargar, necesitaba
concentrarse en algo, soltar todos los fulgores repugnantes que su retina había
atesorado durante la conversación.
Y pensó en ella. No pudo hacer otra cosa
que pensar en ella. Fue un reflejo, fue un instinto, fue una intuición. Tomó el
teléfono y lo sujetó un segundo en la mano mientras caminaba, como sopesándolo.
- El 'no' no lo tienes. Tienes un quizá y
una esperanza. No la pierdas -le asaltó la voz del hombre desde un banco del
parque. Agitaba el móvil en la lejanía- Es un buen tuit, ¿verdad?
Le sonrió y asintió con la cabeza. Luego
tecleo en su propio móvil
1 MENSAJE SIN LEER
- ¿Puedes tomarte algo ahora?
Leído
1 MENSAJE SIN LEER
- Por supuesto. Cuándo quieras
Leído
Llegó a las oficinas de Rommates y subió a
la primera planta. Las mujeres sin brillo ya no estaban. Habrían utilizado uno
de sus múltiples y repetidos velos de mentira para escapar antes de tiempo de
sus obligaciones laborales. Como cada día, como toda su vida sin fulgores.
Los ordenadores seguían desgranando los
tuits de las cuentas de los clientes para los informes de personalidad virtual.
Los contempló unos segundos, esperando, deseando.
La alarma de prioridad, una especie de
silbato de barco le sobresaltó. Sonrió
Jinete
de los Vientos
@jinetedelviento hace 2 m
El 'no' no lo tienes. Tienes un quizá y una
esperanza. No la pierdas.
Astara @astara hace 1ms
@jinetedelviento La vida es como un libro
en blanco en el que todos los que te rodean se empeñan en escribir sus páginas.
Hacedor
sin lágrimas
@Insanj hace 1 m
@jinetedelviento @astara ¿Has conseguido
mirarte al espejo alguna vez cuando no estás frente a él? Pues eso.
Duque
de Randualles
@lesskin hace 1m
@jinetedelviento @astara @Insanj ¡Qué
hermosa y egoístamente humano @astara ¿Has borrado ya todo lo que escribiste en
los libros de otros?
Astara @astara hace 30 s
@jinetedelviento @Insanj @lesskin Por
supuesto. Yo no dejo huellas. Soy un profesional
Duque
de Randualles
@lesskin hace 2 s
@jinetedelviento @astara @Insanj Mi más
sentido pésame ¿A qué lugar te envío la esquela y la corona?
Jinete
de los Vientos
@jinetedelviento hace 2 s
@astara @Insanj @lesskin Conversaciones interminables.
Puzles incompletos.
- ¿Mal día? -la voz de su compañera le
asaltó desde la espalda- ¿nos vamos?
Echó una última mirada de soslayo a la
pantalla. La conversación había desaparecido sustituida por las habituales.
- Conversaciones interminables- susurró y
no supo si su compañera le había escuchado.
Y fueron interminables.
Comenzaron a hablar y no dejaron de
hacerlo, empezaron a conversar y la conversación se hizo eterna, infinita.
Sacudida por la cotidianidad de asuntos del
trabajo, de anécdotas y secretos de Rommates, de bromas y protestas laborales;
amasada en historias de otros tiempos, sazonada de ideas y de filosofías,
aderezada de vidas y experiencias.
La conversación se hizo interminable e
interminable se hizo el resultado.
Él la veía, la contemplaba hablar, con esa
suficiencia a veces inocente y exasperarte otras y él contestaba, seguí,
completaba, abría nuevos frentes con esa ironía de la que era discípulo, con
esa arrogante seguridad en la que era maestro.
Y la conversación hacía su trabajo.
Desde la edad de los colores no veía a
nadie completo, no intentaba hacerlo. Pero la conversación lo hacía inevitable.
Puedes estar un lustro hablando cada día
con alguien sin poder recibir una verdad. Sin retirar un velo de una pieza. Él
estaba preparado para eso. Llevaba viendo y viviendo esa experiencia desde que
el céfiro de la falacia le velara por siempre los colores de las piezas.
Pero no estaba preparado para verlo caer.
Fue una pieza pequeña, insignificante,
situada en el más alejado extremo de un curvo reborde de su frente
Era una conversación de esas en las que
siempre parece que se habla de otra cosa. De esas que se abordan en general
para no conducirlas a zonas peligrosas, para no revelar qué se ansía saber y
qué no se está dispuesto a revelar
Y lo dijo como quien escucha llover tras la
ventana, como quien en la cosa no arriesga daño alguno. Como quién miente.
- No se puede querer sin dar primero -ni
siquiera esperó contestación, refrendo o réplica. Continuó como si nada, como
si fuera un axioma irrefutable. Como quien cree haber dicho una verdad.
Y él no le escuchó. No podía hacerlo. Su
atención se concentró en aquel diminuto punto de su frente que de pronto
destacó de entre los otros.
