miércoles, 5 de marzo de 2014

La Muerte de Lesskin (III)


- Bueno -interrumpe Lesskin a Astáragas- Técnicamente eso no es exacto del todo. Aziel no es un Ángel de Piedra. En realidad el chico va y viene más que un tranvía lisboeta pero le gusta ese rollo de -enfatiza su voz con una gravedad impostada- “espero aquí, hecho piedra, a que las esencias se reúnan”. No hace más que presionarme.
Una sola carcajada hice brillar por un instante el rostro siempre sombrío de Umh`ere, mientras que Ada hace mover sus hojas siseando. Cuando los sándalos ríen, sus hojas huelen más.
- Y te recuerdo que tu trabajo es unir esas esencias -dice Akrhan. Esta vez sonríe-.
- Y te recuerdo que llevo haciéndolo desde el principio -Se encoge como si esperara una colleja o algo parecido- Bueno, vale, me dormí con el planeta y el cometa pero aparte de ese pequeño incidente en nada achacable a mi persona sino más bien al lento y aburrido modo de conversar de los astros, ¿os he fallado alguna vez?
Y eso es cierto. Ramhata asiente en silencio, Nohelu sonríe. El Jinete de los vientos permanece en silencio. Es Cierto.
Lesskin ha seguido y perseguido la esencia dividida por todos los tiempos y todos los espacios.
En las fiestas aqueas él servía los caldos entre Paris y Helena; en la guerra de Actium, un jefe de galeras llenó su vientre y su espalda de latigazos mientras su forma de bogar generaba tal caos que permitía huir a Cleopatra y a Antonio, aunque Antonio no huyera; en Padua casó y unió a los amantes trágicos disfrazado de monje; en Orleans susurro obscenidades hasta que consiguió que Jean Sebastian de Dunois amara a Juana, en Azincourt bramó gritos de batalla hasta que logró que Enrique se cansara y volviera a su casa a buscar a la reina a quien amaba; en Banockburn acalló la batalla para que la Loba de Francia cumpliera sus amores. Esencias divididas. Esencias encontradas.
- ¿De verdad crees que eso no fueron fallos? -Cuando sabes la respuesta y haces la pregunta solo quieres asegurarte de que el otro también la conoce. Akrhan sabe la respuesta-.
- ¡De verdad me echas a mí la culpa -y por una vez en todos sus eones de falsas indignaciones y protestas fingidas, el enfado de Lesskin parece verdadero- Yo no tengo la culpa de que Antonio fuera idiota y quisiera morir; yo no tengo la culpa de que esos dos pardillos paduanos eligieran hincharse de veneno en lugar de comprarse una casa solariega en la Romaña e intentar morir de viejos juntos -suspira y vuelve a recostarse como cansado, como moribundo- Ni siquiera tengo la culpa de que el idiota del gascón ese que esgrimía tan bien decidiera callarse su amor por su prima hasta que tenía demasiados años y demasiada poca vida como para que a nadie le importara.
- Tiene razón- de nuevo la voz de Yakio es fría como la piedra, cálida como la madera- La estupidez no es cosa suya, ni de las esencias divididas.
- La estupidez es de los humanos, no del amor, no de Lesskin -Y Astáragas no espera confirmación del Errante. No la necesitaba-.
Todos se quedan callados, quietos, en un instante infinito. Un viento tenue comienza a soplar, un leve susurro empieza a escucharse. Ada estaba hablando. Los sándalos hablan con sus hojas.
Y las Doce Lágrimas lo ven, lo escuchan, lo sienten, lo viven. Ada canta y cuenta los éxitos de Lesskin.
Miles de hojas, miles de espacios, miles de tiempos, millones de historias. Un anciano que no tiene fuerza casi para vivir dando de beber a una anciana que envejece a su lado; una mujer dando un vaso de agua a un soldado enemigo, una mujer escondiendo regalos de aniversario por toda la casa, un campesino medieval caminando dos días para ir al mercado y comprar una peineta de hueso; dos ancianos discutiendo y buscándose, un hombre persiguiendo por la casa a una mujer para hacerla cosquillas, caminos de pétalos flores hasta una bañera, una pareja haciendo la compra a carcajadas, dos personas fumando y riendo en la cama con el olor del sexo impregnando la estancias.
Historias, más historias. Miles de tiempos, de espacios y de historias.
La canción que cuenta el Sándalo Viviente parece interminable, está escrita en letras infinitas. Es eterna.
Y en cada hoja, en cada susurro del árbol que hizo moverse un bosque, en cada historia está Lesskin. Él, regala el dinero al campesino y vendé la peineta, Él cierra la puerta para que la mujer que huye riendo de las cosquillas no tenga escapatoria, él sujeta invisible el tembloroso brazo del anciano que acerca la taza a los labios de su esposa, él mantiene caliente, casi contra la física, él agua de la bañera, el susurra la broma que hace reír a los amantes tras su acto de amor.
Millones de ínfimos pedazos de las esencias divididas reunidos, mantenidos unidos, conformados en uno. Tiempos compartidos, vidas entrelazadas. Seres interdependientes.
- Has vivido toda tu vida como un dios, aunque no hayas ejercido de ello -le dice la Tejedora de Almas con una dulzura infinita al Dios Errante- Solo ves los fracasos, solo ves lo grande, solo ves lo que recuerdas.
- Y vosotros no quisisteis ser dioses -sonríe Akrhan sabiendo lo que ya conoce de antemano- Os quitaron el cuerpo no podéis recordar. Solo podéis vivir.
- Los fracasos de Lesskin siempre se recordarán porque han muerto -y el Forjador del Caos no habla para nadie- Sus éxitos son vividos. No resulta necesario recordarlos. Solamente se recuerda lo que muere.
- Ejem, ejem -todos volvieron la vista hacia Lesskin- Os agradecería que no hablarais de mi como si no estuviera. Me encanta que os toméis la molestia de practicar para mi elegía, aunque he de decir que el tono quizás debería ser algo más festivo y desenfado, ya que estamos. Pero una cosa es ensayar y otra hacerlo delante del moribundo. No sé, a lo mejor es que mis orines aristocráticos y mi gran capacidad lírica y poética, me imponen un protocolo diferente al que utilizan los que -y en ese punto hace un gesto de burla y adopta un tono que todos habían sufrido en algún momento de la eternidad- “decidieron no ser dioses”, pero creo que leí en alguna parte… quizás en el Libro de Los Muertos de Cannabis,… ¿Anubis?… que es el muerto el que elige el protocolo de su muerte.
- No vas a morir hoy, Lesskin. Hoy no -y la voz a la espalda del Duque de Randualles suena larga y sibilante. Suena como un aullido.

