Suspiró con un gesto de resignada aceptación derrotada que
él pensó muy apropiada para un moribundo cuando un viento furioso se levantó
justo frente a él
-No se supone que el tipo ese… ¿Cómo se llamaba?, ¿Benito?,
¿Mazinger?... ¡como sea! -agitó las manos en el aire con afectada
desesperación-, ¿no se supone que ese ancianito de blanco había cerrado las
puertas de limbo?
- Benedicto, Lesskin, Se llama, llamaba o llamará Benedicto
-y la voz llega mucho antes que el cuerpo como suele ocurrir siempre con
Akrhan. Es amigo de las apariciones espectaculares- y sabes perfectamente que
hace eones que murió o faltan siglos para que nazca. Esto es el limbo. Esta es tu
casa -desde lo alto de su alazán piafante, que hacía un segundo no estaba allí,
el jinete de los vientos miro a su alrededor - y la tienes bastante descuidada,
por cierto.
-¡Me muero! - y la frase es la queja de un niño pequeño que
no quiere comerse la cena-.
- ¡Mueve tu aristocrático trasero de esa piedra, sacude tu
polvorienta y pasada de moda indumentaria y haz tu trabajo! No podemos
permitirnos que te duermas de nuevo - y la regañina es la arenga de alguien que
no quiere reconocer que un inmortal se muere-.
Pero Nohelu lo sabe por eso coloca su dulce mano sobre el
hombro de Akrhan y repite el gesto aunque este la rechaza con un movimiento que
parece más bien un estertor; por eso Arvak mira hacia otra parte cuando el
Jinete de los Vientos pasó su negra manga por delante de su rostro para apartar
la arena, solo para apartar la arena.
- Lo he intentado -Lesskin se detiene a toser. Escupe sangre
y se limpia pulcramente la comisura de los labios como si acabara de
introducirse en la boca un minúsculo bocado del más exquisito manjar-. De
veras, Errante. Lo intentado desde el principio. Pero no van a hacerlo.
- Eso no lo sabes, Lesskin. Nunca lo has sabido y nunca lo
sabrás- Y la voz del Jinete recobra esa dulzura, esa condescendencia, que ha
mantenido a lo largo de eones en sus charlas con Lesskin-.
- Lo sé. No se unirán. Ya no quieren hacerlo. Ya les da
igual. Se separaron - y otro ataque de tos le interrumpe. Insanj, aquel que
hizo y deshizo universos enteros para encontrar el suyo, se inclina a
sujetarle- Se separaron -y tuerce el gesto en un mohín absurdo de disgusto que
resta por completo todo dramatismo a sus palabras- y yo estaba allí. Tú no. Tú
estarías por ahí, con tus serrallos o molestando a esa estrella que quiso ser
tu madre o… ¡No!, ¡Ya me acuerdo!, ¡estabas matando por enésima vez al dios ese
cobarde que tiene siempre miedo!... pero yo estaba allí cuando Abott y Costello
se separaron -encarna las cejas un momento como si dudara- No eran Abott y Costelo, ¿verdad?... ¿Dimas y
Gestas? - la mirada furiosa del Señor de los Vientos le pone alerta- ¿Agamenón
y Clitemnestra?, ¿Ramón y Cajal?, ¿Miliki y Milikito?... ¡Maldición, dadme una
pista!
- Belial, Lesskin, ambos eran Belial -y la voz del Yakio es
fría como la piedra, cálida como la madera, firme como el mortero, segura como
un puente bien hecho- Todos estábamos allí. Todos recordamos.
- Bueno todos no -matiza Lesskin, apuntando un dedo acusador
hacia la Guardiana Dorada- Ella no estaba allí -Estás preciosa querida, hasta
con esa rugosa y desfavorecedora armadura dorada, estás preciosa-. Bueno, a lo
que iba. Técnicamente ella no había nacido aún y esencialmente ya había muerto.
Sí, sé que es algo complicado, pero hasta vosotros, obtusos Instrumentales que
por algún extraño motivo que aún me es desconocido no quisisteis ser dioses,
tenéis que comprenderlo.
