miércoles, 5 de marzo de 2014

La Muerte de Lesskin (yV)


El entierro de Lesskin es grandioso, apoteósico, digno del décimo octavo Conde de Lesskin, trigésimo segundo Duque de Lesskin y noveno Barón de Randualles.
Las puertas del Limbo se abren de par en par y la Guardia Dorada penetra por ellas para realizar la escolta de honor del féretro, una caja de ámbar y cristal, de ónice y amatista, esculpida por el propio Ramhata con su danza.
Insanj retuerce la tierra baldía del Páramo Límbico para elevar una montaña que luego se transforma en un panteón con cientos de columnas cada una de ellas custodiada por un  miembro de La Elite de Tadeus o un guerrero de La Manada de Lyciarades.
Nohelu abre la montaña, como hiciera antaño, y arrancando hebras, hilos y tramas de las telas que son las mismas almas de los dioses teje un sudario para el cuerpo, casi ínfimo entre tanta grandeza, de Lesskin. El amor siempre se hace pequeño cundo llega la muerte.
La tela, de una suavidad irreal, de una fortaleza imposible, contiene miles de millones de matices de intricados irisados de blanco y arco iris. En contra de lo que creen los humanos, el amor no es rojo. Siempre es de todos los colores.
Y van llegando. Caín arriba salido de la cueva en que habita. El holandés errante embarranca su navío en las arenas vacías del desierto límbico y salta a tierra como un pirata en busca de un saqueo, Lilith llega entre cantos e inciensos intentando seducir a todo el que se acerca a saludarla, la sombra del último dragón se proyecta sobre todos custodiando los cielos.
Las musas se pelean por un puesto de privilegio en el cortejo fúnebre. Las nueve conocidas y las cincuenta y tres desconocidas. Arvak impone orden enseñando su hacha. Un frió antinatural confirma que ha llegado La Sombra y nadie la verá. Caos hace su entrada por el lado equivocado del cortejo y amenaza con derribar el panteón. No le importa. En el caos no hay error.
El cántico susurrado por Ada hace crecer y florecer arboles de todas las especies al paso del cortejo que se detiene cuando Akrhan, que lo abre, se para a saludar con una pequeña inclinación de cabeza a los dioses de oriente que, ajenos hasta hoy a las cosas del lejano occidente, han honrado al finado con su presencia.
Sideria demuestra su tristeza aunque ella lo niegue poblando el firmamento de cometas, medio millar de estrellas se inmolan y se navas para hacer de fuegos de artificio que iluminen el cielo.
Por turnos, Las Doce Lágrimas portan el frágil catafalco hasta la que será su morada infinita. El mundo de los que nadie ve y mucho menos recuerda permanece en silencio.
Los N´garai están, los ángeles están, los caídos están, Legión está, los restos de los dioses están, Los Perdidos están, Los Ignotos están. Todas las casas, familias, facciones, ejércitos y clanes de lo desconocido y aún por conocer están.
El Invisible no. Ni está, ni se le espera. Ni a él ni a los humanos.
Como siempre, los humanos perciben estas cosas cada cual a su modo.
La muerte de Lesskin es percibida o ignorada por los humanos en tan solo un segundo.
Durante ese segundo estallan cientos de discusiones, se espetan miles de recriminaciones contenidas, se tuercen millones de gestos, se cometen cientos de millones de traiciones. Se dan centenares de excusas, se niegan miríadas de perdones, se evitan cantidades ingentes de miradas, se interrumpen o niegan por desidia innumerables coitos y no se dan, se pierden o se ignoran un número incalculable de besos y de abrazos.
Y luego la vida sigue. Nadie percibe siquiera que durante tres escasas décimas de segundo la Red que une todos los lugares ha estado muerta.