- ¡Vaya, los que faltaban! -los hombros de Lesskin se contraen en un gesto de fingida derrota-, ¿quién declaró hoy jornada de puertas abiertas?

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Tadeus no es un señor de la Instrumentalidad, no es un dios que no quería serlo. Es un hijo de Caín, como lo es, Lyciarades, quien había hablado. Son dos de los muchos errores atribuidos a El Invisible.
En otro tiempo, en otra guerra, se habían enfrentado. Habían sido líderes de La Elite y de La Manada. Habían sido enemigos, habían sido medio humanos, medio otra cosa. Ahora solo son transeúntes.
- Todos sabemos lo que tenemos que hacer -dice el que fuera el más feroz de los llamados vampiros- Hagámoslo de una vez. Tenemos que intentarlo. Este individuo insoportable, melifluo, arrogante, cargante y desquiciante lo intentó por nosotros. Se lo debemos.
Y lo hacen. El Lobo y el murciélago. El vampiro y el licántropo. Los dos errores del Invisible se unen en un abrazo. Algo que era imposible hasta que dos mil años atrás ambos descubrieron que podían intentarlo.
Fundido en ese abrazo, que durante cien guerras dos razas inmortales habían considerado antinatural, Tadeus expande sus sentidos como sólo los suyos y sus enemigos sabían hacer. Como solo había sido hecho una vez antes. Convoca a La Elite a trabajar con él
Comienza por olfatear el aire cercano y percibe el olor, dulce y pegajoso de la muerte en Lesskin. Lo ignora. No se detiene, olfatea más allá y encuentra a sus hermanos. Se une a ellos y utiliza sus sentidos, sus fosas nasales, para alejarse más.
Así, abandona el desierto que le rodea y se proyecta al mundo humano,  a la ciudad. El agudo olfato de Timoneas le permite atravesar el gran lago salado. En la otra costa, Niguamba abandona su cacería para cederle sus sentidos. Ninguno sabe lo que busca Tadeus, irónicamente conocido como Deus, El Elegido de La Elite, pero no puede ignorarse su llamada. Esa es la ley y todos la cumplen.
Uncius Malicinus deja de hablar en la asamblea para que Tadeus pueda olfatear la capital del Imperio; Ibn Hammun detiene su caravana y espera a que Tadeus pase a través de él; Tochanatapac frena su cuerpo en mitad de su danza. La lluvia puede esperar. Deus no.
Y junto a los sentidos de sus hermanos, de los otros vampiros, hay otros. Olfatos mucho más agudos y precisos; miradas mucho más penetrantes; oídos más finos. Por segunda vez desde que el gran mar anego el continente común, un miembro de La Elite utiliza los sentidos licántropos. La unión con Lyciarades se lo permite. Los sentidos de las dos razas cubren el mundo a la orden de Deus. Detectan lo indetectable. Millones de olores son asimilados y procesados por la memoria colectiva de dos razas inmortales. Lo invisible se hace visible.
Pasea el olfato y el oído de dos razas por ciudades y campos; huertos y páramos; minas y barcos. Se detiene un instante para descubrir que los Odum, los temibles seres felinos, no están tan derrotados como parece. Desciende a los fondos abisales y su nariz se arruga con la pestilencia de los sirenios, pálidos como él y esquivos como La Sombra. Respira el sulfuroso aire de volcanes y simas y descubre que él último dragón del mundo duerme en Kathay.
Y entonces envía su mensaje. Miles de hombres y mujeres a medias y de fieras lo repiten con aullidos, rugidos, relinchos y siseos.
Intentemos ser uno.
Y los Doce Señores de La Instrumentalidad que no quisieron ser dioses se ponen también a hacer su trabajo.
