lunes, 24 de febrero de 2014

Puzles incompletos (II)

Y con la madurez llegó otro conocimiento.
No el de su condición de ser especial, no el del miedo por saberse distinto y temerse diferente, ni siquiera el de que aquello era alguna rara afección sinestésica que residiera en sus sinapsis, sus neuronas o sus nervios ópticos.
Había llegado el conocimiento de los otros. Había llegado la certeza de que para ver las piezas tenía que tocar a los demás y ser tocado por ellos, que esa era la única forma de tamizar el velo que las piezas ponía la mentira. Aunque ya apenas quedaran los colores.
Y no encontró mejor forma de tocar a los otros y rozarlos en su vida sin que ellos quisieran o pudieran percibirlo que la conversación.
Con la madurez a los puzles que eran los demás se sumaron las conversaciones infinitas.
Desesperaba a amigos y enemigos, a amantes y ex mujeres, a jefes y subordinados con conversaciones, charlas y encuentros verbales que le permitían fijar los brillos, descubrir los matices, apartar de su vista el velo mortecino de mentiras pensadas, sugeridas o dichas para quedarse tan solo con las piezas.
Así logró acceder a trabajos deseados en entrevistas de trabajo que siempre duraban mucho más de lo que el entrevistador tenía planeado, persistir en amores que se extendían más allá de la voluntad de aquella que le amaba, medrar en posiciones a las que llegaba tras inagotables reuniones de despacho en las que contemplaba las piezas de los otros y se movía para encajar en ellas.
Su gusto por la conversación se  transformó en un arma de supervivencia.



Y en esas estaba cuando decidió trabajar en Rommates.com
Era un trabajo sencillo y podía ser divertido. La jefa de personal terminó comiendo en la palma de su mano cuando la  entrevista de trabajo superó la hora. Cuanto más alargaba las conversaciones, más piezas descubría, más podía adaptarse a sus interlocutores.
Amoldo su actitud en una modosa sumisión inicial a los continuos destellos en los hombros y los brazos de necesidad de poder, de ansia de autoridad. Siguió hablando y supo aclimatarse al ansia de reconocimiento que destilaban los fulgores que subían y bajaban por la garganta de su interlocutora cada vez que hablaba de sí misma, de sus méritos, de su posición y se mostró absolutamente dispuesto a contribuir, a ayudar, cuando las intermitencias brillantes de la desesperación delataron que ella, ante la situación de la empresa, probablemente, se jugaba el puesto con esa elección.
Cuando salió de la entrevista no estaba contratado. Pero sabía que lo estaría. De hecho si le hubiera ordenado a la mujer que se arrojara a sus pies y se los besara es probable que lo hubiera hecho. No nada más útil para esclavizar a alguien que hacerle pensar que te necesita.
Pero él solamente quería un trabajo y eso es lo que había conseguido.

Por supuesto la semana comenzó con su nuevo trabajo. Rommates era una de esas empresas que iban de serias en un sector en el que todo el mundo iba de lo contrario. Se suponía que ofrecían relaciones, citas, encuentros que los otros no podían ofrecer. Se suponía que lo suyo era cierto, estaba comprobado. Que sus entrevistadores garantizaban que las intenciones de aquellos que entraban en la página eran las que decían tener.
Nada de obsesos sexuales cuando parecían buenos chicos, nada de mujeres que se enganchan irremisiblemente hasta la locura o partiendo de ella cuando dicen solamente querer sexo. Si se quería una relación, en Rommates te buscaban una posible relación, si se buscaba un polvo sin complejos, te lo encontraban, si se ansiaba una tórrida historia de pasiones prohibidas, buceaban en lo más hondo de la noche y el abismo virtual para encontrártela.
El resto, como siempre ha sido y siempre será, era cosa de los clientes.
Hasta ese lunes por la mañana en el que los primeros vientos del otoño se filtraban por las entreabiertas ventanas delas oficinas de la sede de Rommates en el centro de la ciudad, eso había sido parte del marketing de la empresa.
Él estaba decidido a que a partir de ese momento fuera verdad. No por nada en especial. Simplemente porque era su trabajo, era un trabajo sencillo y había que hacerlo bien.
Cuando entró en la oficina, un amplio espacio diáfano en el que las mesas se enfrentaban, en el que las paredes estaban decoradas con cuadros de encargo de motivos vagamente abstractos, vagamente alegóricos al amor, vagamente artísticos, se dio cuenta de que aquello no era lo que parecía.
El velo de la mentira que ocultaba los colores y atenuaba los reflejos era denso como una capa de niebla atisbada en la noche alrededor de una farola encendida. A las mentiras vividas se sumaban las mentiras conocidas y las ocultadas. Y, desde luego, las mentiras contadas.
Los brillos de las piezas de todas esas personas que hablaban de relaciones verdaderas estaban tan teñidos de mentiras que apenas si eran perceptibles.
Los irisados opalescentes que normalmente recorrían a la gente que trabajaba, esa mezcla de indiferencia, cansancio e impaciencia apenas eran perceptibles a causa del tupido velo que sobre ellos tejían las mentiras superpuestas.