- Lo sabemos Lesskin. Estábamos allí y el vicio más profundo
y continuo de todo inmortal es recordar.
Y Astáragas habla porque recuerda. Y los demás recuerdan
porque Astáragas habla pero aunque es su voz, el relato es de otro.
De alguien que ahora no puede hablar porque sus alas son de
roca. El relato de un Ángel de Piedra.
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"Nuestra esencia es dual o lo era hasta ese aciago instante
en el que una vieja pendencia que nada tenía que ver con la gloria y el poder,
que en nada se relacionaba con la belleza o la soberbia de Luzbel o con la
bondad o la cólera de El Invisible nos forzó a dividirnos, a rompernos, a
elegir entre las dos orillas del río que marcaba la esencia de la vida en las
Casas Celestes.
Antes de que Los Caídos dieran vida a las runas de sus
espaldas y Los que han de seguir activaran las algebras de sus escudos, antes
de que el acero crepitara con los glifos arcanos y el cristal se quebrara bajo
el peso infinito del poder de las cunas antiguas siempre habíamos sido una
dualidad, siempre habíamos mantenido el equilibrio de los lados apuestos de una
misma moneda, de las facetas enfrentadas de una misma joya.
Aquel que era señor de la música también lo era del
silencio; el que gobernaba sobre la luz también inspiraba sobre la oscuridad,
el hermano que era guardián del dolor lo era a la vez del placer, el ser que
dirimía sobre el orgullo también juzgaba
sobre la vergüenza.
Así fue no porque lo decidiéramos, sino porque nos resultaba
imposible existir de otra manera. Pese a los cambios en el mundo del hombre así
seguía siendo; pese a las disensiones, las disputas y la Espada del Fin del
Tiempo, así seguía siendo; pese a los deseos del Invisible así seguía siendo.
Incluso, pese a Lesskin, así seguía siendo.
Pero una batalla cambia mucho, pese a que se perciba en cama
lenta por aquellos que viven otra existencia en un plano diferente, pese que
las armas choquen y crepiten en absoluto silencio, una batalla tiende a cambiar
las cosas. La mayor parte de las veces tan sólo se inician con ese objetivo.
Más allá del resultado, por todos conocido y por todos
ignorado, más allá de las paces y los armisticios, más allá de las deserciones,
los abandonos, las traiciones y los destierros, el día en que el Campo de las
Armas se anegó del impulso fratricida de nuestro pueblo inmortal, nosotros
dejamos de ser duales. Dejamos de ser dos.
Cuentan, aquellos que mantienen en su esencia el transcurso
del tiempo entre los tiempos, que en aquel segundo que fue una era en el orbe
que gira en mitad de la columna del Palomar de Almas, que esa fue la ocasión en
la que rompimos nuestras esencias y desviamos nuestras existencias a lo que hoy
somos, a lo que ya hemos sido y volveremos a ser.
Pero, hasta aquellos capaces de mantener la mente entre los
tiempos distintos de los mundos angélicos y los fuegos abisales y el correr de
los días del mundo de los hombres, pueden equivocarse.
De hecho, se supone que no pueden hacerlo y eso les lleva a
cometer errores que ni ellos mismos perciben en su momento.
Los que vieran llorar a Samael, sonreír a Abbadon y rezar a
Astáragas se equivocan; los que vieron charlar a Herahiah con su hermano
perdido se equivocan; los que contemplaron el nacimiento del curso de un
planeta con una órbita que abarca el universo se equivocan; los que vieron
nacer un bosque que camina y a un hombre que no llora se equivocan; aquellos
que contemplaron el ascenso y caída de la Hija de Caos se equivocan; los dioses
que nacieron y murieron ese día y en jornadas posteriores se equivocan. Hasta
El Invisible se equivoca. Aunque eso no es noticia.
Aquel día, en aquella que batalla que duró lo que el tiempo
diferido y acelerado de los cielos e infiernos tuvo a bien concedernos, los que
Habían de Caer los que Teníamos que Permanecer no perdimos nuestra esencia, no
mudamos nuestra existencia.
