Había logrado desvelar los colores de todas
sus piezas menos dos. Permanecía ciego a los colores de dos piezas. Y lo peor
es que una de ellas era la que estaba rodeada por el arco iris prismático del
amor. Era la pieza del centro de su pecho. Negra, completamente negra. Ninguna
luz se asomaba a ella, ningún reflejo conseguía atravesarla.
La otra estaba aún opacada por el velo. No
había conseguido levantarlo. Las luces que se depositaban en ella no conseguían
devolverle el color. No lucía con fuerza y estaba colocada en un sitio donde no
había visto antes pieza alguna. Era una pieza distinta a todas las demás. Curva
alargada. Que debía parecer afilada pero se antojaba roma, que partía de un
seno y se dibujaba en dirección al vientre.
Y seguía velada.
Abrió la boca para decir algo, para iniciar
una conversación, pero el aviso de mensaje sonó en su móvil
1MENSAJE SIN LEER LAURA
Hay un cliente en la sala de reuniones.
Insiste en tener la entrevista allí. Ve enseguida.
Leído
Escribiendo mensaje
OK. Estoy de camino
Enviando…
MENSAJE ENVIADO
- Me llaman para una entrevista. Luego nos
vemos -sonrió. Y esta vez no supo si la sonrisa era verdadera o falsa-.
Se apresuró por los pasillos para llegar a
la sala de reuniones. Tenía que poner algo en su cabeza, tenía que pensar en
otra cosa.
Entró en la estancia. El típico espacio sin
alma de muebles funcionales, sillas metálicas, mesa ovalada central y plantas
que necesitan poco riego en las esquinas.
Se quedó estupefacto.
Le esperaba un hombre que tenía todo el
aspecto de un petimetre novecentista. Si le hubieran dicho que era Oscar Wilde
no lo hubiera dudado ni un instante.
Se cogió los faldones de la levita -¡De la
levita!- para levantarse y se estiró los puños de encaje que sobresalían por
las mangas antes de coger aire para saludarle.
- Soy Lesskin -dijo y volvió a tomar aire-
Bueno, exactamente no sólo Lesskin. Soy el décimo octavo Conde de Lesskin, el
trigésimo segundo Barón de Lesskin, el noveno Duque de...
- Randualles, ya lo sé
- ¡Muy bien, listillo! -dijo mientras hacía
una elaborada reverencia alargando la pierna derecha y doblando el tronco como
un sauce llorón-. Y, por cierto, algún halago hacia mi poética presentación no
estaría de más, aunque una salva de aplausos sería lo más adecuado. Pero,
claro, tu sólo tienes dos manos con lo cual lo de la salva de aplausos está
descartado –Lesskin se quedó con los brazos en jarras y las manos apoyadas en
las caderas esperando amenazador la respuesta su respuesta-
- Ha sido bonita –aventuró a decir- muy...
¿rítmica?
- ¿De verdad?, ¿te ha gustado? –Lesskin se
dejó caer de nuevo emocionado en la silla e hizo un gesto concediendo permiso a
su interlocutor para sentarse- No hay nada que llene más al artista que un
halago sincero y espontáneo.
Ya decía yo que pese a tu aspecto de hombre
moderno sin cultura clásica ninguna–no te ofendas, el aspecto es solo el
aspecto- tenías mirada de ser una persona sensible e ilustrada. No me han
mentido cuando me han dicho que eras el mejor.
Él estaba boquiabierto. No solo por el
aspecto y la charla anacrónicos de loco escapado de su propia fantasía del
hombre sino por un hecho insólito.
No podía verle. Veía su piel pero no sus
piezas, veía sus gestos pero no sus luces. Era algo inusitado. Era algo que no
le ocurría desde hacía muchos años porque hacía mucho tiempo que no veía aún
bebé recién nacido.
La vida no había tocado para nada a su
excelencia el Conde de Lesskin.
Una sucesión acelerada de tonos de Whatsapp
le sacaron de su ensimismamiento.
