Doce son los Señores de la Instrumentalidad que pudieron
ser dioses y no quisieron serlo.
Como toda deidad, nacieron de los sueños y de las
pesadillas. Como ninguno de ellas, intentaron hacer que los unos se hicieran realidad y las otras murieran.
Surgieron de quimeras de humanos soñadores, del lejano
destino de las aventureras, de casuales encuentros de los descubridores, de
viajes malditos, de trágicos naufragios, de arriesgados rescates.
Crecieron con los ruegos de santas indolentes, con las preces
constantes de creyentes piadosos, con la furia perversa de fanáticos locos, con
el sueño dormido por justas penitentes.
Forjaron sus esencias con la sangre y la muerte de mujeres
rebeldes, con la lucha y el llanto de hombres valerosos, con la guerra y victoria
de ángeles que quebraron sus alas, con la vida y derrota de demonios que
donaron las suyas.
Tomaron sus poderes de la risa de niños inocentes, de la
sonrisa aciaga de traidores perversos, de la mirada fija de soldados rendidos,
del orgullo vacío de héroes victoriosos.
doce fueron los dioses que no quisieron serlo.
doce fueron los dioses que no quisieron serlo.
Se hundieron y se alzaron entre lodos y lavas, se irguieron
y encogieron entre rocas y mares, cayeron y volaron entre cielos y tierras.
Y cuando, en el más alto cenit de aquello que podían haber
llegado a ser, después de las tres guerras de dioses, de ángeles y de hombres,
aquellos que quedaban como divinidades al fin les ofrecieron un lugar entre
ellos, se negaron a serlo.
Y fue tal la cólera furiosa de quienes aún se creían
dioses que, como pírrica venganza contra su negativa, les dejaron sin cuerpo. No
pudieron matarles, no pudieron cambiarles, no pudieron borrarles. Les dejaron
sin cuerpo.
Y los doce volvieron al lugar en que habían nacido.
A vivir en los sueños, a morar en delirios, a poblar los
rincones de universos oníricos, a habitar los palacios de mundos de ilusiones.
Dispersaron sus esencias sin cuerpo al sur, al norte, al
este y al oeste; al cielo y al infierno; a la tierra y el mar; al espacio y al
éter. A la muerte y la vida.
Y siguieron sin cuerpo. Si uno propio al menos. Al menos
hasta hoy.
Pero hoy sus historias no han de ser contadas. Baste decir
sus nombres.
Nohelu, la tejedora de almas; Ramhata, el avatar de ámbar;
Xaerjes, el retador del viento; Yakio, el guardián de los puentes; Arvak, el
guerrero sin alma.
Insanj, el hacedor sin lágrimas; Ephiné, la dorada
guardiana, Uhm´ere, el rey rastreador; Ada, el sándalo viviente; Eglamor, aquel
que estuvo vivo en las profundidades del vientre de un dragón; Artoban, el forjador del caos;
Astáragas, el que invadió los cielos.
Doce son los Señores de La Instrumentalidad que, aun
pudiendo ser dioses, se negaron a serlo. Y uno fue aquel que siendo dios y sin
perder el poder para serlo, se rió de los suyos y se negó a ejercerlo.
No se sabe si cabalga a su lado, delante o tras de ellos
pues su eterno movimiento hace siempre difícil el poder atisbarle. Akrhan, el dios
errante, el jinete del viento.
Y luego estaba Lesskin
Lesskin surgió de los restos de mil amores muertos.
Se hizo de las volutas de amores postergados por miedo o por
desidia, sonrisas congeladas en el rostro de amantes por gestos de desprecio,
de traiciones ocultas, de excusas inventadas, de disculpas tardías, de perdones
mentidos.
Forjó su voluntad en besos esquivados, encuentros
postergados, bostezos en silencio. En orgasmos fingidos, en coitos soportados.
En te quieros marchitos, en huidas veloces, en resistencias vacuas, en llantos
disfrazados, en furias encendidas.
