domingo, 2 de marzo de 2014

La Muerte de Lesskin (I)


Doce son los Señores de la Instrumentalidad que pudieron ser dioses y no quisieron serlo.
Como toda deidad, nacieron de los sueños y de las pesadillas. Como ninguno de ellas, intentaron hacer que los unos se hicieran realidad y las otras murieran.
Surgieron de quimeras de humanos soñadores, del lejano destino de las aventureras, de casuales encuentros de los descubridores, de viajes malditos, de trágicos naufragios, de arriesgados rescates.
Crecieron con los ruegos de santas indolentes, con las preces constantes de creyentes piadosos, con la furia perversa de fanáticos locos, con el sueño dormido por justas penitentes.
Forjaron sus esencias con la sangre y la muerte de mujeres rebeldes, con la lucha y el llanto de hombres valerosos, con la guerra y victoria de ángeles que quebraron sus alas, con la vida y derrota de demonios que donaron las suyas.
Tomaron sus poderes de la risa de niños inocentes, de la sonrisa aciaga de traidores perversos, de la mirada fija de soldados rendidos, del orgullo vacío de héroes victoriosos.
doce fueron los dioses que no quisieron serlo.
Se hundieron y se alzaron entre lodos y lavas, se irguieron y encogieron entre rocas y mares, cayeron y volaron entre cielos y tierras.
Y cuando, en el más alto cenit de aquello que podían haber llegado a ser, después de las tres guerras de dioses, de ángeles y de hombres, aquellos que quedaban como divinidades al fin les ofrecieron un lugar entre ellos, se negaron a serlo.
Y fue tal la cólera furiosa de quienes aún se creían dioses que, como pírrica venganza contra su negativa, les dejaron sin cuerpo. No pudieron matarles, no pudieron cambiarles, no pudieron borrarles. Les dejaron sin cuerpo.
Y los doce volvieron al lugar en que habían nacido.
A vivir en los sueños, a morar en delirios, a poblar los rincones de universos oníricos, a habitar los palacios de mundos de ilusiones.
Dispersaron sus esencias sin cuerpo al sur, al norte, al este y al oeste; al cielo y al infierno; a la tierra y el mar; al espacio y al éter. A la muerte y la vida.
Y siguieron sin cuerpo. Si uno propio al menos. Al menos hasta hoy.
Pero hoy sus historias no han de ser contadas. Baste decir sus nombres.
Nohelu, la tejedora de almas; Ramhata, el avatar de ámbar; Xaerjes, el retador del viento; Yakio, el guardián de los puentes; Arvak, el guerrero sin alma.
Insanj, el hacedor sin lágrimas; Ephiné, la dorada guardiana, Uhm´ere, el rey rastreador; Ada, el sándalo viviente; Eglamor, aquel que estuvo vivo en las profundidades del vientre de un dragón; Artoban, el forjador del caos; Astáragas, el que invadió los cielos.
Doce son los Señores de La Instrumentalidad que, aun pudiendo ser dioses, se negaron a serlo. Y uno fue aquel que siendo dios y sin perder el poder para serlo, se rió de los suyos y se negó a ejercerlo.
No se sabe si cabalga a su lado, delante o tras de ellos pues su eterno movimiento hace siempre difícil el poder atisbarle. Akrhan, el dios errante, el jinete del viento.
Y luego estaba Lesskin
Lesskin surgió de los restos de mil amores muertos.
Se hizo de las volutas de amores postergados por miedo o por desidia, sonrisas congeladas en el rostro de amantes por gestos de desprecio, de traiciones ocultas, de excusas inventadas, de disculpas tardías, de perdones mentidos.
Forjó su voluntad en besos esquivados, encuentros postergados, bostezos en silencio. En orgasmos fingidos, en coitos soportados. En te quieros marchitos, en huidas veloces, en resistencias vacuas, en llantos disfrazados, en furias encendidas.
Y nació siendo eterno. Habitó en todo mundo, residió en todo tiempo y viajo por las horas buscando los amores perdidos, el sumar las esencias, el forzar los encuentros, el tapar las ausencias.
Y no conoce el miedo, la derrota, la saña, la traición o la duda. No puede parar ni detenerse, pues busca restaurar en el mundo aquello que murió para darle la vida.
Desde romances contados en los libros hasta amores pequeños de días de diario, desde idilios heroicos a apegos cotidianos, desde pasiones encendidas cantadas por los bardos a cariños pausados contados al oído, de atracciones fatales a quereres dormidos.
Lesskin los quiere todos, los hace todos suyos, los quiere hacer perfectos.
Lesskin nació de los restos de mil amores muertos y ahora yace perdido.
Solo, muriendo y aterido.
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- ¡Curiosa hermandad para el desastre! -afirmó al verse acercarse en la lejanía la corte de siluetas recortadas contra el vago horizonte que separaba la arena de los cielos- Y encima ni siquiera me dan tiempo para adecentarme mínimamente, ¡ya no hay respeto alguno por la etiqueta!
El petimetre separó la cabeza de la piedra en la que estaba apoyado y la alzó. Luego tosió haciendo que su cuerpo se estremeciera como si fuera a partirse por la mitad.
Aprovechó el haberse incorporado para arreglarse las mangas de encaje que salían por debajo de su levita.
 Como si ese fútil gesto fuera a evitar que estuvieran cubiertas de tierra y sucias por el fango, como si eso pudiera enmascarar que estaba acostado sobre un desierto cuarteado y seco con la cabeza apoyada en una piedra, como si eso fuera a borrar la sangre que, en pequeñas gotas, jalonaba las solapas de su indumentaria.
Como si pudiera disimilar con él que se estaba muriendo.
- Alguien debió robarles el don de la oportunidad a la vez que los cuerpos -masculló entre dientes y el esfuerzo le hizo de nuevo recostarse sobre la piedra.
- Ahí llegan -suspiro agotado-.
Llegan de donde no debería haber llegado nadie. Pisan los suelos en los que nadie ha puesto el pié desde que Los Mil Dioses se arrojaran a su guerra fratricida.
Avanzan, respirando el aire que nadie ha osado inspirar desde los tiempos que se detuvieron con la primera de las rebeliones y la última de las derrotas. Caminan por sendas que no ha desbrozado hoja afilada alguna desde que la espada del Fin de Los Tiempos fue envainada; atraviesan los arcos que permanecían sellados desde que Mikael los cerrara con su sangre para borrar de la endeble memoria de su padre sus ansias de exterminio. Trasponen los umbrales que han estado cegados con la piedra del cielo y el lodo del infierno desde que el último humano fue aceptado en Las Casas Celestes por hacer la obra de El Invisible bajo el nombre de Iscariote; flanquean los puentes que fueron quemados en los primeros eones del universo celestial para evitar la retirada de los N´garai.
Hacen lo que nadie ha hecho ni volverá hacer, lo que le estaba vedado a dioses y espíritus, a mortales e inmortales, a efímeros y a eternos. Pisan El Limbo.
El limbo que es el hogar de Lesskin en el que está muriendo.

