sábado, 8 de febrero de 2014

Los Guardianes Divergentes yII

Un día puso manos a la obra. Sacó de su zurrón herramientas que hacía muchos años que no usaba y se lanzó al trabajo con denuedo para poner en práctica su plan. Un plan perfecto.
Él ni siquiera sabía que tenía ese plan. No se había tejido en su cabeza. Tan sólo su deseo y sus manos se habían puesto de acuerdo para trazar aquellas acciones. Olvidó los desniveles y los baches y no plantó más macizos de azaleas. Se limitó a cavar y cavar en su camino.
No iba a consentir aquella burla del destino. ¿Qué espíritu furioso y cruel había puesto esa luz en su camino para privarle de ella de una forma tan constante?
Seguramente algún daimio, algún demonio de las aguas que le espiaba desde un oculto cenagal del este, había planeado para él aquel desasosiego que le amenazaba cada vez que sabía que tras la luz que iluminaba el puente habría otra jornada de negrura.

- “Si pudiera lograr que el camino corriese paralelo a los márgenes del río podríamos hacer nuestros trabajos, Cumplir con nuestras vidas y hacerlo juntos, sin necesidad de buscarnos y encontrarnos. Sin necesidad de despedirnos” -Yakio pensaba algo parecido mientras se esforzaba en trazar un sendero paralelo a aquel río ahora oscuro. No era el deseo de ver a Yushimade lo que le hacía seguir, era más bien el deseo de poder disfrutar siempre de la luz que emanaba de aquella presencia casi mágica.
Pensaba que avanzando al mismo ritmo podría mantenerse siempre en el mismo nivel que el pequeño junco y así la luz beneficiaría continuamente a él y a su camino.

Trabajó todo el día sin descanso para conseguir trazar aquella línea recta que siguiera el camino del río entre un puente y el otro y cuando estuvo lista se sentó a esperar en el primero la llegada del barco de Yushimade.
El barco llegó al fin y se detuvo junto al puente. La mujer saludó a Yakio y conversaron. Cuando la embarcación reemprendió su camino Yakio, el guardián de un camino que no era suyo, comenzó a andar junto a ella por la nueva senda que había construido. Yushimade no dijo nada, se limitó a sonreír.
Al principio parecía que había dado con la solución, juntos avanzaron, ella en su junco y el a pie por el camino que ahora corría paralelo al curso del río. Pero el navío ganó velocidad y comenzó a dejar atrás a Yakio que se esforzó hasta el límite en acelerar el paso hasta que se vio obligado a correr. Aún así el barco se alejó y el hombre no pudo seguir con sus esfuerzos

- No te aflijas, Yakio - le dijo la guardiana del río mientras su barco dejaba atrás a su amigo exhausto y boquiabierto- A mí me pasaría lo mismo si intentara navegar siguiendo tu camino.
Y Yakio supo que ella estaba en lo cierto.
Si el río siguiera cada curva, cada recodo, cada trazado de su camino tardaría tanto en maniobrar que se quedaría atrás, mientras que él a pie avanzaría rápido y ligero guiado por la fuerza de sus pies.

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Nunca supo por qué, aún en la ancianidad volvería a preguntarse porqué aquel día, precisamente aquel y no cualquier otro su ánimo amaneció sin la luminosa claridad con la que el cielo saludó a la mañana. Siempre desconocería el motivo de sus preguntas, pero lo cierto es que las planteó.

- ¿Por qué ha de ser así? - Preguntó un día, mientras charlaba con Yushimade.
- Así ha de ser - respondió ella sin concederle importancia a la pregunta.

Pero Yakio no quiso resignarse. No quería perder aquella luz que daba nueva vida a su camino cuando se cruzaba con el río. No quería sentirse perdido junto a aquellas aguas sombrías y tenebrosas. Quería que igual que ella iluminaba el río iluminase también su camino, su bello camino.
Se lo hizo saber y ella de nuevo sonrío.
- Puede que para ti yo sea quien ilumina el río, pero ¿cómo crees que veo yo el camino?
Al principio Yakio no comprendió aquella pregunta, pero de repente descubrió su significado. ¿Era posible que su camino, su bello camino fuera un nido de sombras para la mujer que amaba?
Comprendió que su camino era su vida al igual que el río era la de Yushimade. Para él era hermoso y luminoso porque lo conocía, porque sabía en dónde estaba cada lugar, incluso los poco agradables, como los baches, pero para ella era un lugar ignoto y oscuro, como lo era para él el río.
Mientras ella viajaba siempre en su junco la luz de su río la seguía, la envolvía, la daba confianza en lo que era conocido, como él la tenía mientras paseaba por el camino que cuidaba. ¿Era posible que cuando se alejaba de él Yushimade viera sólo tinieblas en el sendero en el que él permanecía.
Entonces quiso acercarse más, aunque fuera un instante. Comprender lo que  era su camino visto desde la óptica del barco.