Y nació siendo eterno. Habitó en todo mundo, residió en todo
tiempo y viajo por las horas buscando los amores perdidos, el sumar las esencias,
el forzar los encuentros, el tapar las ausencias.
Y no conoce el miedo, la derrota, la saña, la traición o la
duda. No puede parar ni detenerse, pues busca restaurar en el mundo aquello que
murió para darle la vida.
Desde romances contados en los libros hasta amores pequeños
de días de diario, desde idilios heroicos a apegos cotidianos, desde pasiones
encendidas cantadas por los bardos a cariños pausados contados al oído, de
atracciones fatales a quereres dormidos.
Lesskin los quiere todos, los hace todos suyos, los quiere hacer
perfectos.
Lesskin nació de los restos de mil amores muertos y
ahora yace perdido.
Solo, muriendo y aterido.
- ¡Curiosa hermandad para el desastre! -afirmó al verse
acercarse en la lejanía la corte de siluetas recortadas contra el vago
horizonte que separaba la arena de los cielos- Y encima ni siquiera me dan
tiempo para adecentarme mínimamente, ¡ya no hay respeto alguno por la etiqueta!
El petimetre separó la cabeza de la piedra en la que estaba
apoyado y la alzó. Luego tosió haciendo que su cuerpo se estremeciera como si
fuera a partirse por la mitad.
Aprovechó el haberse incorporado para arreglarse las mangas de
encaje que salían por debajo de su levita.
Como si ese fútil
gesto fuera a evitar que estuvieran cubiertas de tierra y sucias por el fango,
como si eso pudiera enmascarar que estaba acostado sobre un desierto cuarteado
y seco con la cabeza apoyada en una piedra, como si eso fuera a borrar la
sangre que, en pequeñas gotas, jalonaba las solapas de su indumentaria.
Como si pudiera disimilar con él que se estaba muriendo.
- Alguien debió robarles el don de la oportunidad a la vez
que los cuerpos -masculló entre dientes y el esfuerzo le hizo de nuevo
recostarse sobre la piedra.
- Ahí llegan -suspiro agotado-.
Llegan de donde no debería haber llegado nadie. Pisan los
suelos en los que nadie ha puesto el pié desde que Los Mil Dioses se arrojaran
a su guerra fratricida.
Avanzan, respirando el aire que nadie ha osado inspirar
desde los tiempos que se detuvieron con la primera de las rebeliones y la
última de las derrotas. Caminan por sendas que no ha desbrozado hoja afilada
alguna desde que la espada del Fin de Los Tiempos fue envainada; atraviesan los
arcos que permanecían sellados desde que Mikael los cerrara con su sangre para
borrar de la endeble memoria de su padre sus ansias de exterminio. Trasponen
los umbrales que han estado cegados con la piedra del cielo y el lodo del
infierno desde que el último humano fue aceptado en Las Casas Celestes por
hacer la obra de El Invisible bajo el nombre de Iscariote; flanquean los
puentes que fueron quemados en los primeros eones del universo celestial para
evitar la retirada de los N´garai.
Hacen lo que nadie ha hecho ni volverá hacer, lo que le
estaba vedado a dioses y espíritus, a mortales e inmortales, a efímeros y a
eternos. Pisan El Limbo.
El limbo que es el hogar de Lesskin en el que está muriendo.
Avanzan al unísono, pero sus cadencias son individuales,
propias de cada una de las doce figuras que caminan por donde ni los alados se
atreven a volar.
Algunos demasiado despacio para ser una línea de batalla,
otros demasiado deprisa como para componer un cuadro de desfile; con los pasos
cambiados pero armónicos, con los ritmos diferentes pero convergentes,
demasiado asimétricos para ser una formación, demasiado organizados para ser
una turba.
Todos con el mismo destino e idéntico objetivo, pero con
trayectorias diferentes que nunca se interfieren, que siempre se intercambian,
que en ocasiones se superponen, que nunca se interrumpen.
