domingo, 23 de marzo de 2014

Alas Cambiadas (II)


“La muerte es volar eternamente sin llegar a ninguna parte” -eso fue lo que pensó Plasmiranthatas antes de darse cuenta de que si estaba pensando no podía estar muerto. Miró hacia arriba y vio la capa de nubes alejarse sobre su cabeza. Luego miró hacia abajo-.
Había dos cielos.
Por eso ninguno de los que se marchaba volvía. Más allá de las nubes había otro cielo azul y blanco que se extendía hasta el infinito. Se fijó en el y descubrió que se movía. Un lejano vaivén le hacía ondularse. Eso no podía ser un cielo. Aunque fuese azul, aunque fuese cristalino. Aquello era otra cosa.
Decidió descender para comprobarlo.
Al principio parecía que iba a llegar enseguida pero, cansado como estaba. se negó a hacer de nuevo un picado del que era más que probable que sería incapaz de recobrarse. Por ello se dejó llevar por las corrientes eligiendo las frías para descender y las cálidas para frenar cada poco tiempo.
Un batir de alas le sobresaltó.
Han bajado a por mí. Ranthalas ha decidido acudir en mi rescate igual que yo acudí en el suyo. Su mente dibujó ese pensamiento obviando el hecho de que el rescate de Ranthalas no se habría producido si la gamberrada de Plasmiranthatas no hubiera tenido lugar. Cuando haces algo bueno tiendes a olvidar todo el daño que has causado hasta llegar a ese estadio. Es un derecho patológico que creen tener los miembros de todas las especies.
En cualquier caso, esperó planeando a que sus congéneres llegaran para ayudarle de nuevo a ascender a casa. Espero y esperó pero el batir de alas continuaba y nadie aparecía.
No quería mirar hacia atrás para dar sensación de tenerlo todo controlado y no estar lo mortalmente asustado que en realidad estaba. Aquel cielo que no era un cielo y que se movía bajo sus alas en constantes ondas azules le ponía muy nervioso.
Decidió modificar ligeramente su ángulo de planeo para poder atisbar discretamente cual era el motivo de la tardanza en acercarse de la partida de rescate. Así lo hizo y lo que vio le dejó sin aliento.
Tras él, pero muchos metros por debajo, volaban otros seres alados. Pequeños, casi diminutos, no se atrevían a ascender más por miedo a que las corrientes que mantenían a Plasmiranthatas en el aire les arrastrasen más fuerte de lo que sus débiles alas podían soportar.
Existían otros alados y el no lo sabía. Vaya noticia cuando volviera. Si es que volvía. A lo lejos, el segundo cielo desapareció y fue sustituido por unos extraños riscos. Eran regulares. Cuadrados y rectangulares se erguían al final de aquel cielo móvil como lo hacían sus nidos al final de su cielo.
¿Serían los hogares de aquellos extraños alados?. Decidió comprobarlo. A lo mejor le estaban escoltando hasta lo que ellos consideraban un lugar seguro. Comenzó a batir sus alas con fuerza. Cuanto antes llegara a aquel extraño nidal antes descubriría qué era lo que pasaba y con un poco de suerte como llegar a casa.
Batió sus alas con tanta fuerza que, en su inexperiencia, alcanzó una trayectoria diagonal que le llevó directamente hacia el segundo cielo.
Pese a intentarlo no pudo evitar introducirse en él. Era viscoso y no permitía mover las alas. Batió y batió en un esfuerzo supremo, intentando liberarse de las garras de aquel falso cielo hasta que por fin este le permitió marcharse, como un depredador consiente que una presa moribunda abandone sus garras con la seguridad de que podrá recuperarla más adelante.
Pero Plasmiranthatas no se rindió. Siguió aleteando hasta que por fin recupero la trayectoria que le llevaría hacia el nidal. El peso de la sustancia hizo desprenderse algunas plumas y él lo agradeció porque le aligeró y le permitió mantener la compostura y el rumbo. Los pequeños alados habían mantenido las distancias sin participar en el drama personal de su huésped.
Menuda hospitalidad. Espero que en sus nidos se porten mejor.