Yushimade era una buena mujer. Pero era una mujer y como toda mujer quiso escapar de aquello que quería abarcarla. Quiso escapar de lo que podía abarcar toda su felicidad.

Ante el intento del Guardián del Camino por abordar su barco se apartó y sin querer Yakio puso en pie en el agua del río. Las ondas se expandieron por la superficie rompiendo la armonía de las aguas. Mil peces saltaron del lecho del río y los nenúfares golpearon entre ellos destruyendo sus pétalos en cada choque.
El barco zozobró por las ondas heridas en el agua que cada vez eran más grandes y más fuertes y a punto estuvo de volcar. Ella, asustada o tal vez contrariada, quizás indiferente hizo avanzar el junco y se perdió en las sombras de su río.

  Durante días vagó Yakio por el camino esperando en vano en cada puente. No sabía si por miedo o por enfado Yushimade no aparecía. Comprendió el mal que había hecho para ahora ya era tarde.
Si ella hubiera metido su barco en su camino hubiera destrozado los senderos, hubiera arrancado los macizos de flores y hubiera destrozado el trabajo de equilibrio y belleza que él había construido con tanto esfuerzo.
Pero ella no volvía por miedo a ser de nuevo invadida de esa forma.
Con los ojos arrasados por las lágrimas Yakio comenzó a plantar junto a la orilla un macizo de flores tras de otro. Las aguas eran oscuras y expelían el frío de la ausencia. Pero el perseveró. Sabía que no servía para nada, pero tras las azaleas, planto rosas y después siemprevivas y lotos y petunias y un sinfín de amapolas y geranios. No tocó nunca el agua y de sus ojos brotaban a raudales las lágrimas del que sabe que ha perdido la luz por su ignorancia.

- ¿Por qué lloras? - Le preguntó una voz-
Yakio contestó sin alzar la mirada
- He perdido la posibilidad de ser con alguien maravilloso.
- ¿Cómo puedes perder lo que no es tuyo?
- Intentando hacerlo mío
Entonces alzó la mirada y vio a Yushimade sonriendo frente a él. Sin darse cuenta había ido plantando hasta llegar a un puente y ella le seguía esperando en su embarcación.
- Creí que te habías ido
- Siempre me voy. Yo sigo por mi río y tu sigues por tu camino. Si no me encontraste fue porque te quedaste.
-¿Qué he de hacer?
La voz de Yushimade sonó de nuevo dulce.
- No has de hacer nada. Ninguno ha de hacer nada. Tu tienes tu camino y yo mi río. Cuando no estás en tu camino para mí es algo oscuro y tenebroso. Cuando yo no estoy en mi río tu no lo comprendes y te asusta. Pero el río es el mismo y el camino es idéntico. Tu me añoras a mi para ver cómo se ilumina tu camino cuando se cruza con mi río.
- Espero que  a ti te pase lo mismo - dijo Yakio.
- Estoy aquí ¿No es cierto? - Sonrió Yushimade. Nuestras vidas, nuestros destinos son distintos.
En esta ocasión fue Yakio el que sonrió.
- No siempre aciertas en todo Yushimade, pues ahora sé que te equivocas. Nuestra vida y nuestro destino son el mismo, tan sólo parecemos condenados o tener que vivirla y que buscarlo por rutas diferentes.

 Un viajero se acercó a la pareja que charlaba y ajeno a todo lo que había pasado preguntó cortésmente.
- ¿Podrían contestarme a una pregunta?
- Soy Yakio, guardián y protector de este camino, y si puedo lo haré
- Soy Yushimade, guardiana y protectora de este río, y si puedo lo haré
 - ¿Pueden decirme hacia dónde se dirige este camino o hasta dónde ha de llevarme este río?
Yakio y Yushimade se miraron y ambos contestaron sonriendo


- Hasta el próximo puente, viajero, hasta el próximo puente.


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