Avanzan al unísono, pero sus cadencias son individuales, propias de cada una de las doce figuras que caminan por donde ni los alados se atreven a volar.
Algunos demasiado despacio para ser una línea de batalla, otros demasiado deprisa como para componer un cuadro de desfile; con los pasos cambiados pero armónicos, con los ritmos diferentes pero convergentes, demasiado asimétricos para ser una formación, demasiado organizados para ser una turba.
Todos con el mismo destino e idéntico objetivo, pero con trayectorias diferentes que nunca se interfieren, que siempre se intercambian, que en ocasiones se superponen, que nunca se interrumpen.
Si hubiera alguien velando la muerte de Lesskin. Si alguno de aquellos cuyos amores salvó, perfeccionó o simplemente intentó, hubiera venido a devolverle el favor en su agonía, sus nombres serían susurrados a cada paso que dieran, a cada metro que recorrieran.
Pero, a medida que avanzan por las polvorientas veredas que ningún pie humano, angélico o divino ha pisado en milenios, tan sólo un nombre se repite entre susurros, entre las toses y estertores de Lesskin
Arvak, Insanj, Nohelu, Ramhata, Ephiné, Uhm´ere, Xaerjes, Eglamor, Artoban, Ada, Yakio y Astáragas, por supuesto Astáragas, arriban a Las Planicies Límbicas con el equilibrio con el que sólo pueden hacerlo aquellos que caminan juntos, con la coordinación que sólo pueden desarrollar aquellos que piensan juntos. Con la determinación que sólo pueden poseer aquellos que sienten juntos. Con el valor que sólo pueden mostrar aquellos que aman juntos.  Entran en El Limbo como sólo puede hacerlo una constelación.
Como sólo pueden pisar el hogar de Lesskin los doce señores de la Instrumentalidad que por no aceptar ser dioses se volvieron estrellas. Las Doce Lágrimas.
El doce es un número importante. Por muchos motivos, el doce es un número que resulta imprescindible para comprender el tiempo y el espacio en las Casas Celestes y las Moradas Infernales. Aunque ambas cosas sean conceptos altamente relativos por esos lares.
Doce fueron los profetas. Aunque diversos clérigos mataron a ocho de ellos antes de darse cuenta de que eran profetas. O precisamente al caer en la cuenta de su condición.
Doce son las propias Casas Celestes, aunque Cáprica y Leo no quieren oír hablar del cielo desde antes de que se forjara el universo.

Doce son los Círculos del Infierno pese a que tres de ellos permanecen cerrados por los sellos de Legión hasta para el mismísimo Príncipe del Amor y las Tinieblas.
Doce son los mundos que pretende regir El Invisible aunque tres de ellos ya le han denostado, dos le han derrotado, otros dos le han repudiado, cuatro le han combatido y uno comienza a mostrar síntomas de evidente malestar ante su presencia.
Doce son los evangelios, aunque los cuatro que se leen no sean precisamente los más importantes, ni los más reales, ni los más verdaderos. Los de María, Lázaro, Tadeo y Los Winchester ni siquiera son conocidos. Los de Poncio, Gregorio, Simón y Judas nunca serán escuchados.
Doce son los dioses que residen, han residido o residirán en las Casas Celestiales. Más tres de ellos reniegan de su condición, siete son tan cretinos que es mejor que no descubran su divinidad y uno nunca está disponible cuando se le necesita porque considera que el destino de humanos y alados es que nadie le necesite.
El doce es algo recurrente cuando hay divinidades de por medio. Como lo es la intransigencia.
Así que doce eran los Señores de la Instrumentalidad.
Las historias de El Guerrero sin Alma, El Hacedor sin Lágrimas, La Guardiana Dorada, El Avatar de Ámbar, La Tejedora de Almas, El Rey Rastreador, El Retador del Viento, El Caballero del Vientre del Dragón, El Forjador del Caos, El Sándalo Viviente, El Guardián de los Puentes y el Invasor del Cielo ya han sido contadas y volverán a serlo. Aunque quizás pocos las escuchen y nadie les importe.
Pero no hoy. Hoy no. Hoy Lesskin agoniza.
- Y ahora llegará el otro, ¿verdad? -les grita Lesskin cuando están a punto de confluir sobre su posición- ¡Ese no se pierde una fiesta ni aunque sean mis honras fúnebres!

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