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“Si alguien pudiera contemplar el interior vería lo que ni este lugar es capaz de ver. Si alguien, olvidando la presencia, olvidando la dictadura que impone aquella presencia exterior, pudiera observar lo que yo estoy viendo no dudaría nunca más.
Ver dentro de lo que se esconde es algo que no sabía que se podía hacer. Las alas resultan más útiles de lo que nunca imaginé. Es este un lugar desconcertante, nunca había volado por un sitio como el que ahora se extiende bajo mi sombra. Tan recóndito, tan expresamente guardado de la vista y de la intromisión, que me siento como un ladrón que penetra en el nido de otro para robar sus huevos.
Hay luz, como si el sol se recostara contra los muros intangibles de este laberinto. Cada giro me conduce a esa luz, cada picado, cada bucle, cada espiral me lleva de nuevo a esta luz tenue y cálida de la que parece estar hecho este lugar.
¿Quién crea una claridad semejante para después no dejarla asomar? ¿Quién puede ser tan cruel consigo mismo que prefiere que los demás no conozcan una creación tan luminosa?

Es posible que decida más allá de mi propio conocimiento. Ya me pasó con el anciano, ya me pasó con Ranthalas. De hecho, estoy convencido que por algún motivo siempre decido más allá de lo que conozco. No quiero equivocarme. Esta vez no.
Me elevo para ver más claramente, para tener una visión general, para descubrir el esquema de las paredes de luz de este laberinto en el que no se cómo he penetrado y del que no se salir, del que aún no quiero salir. Del que temo y espero que nunca quiera salir.
No todo es luz. Hay espacios traslúcidos donde se filtra algo exterior. Una imagen, un rostro, un paisaje. Hay ventanas hacia un mundo exterior que desconozco, que no es el mío. O quizás sí.
Cada giro me descubre una nueva tonalidad en esta luz eterna y reconfortante. Verdes matices en zonas a las que aún he de llegar y que desaparecen cuando me acerco. Rojos intensos que fluctúan en un instante para esfumarse y luego volver a brillar tras un nuevo recodo. Azules y marrones moviéndose en una danza caleodiscópica sin ritmo ni armonía, como polluelos buscando su lugar en el nido. Pasión, esperanza, deseo, ¿Miedo?
¿Será ese el motivo que mantenga este paraíso a salvo de los que lo rodean, de los rostros que se asoman a él sin saber lo que esconde su interior?
No se puede recorrer algo que cambia constantemente. No se puede conocer. Por más prisa que me de, por más que acelere los vuelos siempre llegó un instante tarde. Siempre desconozco el recodo adecuado a la falsa pared que me aleja del lugar al que me he destinado en cada momento a llegar.
Es jugar al desconcierto, jugar al escondite conmigo mismo.

Ahora las paredes son altas y tapan todo atisbo de la luz que las crea como hambrientos guardianes celosos de todo lo que está en el interior. Un instante después son pequeñas barreras débiles que se deforman con la intensidad de la luz que en vano intentan contener. Y la claridad que da vida a este sitio se derrama, se agolpa, brotando hacia el exterior en un impulso solitario que apenas dura lo que tardo en pensarlo.
Y yo sigo volando dentro de este lugar hermoso y desconcertante, radiante y temeroso; sigo volando dentro de este caótico desorden, de este amable laberinto que parece envolver todo lo que toca para luego retirarse allí donde nadie puede destruirle.

Y de pronto, el silencio.
Al sonido se le define por su ausencia y la de este resulta abrumadora aún cuando no había percibido su existencia.
Era como un rumor constante de viento siseante. Como suena la brisa agradable de la primavera en los oídos del que planea tranquilo entre el nido y el sol. Era el sonido tranquilo de la vida apacible, del polluelo que no tiene nada que temer, del que es feliz.
Más ahora hay silencio, un silencio que hace tensarse hasta los muros del laberinto.
 Aprovecho una columna de aire para mantenerme quieto y observar. Ya no me preguntó dónde lo he aprendido. Lo sé, eso es lo que importa.
 Y entonces llega el negro.


Primero se matiza como una niebla gris que entra por los traslúcidos resquicios donde antes había rostros y paisajes. Luego se hace denso hasta convertirse en una plaga que se extiende como lo hacen las nubes de tormenta sobre el cielo.
Y devora la luz, devora la claridad con el paso firme y decidido del conquistador, del destructor que sólo halla placer en el destrozo.
¿He de hacer algo? He de hacer algo ¡He de hacer algo!