- Disculpa -dijo Lesskin- Son mis amigos.
Su extraño sentido de la oportunidad les vuelve impertinentes.
- Creo que conozco a alguno -replicó él
dubitativo mientras Lesskin sacaba del bolsillo interior de la levita su
IPhone. El anacronismo se hizo norma-.
- ¿Has visto a alguno? -preguntó Lesskin
asombrado mientras pasaba el dedo por la pantalla para activar Whatsapp. A él
le pareció de repente que había una inmensa diferencia entre ver y conocer- ¿es
cliente? Seguro que es ese maldito jinete. No puede vivir sin una docena de
odaliscas bailando a su alrededor.
Y se sumergió en la pantalla del IPhone.
Sus dedos no tecleaban volaban en el límite mismo de la contorsión.
L@S SINCUERPO
INSANJ
- ¿Qué crees que estás haciendo, Lesskin? üü
DUQUE DE RANDUALLES
- ¿No tienes ningún mundo muerto que crear
y regalarle a alguien que no lo quiere?, ¡Piérdete Hacedor! üü
ASTARA
- Nos estás exponiendo. No vas a conseguir
nada üü
DUQUE DE RANDUALLES
- ¡Vaya, el agorero!, Tampoco podía parar
un cometa, tampoco podía ordenar el caos, tampoco podía evitar que mataran a
ese tipo tan majo que gobernaba ese país tan grande… ¿Cómo se llamaba? üü
JINETE
- Eso no te salió especialmente bien,
Lesskin üü
DUQUE DE RANDUALLES
- ¡Un
marido que maté y me llaman Haceviudas! Por lo menos yo no he venido aquí en
busca de odaliscas üü
JINETE
- No necesito odaliscas. Bailan bien, pero
no se mueven a mi ritmo üü
BEL-LEE
- Tus gustos sexuales son irrelevantes,
Jinete ¡Sal de ahí, Lesskin! ¡Ahora! üü
DUQUE DE RANDUALLES
- ¿Y
cómo vas a obligarme?, ¿vas a decirles a tus papás que me estoy portando mal
para que vengan a castigarme? Te recuerdo que uno lleva varios eones bostezando
y el otro le regaló sus alas. Ambas acciones impiden bastante el movimiento üü
JINETE
- ¿Qué pretendes? üü
ANGEL DO PEDRA
- Lo de siempre. Entrometerse. Acelerar las
cosas. Estropearlo todo.
DUQUE DE RANDUALLES
- Lo
dice un tío que considera una acción de riesgo esperar en un cementerio de
Lisboa con un pie de piedra encima de un cadáver a que alguien regrese a
devolver un alma que robó üü
UHM´ERE
- Hiciste hablar a un planeta. Hiciste
sentir a un bosque. Hiciste llorar al Caos. Haz lo que tengas que hacer. Esta
discusión ha terminado üü
BEL-LEE
- ¿Quién te crees que eres, Rastreador?
Acabas de llegar üü
UHM´ERE
- Esta discusión ha terminado. No diré más üü
DUQUE DE RANDUALLES
- Gracias üü
Lesskin alzo la cabeza y sonrió como si
fuera un niño que hubiera ignorado voluntariamente los consejos de sus padres.
- Quiero un amor verdadero -anunció sin
pestañear-
- Verá, la cosa no es….
- No me refiero a uno como el de esos dos
adolescentes de Padua, tan idiotas como para matarse en lugar de follar -¿se
dice así?- ni como el de Antonio y la buena de Cleo en el que lo arriesgaron
todo y no ganaron nada…
- Pero es que…
- Ni por supuesto como el de Teresa o Juana
con sus apariciones o el de Lara Croff y Aquiles, recogiendo niños por doquier.
- ¿Lara Croff y Aquiles?
- Sí yo los he visto juntos en una foto con
una recua de infantes de cinco continentes.
- ¿Se refiere a Angelina Jolie y Brad Pitt?
