Plasmiranthatas ya tenía alas. Habían aparecido de la nada
aquella noche. Después de que la desesperación estuviera a punto de acabar con
él, después de que el nido se convirtiera en una prisión insoportable, después
de días, de semanas, atisbando de reojo en busca de un síntoma en cada
superficie pulida que se presentaba ante sus ojos.
Para cualquier otro la espera hubiera sido algo natural, un
ejercicio de paciencia, como mucho una prueba de Dios, pero para
Plasmiranthatas había sido un infierno.
El no se conformaba con recibir lo que los demás le traían
con una sonrisa de agradecimiento a la amabilidad de aquellos que podían
desplegarse por el cielo realizando formaciones de escapada ante sus ojos. El
ya sabía como era tener alas, ya había vivido la sensación del vuelo y además
podía ver lo que había detrás de la condescendencia de los que planeaban a su
alrededor. Quizá si existiera un poco más de buena intención se podría dejar de
acudir al remedio de la caridad en estas ocasiones.
Pero ahora nada de eso importaba. Las alas ya estaban allí y
eran perfectas. Se asomó con cierto temor al borde del nido. Se afianzó por
centésima vez en su posición sobre el escaso margen de seguridad que le daba su
habitáculo y repitió el gesto reflejo que la naturaleza y Dios le habían dado.
Esta vez, en lugar de sentir como se alzaban dos muñones
inservibles contempló hasta la última pluma blanca de un par de alas perfectas.
En un primer momento le parecieron inmensas, como si
abarcaran todo el universo, pero luego recapacitó y se dio cuenta que no eran
mejores ni peores que las de cualquier otro de su especie. Simplemente eran
suyas y eso las hacía más importantes para él que cualquiera que hubiera visto
con anterioridad.
Con un grito de triunfo, Plasmiranthatas, el nuevo ser
alado, se lanzó al vacío y saludó al viento como su nuevo compañero.
La brisa era suave pese a la altura a la que se movía por lo
que hubo de batir con fuerza para ganar impulso y elevación. Era como si todo
lo que había esperado le hubiera preparado para aquel momento. Sus alas se
movían solas, guiadas por la vida que les otorgaban los deseos de
Plasmiranthatas. Miró hacia el sol y se interpuso entre sus rayos. La luz
dibujó destellos irisados en cada una de las plumas: “soy hermoso” -pensó, para
recapacitar un instante después- “son hermosas”.
Planeando grácilmente con una técnica que no sabía como
había aprendido, contempló extasiado como los rayos del sol se filtraban por
entre los huecos de sus plumas creando una especie de cascada multicolor.
Intentó hacer que la luz se filtrara según su conveniencia para crear un dibujo
concretó y persistió en aquel inútil esfuerzo hasta que el mareo le hizo perder
la concentración y comenzó a descender
Esto es una estupidez pueril
- se reprochó a si mismo al tiempo que aprovechaba una corriente para
volver a elevarse- Es hora de que los demás sepan que Plasmiranthatas ya es uno
de los suyos con todas las de la ley.
El grito de uno de los mayores le avisó de que se encontraba
demasiado cerca de la pared del nido. Ya lo sabía, pero había decidido apurar
hasta el extremo, en parte para probar sus recién adquiridos reflejos de vuelo
y en parte para vengarse de aquel espécimen en concreto.
Había sido uno de los más caritativos con Plasmiranthatas durante su larga y forzosa
estancia en el nido en espera de sus alas. Siempre que acudía a visitarle se
comportaba como si supiera en que justo momento fueran a brotar las plumas de
sus alas y se complacía en acariciarle el cuello para confortarle, pero
Plasmiranthatas sabía que en realidad lo hacía para comprobar en que estadio de
desarrollo se encontraba la musculatura de su cuello, la que había de mantener
erguidas sus alas.
Remontó a tiempo para que tan sólo el viento levantado por
su vuelo afectara a aquel viejo, cuyos días de planeos y picados habían pasado
a la historia mucho antes de que el autor de la proeza acrobática hubiera
venido al mundo
Ya no soy como tu ,viejo. Ya no soy un tullido. Guarda tu
caridad para quien realmente lo necesita. Guarda tu superioridad, ahora que tu
apenas puedes sostenerte unos instantes en el aire y yo puedo hacer lo que
quiera. Nunca seré como tu.
La crueldad de sus pensamientos le sorprendió. Era cierto
que aquel alado era especialmente pesado, pero era posible que lo hiciera con
buena intención, con preocupación genuina. Desechó el remordimiento, aunque la
sensación le sirvió para poner mucho cuidado en no exhibirse ante los nidos de
los hasta hacía unas horas compañeros de infortunio. Evito pasar por aquellos
lugares en los que se esperaban las alas con impaciencia y en algunos casos con
auténtica desesperación, como había sido su caso.
