sábado, 8 de febrero de 2014

Los Guardianes Divergentes I

Yakio era el guardián de su camino. Para la gente, para el triste pueblo sobre el que gobernaba y a quien cuidaba el Hijo del Sol Naciente, aquel camino era del emperador. Un camino que recorría todo el reino desde el norte hasta el sur, desde el este al oeste. El camino real que Yakio guardaba.
Pero él sabía la verdad. Las cosas son de quien las conoce. Yakio era el guardián y por eso incansable recorría aquel camino que era suyo.
Era un camino hermoso y el se preocupaba de mantenerlo así. No era ni mucho menos perfecto. Un bache aquí, una pequeña fisura en el suelo de tierra, un arcén algo estrecho en otra parte. Yakio sabía que su camino estaba plagado de pequeñas imperfecciones, pero en esencia, en líneas generales era un camino hermoso.
Desde que fuera nombrado guardián de su camino lo había recorrido sin descanso. Cada día una legua, una milla. Hoy plantaba un macizo de azaleas en un borde y mañana arrancaba algunas malas hierbas. Al día siguiente se esforzaba y doblaba el espinazo para tapar un ligero desnivel, descansaba y seguía paseando por el camino que tenía que cuidar.
Una mañana, mientras contemplaba el lejano movimiento de las hojas que el viento mecía suavemente en lo alto de las copas de los árboles que daban sombra a algunos de los tramos de su camino, descubrió un puente al frente que pasaba por encima de un río.
El caudal era negro y extraño, poblado de sombras y de abismos. Se asomó a su interior desde aquel viejo puente de madera y no pudo ver nada pues el agua ni siquiera reflejaba los rasgos de su cara.

- “Es extraño - pensó Yakio mientras reparaba las sucias balaustradas de aquel puente que estaba en su camino- No puedo comprender que ha visto el emperador en este río para hacer que el camino, mi camino, pasara sobre él. Es  a veces triste, a veces oscuro. Nunca tenebroso, pero oscuro,  su agua no fluye con la limpia elegancia de los otros cauces que cruzan el camino imperial. Ha sido un error afear mi camino haciéndole pasar por este río”.

Prosiguió su camino y descansó. Durmió sin salir de su camino y al día siguiente, cuando la tarde caía herida por los últimos rayos del sol, descubrió un nuevo puente igual que el anterior. De nuevo el negro río cruzaba bajo él arrojando su sombra tenebrosa sobre los márgenes esbeltos del camino que Yakio había plantado esa mañana de guirnaldas y flores. Y así todos los días.
Cada tarde había un puente, viejo o nuevo, que pasaba por encima de aquel misterioso río inanimado. Yakio se acostumbró a verlo pasar bajo sus pies y siempre intentaba hacer sus trabajos y alejarse cuanto antes pues aquel cauce negro no era hermoso y le proporcionaba un extraño sentimiento de tristeza contenida, de resignación inquebrantable. Su camino era casi perfecto, apenas había que hacer pequeños ajustes aquí y allá, pero aquel río lo estropeaba con su sola presencia. Había que esforzarse en reconstruir cada puente, cada tablón y cada piedra para que la oscuridad del río, aunque no desapareciera, no afectara al camino que tanto le había costado mantener limpio y bello.
- “Es una prueba que me impone el emperador para comprobar que realmente me preocupo por su camino” - pensaba Yakio mientras arreglaba una tarde otro de los puentes. Ya se había convertido en una nueva rutina. Llegar, solucionar mal o bien los defectos que encontraba en cada puente y huir cuanto antes hacia adelante, de nuevo a su camino luminoso y casi perfecto.
Pero aquella tarde el trabajo era agotador. Las barandillas estaban desconchadas, los tablones roídos por el tiempo y la humedad y las pequeñas piedras que dibujaban el sendero habían sido desplazadas por las malas hierbas. Yakio se demoró más de la cuenta en su trabajo. Odio este río  - se dijo a si mismo mientras trabajaba -.
Cuando el sol estaba a punto de desaparecer una luz llegó a sus cansados ojos. Al principio creyó que se trataba de un reflejo, pero el agua oscura de aquel río no reflejaba nada. Sólo sus pensamientos.
Alzó la vista y contempló como a lo lejos, mecida por las aguas se acercaba una pequeña barca. Más que una barca se trataba de un bote  diminuto que se deslizaba por las aguas envuelto en un tenue resplandor. Tan profunda era la negrura de aquellas turbias aguas que parecía comerse el resplandor como los lobos devoran a sus presas, más que navegar, aquel junco pequeño y luminoso parecía atrapado entre las aguas, prisionero de sus oscuros matices y reflejos.
Yakio contempló como se acercaba aquella embarcación hacia el puente en el que se encontraba trabajando. A medida que el junco avanzaba su entorno iba cobrando nueva vida. Las aguas que hasta entonces estaban apagadas se teñían de azul, añil y oro, creando mil reflejos. La luz que emanaba de aquel barco parecía llamar a la vida que el río en su oscuro caudal había ocultado hasta entonces.
Nenúfares flotaban sobre aguas antaño muertas y ahora limpias y cristalinas. Pétalos magenta y amarillo, azules y malvas, llenaban de aroma y vida un espacio que antes era una tumba de frío y oscuridad. Arboles de ribera salpicaban de verde las orillas y un sin fin de diminutas criaturas poblaban las ahora transparentes aguas llenando el aire con sus cantos y las aguas con sus chapoteos. Yakio contempló los márgenes de su camino y los descubrió más bellos. El agua lamía en algunas partes las fronteras de flores y de árboles que definían el sendero y hacía que todo refulgiese con un brillo especial que hasta ese momento Yakio no había visto nunca en su camino.
Espero con paciencia a que el junco se acercase hasta el puente en el que se encontraba. Cuando lo hizo miró en su interior. Al principio nada vio, pero luego, cobijada bajo el techo de madera, resguardada del sol, se encontraba sentada una mujer.
Yakio no pudo ver si era hermoso o no lo era, si era gorda o delgada, si era alta o baja. Yakio apenas pudo atisbarla mientras el junco se deslizaba bajo el puente que ahora se veía mejorado por la luz y el fulgor que brotaba de la embarcación.
- ¿Quién eres? - Acertó a preguntar antes de perder de vista aquel barco que más parecía una aparición.
- Soy Yushimade, guardiana y cuidadora de este río - respondió una voz de terciopelo en un susurro apenas perceptible antes de que el barco desapareciera y de nuevo la negrura retornara al puente y a las aguas de aquel río.