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Solo tres personajes infinitos, además de El Invisible, que lo es porque se niega a vivir, no traspasan los umbrales del limbo para rendir homenaje al ser que nació de los restos de mil amores muertos.
Uno es el Dios del Miedo, el único de los mil dioses que aún sobrevive. Contempla la grandiosa ceremonia desde la lejanía, atisbando a hurtadillas desde el umbral del limbo. No puede ni quiere entrar. Hace varios universos que Akrhan tiene puesto precio a su cabeza.
Los otros dos son el mismo pero ya nunca serán lo mismo. Las dos esencias divididas observan la escena en silencio, sin hablarse, sin mirarse siquiera.
Hasta que termina y de repente no hay nada. Nada salvo el panteón de Lesskin.
Y entonces, solo entonces, cuando no queda nada de lo que podía haberles unido, se miran. Pueden hablar, sus lenguas están ahí, pero las palabras no. Pueden mirarse, sus ojos no están ciegos, pero sus miradas sí. Así que hacen lo que han estado haciendo desde que Belial los enviará divididos al mundo. Buscándose y eludiéndose.
Sacan sus barajas y juegan. El saber y el conocimiento siempre juegan su partida. Saber no es conocer. Conocer no es saber. Aunque sean las dos esencias de un ángel dividido.
Ante los ojos del dios del miedo, juegan.
La partida empieza como todas, como las miles que han jugado. Ella juega para ganar, él no quiere jugar pero lo hace. Algunas han durado años, incluso la vida entera de civilizaciones; en algunas él estuvo a punto de ganar, o tras ganó ella. Él nunca tuvo todas las cartas de ambas barajas en su mano; ella las tuvo muchas veces.
Hoy, el día en que Lesskin ha muerto, la partida apenas dura unos segundos.
El dios cobarde contempla la partida y no la entiende. Él la entiende desde el principio. Por primera vez la juega sin Lesskin en la sombra, sin nadie susurrando en su oído. Por primera vez aquello que era el ser que surgió de mil amores muertos no le dirige, no le impele arriesgarse, a seguir en el juego, a concluirlo. A perderlo. Por única vez desde que las Esencias Dividías comenzaron el juego, él no muestra sus cartas, no canta su jugada, no disfruta del juego.
Ella tarda apenas un instante en comprenderlo. Intenta anticipar los movimientos pero llega un segundo tarde, intenta cerrar las aperturas pero no encuentra naipe para contrarrestar cada jugada. Y al cabo de un minuto en el tiempo infinito en el que pueden haber muerto mil planetas, el juego ha terminado.
Las cartas no están mezcladas, no están confusas. Por primera vez desde que comenzarán, la baraja de él es toda suya. Son solamente sus cartas, las partes de la esencia que él puso en el juego. Y las de ella son tan solo su mazo.
Ella hace un último movimiento de mantener el juego. Esconde su mazo por completo, lo abre en un abanico amplio y pone en la mesa solo dos cartas. Juega los comodines.
Él podría jugar, podría seguir jugando con todas las cartas por fin reconocidas. Pero conocer no es saber y ya no quiere hacerlo. Recoge su mazo y se levanta. El juego ha terminado.
La parte de la esencia que ahora es ella, se levanta y recoge su baraja de la mesa. Puede que lo haga  llorando para sí o riendo para sus adentros. Él no lo sabe. Ya no la conoce. Le mira sin verle y se marcha más allá de los límites del limbo. Al mundo humano supone. A seguir con su muerte.
La parte de la esencia que es o había sido él simplemente recoge las cartas y mira hacia el páramo.
- Vete como ella -le dice la cobarde deidad- O vete con tus cartas.
- No -la mirada de él está clavada en el túmulo de Lesskin-
- Estás dividido. No hay otra opción.
- Siempre hay otra opción. He recuperado mi parte. Tengo mi alma.
- Pero está divida y no quieres unirla. No servirá de nada -la voz del dios cobarde es un sise, es el canto que despierta los miedos-.
- La esencia dividida lo está en multitud de porciones. Belial la dividió en dos de un solo tajo de la espada de Aziel pero El Invisible la atomizó en venganza. Tenemos miles de aristas podemos encajar con otro trozo. -su mirada ya está concentrada irremisiblemente en la tumba de Lesskin- Lesskin se dedicaba a unir esos trozos.
- ¿Y qué logró? -el dios del miedo casi le grita en el oído. Baja la voz. Susurra- Apenas unió una mínima porción de la esencia en todos los pedazos que compuso a lo largo de toda la eternidad y ahora está muerto. Hay esquirlas sueltas, pedazos perdidos, retazos que no casan, que no pueden casar, que no tienen nada con lo que unirse
- Eso es cierto -dice sin mirar a su interlocutor y comienza a andar-.
- ¿Qué vas a hacer?, ¿vas a hacerlo otra vez?, ¿vas a mostrar tus cartas? -la voz del miedo es puro miedo. Miedo a que no se tenga miedo
- Es lo que sé hacer -un paso-.
- No lo encontraras
- No lo sabes -otro paso-.
- Si encuentras otra parte de la esencia y no te reconoce sufrirás.
- ¿Sufrir? -se detiene, ríe, llora-. ¿Cómo ahora?
- ¡Protégete! -todo el miedo del mundo está en el grito- ¡Calcula!, ¡guarda los comodines!
- Un riesgo calculado no es un riesgo. Si doy todas las cartas, si las ve todas sabré a qué quiere jugar
- Y si nadie quiere hacerlo.
- No lo hará y sabré que es por no quiere. No por que desconozca que el juego existe. Saber no es lo mismo que conocer.
Ya no se vuelve. Ya no se para. Entra en los Páramos Límbicos dejando atrás al dios cobarde que no se atreve a seguirle. Le grita
- ¡No te creo!, ¡Si la encuentras no te creerá!
- Matamos a mil dioses, bueno, a novecientos noventa y nueve. Estamos condenados a la increencia.
La referencia es demasiado directa y personal como para que el dios del miedo no la capte. Se marcha de la linde del páramo mientras él se acerca al catafalco que brilla con reflejos infinitos del sudario y sus finos materiales y deja encima de él una baraja.

- Quizás puedas hacer mejor tu trabajo si conoces todas las cartas -dice antes de marcharse a aprender como desear vivir con su elección-.


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