Sintió una remota empatía con aquellas criaturas aún
incompletas y quiso acercarse hasta ellas para abrazarlas y consolarlas. Para
explicarles lo que él había sentido, para decirles que entendía su dolor.
¡ Idiota! - se
reprendió a si mismo en sus pensamientos - Eso es lo que hacían contigo. Eso
era lo que intentaban y tu estabas demasiado ciego para salir de tu propio
círculo de dolor.
Sabía la frustración que causaría su presencia en cualquiera
de aquellos nidos así que se mantuvo al margen, no se acercó, pero volvió a dar
una pasada junto al nido del anciano.
En esta ocasión fue un vuelo tranquilo, casi ceremonioso. Un
planeo que le permitió deslizarse tan cerca de su congénere que pudo rozar
levemente su rostro con la última pluma de una de sus alas. Un gesto de
respeto, de disculpa.
Un dulce gorjear brotó de la garganta del viejo.
Tiene razón el muchacho. Nunca será como yo. Él no - pensó el anciano mientras veía caer la
pluma flotando en el cielo - Lo has entendido muy pronto. Estás en el camino.
Ajeno a aquellos pensamientos, Plasmiranthatas prosiguió con
su ración de soberbia. Pasearse, volar ante los ojos de los demás le
proporcionaba esa extraña sensación de placer que no sabía describir. Era como
si se alimentase más de la cuenta y quedará satisfecho para una semana. Cada
joven volador era objetivo de sus retos. Uno era sobrepasado en un picado, otro
rebasado en un vuelo lateral, el siguiente cargado por detrás y en cada una de
las acciones Plasmiranthatas sentía hincharse su corazón de júbilo. Aquellos si
que lo merecían. Ellos si se habían pavoneado ante el ante de que las plumosas
armas blancas de su venganza aparecieran en su cuerpo.
Algunos entraban en los juegos y retos que les proponía con
sus vuelos. Casi todos terminaban superándole en habilidad, pero no le
importaba. Un día antes ni siquiera hubieran tenido que sudar para lograr hacer
algo que a él le resultaba imposible: volar.
Pasó el día de esa guisa hasta que divisó a Ranthalas.
Era aquel alado especialmente
majestuoso y por ello se había convertido sin que nadie le nombrara en una
especie de ejemplo para todos. “Cuando salgan mis alas volaré como
Ranthalas” - había pensado en más de una
ocasión y ahora se encontraba en su mismo nivel, planeando a la misma altura.
Como todo el que insiste en la perfección, salvo gloriosas
excepciones generalmente femeninas, Ranthalas resultaba odioso. Si no puedes
evitar ser perfecto por lo menos debes tener el decoro suficiente para no
anunciarlo a todas horas. Ranthalas no lo hacía y continuamente demostraba sus
habilidades en el aire, así que Plamiranthatas decidió convertirse en el
genuino vengador de todos los seres imperfectos de la creación, lista en la
que, por supuesto, no pensó incluirse ni por un segundo.
Cortó en oblicuo sobre el vuelo de Ranthalas para evitar que
la estela de su aleteo y la brisa de sus alas delatara su llegada ¿Dónde había
aprendido aquella maniobra? No lo sabía. Sus innatismos funcionaban a la
perfección.
Cuando estuvo en un plano de vuelo más elevado que Ranthalas
se mantuvo en el ascenso esperando a que su víctima en aquella danza perversa
se pusiera en planeo. Ranthalas lo hizo de la misma forma perfecta que lo hacía
siempre. Las alas en ángulos perfectos, las aberturas de los extremos en ciclos
perfectos, las elevaciones en dinámicas perfectas, el plumón con una
inclinación perfecta, el cuello en una posición perfecta...
El grito tuvo también la entonación perfecta.
Cuando Plasmiranthatas se colocó de pronto batiendo sobre
él, Ranthalas simplemente se quedó sin viento con el que planear y comenzó a
caer en un descenso perfecto - pensó jocosamente Plamiranthatas -.
La idea era que Ranthalas descendiera durante unos
angustiosos metros ante la vista de todos hasta que consiguiera recuperar la
compostura. Cuando lo hiciera recuperaría altura y buscaría la causa de aquella
insoportable imperfección, pero no la hallaría porque esta estaría bastante
lejos, escondida tras un risco con el estómago contraído por la risa.
