El entierro de Lesskin es grandioso, apoteósico, digno del
décimo octavo Conde de Lesskin, trigésimo segundo Duque de Lesskin y noveno
Barón de Randualles.
Las puertas del Limbo se abren de par en par y la Guardia
Dorada penetra por ellas para realizar la escolta de honor del féretro, una
caja de ámbar y cristal, de ónice y amatista, esculpida por el propio Ramhata
con su danza.
Insanj retuerce la tierra baldía del Páramo Límbico para
elevar una montaña que luego se transforma en un panteón con cientos de
columnas cada una de ellas custodiada por un
miembro de La Elite de Tadeus o un guerrero de La Manada de Lyciarades.
Nohelu abre la montaña, como hiciera antaño, y arrancando
hebras, hilos y tramas de las telas que son las mismas almas de los dioses teje
un sudario para el cuerpo, casi ínfimo entre tanta grandeza, de Lesskin. El
amor siempre se hace pequeño cundo llega la muerte.
La tela, de una suavidad irreal, de una fortaleza imposible,
contiene miles de millones de matices de intricados irisados de blanco y arco
iris. En contra de lo que creen los humanos, el amor no es rojo. Siempre es de
todos los colores.
Y van llegando. Caín arriba salido de la cueva en que
habita. El holandés errante embarranca su navío en las arenas vacías del
desierto límbico y salta a tierra como un pirata en busca de un saqueo, Lilith
llega entre cantos e inciensos intentando seducir a todo el que se acerca a
saludarla, la sombra del último dragón se proyecta sobre todos custodiando los
cielos.
Las musas se pelean por un puesto de privilegio en el
cortejo fúnebre. Las nueve conocidas y las cincuenta y tres desconocidas. Arvak
impone orden enseñando su hacha. Un frió antinatural confirma que ha llegado La
Sombra y nadie la verá. Caos hace su entrada por el lado equivocado del cortejo
y amenaza con derribar el panteón. No le importa. En el caos no hay error.
El cántico susurrado por Ada hace crecer y florecer arboles
de todas las especies al paso del cortejo que se detiene cuando Akrhan, que lo
abre, se para a saludar con una pequeña inclinación de cabeza a los dioses de
oriente que, ajenos hasta hoy a las cosas del lejano occidente, han honrado al
finado con su presencia.
Sideria demuestra su tristeza aunque ella lo niegue poblando
el firmamento de cometas, medio millar de estrellas se inmolan y se navas para
hacer de fuegos de artificio que iluminen el cielo.
Por turnos, Las Doce Lágrimas portan el frágil catafalco
hasta la que será su morada infinita. El mundo de los que nadie ve y mucho
menos recuerda permanece en silencio.
Los N´garai están, los ángeles están, los caídos están,
Legión está, los restos de los dioses están, Los Perdidos están, Los Ignotos
están. Todas las casas, familias, facciones, ejércitos y clanes de lo
desconocido y aún por conocer están.
El Invisible no. Ni está, ni se le espera. Ni a él ni a los
humanos.
Como siempre, los humanos perciben estas cosas cada cual a
su modo.
La muerte de Lesskin es percibida o ignorada por los humanos
en tan solo un segundo.
Durante ese segundo estallan cientos de discusiones, se
espetan miles de recriminaciones contenidas, se tuercen millones de gestos, se
cometen cientos de millones de traiciones. Se dan centenares de excusas, se
niegan miríadas de perdones, se evitan cantidades ingentes de miradas, se
interrumpen o niegan por desidia innumerables coitos y no se dan, se pierden o
se ignoran un número incalculable de besos y de abrazos.
Y luego la vida sigue. Nadie percibe siquiera que durante
tres escasas décimas de segundo la Red que une todos los lugares ha estado
muerta.
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Solo tres personajes infinitos, además de El Invisible, que
lo es porque se niega a vivir, no traspasan los umbrales del limbo para rendir
homenaje al ser que nació de los restos de mil amores muertos.
Uno es el Dios del Miedo, el único de los mil dioses que aún
sobrevive. Contempla la grandiosa ceremonia desde la lejanía, atisbando a hurtadillas
desde el umbral del limbo. No puede ni quiere entrar. Hace varios universos que
Akrhan tiene puesto precio a su cabeza.
Los otros dos son el mismo pero ya nunca serán lo mismo. Las
dos esencias divididas observan la escena en silencio, sin hablarse, sin
mirarse siquiera.
Hasta que termina y de repente no hay nada. Nada salvo el
panteón de Lesskin.
Y entonces, solo entonces, cuando no queda nada de lo que
podía haberles unido, se miran. Pueden hablar, sus lenguas están ahí, pero las
palabras no. Pueden mirarse, sus ojos no están ciegos, pero sus miradas sí. Así
que hacen lo que han estado haciendo desde que Belial los enviará divididos al
mundo. Buscándose y eludiéndose.
Sacan sus barajas y juegan. El saber y el conocimiento
siempre juegan su partida. Saber no es conocer. Conocer no es saber. Aunque
sean las dos esencias de un ángel dividido.
Ante los ojos del dios del miedo, juegan.
