“La muerte es volar eternamente sin llegar a ninguna parte” -eso
fue lo que pensó Plasmiranthatas antes de darse cuenta de que si estaba
pensando no podía estar muerto. Miró hacia arriba y vio la capa de nubes
alejarse sobre su cabeza. Luego miró hacia abajo-.
Había dos cielos.
Por eso ninguno de los que se marchaba volvía. Más allá de
las nubes había otro cielo azul y blanco que se extendía hasta el infinito. Se
fijó en el y descubrió que se movía. Un lejano vaivén le hacía ondularse. Eso
no podía ser un cielo. Aunque fuese azul, aunque fuese cristalino. Aquello era
otra cosa.
Decidió descender para comprobarlo.
Al principio parecía que iba a llegar enseguida pero,
cansado como estaba. se negó a hacer de nuevo un picado del que era más que
probable que sería incapaz de recobrarse. Por ello se dejó llevar por las
corrientes eligiendo las frías para descender y las cálidas para frenar cada
poco tiempo.
Un batir de alas le sobresaltó.
Han bajado a por mí. Ranthalas ha decidido acudir en mi
rescate igual que yo acudí en el suyo. Su mente dibujó ese pensamiento obviando
el hecho de que el rescate de Ranthalas no se habría producido si la gamberrada
de Plasmiranthatas no hubiera tenido lugar. Cuando haces algo bueno tiendes a
olvidar todo el daño que has causado hasta llegar a ese estadio. Es un derecho
patológico que creen tener los miembros de todas las especies.
En cualquier caso, esperó planeando a que sus congéneres
llegaran para ayudarle de nuevo a ascender a casa. Espero y esperó pero el
batir de alas continuaba y nadie aparecía.
No quería mirar hacia atrás para dar sensación de tenerlo
todo controlado y no estar lo mortalmente asustado que en realidad estaba.
Aquel cielo que no era un cielo y que se movía bajo sus alas en constantes
ondas azules le ponía muy nervioso.
Decidió modificar ligeramente su ángulo de planeo para poder
atisbar discretamente cual era el motivo de la tardanza en acercarse de la
partida de rescate. Así lo hizo y lo que vio le dejó sin aliento.
Tras él, pero muchos metros por debajo, volaban otros seres
alados. Pequeños, casi diminutos, no se atrevían a ascender más por miedo a que
las corrientes que mantenían a Plasmiranthatas en el aire les arrastrasen más
fuerte de lo que sus débiles alas podían soportar.
Existían otros alados y el no lo sabía. Vaya noticia cuando
volviera. Si es que volvía. A lo lejos, el segundo cielo desapareció y fue
sustituido por unos extraños riscos. Eran regulares. Cuadrados y rectangulares
se erguían al final de aquel cielo móvil como lo hacían sus nidos al final de
su cielo.
¿Serían los hogares de aquellos extraños alados?. Decidió
comprobarlo. A lo mejor le estaban escoltando hasta lo que ellos consideraban
un lugar seguro. Comenzó a batir sus alas con fuerza. Cuanto antes llegara a
aquel extraño nidal antes descubriría qué era lo que pasaba y con un poco de
suerte como llegar a casa.
Batió sus alas con tanta fuerza que, en su inexperiencia,
alcanzó una trayectoria diagonal que le llevó directamente hacia el segundo
cielo.
Pese a intentarlo no pudo evitar introducirse en él. Era
viscoso y no permitía mover las alas. Batió y batió en un esfuerzo supremo,
intentando liberarse de las garras de aquel falso cielo hasta que por fin este
le permitió marcharse, como un depredador consiente que una presa moribunda
abandone sus garras con la seguridad de que podrá recuperarla más adelante.
Pero Plasmiranthatas no se rindió. Siguió aleteando hasta
que por fin recupero la trayectoria que le llevaría hacia el nidal. El peso de
la sustancia hizo desprenderse algunas plumas y él lo agradeció porque le
aligeró y le permitió mantener la compostura y el rumbo. Los pequeños alados
habían mantenido las distancias sin participar en el drama personal de su
huésped.
Menuda hospitalidad. Espero que en sus nidos se porten
mejor.
“Si alguien pudiera contemplar el interior vería lo que ni este
lugar es capaz de ver. Si alguien, olvidando la presencia, olvidando la
dictadura que impone aquella presencia exterior, pudiera observar lo que yo
estoy viendo no dudaría nunca más.