Aquel día nacimos
Y el primero fue Belial. En eso si aciertan aquellos que han
visto lo que ha de pasar y relatan lo que está por llegar.
Tanto me daría que no lo hicieran. A mí no tienen que contármelo.
Yo estaba allí. Luché contra él.
Escucho la risa de Belial como si se estuviera produciendo
en este momento. A lo mejor es así. El tiempo no es lo mismo en un lugar que
otro.
Si pudiera alzar la cabeza hacia el profundo oscuro que se
levanta sobre mí, podría comprobar qué tiempo viven ahora en Las Casas
Celestes. Pero no puedo hacerlo. Así que supongo que no está ocurriendo de
nuevo, que no está ocurriendo aún. Supongo que tan sólo recuerdo. Mi nombre es
Aziel y lucho contra Belial en favor de El Invisible. Luego seré un ángel de
Piedra, pero para eso queda mucho.
- ¿Por qué insistís?, ¿sabéis que no podéis vencer? – y de
nuevo mi antagonista, mi enemigo, mi hermano, me lleva a quebrantar las normas
no escritas del campo de las Armas. Se combate en silencio, se vence en
silencio, se cae en silencio.
Cada palabra mía es una victoria suya y lo sé. Mucho más que
una estocada o una finta; mucho más que una runa trazada para anular un glifo o
que una salmodia interrumpida por un ensalmo bendito. Cada palabra me hace
romper las normas, me traslada a su lado, me derrota.
- No queremos vencer. Nunca hemos querido eso- Y pese a que
su estoque serpenteante está a punto de cercenar mi ala derecha, pese a que su
salmodia rúnica intenta instalarse en mi garganta para impedirme recitar mis
ensalmos protectores y activar las algebras doradas de mi espada que le
devolverán el daño que me infrinja, sé que no miente.
Siempre hemos sabido lo que buscan. Por eso siempre les
hemos comprendido. Por eso siempre les hemos perdonado.
Mis pensamientos me alejan de la batalla y me acercan a mi
enemigo y eso casi me cuesta el combate.
El hecho de que seamos inmortales, como el sarcasmo de
Belial me ha recordado, no implica que no luchemos a muerte. Nuestro objetivo
es anular al rival, restarle sus esencias parcial o totalmente hasta que no
pueda combatir, hasta que no pueda pensar, hasta que no pueda creer.
Nuestra danza de hechizos y estocadas no tiene otro objetivo
que paralizar la esencia del rival. Apartarla de él lo suficiente para que no
pueda defenderse de nuestros razonamientos y de nuestra magia. Para que deba
aceptar la voluntad de El Invisible o la rebeldía del Príncipe del Mal
Entonces le hemos derrotado porque le forzamos a aceptar la
nuestra.
Así de simple. Así de doloroso. Mucho más doloroso que la
muerte. Mucho menos macabro que la vida.
Contemplo el campo de batalla y veo que ya apenas nos quedan
rivales. No es que les hayamos vencido. Es que no están. Sus espadas dentadas y
sinuosas no adornan el Campo de las Armas como tocones desnudos esperando a ser
cosechadas por los vencedores; no quedan jirones de sus ropas y trozos de sus
armaduras.
Puede que les estemos derrotando, pero no les estamos venciendo.
No huyen, no se rinden, simplemente se retiran. Aplazan y difieren el resultado
de esta pendencia absurda y fratricida.
Y eso, en el correr del tiempo de nuestra especie y nuestra
morada puede significar unos cuantos universos de demora. Puede significar la
eternidad y ni siquiera El Invisible puede permitirse tanto retardo.
Luzbel sigue luchando. Será el último en irse. Su
magnificencia, su gracia, su elegancia en las armas y los ritos le han
permitido sojuzgar a muchos, llevarlos a su lado, casi a tantos como a los que
ha rescatado Herahiah para nuestras huestes.
Tanto me fijo en los dos paladines, los dos hermanos, que
casi no percibo a tiempo la maniobra de Belial.
Ha soltado la empuñadura de su arma, dejándola colgar de la
cinta de plata que la ata a su muñeca y traza una runa en el aire. Es una runa
ardiente, que se dibuja a medida que la va diseñando. Por lo intrincada es
definitiva. Si le dejo arrojarla el combate habrá terminado.
