martes, 11 de marzo de 2014

La Óptica de los Paisajes. Her View (I)


Cuando salió de la ducha esperaban para saludarla una mujer  escrutando el horizonte, un tipo con el ceño fruncido, un vaquero con las gafas ahumadas, Mae West, una actriz porno nacida en Cincinnati, tres gatos, un dragón de la lluvia y el Lago Ness.
Por no hablar de un número vagamente contable de narices, ojos, labios, lenguas, piernas y sonrisas mostradas como un bazar de saldos de facciones humanas.
- Soy como el Doctor Frankenstein -pensó sonriendo mientras recorría la pantalla del móvil aún con la toalla anudada por encima de los senos y el pelo chorreando- Podría construir un nuevo ser humano con las partes de las fotos de los retweets.

Diosa Fortuna @diosafortuna                     hace 10 m
Hoy brilláis como el cristal en vuestra fragilidad. Buenos días.

Ese era el tweet que había sido rodeado con las imágenes falsas o trucadas de sus avatares por una corte de conocidos o casi conocidos, de extraños y medio extraños.
Estuvo tentada de ponerse a componer el dantesco retrato que había imaginado y esa sonrisa que le trasladaba el rostro desde la belleza hacia la picardía se le puso de pronto. La alarma del IPhone sonó. Tendría que esperar. Hoy no tenía tiempo. Hoy el día empezaba de pronto.
Últimamente andaba algo enfrentada a ese aspecto en concreto de la existencia humana, el tiempo.
Se vistió deprisa y como lo hizo así no tuvo tiempo en reparar en si era bella o no ante el espejo, en si la ropa resaltaba su belleza o escondía lo suficiente  aquello que seguramente era mucho más bello sin esconder; pero la ropa hacía su trabajo. Se maquilló a todo correr y por eso no reparó demasiado en si sus ojos, que hubieran sido de corzo si hubieran sido tristes y de  loba si hubieran sido ávidos, resaltaban lo suficiente; pero lo hacían, aunque no fueran de corzo ni de loba y fueran solamente marrones.
EL instinto suele ser el mejor aliado en las elecciones en situaciones de urgencia.
Cogió el abrigo, el bolso, las llaves y el IPhone y se los echó a la  vida como cada mañana. Salió del cuarto se giró y vio la foto.
Dos árboles en blanco y negro. Viejos, antiguos, inclinados el uno hacia el otro. No demasiado, no siempre, no necesariamente. Distintos en forma, tamaño, fruto y floración. Pero inclinados el uno hacia el otro en mitad del paisaje.
No pudo evitarlo como no había podido evitarlo otras muchas veces. Sacó el IPhone, estaba en la memoria. La había hecho antes. La tuiteó.





La veía cada mañana, la observaba cada noche. Ocupaba la pared más grande del salón y la había hecho ella. En otro tiempo, en otra vida.
Aunque la alarma del IPhone aullaba en el interior del bolso, allá donde ninguna mano no femenina es capaz de asir algo, aunque los trinos del pájaro insistente y olvidado de la red social seguían llegando imperturbables con el comienzo del día de todos aquellos que hacen de lo real lo virtual para poder vivir una la vida que no quieren, no saben o no pueden vivir, ella se detuvo a mirarla como hacía cada mañana antes de empezar sus días cada vez con menos tiempo, antes de acabarlos con más tiempo perdido.
La había hecho ella. Aunque en realidad sabía que no. Sabía que la había hecho la cámara. Ella solamente lo sabía.
Sabía lo que las películas creían haber inventado, lo que los poetas creían haber imaginado; lo que los pintores creían haber visualizado. Todos ellos podían creerlo, imaginarlo o intuirlo.
Pero ella lo sabía. Las almas son paisajes.

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Cuando pasa el miedo, la sangre y la muerte solo queda la cámara.
Corren hasta creer que están a salvo y no lo están. Siguen corriendo.
Las balas no estallan, no resuenan, no impactan, ni siquiera son ese tableteo constante y repetido que colocan de efecto sonoro en las películas. Las balas no silban. Matan.
Los disparos hacen todo lo demás. Para las balas matan y lo hacen en silencio. Como mana la sangre, como mueren los hombres y mujeres en medio de una guerra. El silencio es la marca de fábrica de toda muerte.
Y cuando pasa, cuando pasa el silencio de la muerte, cuando pasa el metálico sabor de la huida y el doloroso canto de la sangre, sólo queda la cámara.
Una de esas de antes. Una Minolta x-700 de las que ya no queda ni memoria, de las que se usaban cuando la vida era más lenta, cuando la muerte te permitía un momento de respiro para cargar película. Una cámara vieja, de otro tiempo, de otro mundo. De otra guerra.
Nadie se atreve a recogerla salvo ella y se la queda. Con su óptica maldita que aún retiene el reflejo de una matanza innecesaria en un objetivo arañado por el silencioso tránsito de una bala. Una bala del calibre 12 destruye muchas cosas, incluidas las almas.
Y no sabe por qué pero la carga, con la parsimonia de quien reza un responso, con la pena de quien escribe una elegía, con la cadencia y el ritmo de quien entona un réquiem.
Y dispara. En un país condenado a la guerra desde su creación en el que todos disparan otras cosas, dispar una cámara rota.
Fija el destruido objetivo, inútil para la vida, en dos viejos. Dos seres que pasean cogidos de la mano en una tierra en las que las manos suelen cerrarse sobre armas y gatillos.
Y dispara. Dispara sobre la sonrisa de unos ojos arrugados que se miran despacio, que no comprenden nada, que no pasan de largo. Dispara para poder arrastrar ante  sus ojos imágenes distintas a la muerte, para poder llevar a su memoria un amor imposible en una guerra interminable.
Dispara por disparar porque cree que sabe que nunca obtendrá la imagen. La óptica está rota, la guerra la mato.

Dispara para hacer lo que hace. Para hacer algo distinto de morir.

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