Sin embargo, la idea no era que la corriente sobre la que
planeaba el odioso perfecto fuera de aire frío. La idea no era que el aire frío
tuviera el efecto contrario que el caliente empujando a Ranthalas hacia abajo e
impidiéndole usas sus alas para contrarrestar la caída y la fuerza de la
gravedad. La idea no era que se estrellase con sus alas bloqueadas por el peso
del aire que bajaba con él. La idea no era esa.
Boquiabierto observo el descenso. En un instante no sabía
que hacer pero al siguiente había agrupado sus alas junto a los costados y se
encontraba en un picado suicida.
Las nubes se acercaban como siluetas desfiguradas por la
velocidad y cuando pasó junto a Ranthalas pudo observar sus movimientos.
Intentaba aletear acogotado por el miedo y su cuerpo se estremecía en
convulsiones que le impedían tomar el control de sus movimientos.
No se si tiene más miedo a la caída que al ridículo que está
haciendo - pensó y automáticamente se
arrepintió. Por primera vez sintió dolor en sus recién adquiridas alas. Pegadas
contra el cuerpo sufrían el cortante roce del aire helado y protestaban con
leves crujidos. Plasmiranthatas las obvió. Se olvidó de que existían hasta que,
una vez superada la caída de su víctima por varios metros tuvo que utilizarlas.
Una vez más respondieron con un conocimiento que él
desconocía poseer. Se abrieron de golpe, como lo hacen los girasoles en
primavera, en un sólo movimiento.
Por segunda vez en la jornada cortó el aire a Ranthalas.
En esta ocasión el efecto fue el contrario. Privado del frío
vendaval que le empujaba hacia abajo, su congénere pudo por fin tomar posesión
de sus alas y frenar su descenso extendiéndolas al máximo. El pánico le llevó a
iniciar un ascenso vertiginoso en lugar de reponerse del cansancio dejándose
elevar por la corriente cálida que había hallado gracias a la intervención de
Plasmiranthatas.
Nadie me ha visto cortar el aire de Ranthalas y si me han
visto salvarle. Cuando suba seré un héroe, seré el mejor. Hasta Ranthalas
tendrá que reconocer que mi maniobra ha sido perfecta.
En estas disquisiciones se encontraba el alado cuando las
nubes salieron a su encuentro. Su vista se nubló por el vapor y pese a que
seguía planeando en cómodos círculos perdió completamente la orientación entre
esa masa de cielo gaseoso.
Intentó encontrar una nueva corriente que le alzara más allá
de aquel universo pegajoso y traslúcido que apenas le dejaba respirar y mucho
menos encontrar la dirección adecuada en la que volar.
Maravilloso - pensó
mientras intentaba en vano encontrar un punto de referencia -. Mi primer día
con alas y voy a desaparecer más allá del mundo conocido por gastarle una broma
pesada al mandamás de la bandada. Una forma perfecta de morir. Supongo que no
voy a ser un héroe sino algo parecido a un mártir.
Seguía deslizándose en círculos hacia abajo. Hacia ese lugar
donde pocas veces se aventuraban los de sus especie desde tiempos inmemoriales
y del que casi nadie volvía. Los arcos que trazaba eran cada vez más amplios y
el vapor de las nubes no le dejaba divisar el sol con claridad para utilizarlo
de punto de referencia. La luz se diluía, se perdía en cientos de reflejos que
oscilaban en una miriada de dorados y ámbares. Era como si hubiera sol por
todas partes y a la vez no estuviera en ningún sitio concreto.
Preso de su propia desidia, Plasmiranthatas decidió dejarse
llevar definitivamente a donde las nubes quisieran arrojarle. Estaba seguro de
que su fin estaba cerca, de que nada había por debajo de los cúmulos que ahora
le mantenían apresado, de que su existencia concluiría una vez que los hubiera
traspasado, si es que llegaba a atravesarlos.
Comenzó a sentir como algunas de las plumas de la parte baja
de sus alas se separaban y perdían con pequeños chasquidos. Era el precio de su
broma.
Calentado repentinamente por el vapor de las nubes tras su
lucha con el aire gélido, el cáñamo que las mantenía unidas se había acabado
por romper. Vestigios de lo que unos minutos antes eran inmaculadas plumas
blancas flotaban a su alrededor convertidos en irreconocibles y arrugados despojos.
¡Estupendo!, tardarán un mes en volver a salir. Pero qué
digo - se corrigió a si mismo en sus pensamientos- para cuando salgan yo ya
estaré muerto.
De esta forma tan poco halagüeña concluyó el primer día en
que Plasmiranthatas dispuso de alas para poder volar.


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