martes, 4 de marzo de 2014

La Muerte de Lesskin (II)

Suspiró con un gesto de resignada aceptación derrotada que él pensó muy apropiada para un moribundo cuando un viento furioso se levantó justo frente a él
-No se supone que el tipo ese… ¿Cómo se llamaba?, ¿Benito?, ¿Mazinger?... ¡como sea! -agitó las manos en el aire con afectada desesperación-, ¿no se supone que ese ancianito de blanco había cerrado las puertas de limbo?
- Benedicto, Lesskin, Se llama, llamaba o llamará Benedicto -y la voz llega mucho antes que el cuerpo como suele ocurrir siempre con Akrhan. Es amigo de las apariciones espectaculares- y sabes perfectamente que hace eones que murió o faltan siglos para que nazca. Esto es el limbo. Esta es tu casa -desde lo alto de su alazán piafante, que hacía un segundo no estaba allí, el jinete de los vientos miro a su alrededor - y la tienes bastante descuidada, por cierto.
-¡Me muero! - y la frase es la queja de un niño pequeño que no quiere comerse la cena-.
- ¡Mueve tu aristocrático trasero de esa piedra, sacude tu polvorienta y pasada de moda indumentaria y haz tu trabajo! No podemos permitirnos que te duermas de nuevo - y la regañina es la arenga de alguien que no quiere reconocer que un inmortal se muere-.
Pero Nohelu lo sabe por eso coloca su dulce mano sobre el hombro de Akrhan y repite el gesto aunque este la rechaza con un movimiento que parece más bien un estertor; por eso Arvak mira hacia otra parte cuando el Jinete de los Vientos pasó su negra manga por delante de su rostro para apartar la arena, solo para apartar la arena.
- Lo he intentado -Lesskin se detiene a toser. Escupe sangre y se limpia pulcramente la comisura de los labios como si acabara de introducirse en la boca un minúsculo bocado del más exquisito manjar-. De veras, Errante. Lo intentado desde el principio. Pero no van a hacerlo.
- Eso no lo sabes, Lesskin. Nunca lo has sabido y nunca lo sabrás- Y la voz del Jinete recobra esa dulzura, esa condescendencia, que ha mantenido a lo largo de eones en sus charlas con Lesskin-.
- Lo sé. No se unirán. Ya no quieren hacerlo. Ya les da igual. Se separaron - y otro ataque de tos le interrumpe. Insanj, aquel que hizo y deshizo universos enteros para encontrar el suyo, se inclina a sujetarle- Se separaron -y tuerce el gesto en un mohín absurdo de disgusto que resta por completo todo dramatismo a sus palabras- y yo estaba allí. Tú no. Tú estarías por ahí, con tus serrallos o molestando a esa estrella que quiso ser tu madre o… ¡No!, ¡Ya me acuerdo!, ¡estabas matando por enésima vez al dios ese cobarde que tiene siempre miedo!... pero yo estaba allí cuando Abott y Costello se separaron -encarna las cejas un momento como si dudara-  No eran Abott y Costelo, ¿verdad?... ¿Dimas y Gestas? - la mirada furiosa del Señor de los Vientos le pone alerta- ¿Agamenón y Clitemnestra?, ¿Ramón y Cajal?, ¿Miliki y Milikito?... ¡Maldición, dadme una pista!
- Belial, Lesskin, ambos eran Belial -y la voz del Yakio es fría como la piedra, cálida como la madera, firme como el mortero, segura como un puente bien hecho- Todos estábamos allí. Todos recordamos.
- Bueno todos no -matiza Lesskin, apuntando un dedo acusador hacia la Guardiana Dorada- Ella no estaba allí -Estás preciosa querida, hasta con esa rugosa y desfavorecedora armadura dorada, estás preciosa-. Bueno, a lo que iba. Técnicamente ella no había nacido aún y esencialmente ya había muerto. Sí, sé que es algo complicado, pero hasta vosotros, obtusos Instrumentales que por algún extraño motivo que aún me es desconocido no quisisteis ser dioses, tenéis que comprenderlo.
- Lo sabemos Lesskin. Estábamos allí y el vicio más profundo y continuo de todo inmortal es recordar.
Y Astáragas habla porque recuerda. Y los demás recuerdan porque Astáragas habla pero aunque es su voz, el relato es de otro.
De alguien que ahora no puede hablar porque sus alas son de roca. El relato de un Ángel de Piedra.

