Escucha viajera antes de que emprendas el camino.
Presta oídos a la voz del extranjero que vio esta tierra
antes de tu llegada.
Escucha a quien se quedará en su breve reducto de sedencia
después de tu partida.
No soy nada en el reino en el que reinas, más te pido que
escuches mi voz tan sólo una vez más.
Antes de que la tierra que abandonas cambie con tu partida.
Antes de que el juglar se quede mudo por no tener a nadie a
quien cantarle.
Escucha lo que tengo que decirte pese a que desconozcas tu
destino.
Esto es lo que debes saber, lo que te cuento. Después no
diré más.
La tierra estaba muerta.
Nada podía sacarla
del letargo infinito en el que estaba sumida.
Hacía años que las flores que habían poblado sus caminos ni siquiera
permanecían en el recuerdo. Los árboles, antaño frondosos y robustos, eran sólo
tocones esqueléticos.
¿Recuerdas lo difícil que era encontrar agua en esta tierra
muerta cuando llegaste? ¿O debería decir cuando esta tierra invadió las
fronteras de tu cielo?
Claro que no. Tú no la habías visto antes. Tú venías de un
reino en la que la medida de dios eras tú misma. Tú no estabas allí.
¿La muerte de otra tierra? ¿El destierro voluntario de un
lugar al que ya no podías jamás llamar hogar? Ninguno de los seres, cansados,
macilentos y exánimes, que poblaban el
reducto que un día había sido tan orgulloso como tu caminar comprendía el
motivo que te había llevado a vagar entre ellos
¿Quién accede a llegar como viajero a un espacio en el que
siempre podía haber entrado como invitado?
Ninguno de ellos, ni siquiera aquel que les daba presencia,
comprendió que tú no pensabas en ellos. Tú, procedente de un mundo en el que el
bien y el mal caminaban contigo, llegabas a esta tierra como el que pone un pie
en un charco de agua. Sólo cuando estuviste quieta un instante miraste al
frente y te descubriste en medio de un suelo agonizante.
Ávidos, implorantes, los absurdos retazos de lo que en otro
tiempo había sido una tierra orgullosa miraron a lo alto.
¿Era posible que alguien vivo, alguien completo en su ira y
en su miedo, en su esperanza y en su indecisión, quisiera vivir en esta vieja y
ajada tierra?
Y tú decidiste quedarte.
Decidiste mantenerte junto a los que morían para ver si
podías resistir el salvaje hedor de aquella tétrica llanura moribunda. Sólo
entonces miraste a aquella tierra.
Y en medio de la tierra, rodeado de lo poco que quedaba
entre las ruinas de un imperio que nunca había sido suyo, allí estaba el juglar
cansado de vivir. Esperando que el sol, el calor asesino, acabara de quitarle
la vida que se arremolinaba contra él en un intento baldío de supervivencia.
Nunca podrás saber cómo era esa tierra antes de que tú
llegaras, pero puedes recordar lo que ocurrió ese día.
Busca en los entresijos de tu memoria y recuerda, señora de
este mundo, señora de cualquier mundo en el que pongas tu vida, qué pasó en
aquella ocasión.
Sin notar el peso del camino, como quien se desliza en el
aire, cruzaste el reino en un suspiro y te sentaste al sol de mediodía frente a
aquel silencioso personaje. Le viste alzar los ojos con sorpresa como si no se
creyera que fuera posible que alguien existiera en aquel páramo.
Luego se resignó y
volvió a agachar la mirada acostumbrado a hacer lo que hacía hasta entonces.
- Espero que el sol evapore lo que resta de agua para poder
morir. Ya no quedan estrellas había muchas, pero todas hicieron nova-.
Eso te contestó cuando le preguntaste por qué se encontraba
en ese reino desolado. ¿Recuerdas, mi señora, tu sorpresa? Un hombre muriendo
en medio de la nada como si esa situación no le importase.
Intenta recordar cómo era el juglar antes de verte.
Silencioso, tenebroso, encerrado en los restos de la guerra que había asolado
su tierra.
Alguien que había luchado tanto tiempo en la batalla que había
olvidado el motivo de la guerra. Intenta recordarlo, mi señora. Tú si has
estado allí.
Intenta recordar antes de partir a tu destino, viajera, que
ocurrió cuando preguntaste a ese ser a qué se dedicaba.
- A morir -dijo él y entendió que tú no comprendías-. Soy, o
era, un bardo.


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