Nohelu, la que tejió las almas de los dioses, tensa los hilos de millones de almas en todo tiempo y espacio, les cambia los colores, les repone los hilos gastados por el miedo, la duda o la rutina, les deshace los nudos de la traición, la mentira o la rabia y teje entre ellas, con ellas y para ellas su mensaje.
Intentemos ser uno.
Yakio y su fría y cálida voz de puente se ponen manos a la obra. Los refuerza, los construye, los mantiene, los hace visibles entre la niebla y el miedo, entre la indecisión y el futuro. Millones de humanos de todo tiempo y vida atisban un instante caminos que no veían, pasos que desconocían en el río de sus vidas. Y Yakio coloca su alma en cada uno de ellos repitiendo a paseantes y navegantes fluviales su mensaje.
Intentemos ser uno.
Ephiné convoca a las huestes de La Guardia Dorada, la que muere pero no se rinde, en su honor y su dignidad, en su resistencia y su orgullo con un grito de guerra: Intentemos ser uno.
Arvak parte su hacha en dos y libera su alma atrapada en el arma desde el comienzo de sus tiempos, Y el crujido del arma es un grito que llega a los oídos, los corazones y las vidas de todos aquellos que tienen sus almas y sus vidas ligadas a algo que no era la vida.
Intentemos ser uno.
Insanj, el Hacedor de Mundos, arroja sus esencias de creación hacia todos los que hacen y piensan algo nuevo, a artistas y filósofos, a bardos y poetas, a arquitectos y locos. Y todos repiten sin saberlo siquiera el mensaje de Insanj.
Intentemos ser uno.
Ramhata, el avatar de ámbar baila su danza eterna y convoca a todos aquellos que viven bajo otro nombre, que se esconden de su miedo y su soledad bajo imágenes perfectas, bajo nombres de dioses, que anhelan otras vidas, que albergan otros sueños. Y aquellos que son avatar de sí mismos o de otros, replican al unísono.
Intentemos ser uno.
 Xaerjes, reitera su rento hacia los vientos, a todos los enemigos invisibles, a todos los que luchan contra nada y no pueden vencer. Y los vientos conducen en pausados soplidos o furiosas tormentas su mensaje. Intentemos ser uno.
Uhm´ere, el rey rastreador deja miles de rastros que conducen a aquellos que se dan a la caza y ansían ser cazados, a aquellas que depredan de noche y deseaban ser devoradas hacía la misma pista, hacia la misma pista.
Intentemos ser uno
Ada, el sándalo que hizo amar a un bosque, habla con sus hojas, canta con sus ramas, recita con su tronco y grita con sus raíces. Y robles, castaños, sauces, tejos, manzanos, melocotoneros y toda clase de árbol y de bosque lo repite con la lluvia, con las floraciones, con las caídas otoñales y con todo aquello con lo que saben comunicarse los que no saben comunicarse con palabras.
Intentemos ser uno.
Sir Eglamor, el Caballero del vientre del dragón clava su oxidada espada en el suelo del páramo desierto que es limbo y abre un tajo que se reproduce en una miriada de tiempos y de espacios. Y por esa abertura repentina en los mundos y vidas de todos los que moran en sus propios silencios, en lugares oscuros, en moradas de soledad y tinieblas, de oscuro hastió o lúgubre resignación, de lóbrego desespero o umbría resignación introduce un mensaje.
Intentemos ser uno.
Artoban, el Forjador del caos y Astáragas, El invasor de los cielos, tan solo repiten en voz alta la frase: Intentemos ser uno. El Caos y el infierno tienen sus formas propias y desconocidas de trasmitir un mensaje.

Y Akrhan cabalga. El Jinete de los Vientos siempre da inicio a sus acciones con una cabalgada. 

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