_____________________________________________________
 
"Nuestra esencia es dual o lo era hasta ese aciago instante en el que una vieja pendencia que nada tenía que ver con la gloria y el poder, que en nada se relacionaba con la belleza o la soberbia de Luzbel o con la bondad o la cólera de El Invisible nos forzó a dividirnos, a rompernos, a elegir entre las dos orillas del río que marcaba la esencia de la vida en las Casas Celestes.
Antes de que Los Caídos dieran vida a las runas de sus espaldas y Los que han de seguir activaran las algebras de sus escudos, antes de que el acero crepitara con los glifos arcanos y el cristal se quebrara bajo el peso infinito del poder de las cunas antiguas siempre habíamos sido una dualidad, siempre habíamos mantenido el equilibrio de los lados apuestos de una misma moneda, de las facetas enfrentadas de una misma joya.
Aquel que era señor de la música también lo era del silencio; el que gobernaba sobre la luz también inspiraba sobre la oscuridad, el hermano que era guardián del dolor lo era a la vez del placer, el ser que dirimía sobre el orgullo también  juzgaba sobre la vergüenza.
Así fue no porque lo decidiéramos, sino porque nos resultaba imposible existir de otra manera. Pese a los cambios en el mundo del hombre así seguía siendo; pese a las disensiones, las disputas y la Espada del Fin del Tiempo, así seguía siendo; pese a los deseos del Invisible así seguía siendo.
Incluso, pese a Lesskin, así seguía siendo.
Pero una batalla cambia mucho, pese a que se perciba en cama lenta por aquellos que viven otra existencia en un plano diferente, pese que las armas choquen y crepiten en absoluto silencio, una batalla tiende a cambiar las cosas. La mayor parte de las veces tan sólo se inician con ese objetivo.
Más allá del resultado, por todos conocido y por todos ignorado, más allá de las paces y los armisticios, más allá de las deserciones, los abandonos, las traiciones y los destierros, el día en que el Campo de las Armas se anegó del impulso fratricida de nuestro pueblo inmortal, nosotros dejamos de ser duales. Dejamos de ser dos.
Cuentan, aquellos que mantienen en su esencia el transcurso del tiempo entre los tiempos, que en aquel segundo que fue una era en el orbe que gira en mitad de la columna del Palomar de Almas, que esa fue la ocasión en la que rompimos nuestras esencias y desviamos nuestras existencias a lo que hoy somos, a lo que ya hemos sido y volveremos a ser.
Pero, hasta aquellos capaces de mantener la mente entre los tiempos distintos de los mundos angélicos y los fuegos abisales y el correr de los días del mundo de los hombres, pueden equivocarse.
De hecho, se supone que no pueden hacerlo y eso les lleva a cometer errores que ni ellos mismos perciben en su momento.
Los que vieran llorar a Samael, sonreír a Abbadon y rezar a Astáragas se equivocan; los que vieron charlar a Herahiah con su hermano perdido se equivocan; los que contemplaron el nacimiento del curso de un planeta con una órbita que abarca el universo se equivocan; los que vieron nacer un bosque que camina y a un hombre que no llora se equivocan; aquellos que contemplaron el ascenso y caída de la Hija de Caos se equivocan; los dioses que nacieron y murieron ese día y en jornadas posteriores se equivocan. Hasta El Invisible se equivoca. Aunque eso no es noticia.
Aquel día, en aquella que batalla que duró lo que el tiempo diferido y acelerado de los cielos e infiernos tuvo a bien concedernos, los que Habían de Caer los que Teníamos que Permanecer no perdimos nuestra esencia, no mudamos nuestra existencia.
Aquel día nacimos
Y el primero fue Belial. En eso si aciertan aquellos que han visto lo que ha de pasar y relatan lo que está por llegar.
Tanto me daría que no lo hicieran. A mí no tienen que contármelo. Yo estaba allí. Luché contra él.

