miércoles, 5 de marzo de 2014

La Muerte de Lesskin (IV)



Hasta los dioses tienen madre. Aunque sea una estrella infinita.
El Jinete de los Vientos cabalga hasta su madre. Está le recibe con esa frialdad que tienen las madres  hacia los hijos a los que no pueden dejar de amar, de los que no pueden dejar de estar orgullosas, aunque se hayan negado a hacer lo que ellas querían que hicieran.
- Buenos días, madre
- ¿Es de día? -La carcajada de Akrhan hace templar mil mundos. Y el dios que no lo es por propia voluntad ríe con esa desfachatez de los hijos que saben que sus madres están orgullosas de ellos, que no dejan de amarles, aunque no hayan hecho lo que ellas siempre dijeron que querían que hicieran-.
- He vivido eones. El cinismo me resulta aburrido, pero es tremendamente divertido cuando es falso- Y el Jinete de los Vientos mira de frente a los ojos de una estrella. Solo él sabe dónde estaban-. Siempre es de día, madre.
- Y ahora me dirás que tengo que hacer algo
- Y ahora te recordaré que sabes que tienes que hacer algo. Lesskin está muriendo
- ¿Ese hombrecillo?
- Madre, ¿de verdad piensas que creo que eres estúpida? Para ser estúpido hay que ser humano y la mayor parte de las veces varón. Tú no eres ninguna de las dos cosas.
La furia de Sideria, la estrella que es madre de los dioses, Está a punto de arrasar tres universos. Se contiene. Tan solo incendia uno.
- Bien -concede la estrella. La voz de Sideria son llamaradas estelares, púlsares y cambios de densidad. Cada ente habla con las palabras que tiene- no es un hombre, ¿qué me importa que muera?
- Me pariste con el conocimiento, la memoria, el saber y la arrogancia de todos los dioses que maté y había de matar. Hazte un favor a ti misma. No intentes tratarme como a un niño -y la rabia de Akrhan destruye los dos universos que su madre había salvado de su furia-.
- Y, ¿qué se supone que debo hacer al respecto?
- ¿Tu trabajo?
Y Sideria lo hace. No porque su hijo se lo exija. La madre de mil dioses que murieron matándose entre ellos no acepta órdenes. No porque Lesskin lo necesite. La estrella que alumbró el universo no es consciente de las necesidades de nadie que lo pueble. Sideria lo hace porque ha de hacerse.
Aunque nunca lo hubiera hecho si su hijo no se lo hubiera exigido y Lesskin no lo necesitara.
Sidería envía el mensaje
Las estrellas empiezan a nacer susurrando entre nubes de gas: intentemos ser uno y a morir gritando en estallidos furiosos de supernovas tardías: intentemos ser uno.
Los pulsares lo periten como un matra: intentemos ser uno; los quásares los proyectan como un rayo de luz: intentemos ser uno; los agujeros negros convierten la materia que absorben en un mensaje sordo: intentemos ser uno.
Los cometas lo llevan en su estela, los planetas lo repiten lentamente en sus órbitas, los asteroides lo expulsan cuando se estrellaban contra algo, los astros lo irradiaban en sus amaneceres, las lunas los emiten en sus anocheceres: intentemos ser uno.
El universo entero lo dice, lo grita, lo repite a quien quiera oír con atención. Aunque en realidad hay pocos que puedan escucharlo y aún menos que quieran enterarse.
Y Sideria vuelve a la ardua tarea de parir dioses y Akrhan al repetido esfuerzo de no querer ser dios.
Y al Limbo donde Lesskin se muere.

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- ¡Muy hermoso, chicos! -Lesskin aplaude viviblemente emocionado. Una falsa lágrima resbala por su rostro. La limpia y en el mismo movimiento adquiere una expresión adusta- Pero, lamento decir, que, como diría alguien que conocí un día en una taberna… ¿o era en la corte real de ese rey de Francia que se empeñó en ser santo matando a un papa?... ¡Bueno, da igual!.. ¡No me creo vuestro rollo!
- La percepción no altera la realidad -dice Sir Eglamor muy tranquilo-. Que tu lo creas o no no lo hace más o menos real.
- Soy el Señor del Tiempo y la Paciencia -retumba una voz que no está en el Limbo, que no tiene cuerpo-, Vendrán.
- ¡Tú quédate en tu cementerio con el pie puesto sobre una tumba, Aziel! -espeta Lesskin a la nada que es la voz- No lo harán. No lo han hecho ya y no van a hacerlo porque yo me esté muriendo. Nací de mil amores muertos, no de mil estupideces vivas.
- Lo han hecho -dice Astáragas. Y una vez más no necesita confirmación-.

Como siempre en El Limbo, llegan de donde debería llegar nadie.
Uno desde el sur, otra desde el norte; uno desde el combate, otra desde la huida; con los cuerpos de un señor cortesano y una pirata; con los rostros de una tahúr tramposa y un mercenario de frases y palabras.
Los que allí están se retiran para dejarles acercarse a Lesskin. Este ha dejado de hablar. Solamente tose. La sangre brota de nuevo de la comisura de sus labios. Ahora no hace nada por limpiarla.
Podrían haber sido la misma persona cuando se detienen frente a él. Podrían no tener nada que ver cuando se quedan mirando fijamente al personaje.
- De modo que te mueres -dice ella-.
- De manera que te estamos matando -dice él-.
Las Doce Lagrimas callan. No es su momento. Akrhan calla. Tampoco es el suyo.
Los dos que son Belial, que han huido el uno del otro durante eones, que se han buscado durante milenios, que se ha encontrado, amado, ignorado y enfrentado, se miran el uno al otro y se hablan. Por primera vez en tiempos infinitos, se hablan. No conversan, se hablan.
Ada, El Sándalo que una vez contuvo una parte de la esencia del Ángel Dividido, intenta mostrar lo que se dicen, dibujarlo en su hojas, Nohelu intenta tejerlo en su telar e Insanj recrearlo en sus mundos. Pero no pueden. No hay nada que mostrar, tejer o recrear.
Las Doce Lágrimas viven del sentimiento y ya no hay nada.
- Las cosas son así, ¿qué otra cosa puedo hacer? -dice ella-.
- Podría hacer otra cosa, pero no quiero hacerlo -dice él-.
Las esencias que el Ángel envió al mundo para recomponerlo en su unión permanecen divididas, se giran divididas, se alejan divididas y abandonan El Limbo. Divididas.
Y Lesskin, que nació de los restos de mil amores muertos, hace una reverencia cansada, suspira, cierra los ojos, tose, sangra y termina de morir.



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