Cuatrocientos ochenta años antes de que la astronomía se
hiciera carne en la polvorienta Galilea, tres mil guerreros miraban hacia atrás mientras se alejaban del paso que
habían jurado defender. La defensa era posible pero la victoria no.
Los medos habían encontrado otro paso mientras ellos dejaban
su sangre y su esfuerzo entre las angosturas de las Termópilas. Tesalios,
Arcadios, Corintos y Micenios habían sellado la acometida y habían abierto las
puertas del Hades.
Los escitas de Xerjes se habían retirado tras su ataque. Sin
flechas en sus aljabas, sin rostro, como habían llegado.
Los guerreros de la Lócride se habían retirado con ellos.
Pero el viaje de los griegos tenía un destino definitivo. Todos los locros
habían respondido a la llamada de Leonidas. Todos los locros habían visitado el
Hades cuando el sol se puso.
Los anusiyas habían escuchado los susurros de Efialtes y le
habían seguido, atacando en la noche. Efialtes conocía un paso, otro paso, uno
que no exigía el impuesto de sangre que Leónidas reclamaba en las Termópilas.
Los inmortales persas entraron disparando en la penumbra y tapando la luna
igual que tapaban el sol con sus lluvias de flechas. Corintios, Focenses y
Martineos se habían acostado en la retaguardia y se habían despertado en
compañía de los locros. Todos maldecían la pesadilla de Efialtes.
Para entonces, Caronte, el barquero, había suspendido el
cobro por el paso de la Estigia. No había en toda la tierra helena óbolos
suficientes para pagar tanta sangre griega.
Los ciento veinte de Orócmeno fueron los primeros en no
pagar el tránsito. Llegaron a los Campos Elisios al amanecer del tercer día.
Y fue al amanecer del tercer día, cuando los persas,
dispuestos a tapar el cielo con sus flechas y hacer temblar la tierra con sus
acometidas, se alzaron sobre su
frustración y su cansancio y vieron que mil griegos y dos reyes aún seguían en
las Termópilas.
Tres mil se retiraban pero mil seguían en el paso. No era el
único paso. Eso lo sabia Xerjes, lo sabía el general Hidarnes e incluso lo
sabía Leonidas. Pero si los vencidos no lo reconocían tampoco iban a hacerlo
ellos.
Así que cargaron de nuevo. Planeaban enfrentarse a la
falange espartana pero les recibió la Tespia.
Después de que Leónidas deseara a sus tropas un buen desayuno,
después de que Hidarnes, harto de ver sangre persa sobre la playa, ordenara
descargar todas las flechas medas y escitas sobre los cansados hoplos de los
griegos, un rey sin otro nombre que el de su tierra cayó con sus 700 guerreros
ante la última acometida de los inmortales de Xerjes, los anusiyas.
Y un rey con nombre, Leonidas, que sólo se preocupaba por su
honor, cayó por las incontables flechas de los arqueros persas.
Dicen que mientras ambos morían, el espartano le dio las
gracias por quedarse. Por aguantar hasta morir, por luchar aún cuando los
tespios, hijos de Eros, no sabían hacerlo.
El rey moribundo le contestó y lo hizo con su último
suspiro. “no nos hemos quedado, en realidad nunca nos fuimos”. “Nosotros os
hemos dado una jornada. Tespia os dará al menos cuatro”.
Tespia puede verse desde las Termópilas. Las Termópilas son
Tespia. El rey muerto y sus setecientos no tenían otro lugar a donde ir.
Luego murió Leonidas. Las flechas persas consiguieron lo que
no habían logrado sus espadas. Y los hoplitas espartanos murieron protegiendo
su cuerpo para que no cayera en manos enemigas. Mientras moría, sin soltar su
escudo, como había prometido a su esposa, no comprendió la promesa del rey
tespio.
Heródoto no estaba allí. No escuchó la promesa. Xerjes no
estaba allí, tampoco pudo hacerlo. Pero Hidarnes si. El general medo se acercó
a los dos reyes muertos a tiempo de escucharla y la comprendió.
Ladró órdenes, envió mensajeros, amenazó y ejecutó pero de
nada sirvió. El odio de 25.000 guerreros no admite órdenes. La frustración y la
rabia que Leonidas y el rey sin nombre habían provocado en las Termópilas
habían de aplacarse con un holocausto. Y eso fue Tespia.
Las tropas persas pasaron las Termópilas y atacaron Tespia.
La arrasaron hasta los cimientos, la quemaron hasta que el crepitar del fuego
acalló los gritos de las mujeres y las maldiciones de los ancianos. Nada, salvo
la muerte, acalló los llantos de los niños.
Tan sólo los diez mil anusiyas, leales e inmortales,
permanecieron alrededor de Hidarnes mientras la infantería y los escitas
asolaban Tespia. Cuando recompuso su ejército para avanzar sobre Beocia habían
pasado cinco días. El rey había cumplido su promesa.
La lucha de Esparta había dado a la Hélade tres días. Pero
el dolor de Tespia le había dado a Grecia cinco más. Sus barcos cerrarían de
nuevo el Helesponto. Hidartes supo que no podrían vencer. No después de eso.
Xerjes no podía
saberlo, Heródoto se negó a reconocerlo, pero Hidrates lo hizo.
Desde entonces, en todas sus victorias y todas sus derrotas,
los anusiyas, los inmortales del imperio inmortal, lanzaban un grito de
batalla: “El dolor siempre retrasa las cosas mucho más que la lucha”.
No era en recuerdo de Esparta. Era en recuerdo de Tespia.


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