La partida empieza como todas, como las miles que han
jugado. Ella juega para ganar, él no quiere jugar pero lo hace. Algunas han
durado años, incluso la vida entera de civilizaciones; en algunas él estuvo a
punto de ganar, o tras ganó ella. Él nunca tuvo todas las cartas de ambas
barajas en su mano; ella las tuvo muchas veces.
Hoy, el día en que Lesskin ha muerto, la partida apenas dura
unos segundos.
El dios cobarde contempla la partida y no la entiende. Él la
entiende desde el principio. Por primera vez la juega sin Lesskin en la sombra,
sin nadie susurrando en su oído. Por primera vez aquello que era el ser que
surgió de mil amores muertos no le dirige, no le impele arriesgarse, a seguir
en el juego, a concluirlo. A perderlo. Por única vez desde que las Esencias
Dividías comenzaron el juego, él no muestra sus cartas, no canta su jugada, no
disfruta del juego.
Ella tarda apenas un instante en comprenderlo. Intenta
anticipar los movimientos pero llega un segundo tarde, intenta cerrar las
aperturas pero no encuentra naipe para contrarrestar cada jugada. Y al cabo de
un minuto en el tiempo infinito en el que pueden haber muerto mil planetas,
el juego ha terminado.
Las cartas no están mezcladas, no están confusas. Por
primera vez desde que comenzarán, la baraja de él es toda suya. Son solamente
sus cartas, las partes de la esencia que él puso en el juego. Y las de ella son
tan solo su mazo.
Ella hace un último movimiento de mantener el juego. Esconde
su mazo por completo, lo abre en un abanico amplio y pone en la mesa solo dos
cartas. Juega los comodines.
Él podría jugar, podría seguir jugando con todas las cartas
por fin reconocidas. Pero conocer no es saber y ya no quiere hacerlo. Recoge su
mazo y se levanta. El juego ha terminado.
La parte de la esencia que ahora es ella, se levanta y
recoge su baraja de la mesa. Puede que lo haga
llorando para sí o riendo para sus adentros. Él no lo sabe. Ya no la
conoce. Le mira sin verle y se marcha más allá de los límites del limbo. Al
mundo humano supone. A seguir con su muerte.
La parte de la esencia que es o había sido él simplemente
recoge las cartas y mira hacia el páramo.
- Vete como ella -le dice la cobarde deidad- O vete con tus
cartas.
- No -la mirada de él está clavada en el túmulo de Lesskin-
- Estás dividido. No hay otra opción.
- Siempre hay otra opción. He recuperado mi parte. Tengo mi
alma.
- Pero está divida y no quieres unirla. No servirá de nada
-la voz del dios cobarde es un sise, es el canto que despierta los miedos-.
- La esencia dividida lo está en multitud de porciones.
Belial la dividió en dos de un solo tajo de la espada de Aziel pero El
Invisible la atomizó en venganza. Tenemos miles de aristas podemos encajar con
otro trozo. -su mirada ya está concentrada irremisiblemente en la tumba de
Lesskin- Lesskin se dedicaba a unir esos trozos.
- ¿Y qué logró? -el dios del miedo casi le grita en el oído.
Baja la voz. Susurra- Apenas unió una mínima porción de la esencia en todos los
pedazos que compuso a lo largo de toda la eternidad y ahora está muerto. Hay
esquirlas sueltas, pedazos perdidos, retazos que no casan, que no pueden casar,
que no tienen nada con lo que unirse
- Eso es cierto -dice sin mirar a su interlocutor y comienza
a andar-.
- ¿Qué vas a hacer?, ¿vas a hacerlo otra vez?, ¿vas a
mostrar tus cartas? -la voz del miedo es puro miedo. Miedo a que no se tenga
miedo
- Es lo que sé hacer -un paso-.
- No lo encontraras
- No lo sabes -otro paso-.
- Si encuentras otra parte de la esencia y no te reconoce
sufrirás.
- ¿Sufrir? -se detiene, ríe, llora-. ¿Cómo ahora?
- ¡Protégete! -todo el miedo del mundo está en el grito-
¡Calcula!, ¡guarda los comodines!
- Un riesgo calculado no es un riesgo. Si doy todas las
cartas, si las ve todas sabré a qué quiere jugar
- Y si nadie quiere hacerlo.
- No lo hará y sabré que es por no quiere. No por que
desconozca que el juego existe. Saber no es lo mismo que conocer.
Ya no se vuelve. Ya no se para. Entra en los Páramos
Límbicos dejando atrás al dios cobarde que no se atreve a seguirle. Le grita
- ¡No te creo!, ¡Si la encuentras no te creerá!
- Matamos a mil dioses, bueno, a novecientos noventa y
nueve. Estamos condenados a la increencia.
La referencia es demasiado directa y personal como para que
el dios del miedo no la capte. Se marcha de la linde del páramo mientras él se
acerca al catafalco que brilla con reflejos infinitos del sudario y sus finos
materiales y deja encima de él una baraja.
- Quizás puedas hacer mejor tu trabajo si conoces todas las cartas
-dice antes de marcharse a aprender como desear vivir con su elección-.



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