Yakio era el guardián de su camino. Para la gente, para el
triste pueblo sobre el que gobernaba y a quien cuidaba el Hijo del Sol
Naciente, aquel camino era del emperador. Un camino que recorría todo el reino
desde el norte hasta el sur, desde el este al oeste. El camino real que Yakio
guardaba.
Pero él sabía la verdad. Las cosas son de quien las conoce.
Yakio era el guardián y por eso incansable recorría aquel camino que era suyo.
Era un camino hermoso y el se preocupaba de mantenerlo así.
No era ni mucho menos perfecto. Un bache aquí, una pequeña fisura en el suelo
de tierra, un arcén algo estrecho en otra parte. Yakio sabía que su camino
estaba plagado de pequeñas imperfecciones, pero en esencia, en líneas generales
era un camino hermoso.
Desde que fuera nombrado guardián de su camino lo había
recorrido sin descanso. Cada día una legua, una milla. Hoy plantaba un macizo
de azaleas en un borde y mañana arrancaba algunas malas hierbas. Al día
siguiente se esforzaba y doblaba el espinazo para tapar un ligero desnivel,
descansaba y seguía paseando por el camino que tenía que cuidar.
Una mañana, mientras contemplaba el lejano movimiento de las
hojas que el viento mecía suavemente en lo alto de las copas de los árboles que
daban sombra a algunos de los tramos de su camino, descubrió un puente al
frente que pasaba por encima de un río.
El caudal era negro y extraño, poblado de sombras y de
abismos. Se asomó a su interior desde aquel viejo puente de madera y no pudo
ver nada pues el agua ni siquiera reflejaba los rasgos de su cara.
- “Es extraño - pensó Yakio mientras reparaba las sucias
balaustradas de aquel puente que estaba en su camino- No puedo comprender que
ha visto el emperador en este río para hacer que el camino, mi camino, pasara
sobre él. Es a veces triste, a veces
oscuro. Nunca tenebroso, pero oscuro, su
agua no fluye con la limpia elegancia de los otros cauces que cruzan el camino
imperial. Ha sido un error afear mi camino haciéndole pasar por este río”.
Prosiguió su camino y descansó. Durmió sin salir de su
camino y al día siguiente, cuando la tarde caía herida por los últimos rayos
del sol, descubrió un nuevo puente igual que el anterior. De nuevo el negro río
cruzaba bajo él arrojando su sombra tenebrosa sobre los márgenes esbeltos del
camino que Yakio había plantado esa mañana de guirnaldas y flores. Y así todos
los días.
Cada tarde había un puente, viejo o nuevo, que pasaba por
encima de aquel misterioso río inanimado. Yakio se acostumbró a verlo pasar
bajo sus pies y siempre intentaba hacer sus trabajos y alejarse cuanto antes
pues aquel cauce negro no era hermoso y le proporcionaba un extraño sentimiento
de tristeza contenida, de resignación inquebrantable. Su camino era casi
perfecto, apenas había que hacer pequeños ajustes aquí y allá, pero aquel río
lo estropeaba con su sola presencia. Había que esforzarse en reconstruir cada
puente, cada tablón y cada piedra para que la oscuridad del río, aunque no
desapareciera, no afectara al camino que tanto le había costado mantener limpio
y bello.
- “Es una prueba que me impone el emperador para comprobar
que realmente me preocupo por su camino” - pensaba Yakio mientras arreglaba una
tarde otro de los puentes. Ya se había convertido en una nueva rutina. Llegar,
solucionar mal o bien los defectos que encontraba en cada puente y huir cuanto
antes hacia adelante, de nuevo a su camino luminoso y casi perfecto.
Pero aquella tarde el trabajo era agotador. Las barandillas
estaban desconchadas, los tablones roídos por el tiempo y la humedad y las
pequeñas piedras que dibujaban el sendero habían sido desplazadas por las malas
hierbas. Yakio se demoró más de la cuenta en su trabajo. Odio este río - se dijo a si mismo mientras trabajaba -.
Cuando el sol estaba a punto de desaparecer una luz llegó a
sus cansados ojos. Al principio creyó que se trataba de un reflejo, pero el
agua oscura de aquel río no reflejaba nada. Sólo sus pensamientos.
Alzó la vista y contempló como a lo lejos, mecida por las
aguas se acercaba una pequeña barca. Más que una barca se trataba de un bote diminuto que se deslizaba por las aguas
envuelto en un tenue resplandor. Tan profunda era la negrura de aquellas
turbias aguas que parecía comerse el resplandor como los lobos devoran a sus
presas, más que navegar, aquel junco pequeño y luminoso parecía atrapado entre
las aguas, prisionero de sus oscuros matices y reflejos.
Yakio contempló como se acercaba aquella embarcación hacia
el puente en el que se encontraba trabajando. A medida que el junco avanzaba su
entorno iba cobrando nueva vida. Las aguas que hasta entonces estaban apagadas
se teñían de azul, añil y oro, creando mil reflejos. La luz que emanaba de
aquel barco parecía llamar a la vida que el río en su oscuro caudal había
ocultado hasta entonces.