- ¿Eres el nuevo? –preguntó un reflejo de miedo y una reverberación de simpatía ocultos por tres velos falaces. En realidad era una mujer alta y rubia, corpulenta. No podía decirse que atractiva. Bueno podía decirse pero sería mentira- Con una seriedad tan falsa como el reflejo de su simpatía, tan innecesaria como su miedo- Voy a enseñarte esto.
Él asintió con la cabeza. No consideró necesario sonreír y añadir un velo más a todos los que ocultaban ya las piezas de todas aquellas personas.
- Soy la Jefa de Operaciones, ¿tú vas a ser entrevistador? –Preguntó la mujer-
-“Dímelo tú, ¿no eres la Jefa de Operaciones?” –Pensó él, pero sus labios dijeron otra cosa- Eso me han dicho. -No había mentido. Por los pelos, pero no lo había hecho-.
- Ya veremos –replicó ella muy seria- Mira aquí es donde analizamos la personalidad virtual de los clientes.
 “la personalidad virtual, curioso concepto ¿de dónde proviene?” –De nuevo sus pensamientos no afloraron a sus labios-.
 Dos personas estaban sentadas ante una pantalla que se antojaba de dimensiones excesivas para estar simplemente monitorizando redes sociales. Sus reflejos eran tan pálidos, tan inconstantes, tan vagos que bien podrían llevar muertas varios días y no haberse dado cuenta.
No es que estuvieran velados por las mentiras, que también. Es que apenas existían, apenas experimentaban sensación alguna mientras realizaban su trabajo, apenas vivían más allá del acto automático de la supervivencia.
- Están analizando el Twitter de un cliente, ¿verdad? –de repente el fulgor de las rodillas de ambas se hizo tan intenso que casi le hicieron apartar la vista. Miedo, mucho miedo. Nada es más fuerte que el miedo. Se atenuaron en apenas un segundo. Otro velo. Otra mentira se avecinaba
- Claro, se registró esta mañana –superado el momento de pánico, tamizado y atenuado por la mentira, los destellos de ambas mujeres volvieron a hacerse planos como la llanura una llanura yerma, como la línea del encefalograma de un cadáver.
 Ignorando la cháchara de la Jefa de Operaciones, que cada tres segundos repetía su cargo haciendo brillar en sus axilas el fulgor de su inseguridad, se fijó en lo que decía la pantalla.

Jinete de los Vientos @jinetedelviento hace 12 h
Puede que aún no lo sea, pero empieza a parecerlo.
Be-lee @belee662 hace 12 h
@jinetedelviento Se puede querer todo el conjunto y querer por partes. Aunque algunas no te gusten
Angel Do Pedra @adopedra hace 12 h
@jinetedelviento @belee662 No habláis en serio. Ganar tiempo es la única estrategia para seguir teniéndolo
Jinete de los Vientos @jinetedelviento hace 12 h
@belee662 @adopedra  Conversaciones interminables. Puzles incompletas.

Y aquella última respuesta le sobresaltó. Parecía extraña en esa ya de por si extraña conversación de Twitter. Parecía que hablaba de él. Conversaciones, puzles… La desechó por casual, por imposible. Volvió a prestar atención a la Jefa de Operaciones.
La acompañó en el recorrido. Le presentaron gente. Personas encendidas por las aristas de la autojustificación, brillantes en las romas esquinas de su autocomplacencia y con las cejar recorridas por los machacantes  destellos de su egocentrismo, las axilas ensombrecidas por los espacios traslúcidos de sus complejos y las rodillas abrasadas por la fosforescencia de sus miedos. Gente normal. O no tanto.
Finalmente, fue abandonado a su suerte en una sala en la que se encontraban sentadas dos personas. Un hombre y una mujer.
- Es una sala de análisis –dijo la jefa de Operaciones. El hastió empezaba a amortiguar con sus centelleos atenuados todo lo demás- Aquí los entrevistadores analizan las charlas con los clientes. Siéntate y mira como lo hacen. Tú tendrás que hacerlo.
Y tras unas breves presentaciones se encontró sentado de espaldas a esas dos personas que miraban la pantalla y hacían avanzar y retroceder la grabación mientras tomaban notas.
-No es difícil. Son trasparentes, ellos creen que no, pero lo son -dijo la mujer sin volverse-.
Él intentó escrutarla pero era difícil. Los brillos de la espalda no son los mismos que los de las piezas de las personas vistas de frentes. Suelen ser piezas mucho más grandes y que tienen solamente una luminosidad básica. Son la carcasa, el armazón. Las piezas importantes siempre están delante. Los huecos importantes siempre se ven de frente.
La espalda de la mujer solamente latía con un parpadeo constante y rítmico. Concentración. Era la primera vez que la veía en toda la mañana.
En un momento dado. La mujer se echó hacia atrás en la silla y estiró los brazos. No había iridiscencias en sus axilas. Pero los parpadeos que recorrían sus dedos hablaban de tensión, las refracciones de sus manos cantaban una canción de continua pelea, de alerta continua. Era como ver a alguien pegado a la pared mirando a derecha e izquierda con un arma cargada presto siempre a defenderse.
Los chisporroteos de sus uñas eran como una cuerda de presos, como una fila de seres desilusionados.
- Este tío es idiota por muy temprano que se levante –comentó mirando a su compañero-
- Pues parece que es día se había levantado bastante tarde –comentó el otro hombre sonriendo-
Y él vio la reflexión que recorría la nuca de la mujer. Le pareció dorada pero era imposible. Hacía años que no percibía los colores. Supo que estaba sonriendo
- Esperemos que ningún día se eche la siesta -dijo sin pensar y no supo porque lo dijo-.
La mujer se volvió, la miro y rió. Solamente rió y tres segundos después los tres reían como si la vida les fuera en ello.
La risa brillaba. La risa es lo único que tapa el velo de la mentira. Las sonrisas pueden fingirse, las carcajadas pueden impostarse, pero la risa no.
La risa siempre es real. Por eso ilumina el cuerpo entero.

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