 - ¿Por qué te retienes hermano?  ¿Temes matarme?
Escucho la risa de Belial como si se estuviera produciendo en este momento. A lo mejor es así. El tiempo no es lo mismo en un lugar que otro.
Si pudiera alzar la cabeza hacia el profundo oscuro que se levanta sobre mí, podría comprobar qué tiempo viven ahora en Las Casas Celestes. Pero no puedo hacerlo. Así que supongo que no está ocurriendo de nuevo, que no está ocurriendo aún. Supongo que tan sólo recuerdo. Mi nombre es Aziel y lucho contra Belial en favor de El Invisible. Luego seré un ángel de Piedra, pero para eso queda mucho.
- ¿Por qué insistís?, ¿sabéis que no podéis vencer? – y de nuevo mi antagonista, mi enemigo, mi hermano, me lleva a quebrantar las normas no escritas del campo de las Armas. Se combate en silencio, se vence en silencio, se cae en silencio.


Cada palabra mía es una victoria suya y lo sé. Mucho más que una estocada o una finta; mucho más que una runa trazada para anular un glifo o que una salmodia interrumpida por un ensalmo bendito. Cada palabra me hace romper las normas, me traslada a su lado, me derrota.
- No queremos vencer. Nunca hemos querido eso- Y pese a que su estoque serpenteante está a punto de cercenar mi ala derecha, pese a que su salmodia rúnica intenta instalarse en mi garganta para impedirme recitar mis ensalmos protectores y activar las algebras doradas de mi espada que le devolverán el daño que me infrinja, sé que no miente.
Siempre hemos sabido lo que buscan. Por eso siempre les hemos comprendido. Por eso siempre les hemos perdonado.
Mis pensamientos me alejan de la batalla y me acercan a mi enemigo y eso casi me cuesta el combate.
El hecho de que seamos inmortales, como el sarcasmo de Belial me ha recordado, no implica que no luchemos a muerte. Nuestro objetivo es anular al rival, restarle sus esencias parcial o totalmente hasta que no pueda combatir, hasta que no pueda pensar, hasta que no pueda creer.
Nuestra danza de hechizos y estocadas no tiene otro objetivo que paralizar la esencia del rival. Apartarla de él lo suficiente para que no pueda defenderse de nuestros razonamientos y de nuestra magia. Para que deba aceptar la voluntad de El Invisible o la rebeldía del Príncipe del Mal
Entonces le hemos derrotado porque le forzamos a aceptar la nuestra.
Así de simple. Así de doloroso. Mucho más doloroso que la muerte. Mucho menos macabro que la vida.
Contemplo el campo de batalla y veo que ya apenas nos quedan rivales. No es que les hayamos vencido. Es que no están. Sus espadas dentadas y sinuosas no adornan el Campo de las Armas como tocones desnudos esperando a ser cosechadas por los vencedores; no quedan jirones de sus ropas y trozos de sus armaduras.
Puede que les estemos derrotando, pero no les estamos venciendo. No huyen, no se rinden, simplemente se retiran. Aplazan y difieren el resultado de esta pendencia absurda y fratricida.
Y eso, en el correr del tiempo de nuestra especie y nuestra morada puede significar unos cuantos universos de demora. Puede significar la eternidad y ni siquiera El Invisible puede permitirse tanto retardo.
Luzbel sigue luchando. Será el último en irse. Su magnificencia, su gracia, su elegancia en las armas y los ritos le han permitido sojuzgar a muchos, llevarlos a su lado, casi a tantos como a los que ha rescatado Herahiah para nuestras huestes.
Tanto me fijo en los dos paladines, los dos hermanos, que casi no percibo a tiempo la maniobra de Belial.
Ha soltado la empuñadura de su arma, dejándola colgar de la cinta de plata que la ata a su muñeca y traza una runa en el aire. Es una runa ardiente, que se dibuja a medida que la va diseñando. Por lo intrincada es definitiva. Si le dejo arrojarla el combate habrá terminado.
- El mundo ha de girar, hermano, el mundo ha de girar – me grita mientras termina de trazar el arma cabalística que pretende arrojarme.
No tengo tiempo para determinar su contenido y trazar el algebraico que la anule así que opto por la solución de emergencia. Alzo mi espada y marco un golpe justo en mitad de los trazos que Belial dibuja. Me sorprendo de que no haga ningún gesto defensivo. Me alarma que sonría.
Y lo comprendo tarde. Sólo un instante tarde. Sólo con un universo de demora.
El Campo de las Armas se detiene como hiciera ante el rezo de Astáragas mucho tiempo después, como hizo ante la huida de Mariel dentro de miles de años. Se detiene y observa como la hoja sagrada, con todos sus glifos ardiendo, corta y cercena en dos la runa que no es otra cosa que el nombre secreto de Belial.
Los que ya son Caídos y los que algún día deberían de serlo contienen el aliento cuando cae sobre el signo  arcano que cuelga en el aire y los brazos de Belial se separan apuntando en direcciones divergentes. No me hace falta girar la cabeza para ver a qué lugar apuntan.
Los nidos, los lugares donde las esencias se arremolinan en espera del tránsito hacia el mundo, se estremecen cuando las esencias separadas de Belial las sacuden al este y a l oeste de Las Casas Celestes.
La batalla concluye.
Como Belial, los que seguían combatiendo se colocan fuera de nuestro alcance, desparecen como si nunca hubieran estado entre nosotros. No hemos vencido. Ellos han decidido dejar de pelear.
Por primera vez en eones el Invisible sale de su templo. Como siempre con retraso, como siempre sin saber nada o casi nada.
Por un momento, casi por instinto, pongo la mirada en el tiempo de los hombres, allá en el mundo que yace en el centro mismo de la columna que mantiene el universo. Veo como un rey convoca a las huestes, veo como un hombre pisa una tierra ignota y la reclama para sí, pero no veo a Belial
Dicen los que saben aquello que ocurrió cuando no había mundo que, Belial, el que fuera señor de la memoria y el conocimiento, recibió a Luzbel en su nueva morada cuando este se retiró a las bóvedas basálticas.
Aunque no estaba allí me inclino a creerlo
¿Qué otro lugar le queda a aquel que ha separado su esencia dual entre los vivos?
- El mundo ha de girar, hermano- y no sé si es un eco o un recuerdo de la voz de Belial.
Casi puedo escuchar a Lesskin con su voz musical y estridente a la vez chillar un “mira que os lo advertí”.