Ver dentro de lo que se esconde es algo que no sabía que se
podía hacer. Las alas resultan más útiles de lo que nunca imaginé. Es este un
lugar desconcertante, nunca había volado por un sitio como el que ahora se
extiende bajo mi sombra. Tan recóndito, tan expresamente guardado de la vista y
de la intromisión, que me siento como un ladrón que penetra en el nido de otro
para robar sus huevos.
Hay luz, como si el sol se recostara contra los muros
intangibles de este laberinto. Cada giro me conduce a esa luz, cada picado,
cada bucle, cada espiral me lleva de nuevo a esta luz tenue y cálida de la que
parece estar hecho este lugar.
¿Quién crea una claridad semejante para después no dejarla
asomar? ¿Quién puede ser tan cruel consigo mismo que prefiere que los demás no
conozcan una creación tan luminosa?
Es posible que decida más allá de mi propio conocimiento. Ya
me pasó con el anciano, ya me pasó con Ranthalas. De hecho, estoy convencido
que por algún motivo siempre decido más allá de lo que conozco. No quiero
equivocarme. Esta vez no.
Me elevo para ver más claramente, para tener una visión
general, para descubrir el esquema de las paredes de luz de este laberinto en
el que no se cómo he penetrado y del que no se salir, del que aún no quiero
salir. Del que temo y espero que nunca quiera salir.
No todo es luz. Hay espacios traslúcidos donde se filtra
algo exterior. Una imagen, un rostro, un paisaje. Hay ventanas hacia un mundo
exterior que desconozco, que no es el mío. O quizás sí.
Cada giro me descubre una nueva tonalidad en esta luz eterna
y reconfortante. Verdes matices en zonas a las que aún he de llegar y que
desaparecen cuando me acerco. Rojos intensos que fluctúan en un instante para
esfumarse y luego volver a brillar tras un nuevo recodo. Azules y marrones
moviéndose en una danza caleodiscópica sin ritmo ni armonía, como polluelos
buscando su lugar en el nido. Pasión, esperanza, deseo, ¿Miedo?
¿Será ese el motivo que mantenga este paraíso a salvo de los
que lo rodean, de los rostros que se asoman a él sin saber lo que esconde su
interior?
No se puede recorrer algo que cambia constantemente. No se
puede conocer. Por más prisa que me de, por más que acelere los vuelos siempre
llegó un instante tarde. Siempre desconozco el recodo adecuado a la falsa pared
que me aleja del lugar al que me he destinado en cada momento a llegar.
Es jugar al desconcierto, jugar al escondite conmigo mismo.
Ahora las paredes son altas y tapan todo atisbo de la luz
que las crea como hambrientos guardianes celosos de todo lo que está en el
interior. Un instante después son pequeñas barreras débiles que se deforman con
la intensidad de la luz que en vano intentan contener. Y la claridad que da
vida a este sitio se derrama, se agolpa, brotando hacia el exterior en un
impulso solitario que apenas dura lo que tardo en pensarlo.
Y yo sigo volando dentro de este lugar hermoso y
desconcertante, radiante y temeroso; sigo volando dentro de este caótico
desorden, de este amable laberinto que parece envolver todo lo que toca para
luego retirarse allí donde nadie puede destruirle.
Y de pronto, el silencio.
Al sonido se le define por su ausencia y la de este resulta
abrumadora aún cuando no había percibido su existencia.
Era como un rumor constante de viento siseante. Como suena
la brisa agradable de la primavera en los oídos del que planea tranquilo entre
el nido y el sol. Era el sonido tranquilo de la vida apacible, del polluelo que
no tiene nada que temer, del que es feliz.
Más ahora hay silencio, un silencio que hace tensarse hasta
los muros del laberinto.
Aprovecho una columna
de aire para mantenerme quieto y observar. Ya no me preguntó dónde lo he
aprendido. Lo sé, eso es lo que importa.
Y devora la luz, devora la claridad con el paso firme y
decidido del conquistador, del destructor que sólo halla placer en el destrozo.
¿He de hacer algo? He de hacer algo ¡He de hacer algo!
Fijo la posición de la invasión y me lanzo hacia las sombras
con las alas plegadas. Aterrizo junto al lugar de entrada de la negrura, junto
al inicio del ataque. Miro hacia fuera y no puedo localizar el origen de
aquella fría negrura que ahora invade el laberinto de luz y de sonido. Bloqueo
su paso con mi cuerpo y el frío me congela las entrañas.
No puedo hacer otra cosa y permanezco impidiendo el paso a
aquellas sombras. Lentamente, como con miedo, los colores y la luz reaparecen
pero no toman posesión del laberinto. La oscuridad es aún muy intensa.