Si hubiera alguien velando la muerte de Lesskin. Si alguno
de aquellos cuyos amores salvó, perfeccionó o simplemente intentó, hubiera
venido a devolverle el favor en su agonía, sus nombres serían susurrados a cada
paso que dieran, a cada metro que recorrieran.
Pero, a medida que avanzan por las polvorientas veredas que
ningún pie humano, angélico o divino ha pisado en milenios, tan sólo un nombre
se repite entre susurros, entre las toses y estertores de Lesskin
Arvak, Insanj, Nohelu, Ramhata, Ephiné, Uhm´ere, Xaerjes,
Eglamor, Artoban, Ada, Yakio y Astáragas, por supuesto Astáragas, arriban a Las
Planicies Límbicas con el equilibrio con el que sólo pueden hacerlo aquellos
que caminan juntos, con la coordinación que sólo pueden desarrollar aquellos
que piensan juntos. Con la determinación que sólo pueden poseer aquellos que
sienten juntos. Con el valor que sólo pueden mostrar aquellos que aman juntos. Entran en El Limbo como sólo puede hacerlo
una constelación.
Como sólo pueden pisar el hogar de Lesskin los doce señores
de la Instrumentalidad que por no aceptar ser dioses se volvieron estrellas.
Las Doce Lágrimas.
El doce es un número importante. Por muchos motivos, el doce
es un número que resulta imprescindible para comprender el tiempo y el espacio
en las Casas Celestes y las Moradas Infernales. Aunque ambas cosas sean
conceptos altamente relativos por esos lares.
Doce fueron los profetas. Aunque diversos clérigos mataron a
ocho de ellos antes de darse cuenta de que eran profetas. O precisamente al
caer en la cuenta de su condición.
Doce son las propias Casas Celestes, aunque Cáprica y Leo no
quieren oír hablar del cielo desde antes de que se forjara el universo.
Doce son los Círculos del Infierno pese a que tres de ellos
permanecen cerrados por los sellos de Legión hasta para el mismísimo Príncipe
del Amor y las Tinieblas.
Doce son los mundos que pretende regir El Invisible aunque
tres de ellos ya le han denostado, dos le han derrotado, otros dos le han
repudiado, cuatro le han combatido y uno comienza a mostrar síntomas de
evidente malestar ante su presencia.
Doce son los evangelios, aunque los cuatro que se leen no
sean precisamente los más importantes, ni los más reales, ni los más
verdaderos. Los de María, Lázaro, Tadeo y Los Winchester ni siquiera son
conocidos. Los de Poncio, Gregorio, Simón y Judas nunca serán escuchados.
Doce son los dioses que residen, han residido o residirán en
las Casas Celestiales. Más tres de ellos reniegan de su condición, siete son
tan cretinos que es mejor que no descubran su divinidad y uno nunca está
disponible cuando se le necesita porque considera que el destino de humanos y
alados es que nadie le necesite.
El doce es algo recurrente cuando hay divinidades de por
medio. Como lo es la intransigencia.
Así que doce eran los Señores de la Instrumentalidad.
Las historias de El Guerrero sin Alma, El Hacedor sin
Lágrimas, La Guardiana Dorada, El Avatar de Ámbar, La Tejedora de Almas, El Rey
Rastreador, El Retador del Viento, El Caballero del Vientre del Dragón, El
Forjador del Caos, El Sándalo Viviente, El Guardián de los Puentes y el Invasor
del Cielo ya han sido contadas y volverán a serlo. Aunque quizás pocos las
escuchen y nadie les importe.
Pero no hoy. Hoy no. Hoy Lesskin agoniza.
- Y ahora llegará el otro, ¿verdad? -les grita Lesskin
cuando están a punto de confluir sobre su posición- ¡Ese no se pierde una
fiesta ni aunque sean mis honras fúnebres!

No hay comentarios:
Publicar un comentario