En una fecha que sería equivalente a 2 de septiembre de un
año indeterminado antes de que la ansiedad y el miedo interpretaran mal el
nacimiento del hijo de un carpintero en la nunca afortunada ciudad de Belén, un
cónsul romano, de nombre Marco Antonio, convocó a las trirremes de su flota,
las naves ligeras de la armada egipcia, y los barcos mercantes de sus aliados
fenicios y persas y los hizo agruparse en formación cerrada de combate en la
bahía de Actium.
Dos días después, las naves del Senado Romano y de sus
seculares aliados, los griegos -¿puede un padre dejar de ser leal a sus hijos?-
formaban en escuadra cerrada justo en la entrada de la misma bahía.
Antonio, el Gan Antonio, pensó que su amor era más fuerte
que la historia, era más fuerte que la escuadra romana y, sin lugar a ninguna
duda, era más fuerte que el miedo de sus aliados y la necesidad que de grano
tenía la capital del imperio. Antonio hizo encadenar todas sus naves.
Las biografías de Suetonio no recogen el dato. La Romane
Hitoriae de Josefo no hace alusión alguna al momento, pero, cuando conoció la
maniobra de Antonio, un cónsul romano, investido del Imperium de nombre Octavio
Augusto, lloró.
Cuando sus generales y almirantes le preguntaron por qué
lloraba no contesto. Cuando su amigo Agripa, amante de la guerra y el
pensamiento, le abrazó en silencio, Octavio Augusto, el que habría de morir,
como otros tantos, a manos de su hijo, habló:
“Antonio encadeno su destino a su amor. Desde el día de hoy,
por más que mi padre, el gran Cesar, haya amado a la reina de Egipto, los
poetas y los historiadores sólo hablaran de tres amores en el mundo: Orfeo y
Eunidice; Paris y Helena y Antonio y Cleopatra”.
Pero Roma necesitaba grano, Grecia necesitaba grano y
Octavio necesitaba una victoria.
Así que Agripa ordenó el ataque, Octavio venció, Antonio murió y la reina de Egipto huyó.
Para morir después quizás por amor o quizás por orgullo, pero huyó.


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