Fijo la posición de la invasión y me lanzo hacia las sombras con las alas plegadas. Aterrizo junto al lugar de entrada de la negrura, junto al inicio del ataque. Miro hacia fuera y no puedo localizar el origen de aquella fría negrura que ahora invade el laberinto de luz y de sonido. Bloqueo su paso con mi cuerpo y el frío me congela las entrañas.
No puedo hacer otra cosa y permanezco impidiendo el paso a aquellas sombras. Lentamente, como con miedo, los colores y la luz reaparecen pero no toman posesión del laberinto. La oscuridad es aún muy intensa.
Utilizo las alas para alejar al enemigo. Las bato con tal fuerza que siento como el cuello se transforma en un tronco rígido por el esfuerzo. Sigo haciéndolo aunque el dolor a veces resulta insoportable. Creo una corriente tal que estoy a punto de ser succionado por el mismo sumidero traslúcido por el que ahora se escapa la negrura. Me afianzo en el suelo y doy a esa claridad que desconozco la oportunidad del contraataque.
Es todo lo que necesita. Una vez más el laberinto cambiante en el que estoy se tiñe de matices y reflejos. Miró hacia atrás y veo que ese oscuro agujero es de nuevo un opaco círculo. Me relajo al pensar que hemos triunfado.
Quien quiera que sea el propietario de esta desconcertante belleza y yo hemos triunfado.
Floto entre las paredes para desentumecerme y descubro el mal que ha causado el ataque. Cientos de grietas pequeñas, en ocasiones casi invisibles, recorren las paredes y dejan filtrarse esa oscuridad. Me acerco a una de ellas. El siseo del negro entrando por las paredes es apenas perceptible. Lo tapo y desaparece, pero reaparece en cuanto me alejo.
Nuestra lucha, la lucha de aquella claridad y aquella brisa, no habrá servido de nada si no sello las grietas, pero no tengo nada con que hacerlo. Busco barro y no hay nada parecido en el pulido suelo de este castillo de luz, busco ramas u hojas y todas están fuera, más allá de los miradores traslúcidos que salpican los muros.
Arranco una pluma y la poso sobre la grieta. Como si siempre hubiera sido parte de él se une al muro, sellando aquella entrada de negrura.
Al instante me envuelve una luz argentina con reflejos de azules. Un azul casi verde, casi transparente me rodea y me roza; me alimenta y me sacia. La esperanza de una nueva presencia me llena los ojos y los oídos y me colma en agradecimiento a aquel sitio perfecto por dejarme formar parte él.
Y recorro el laberinto con unos nuevos ojos, con unos nuevos instintos, con un nuevo conocimiento.

Ahora formo parte de ésa luminosa estructura. Mi pluma ha taponado una abertura y está rodeada de luz, de claridad. Es luz y claridad. Ya no me hacen falta los instintos de orientación, ya casi ni siquiera me hace falta el vuelo. Reconozco cada recodo, cada pasillo, cada muro y cada tragaluz. Se lo que se oculta tras cada reflejo, aunque sigo sin comprender su significado. No me importa.
Anticipo cada cambio de forma, cada distorsión, porque yo formo parte de esos mismos cambios. Ya no me sorprenden muros que se alzan donde no debería haber nada salvo luz. Ya no me deslumbra un reflejo cuando me sorprende mirándole de frente porque creía que en ese lugar debía haber una pared. Tengo conciencia de dónde puedo estar y donde no; de qué me está vetado y cuales son mis privilegios, si es que poseo alguno.
En estas condiciones soy capaz de descubrir la ubicación exacta de cada grieta, de cada daño e intentar repararlo.
En un vuelo continuo y agotador me concentro en escuchar los siseos de negrura y localizarlos. La misma acción mil veces repetida. Una pluma o dos o las que sean necesarias cierran el agujero y la luz se restablece. El trabajo es agotador, pero mi conocimiento de aquel lugar es cada vez más completo, lo que facilita mi labor.
Tras horas de trabajo he recorrido por completo el castillo de luz y restañado sus heridas con las mías. Mis plumas volverán a crecer en pocas semanas y así los dos estaremos ya completos.
No tengo nada que hacer, así que vuelvo a dejarme llevar por la curiosidad y vuelo disfrutando de nuevo de mi mismo hasta que un dolor lacerante me sorprende y me arroja hasta el suelo.
Miro la sangre brotar de una herida e intento localizar al autor de la misma. Una arista afilada me trae la respuesta a mis preguntas con un jirón de piel colgando aún de su punzante pico.
Me levanto y descubro un sitio que desconocía. Una especie de patio central rodeado de afiladas agujas que apenas permiten pasar al propio aire. Intento esquivar el enjambre de agujas volando sobre él, pero crece para seguir deteniéndome.

Me paro a pensar y me siento como si lo hiciera por primera vez en mi vida. Tomo aire y me lanzo hacia las púas justo en el momento en el que soy arrebatado del castillo de luz y de reflejos...

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