- ¿Se han cambiado el nombre? ¡Qué asco, ya
nadie tiene respeto por sus orígenes! Bueno, a lo que íbamos. Ni como el de
Paris y Helena con todas esas guerras y galeras, con Príamo, el sordo, llorando
a meres y Casandra anunciando el desastre. Y por supuesto nada parecido a eso
de Rivendell, de la elfa buenorra esa -porque hay que reconocer que estaba
buena- empeñada en amar a un tío que va
a morir de viejo tres eternidades antes
que ella por mucho que sea un dunedain o como quiera que se diga. Yo lo que
quiero es un amor de verdad.
Casi tuvo que contener la carcajada.
- ¿Puede ponerme algún ejemplo? -consiguió
decir sin romper a reír- Lo digo para hacerme una idea.
- ¿Puedes ponérmelo tú?
- No sé -dudó un instante-, supongo que
será uno de esos donde para querer se da primero.
- Efectivamente, jovencito -concedió
Lesskin palmeándose el dorso de una mano con la otra como hubiera hecho en una
declamación poética de hace dos siglos- ¿tú conoces alguno?
La frase reverberó en el aire como un eco
infinito y eso le sorprendió porque aquella sala no había tenido jamás eco.
- Bueno, tengo muchas cosas que hacer. Son
las obligaciones de mi rango y condición -se levantó de un salto e intentó
alisarse las solapas de la levita. Hizo
un gracioso mohín cuando no lo logró- Si ves alguno cerca, me lo comunicaras,
¿verdad? - se giró para irse pero siguió hablando- Ya sabes de esos que sueñan
como será levantarse a tu lado al tiempo que como será acostarse contigo, de
esos que… ¿Cómo has dicho?... que no les importa empezar dando
- ¿Se va ya? -él se levantó para
acompañarle-.
- Técnicamente no. Yo nunca he estado aquí
-y le guiñó un ojo- Ahora debería estar en una boda real. Creo que se casan
aunque claro no son un amor de esos de los nuestros. No consigo recordar cómo
se llaman pero sé que no son como
nuestros amores. Ellos no arriesgan. Ella se matará en un accidente de coche,
claro que ella no lo sabe, aunque a él tampoco le importa demasiado… ¿Cómo se
llamaban?... No consigo recordarlo. Bueno da igual, cuando llegue se lo
preguntare a la amante de él, o al de ella. Ellos seguro que lo saben. Antes
cuando las gentes se casaban los hombres seguían solteros después del
matrimonio. Ahora las mujeres también. Los tiempos cambian. No evolucionan pero
cambian.
Él se quedó de nuevo boquiabierto ante la
diatriba de aquel curioso personaje. Sus palabras sin sentido le envolvían, le
paralizaban como el sisear de una serpiente antes de asestar su mordedura
mortal. En el caso de Lesskin llegó desde el quicio de la puerta
- No conviene olvidar que el principal foco
de negrura es el vacío -comentó, ya de espaldas, agitando la mano al aire
- ¿Cómo has dicho? - preguntó dos segundos
después cuando reaccionó a las palabras del petimetre-.
Cuando se asomó al pasillo no había nadie.
Y se quedó ahí, parado, maltrecho,
sorprendido.
Sin pensarlo siquiera después de pensarlo
mucho echó mano de su móvil y envió un mensaje en respuesta a algo que ella le
había dicho, que le había escrito, que le había dado. No sabía muy bien en
respuesta a qué. Envió un mensaje en respuesta a ella.
Esa misma tarde volvieron a juntarse en una
de sus conversaciones interminables. Como siempre, como nunca.
En el vacío negro de la pieza rodeada del
crisol cristalino del centro de su pecho brillaba un brillo diminuto. Justo en
el centro de la negrura. Era ínfima y tenía una forma irregular, cambiante,
como de una frase escrita con letras cambiantes. Como de un mensaje de texto
titilante.
Era tan pequeña que no podía leerlo pero no
la hacía falta, sabía perfectamente qué decía.
La misma frase que había enviado en su
mensaje.

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