jueves, 20 de febrero de 2014

El niño frío


Aquel joven no era, en un sentido estricto, un hombre extraño.
Cierto es que no se preocupaba en exceso por los aspectos más formales de su relación con el mundo y eso ya era en si algo peculiar en Ciudad Varada.
En una ciudad como aquella, capital antigua y ciudad fronteriza a la vez, la preocupación por el protocolo de la relación social era casi connatural al crecimiento de todos sus habitantes. Podría decirse que la diplomacia, la etiqueta, el ceremonial y la corrección social eran segundas pieles que crecían bajo las, por lo general, pálidas epidermis de los que allí moraban.
Pero un observador avezado o un estudioso intuitivo hubieran matizado  esa afirmación. Habrían dicho que todos los rituales sociales, las ceremonias religiosas, los complicados procesos que se llevaban a cabo en las casas, los templos y las tabernas de aquella ciudad eran en realidad corazas, brillantes armaduras que ocultaban y protegían las verdaderas segundas pieles de los habitantes de esa ciudad: el deseo de medrar, la avaricia y el ansia de poder. Armaduras o máscaras.
Toda investigación magistral tiene sus controversias.
En cualquier caso,  el joven no hacía demasiado caso de toda la colección interminable de obligaciones que la estricta etiqueta social de Ciudad Varada imponía a sus habitantes. Se aclimataba a ellas con cierta indolencia, las ejecutaba con una desgana desordenada que siempre tintaba sus acciones de una pincelada de rebeldía y las sufría con una cierta resignación doliente que hacía pensar a sus parientes y familiares que, superada la fase de rebeldía de sus años mozos, se aclimataría a su posición y función dentro del ordenado esquema de la ciudad. Todos los jóvenes pasaban por una fase más o menos similar –aunque quizás no tan radical como la suya- y al final terminaban comprendiendo que la única forma reprosperar, medrar y alzarse sobre sus semejantes en poder y dignidad era aclimatarse al protocolo de Ciudad Varada, defenderlo, perpetuarlo y, por supuesto, utilizarlo en su favor.
Pero claro, los que pensaban así no le habían visto nacer.

El nacimiento es un momento que marca la vida de cualquier ser humano y más en Ciudad Varada.
Lo marca la altura de la cuna en la que se produce, lo marca la posición del árbol genealógico familiar en el que se inscribe, lo marca el sexo con el que se llega al mundo y lo marca el momento político en el que se ve la luz. Pero nada de eso había marcado el nacimiento de aquel joven tanto como dos hechos inusuales: uno que nadie presenció y otro al que nadie dio importancia.
Nació pequeño y nació frío. Sus padres tuvieron que tener su cuerpo entre mantas de lana durante muchos meses en una calefacción en la que el calor sofocaba a todo el que entraba y en el que el aire era prácticamente irrespirable a causa del olor de la leña de enebro ardiendo constantemente en las tres chimeneas y del vapor acumulado por el agua que hervía en las marmitas que humedecían y calentaban el ambiente.
Su madre una recia mujer de Ciudad Varada que respetaba escrupulosamente todos los ritos externos de Ciudad varada convocó varias ceremonias en el templo de la Diosa Viva para pedir por el futuro de la criatura y gastó lo que debía gastar para que todos supieran de la preocupación por su bebé. Su padre, no menos recio y no menos observador del protocolo, empleó su tiempo y su dinero en buscar remedios costosos e imposibles para aliviar el sufrimiento de su vástago.
Y gracias a una cosa y a otra el niño sobrevivió. Frío pero sobrevivió. La realidad, la vida y los dioses se habían plegado una vez más a la ceremonial voluntad de los habitantes de Ciudad Varada.
Eso creyeron ellos.
Todos consideraron que la baja temperatura corporal del recién nacido estaba físicamente relacionada con el ínfimo tamaño del niño al nacer, algo insólito entre los robustos habitantes de aquella frontera del Reino Dorado. Suponían que su pequeño cuerpo albergaba tan poca sangre que era imposible que el líquido vital calentara su anatomía.
Pero estaban equivocados aunque, claro, no podían saberlo.
Nadie vio como una noche, su primera noche, la partera, que aún le atendía hasta que su madre se recuperara del agotamiento y la decepción de traer a las calles de Ciudad Varada un ser tan pequeño y poco presentable, se quedó dormida mientras frotaba los pequeños piececitos del infante para que no les alcanzara el frío y la tumefacción de la congelación.
Nadie vio como una mujer abrió la puerta y se plantó frente a la cuna observando al niño con una sonrisa mezcla de desasosiego y cariño. Nadie vio como extendió sobre él un pequeño frasco y roció su cuerpo con él. La durmiente partera no contempló como el niño se encogió mientras su piel absorbía el líquido y no escuchó su gemido. Sus propios ronquidos eran un sonido demasiado intenso para escuchar otra cosa.
Nadie vio como la mujer, que no había entrado por la puerta de la casa, tampoco salió por la entrada de la residencia familiar del pequeño.
Ese fue el hecho que nadie percibió.
Por eso toda la familia se ofendió y protestó cuando el abuelo, el patriarca materno eligió el nombre de la criatura. Les parecía arriesgado, les parecía impropio, les parecía que iba a ser una carga inapropiada para un niño que tenía que moverse entre el intricado tapiza de protocolos y manejos sociales de Ciudad Varada.
Un nombre que recordara perpetuamente al último rebelde, al último hombre que se lanzó a la batalla contra el Reino Dorado, para evitar que las Tierras Varadas cayeran bajo el dominio de la espada y la ley de los Reyes Centrales. No era una buena decisión. No lo era para el niño y no lo era para la familia.
Las arañas que tejían la tela de Ciudad Varada podían considerar que el nombre significaba demasiado. Una añoranza de un tiempo antiguo cuando la familia del recién nacido era poderosa al lado de los Antiguos Señores.
La añoranza podía ser entendida, pero hacerla patente con un nombre como ese podría hacer que Ciudad Varada pensara que la añoranza se había convertido en deseo de restitución y eso era peligroso. Por no hablar de los Reyes Centrales que, al conocer el nombre del niño, podían pensar que la familia estaba relacionada con esos zarrapastrosos y sangrientos rebeldes que recientemente habían surgido de las Montañas Adustas tremolando contra toda lógica la antigua y perdida libertad de Las Tierras Varadas.
Se mirara por donde se mirara el nombre era un peligro y por eso presionaron y se quejaron. Pero no sirvió de nada. La elección del nombre era prerrogativa del abuelo como era su obligación mantenerse en la habitación del recién nacido mientras su madre no podía hacerse cargo de él. Mantenerse junto a la cuna y velar.
Así que el niño se llamó Oltzea, que en la antigua lengua significa El Que ha de Batallar Sin Coraza. Lo que ni siquiera el abuelo percibió es que pese a sobrevivir, crecer y tener nombre, el niño siguió frío.

Cuando no asumes tu propio nombre nunca terminas de nacer, nunca te arriesgas a vivir. Nunca comienzas a morir. 


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