Aquel joven no era, en un sentido estricto, un hombre
extraño.
Cierto es que no se preocupaba en exceso por los aspectos
más formales de su relación con el mundo y eso ya era en si algo peculiar en
Ciudad Varada.
En una ciudad como aquella, capital antigua y ciudad
fronteriza a la vez, la preocupación por el protocolo de la relación social era
casi connatural al crecimiento de todos sus habitantes. Podría decirse que la
diplomacia, la etiqueta, el ceremonial y la corrección social eran segundas
pieles que crecían bajo las, por lo general, pálidas epidermis de los que allí
moraban.
Pero un observador avezado o un estudioso intuitivo hubieran
matizado esa afirmación. Habrían dicho
que todos los rituales sociales, las ceremonias religiosas, los complicados
procesos que se llevaban a cabo en las casas, los templos y las tabernas de
aquella ciudad eran en realidad corazas, brillantes armaduras que ocultaban y
protegían las verdaderas segundas pieles de los habitantes de esa ciudad: el
deseo de medrar, la avaricia y el ansia de poder. Armaduras o máscaras.
Toda investigación magistral tiene sus controversias.
En cualquier caso, el
joven no hacía demasiado caso de toda la colección interminable de obligaciones
que la estricta etiqueta social de Ciudad Varada imponía a sus habitantes. Se
aclimataba a ellas con cierta indolencia, las ejecutaba con una desgana
desordenada que siempre tintaba sus acciones de una pincelada de rebeldía y las
sufría con una cierta resignación doliente que hacía pensar a sus parientes y
familiares que, superada la fase de rebeldía de sus años mozos, se aclimataría
a su posición y función dentro del ordenado esquema de la ciudad. Todos los
jóvenes pasaban por una fase más o menos similar –aunque quizás no tan radical
como la suya- y al final terminaban comprendiendo que la única forma
reprosperar, medrar y alzarse sobre sus semejantes en poder y dignidad era
aclimatarse al protocolo de Ciudad Varada, defenderlo, perpetuarlo y, por
supuesto, utilizarlo en su favor.
Pero claro, los que pensaban así no le habían visto nacer.
El nacimiento es un momento que marca la vida de cualquier
ser humano y más en Ciudad Varada.
Lo marca la altura de la cuna en la que se produce, lo marca
la posición del árbol genealógico familiar en el que se inscribe, lo marca el
sexo con el que se llega al mundo y lo marca el momento político en el que se
ve la luz. Pero nada de eso había marcado el nacimiento de aquel joven tanto
como dos hechos inusuales: uno que nadie presenció y otro al que nadie dio
importancia.
Nació pequeño y nació frío. Sus padres tuvieron que tener su
cuerpo entre mantas de lana durante muchos meses en una calefacción en la que
el calor sofocaba a todo el que entraba y en el que el aire era prácticamente irrespirable
a causa del olor de la leña de enebro ardiendo constantemente en las tres
chimeneas y del vapor acumulado por el agua que hervía en las marmitas que
humedecían y calentaban el ambiente.
Su madre una recia mujer de Ciudad Varada que respetaba escrupulosamente
todos los ritos externos de Ciudad varada convocó varias ceremonias en el
templo de la Diosa Viva para pedir por el futuro de la criatura y gastó lo que
debía gastar para que todos supieran de la preocupación por su bebé. Su padre,
no menos recio y no menos observador del protocolo, empleó su tiempo y su
dinero en buscar remedios costosos e imposibles para aliviar el sufrimiento de
su vástago.
Y gracias a una cosa y a otra el niño sobrevivió. Frío pero
sobrevivió. La realidad, la vida y los dioses se habían plegado una vez más a
la ceremonial voluntad de los habitantes de Ciudad Varada.
Eso creyeron ellos.
Todos consideraron que la baja temperatura corporal del
recién nacido estaba físicamente relacionada con el ínfimo tamaño del niño al
nacer, algo insólito entre los robustos habitantes de aquella frontera del
Reino Dorado. Suponían que su pequeño cuerpo albergaba tan poca sangre que era
imposible que el líquido vital calentara su anatomía.
Pero estaban equivocados aunque, claro, no podían saberlo.
Nadie vio como una noche, su primera noche, la partera, que
aún le atendía hasta que su madre se recuperara del agotamiento y la decepción
de traer a las calles de Ciudad Varada un ser tan pequeño y poco presentable,
se quedó dormida mientras frotaba los pequeños piececitos del infante para que
no les alcanzara el frío y la tumefacción de la congelación.
Nadie vio como una mujer abrió la puerta y se plantó frente
a la cuna observando al niño con una sonrisa mezcla de desasosiego y cariño.
Nadie vio como extendió sobre él un pequeño frasco y roció su cuerpo con él. La
durmiente partera no contempló como el niño se encogió mientras su piel
absorbía el líquido y no escuchó su gemido. Sus propios ronquidos eran un
sonido demasiado intenso para escuchar otra cosa.
Nadie vio como la mujer, que no había entrado por la puerta
de la casa, tampoco salió por la entrada de la residencia familiar del pequeño.
Ese fue el hecho que nadie percibió.
Por eso toda la familia se ofendió y protestó cuando el
abuelo, el patriarca materno eligió el nombre de la criatura. Les parecía
arriesgado, les parecía impropio, les parecía que iba a ser una carga
inapropiada para un niño que tenía que moverse entre el intricado tapiza de
protocolos y manejos sociales de Ciudad Varada.
Un nombre que recordara perpetuamente al último rebelde, al
último hombre que se lanzó a la batalla contra el Reino Dorado, para evitar que
las Tierras Varadas cayeran bajo el dominio de la espada y la ley de los Reyes
Centrales. No era una buena decisión. No lo era para el niño y no lo era para
la familia.
Las arañas que tejían la tela de Ciudad Varada podían
considerar que el nombre significaba demasiado. Una añoranza de un tiempo
antiguo cuando la familia del recién nacido era poderosa al lado de los Antiguos
Señores.
La añoranza podía ser entendida, pero hacerla patente con un
nombre como ese podría hacer que Ciudad Varada pensara que la añoranza se había
convertido en deseo de restitución y eso era peligroso. Por no hablar de los
Reyes Centrales que, al conocer el nombre del niño, podían pensar que la
familia estaba relacionada con esos zarrapastrosos y sangrientos rebeldes que
recientemente habían surgido de las Montañas Adustas tremolando contra toda
lógica la antigua y perdida libertad de Las Tierras Varadas.
Se mirara por donde se mirara el nombre era un peligro y por
eso presionaron y se quejaron. Pero no sirvió de nada. La elección del nombre
era prerrogativa del abuelo como era su obligación mantenerse en la habitación
del recién nacido mientras su madre no podía hacerse cargo de él. Mantenerse
junto a la cuna y velar.
Así que el niño se llamó Oltzea, que en la antigua lengua
significa El Que ha de Batallar Sin Coraza. Lo que ni siquiera el abuelo percibió es que pese a
sobrevivir, crecer y tener nombre, el niño siguió frío.
Cuando no asumes tu propio nombre nunca terminas de nacer, nunca te arriesgas a vivir. Nunca comienzas a morir.


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