Al llegar a las bóvedas oscuras que serían su morada Los caídos, los hermanos de Belial siguieron su ejemplo. Se dividieron en enviaron una parte de lo que fue su dualidad al mundo que se agita bajo las nubes que son la base de nuestra angélica morada.
Ahora, sus esencias dispares no son tan desconocidas como lo es al Invisible el amor por el que sus aliados se revelaron. Ahora los comprendo. No voy con ellos pero los comprendo.
Y mientras yo sigo atisbando el mundo en busca de mi antagonista, de mi rival, de aquel con el que combatí y ya no quiero hacerlo. Veo como una noble morada de La Ciudad de la Luz se sacude con la llegada de un alma que lo guarda.
El Primer Ángel Dividido, el que fuera Señor del Saber y la Memoria, se esconde bien. Ya no hay equilibrio que seguir, flujo que rastrear. Se ha separado a sí mismo para poder entregarse a aquellos por los que luchó, por los que perdió.
Ahora miro y por fin veo. Busco a Belial. Y él se esconde. Al menos en parte.
Estoy seguro que Belial planea recomponerse luego.
Pero “luego” es un término muy vago cuando el tiempo circula de una forma tan anárquica como lo hace en Las Casas Celestes.
Mi nombre es Aziel. Y hoy, mientras espero, soy un Ángel de Piedra".

_____________________________________________________


No hay comentarios:

Publicar un comentario