Lo vio tilitar con reflejos dispares, como
un pulsar de estrellas diminutas a punto de estallar, como un faro que gira
mostrando y ocultando la luz que lleva dentro.
Y se detuvo en rojo. Se quedó parpadeando
distante y atenuado mientras ella se detenía y sonreís como si supiera que él
estaba perplejo por haber visto disiparse el velo. Como si esperara una
respuesta
- Eres una mujer rara -y apartó la mirada
sonriendo- No digo diferente, digo rara -parafraseó sonriendo la canción-.
- Puede ser -concedió ella y siguió
desgranando la conversación -¿otra copa?
Fue otra y otros cientos. Copas, café de
las diez, Martini de la una, cerveza de las seis, whisky de medianoche.
Pasó meses retirando los velos, haciéndolos
caer, hablando y contestando, riendo y bromeando y cada día se llevaba a la
cama al menos otra pieza de ella desvelada, arrojada al color. Eso y su imagen.
Había día que costaba borrar su imagen de los ojos para arrojarse al sueño.
Vio llegar el color a sus hombros,
contempló atónito como un día casi sin venir a cuento, la parte de su rostro
que es la pena se quedó al descubierto en un ocre pálido y distinto que
reverberaba como la luz de un atardecer en un horizonte alejado por la curva
del mundo.
Celebró ver iluminados sus muslos en un
pálido ámbar contenido, aplaudió interiormente cuando los tenues azulados
regresaron al perder el velo mentiroso de las piezas más grandes de sus codos.
Cada conversación era una sinfonía de luces
que quitaba las sombras y los velos a las piezas, en fijaba los reflejos en
su sitio, que les daba a todas sus
tintes, sus patinas, sus matices, sus tonalidades.
El atlas cromático que era ella le
enamoraba a veces, le exasperaba otras, le arrebataba siempre, no le dejaba
nunca indiferente.
Volvía una y otra vez a ella sin miedo,
siempre que le apetecía, siempre que lo necesitaba. Nunca tenía miedo a que no
estuviera para él, a que no quisiera estarlo. Y ella parecía comprender que
podía ir a él cunado quisiera. Que podía volver o podía no irse.
Lo hacía con cierta prevención y él lo
comprendía. Ella no era capaz de ver las piezas, ella no sabía leer las luces.
Cada vez quedaban menos piezas veladas,
cada vez había más colores y luces hasta que un día ocurrió lo inesperado.
Él hablaba. Ella reía. Estaba contando una
anécdota de esas que hacen reír hasta que saltan las lágrimas, de esas que casi
no pueden terminar de contarse entre las carcajadas y de repente alzó la vista
hacia ella y quedó mudo.
Ella le miró y él vio una pieza que
brillaba justo al lado del pecho con una tonalidad nunca observada, con un
reflejo prismático que parecía ser de todos los colores, que mudaba en
secuencias continuas pero siempre parecía ser de todos los colores, que
centelleaba cambiante pero se mantenía como lo hace el arco iris.
Nunca había visto algo semejante. Nunca lo
había contemplado pero sabía perfectamente lo que era.
Era aquello que buscó en su adolescencia
colocar en el mapa rojo y pardo de la muchacha rabiosa que dijo quererle y
extendió sobre el color el velo de la mentira, era lo que había ansiado ver en
una madre que siempre mentía su cariño, era lo que temía ver en sus conquistas,
lo que nunca había visto en sus amantes.
Era Amor.
El amor no puede ser de un color. Lo sabía
aunque nunca hubiera visto una pieza de un humano decorada con él. Aunque
hubiera llegado a creer que no existía.
Lo es de todos porque si lo es, lo es todas
las ocasiones, en todas las circunstancias, en todos los estados de ánimo.
Porque si lo es te arroja a la furia y la templanza, a la dureza y la dulzura,
a la pasión y la rutina deseada, a la tranquilidad y al desespero.
Recordó haber aprendido eso del poema, de
aquel estudiado y memorizado en una adolescencia en el que los estudios no eran
nada para alguien que podía ser dios si lo quería.
La recitó sin querer en su interior
mientras miraba la miraba fijamente mientras ella fumaba distraída.
“Desmayarse,
atreverse, estar furioso,
áspero, tierno,
liberal, esquivo,
alentado, mortal,
difunto, vivo,
leal, traidor,
cobarde y animoso;
no hallar fuera del
bien centro y reposo,
mostrarse alegre,
triste, humilde, altivo,
enojado, valiente,
fugitivo,
satisfecho,
ofendido, receloso;
huir el rostro al
claro desengaño,
beber veneno por
licor suave,
olvidar el
provecho, amar el daño;
creer que un cielo
en un infierno cabe,
dar la vida y el
alma a un desengaño;
esto es amor, quien
lo probó lo sabe”.
Era amor y casi sintió el calor de la luz
en sus rodillas. Tuvo miedo. Y nada es más fuerte que el miedo.
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