- El mundo ha de girar, hermano, el mundo ha de girar – me grita
mientras termina de trazar el arma cabalística que pretende arrojarme.
No tengo tiempo para determinar su contenido y trazar el
algebraico que la anule así que opto por la solución de emergencia. Alzo mi
espada y marco un golpe justo en mitad de los trazos que Belial dibuja. Me
sorprendo de que no haga ningún gesto defensivo. Me alarma que sonría.
Y lo comprendo tarde. Sólo un instante tarde. Sólo con un
universo de demora.
El Campo de las Armas se detiene como hiciera ante el rezo
de Astáragas mucho tiempo después, como hizo ante la huida de Mariel dentro de
miles de años. Se detiene y observa como la hoja sagrada, con todos sus glifos
ardiendo, corta y cercena en dos la runa que no es otra cosa que el nombre
secreto de Belial.
Los que ya son Caídos y los que algún día deberían de serlo
contienen el aliento cuando cae sobre el signo
arcano que cuelga en el aire y los brazos de Belial se separan apuntando
en direcciones divergentes. No me hace falta girar la cabeza para ver a qué
lugar apuntan.
Los nidos, los lugares donde las esencias se arremolinan en
espera del tránsito hacia el mundo, se estremecen cuando las esencias separadas
de Belial las sacuden al este y a l oeste de Las Casas Celestes.
La batalla concluye.
Como Belial, los que seguían combatiendo se colocan fuera de
nuestro alcance, desparecen como si nunca hubieran estado entre nosotros. No
hemos vencido. Ellos han decidido dejar de pelear.
Por primera vez en eones el Invisible sale de su templo.
Como siempre con retraso, como siempre sin saber nada o casi nada.
Por un momento, casi por instinto, pongo la mirada en el
tiempo de los hombres, allá en el mundo que yace en el centro mismo de la
columna que mantiene el universo. Veo como un rey convoca a las huestes, veo
como un hombre pisa una tierra ignota y la reclama para sí, pero no veo a
Belial
Dicen los que saben aquello que ocurrió cuando no había
mundo que, Belial, el que fuera señor de la memoria y el conocimiento, recibió
a Luzbel en su nueva morada cuando este se retiró a las bóvedas basálticas.
Aunque no estaba allí me inclino a creerlo
¿Qué otro lugar le queda a aquel que ha separado su esencia
dual entre los vivos?
- El mundo ha de girar, hermano- y no sé si es un eco o un
recuerdo de la voz de Belial.
Casi puedo escuchar a Lesskin con su voz musical y
estridente a la vez chillar un “mira que os lo advertí”.
Al llegar a las bóvedas oscuras que serían su morada Los
caídos, los hermanos de Belial siguieron su ejemplo. Se dividieron en enviaron
una parte de lo que fue su dualidad al mundo que se agita bajo las nubes que
son la base de nuestra angélica morada.
Ahora, sus esencias dispares no son tan desconocidas como lo
es al Invisible el amor por el que sus aliados se revelaron. Ahora los
comprendo. No voy con ellos pero los comprendo.
Y mientras yo sigo atisbando el mundo en busca de mi antagonista,
de mi rival, de aquel con el que combatí y ya no quiero hacerlo. Veo como una
noble morada de La Ciudad de la Luz se sacude con la llegada de un alma que lo
guarda.
El Primer Ángel Dividido, el que fuera Señor del Saber y la
Memoria, se esconde bien. Ya no hay equilibrio que seguir, flujo que rastrear.
Se ha separado a sí mismo para poder entregarse a aquellos por los que luchó,
por los que perdió.
Ahora miro y por fin veo. Busco a Belial. Y él se esconde.
Al menos en parte.
Estoy seguro que Belial planea recomponerse luego.
Pero “luego” es un término muy vago cuando el tiempo circula
de una forma tan anárquica como lo hace en Las Casas Celestes.
Mi nombre es Aziel. Y hoy, mientras espero, soy un Ángel de
Piedra".
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