Utilizo las alas para alejar al enemigo. Las bato con tal
fuerza que siento como el cuello se transforma en un tronco rígido por el
esfuerzo. Sigo haciéndolo aunque el dolor a veces resulta insoportable. Creo
una corriente tal que estoy a punto de ser succionado por el mismo sumidero
traslúcido por el que ahora se escapa la negrura. Me afianzo en el suelo y doy
a esa claridad que desconozco la oportunidad del contraataque.
Es todo lo que necesita. Una vez más el laberinto cambiante
en el que estoy se tiñe de matices y reflejos. Miró hacia atrás y veo que ese
oscuro agujero es de nuevo un opaco círculo. Me relajo al pensar que hemos
triunfado.
Quien quiera que sea el propietario de esta desconcertante
belleza y yo hemos triunfado.
Floto entre las paredes para desentumecerme y descubro el
mal que ha causado el ataque. Cientos de grietas pequeñas, en ocasiones casi
invisibles, recorren las paredes y dejan filtrarse esa oscuridad. Me acerco a
una de ellas. El siseo del negro entrando por las paredes es apenas
perceptible. Lo tapo y desaparece, pero reaparece en cuanto me alejo.
Nuestra lucha, la lucha de aquella claridad y aquella brisa,
no habrá servido de nada si no sello las grietas, pero no tengo nada con que
hacerlo. Busco barro y no hay nada parecido en el pulido suelo de este castillo
de luz, busco ramas u hojas y todas están fuera, más allá de los miradores
traslúcidos que salpican los muros.
Arranco una pluma y la poso sobre la grieta. Como si siempre
hubiera sido parte de él se une al muro, sellando aquella entrada de negrura.
Al instante me envuelve una luz argentina con reflejos de
azules. Un azul casi verde, casi transparente me rodea y me roza; me alimenta y
me sacia. La esperanza de una nueva presencia me llena los ojos y los oídos y
me colma en agradecimiento a aquel sitio perfecto por dejarme formar parte él.
Y recorro el laberinto con unos nuevos ojos, con unos nuevos
instintos, con un nuevo conocimiento.
Ahora formo parte de ésa luminosa estructura. Mi pluma ha
taponado una abertura y está rodeada de luz, de claridad. Es luz y claridad. Ya
no me hacen falta los instintos de orientación, ya casi ni siquiera me hace
falta el vuelo. Reconozco cada recodo, cada pasillo, cada muro y cada tragaluz.
Se lo que se oculta tras cada reflejo, aunque sigo sin comprender su
significado. No me importa.
Anticipo cada cambio de forma, cada distorsión, porque yo
formo parte de esos mismos cambios. Ya no me sorprenden muros que se alzan
donde no debería haber nada salvo luz. Ya no me deslumbra un reflejo cuando me
sorprende mirándole de frente porque creía que en ese lugar debía haber una
pared. Tengo conciencia de dónde puedo estar y donde no; de qué me está vetado
y cuales son mis privilegios, si es que poseo alguno.
En estas condiciones soy capaz de descubrir la ubicación
exacta de cada grieta, de cada daño e intentar repararlo.
En un vuelo continuo y agotador me concentro en escuchar los
siseos de negrura y localizarlos. La misma acción mil veces repetida. Una pluma
o dos o las que sean necesarias cierran el agujero y la luz se restablece. El
trabajo es agotador, pero mi conocimiento de aquel lugar es cada vez más
completo, lo que facilita mi labor.
Tras horas de trabajo he recorrido por completo el castillo
de luz y restañado sus heridas con las mías. Mis plumas volverán a crecer en
pocas semanas y así los dos estaremos ya completos.
No tengo nada que hacer, así que vuelvo a dejarme llevar por
la curiosidad y vuelo disfrutando de nuevo de mi mismo hasta que un dolor
lacerante me sorprende y me arroja hasta el suelo.
Miro la sangre brotar de una herida e intento localizar al
autor de la misma. Una arista afilada me trae la respuesta a mis preguntas con
un jirón de piel colgando aún de su punzante pico.
Me levanto y descubro un sitio que desconocía. Una especie
de patio central rodeado de afiladas agujas que apenas permiten pasar al propio
aire. Intento esquivar el enjambre de agujas volando sobre él, pero crece para
seguir deteniéndome.
Me paro a pensar y me siento como si lo hiciera por primera
vez en mi vida. Tomo aire y me lanzo hacia las púas justo en el momento en el
que soy arrebatado del castillo de luz y de reflejos...


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