Nenúfares flotaban sobre aguas antaño muertas y ahora
limpias y cristalinas. Pétalos magenta y amarillo, azules y malvas, llenaban de
aroma y vida un espacio que antes era una tumba de frío y oscuridad. Arboles de
ribera salpicaban de verde las orillas y un sin fin de diminutas criaturas poblaban
las ahora transparentes aguas llenando el aire con sus cantos y las aguas con
sus chapoteos. Yakio contempló los márgenes de su camino y los descubrió más
bellos. El agua lamía en algunas partes las fronteras de flores y de árboles
que definían el sendero y hacía que todo refulgiese con un brillo especial que
hasta ese momento Yakio no había visto nunca en su camino.
Espero con paciencia a que el junco se acercase hasta el
puente en el que se encontraba. Cuando lo hizo miró en su interior. Al
principio nada vio, pero luego, cobijada bajo el techo de madera, resguardada
del sol, se encontraba sentada una mujer.
Yakio no pudo ver si era hermoso o no lo era, si era gorda o
delgada, si era alta o baja. Yakio apenas pudo atisbarla mientras el junco se
deslizaba bajo el puente que ahora se veía mejorado por la luz y el fulgor que
brotaba de la embarcación.
- ¿Quién eres? - Acertó a preguntar antes de perder de vista
aquel barco que más parecía una aparición.
- Soy Yushimade, guardiana y cuidadora de este río - respondió
una voz de terciopelo en un susurro apenas perceptible antes de que el barco
desapareciera y de nuevo la negrura retornara al puente y a las aguas de aquel
río.
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Varios días estuvo Yakio de esa guisa. Llegando a un nuevo
puente y descubriendo, al caer de la tarde, aquella embarcación extraña y
luminosa en la que viajaba Yushimade. Algunas veces saludaba tímidamente y ella
le devolvía la gentileza con un ligero gesto de cabeza, otras tan sólo la veía
pasar hasta que el barco se perdía de nuevo en el recodo del río que seguía a
ese puente. Yakio seguía cuidando su camino pero de vez en cuando cometía un
desliz. Un bache no tapado del todo, un macizo de rosas mal alineado. Descubrió
que aclimataba su esfuerzo para poder llegar cada vez antes al siguiente
puente, a la orilla del oscuro río de aguas negras.
Se descubrió corriendo por las noches de un puente a otro y
empleando los días en esperar de nuevo que arribara el barco de Yushimade. A
veces se paraba y conversaban de cosas sin importancia; otras se saludaban
simplemente y otras, cada vez menos, simplemente cruzaban sus sonrisas sin
decirse tan sólo una palabra.
Cuando el barco seguía su camino de nuevo todo era envuelto
por las sombras y Yakio sentía una impotente desesperación.
Alguna vez le pidió que se bajara. Que amarrara el barco en
la ribera y que bajase a tierra para verle. Que le dejara mostrarle su camino,
el camino perfecto. Que subiera hasta el puente y desde allí contemplara el
mundo como él lo veía.
- ¿Acaso abandonas tu camino para seguir navegando por mi
río? - Le contestó Yushimade entre sonrisas- Cada uno somos guardianes de lo
nuestro y por eso podemos encontrarnos.
¿Por qué ha de ser así?
- se preguntaba el guardián de su propio camino. Ahora le parecía oscuro
y peligroso cuando no estaba iluminado por la luz de Yushimade. Le parecía
absurdo en ocasiones y complicado en otras. Sobre todo las cercanías del río,
oscuras y sombrías, se le presentaban como algo irracional y creyó descubrir en
su camino la causa de aquella oscuridad.
- “Es el camino del emperador lo que hace que estas aguas
permanezcan oscuras. Sus curvas y sus giros recortan la luz a los recodos de
este hermoso río y le impiden que sea
como realmente es”. - Llegó a
pensar Yakio en una ocasión.
Creyó descubrir que su camino le impedía disfrutar más de la
presencia de aquel barco, que alguien había trazado aquellos puentes con un
pérfido objetivo de acercarle y alejarle continuamente de aquella luz radiante
entre las sombras. Pensó que su camino, su hasta ahora perfecto camino, le
impedía estar más cerca, más tiempo y con mayor intensidad.
En algunas ocasiones llegó a pensar que no amaba a la mujer
que viajaba en el barco. La amó en cada momento luminoso que compartió con
ella, pero después, cuando ella se marchaba aún quedaba la luz y en ocasiones
se intentó convencer de que era eso lo que Yakio ansiaba, la luz que iluminara
esas oscuras aguas. Luego reconocía en ese razonamiento una forma de evitar el
dolor. Reconoció que era una vacuna. La luz era ella y él la amaba. Sus
antepasados sonrieron.
Yakio era un buen hombre, pero era hombre.
Y como todos los hombres deseó abarcar aquello que conoce.
Quiso hacerlo tan suyo que no hubiera ninguna posibilidad de escapatoria. Que
él no pudiera escapar de su felicidad.


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