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Varios días estuvo Yakio de esa guisa. Llegando a un nuevo puente y descubriendo, al caer de la tarde, aquella embarcación extraña y luminosa en la que viajaba Yushimade. Algunas veces saludaba tímidamente y ella le devolvía la gentileza con un ligero gesto de cabeza, otras tan sólo la veía pasar hasta que el barco se perdía de nuevo en el recodo del río que seguía a ese puente. Yakio seguía cuidando su camino pero de vez en cuando cometía un desliz. Un bache no tapado del todo, un macizo de rosas mal alineado. Descubrió que aclimataba su esfuerzo para poder llegar cada vez antes al siguiente puente, a la orilla del oscuro río de aguas negras.

Se descubrió corriendo por las noches de un puente a otro y empleando los días en esperar de nuevo que arribara el barco de Yushimade. A veces se paraba y conversaban de cosas sin importancia; otras se saludaban simplemente y otras, cada vez menos, simplemente cruzaban sus sonrisas sin decirse tan sólo una palabra.
Cuando el barco seguía su camino de nuevo todo era envuelto por las sombras y Yakio sentía una impotente desesperación.
Alguna vez le pidió que se bajara. Que amarrara el barco en la ribera y que bajase a tierra para verle. Que le dejara mostrarle su camino, el camino perfecto. Que subiera hasta el puente y desde allí contemplara el mundo como él lo veía.

- ¿Acaso abandonas tu camino para seguir navegando por mi río? - Le contestó Yushimade entre sonrisas- Cada uno somos guardianes de lo nuestro y por eso podemos encontrarnos.
¿Por qué ha de ser así?   - se preguntaba el guardián de su propio camino. Ahora le parecía oscuro y peligroso cuando no estaba iluminado por la luz de Yushimade. Le parecía absurdo en ocasiones y complicado en otras. Sobre todo las cercanías del río, oscuras y sombrías, se le presentaban como algo irracional y creyó descubrir en su camino la causa de aquella oscuridad.
- “Es el camino del emperador lo que hace que estas aguas permanezcan oscuras. Sus curvas y sus giros recortan la luz a los recodos de este hermoso río y le impiden que sea  como realmente es”.   - Llegó a pensar Yakio en una ocasión.

Creyó descubrir que su camino le impedía disfrutar más de la presencia de aquel barco, que alguien había trazado aquellos puentes con un pérfido objetivo de acercarle y alejarle continuamente de aquella luz radiante entre las sombras. Pensó que su camino, su hasta ahora perfecto camino, le impedía estar más cerca, más tiempo y con mayor intensidad.
En algunas ocasiones llegó a pensar que no amaba a la mujer que viajaba en el barco. La amó en cada momento luminoso que compartió con ella, pero después, cuando ella se marchaba aún quedaba la luz y en ocasiones se intentó convencer de que era eso lo que Yakio ansiaba, la luz que iluminara esas oscuras aguas. Luego reconocía en ese razonamiento una forma de evitar el dolor. Reconoció que era una vacuna. La luz era ella y él la amaba. Sus antepasados sonrieron.

Yakio era un buen hombre, pero era hombre.

Y como todos los hombres deseó abarcar aquello que conoce. Quiso hacerlo tan suyo que no hubiera ninguna posibilidad de escapatoria. Que él no pudiera escapar de su felicidad.

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