- Bueno -interrumpe Lesskin a Astáragas- Técnicamente eso no
es exacto del todo. Aziel no es un Ángel de Piedra. En realidad el chico va y
viene más que un tranvía lisboeta pero le gusta ese rollo de -enfatiza su voz
con una gravedad impostada- “espero aquí, hecho piedra, a que las esencias se
reúnan”. No hace más que presionarme.
Una sola carcajada hice brillar por un instante el rostro
siempre sombrío de Umh`ere, mientras que Ada hace mover sus hojas siseando.
Cuando los sándalos ríen, sus hojas huelen más.
- Y te recuerdo que tu trabajo es unir esas esencias -dice
Akrhan. Esta vez sonríe-.
- Y te recuerdo que llevo haciéndolo desde el principio -Se
encoge como si esperara una colleja o algo parecido- Bueno, vale, me dormí con
el planeta y el cometa pero aparte de ese pequeño incidente en nada achacable a
mi persona sino más bien al lento y aburrido modo de conversar de los astros,
¿os he fallado alguna vez?
Y eso es cierto. Ramhata asiente en silencio, Nohelu sonríe.
El Jinete de los vientos permanece en silencio. Es Cierto.
Lesskin ha seguido y perseguido la esencia dividida por todos
los tiempos y todos los espacios.
En las fiestas aqueas él servía los caldos entre Paris y
Helena; en la guerra de Actium, un jefe de galeras llenó su vientre y su
espalda de latigazos mientras su forma de bogar generaba tal caos que permitía
huir a Cleopatra y a Antonio, aunque Antonio no huyera; en Padua casó y unió a
los amantes trágicos disfrazado de monje; en Orleans susurro obscenidades hasta
que consiguió que Jean Sebastian de Dunois amara a Juana, en Azincourt bramó
gritos de batalla hasta que logró que Enrique se cansara y volviera a su casa a
buscar a la reina a quien amaba; en Banockburn acalló la batalla para que la
Loba de Francia cumpliera sus amores. Esencias divididas. Esencias encontradas.
- ¿De verdad crees que eso no fueron fallos? -Cuando sabes
la respuesta y haces la pregunta solo quieres asegurarte de que el otro también
la conoce. Akrhan sabe la respuesta-.
- ¡De verdad me echas a mí la culpa -y por una vez en todos
sus eones de falsas indignaciones y protestas fingidas, el enfado de Lesskin
parece verdadero- Yo no tengo la culpa de que Antonio fuera idiota y quisiera
morir; yo no tengo la culpa de que esos dos pardillos paduanos eligieran
hincharse de veneno en lugar de comprarse una casa solariega en la Romaña e
intentar morir de viejos juntos -suspira y vuelve a recostarse como cansado,
como moribundo- Ni siquiera tengo la culpa de que el idiota del gascón ese que
esgrimía tan bien decidiera callarse su amor por su prima hasta que tenía
demasiados años y demasiada poca vida como para que a nadie le importara.
- Tiene razón- de nuevo la voz de Yakio es fría como la
piedra, cálida como la madera- La estupidez no es cosa suya, ni de las esencias
divididas.
- La estupidez es de los humanos, no del amor, no de Lesskin
-Y Astáragas no espera confirmación del Errante. No la necesitaba-.
Todos se quedan callados, quietos, en un instante infinito.
Un viento tenue comienza a soplar, un leve susurro empieza a escucharse. Ada
estaba hablando. Los sándalos hablan con sus hojas.
Y las Doce Lágrimas lo ven, lo escuchan, lo sienten, lo
viven. Ada canta y cuenta los éxitos de Lesskin.
Miles de hojas, miles de espacios, miles de tiempos,
millones de historias. Un anciano que no tiene fuerza casi para vivir dando de
beber a una anciana que envejece a su lado; una mujer dando un vaso de agua a
un soldado enemigo, una mujer escondiendo regalos de aniversario por toda la
casa, un campesino medieval caminando dos días para ir al mercado y comprar una
peineta de hueso; dos ancianos discutiendo y buscándose, un hombre persiguiendo
por la casa a una mujer para hacerla cosquillas, caminos de pétalos flores
hasta una bañera, una pareja haciendo la compra a carcajadas, dos personas
fumando y riendo en la cama con el olor del sexo impregnando la estancias.
Historias, más historias. Miles de tiempos, de espacios y de
historias.
La canción que cuenta el Sándalo Viviente parece
interminable, está escrita en letras infinitas. Es eterna.
Y en cada hoja, en cada susurro del árbol que hizo moverse
un bosque, en cada historia está Lesskin. Él, regala el dinero al campesino y
vendé la peineta, Él cierra la puerta para que la mujer que huye riendo de las
cosquillas no tenga escapatoria, él sujeta invisible el tembloroso brazo del
anciano que acerca la taza a los labios de su esposa, él mantiene caliente,
casi contra la física, él agua de la bañera, el susurra la broma que hace reír
a los amantes tras su acto de amor.
Millones de ínfimos pedazos de las esencias divididas
reunidos, mantenidos unidos, conformados en uno. Tiempos compartidos, vidas
entrelazadas. Seres interdependientes.
- Has vivido toda tu vida como un dios, aunque no hayas
ejercido de ello -le dice la Tejedora de Almas con una dulzura infinita al Dios
Errante- Solo ves los fracasos, solo ves lo grande, solo ves lo que recuerdas.
- Y vosotros no quisisteis ser dioses -sonríe Akrhan
sabiendo lo que ya conoce de antemano- Os quitaron el cuerpo no podéis
recordar. Solo podéis vivir.
- Los fracasos de Lesskin siempre se recordarán porque han
muerto -y el Forjador del Caos no habla para nadie- Sus éxitos son vividos. No
resulta necesario recordarlos. Solamente se recuerda lo que muere.
- Ejem, ejem -todos volvieron la vista hacia Lesskin- Os
agradecería que no hablarais de mi como si no estuviera. Me encanta que os
toméis la molestia de practicar para mi elegía, aunque he de decir que el tono
quizás debería ser algo más festivo y desenfado, ya que estamos. Pero una cosa
es ensayar y otra hacerlo delante del moribundo. No sé, a lo mejor es que mis
orines aristocráticos y mi gran capacidad lírica y poética, me imponen un
protocolo diferente al que utilizan los que -y en ese punto hace un gesto de
burla y adopta un tono que todos habían sufrido en algún momento de la
eternidad- “decidieron no ser dioses”, pero creo que leí en alguna parte…
quizás en el Libro de Los Muertos de Cannabis,… ¿Anubis?… que es el muerto el
que elige el protocolo de su muerte.
- No vas a morir hoy, Lesskin. Hoy no -y la voz a la espalda
del Duque de Randualles suena larga y sibilante. Suena como un aullido.
- ¡Vaya, los que faltaban! -los hombros de Lesskin se
contraen en un gesto de fingida derrota-, ¿quién declaró hoy jornada de puertas
abiertas?
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Tadeus no es un señor de la Instrumentalidad, no es un dios
que no quería serlo. Es un hijo de Caín, como lo es, Lyciarades, quien había
hablado. Son dos de los muchos errores atribuidos a El Invisible.
En otro tiempo, en otra guerra, se habían enfrentado. Habían
sido líderes de La Elite y de La Manada. Habían sido enemigos, habían sido
medio humanos, medio otra cosa. Ahora solo son transeúntes.
- Todos sabemos lo que tenemos que hacer -dice el que fuera
el más feroz de los llamados vampiros- Hagámoslo de una vez. Tenemos que
intentarlo. Este individuo insoportable, melifluo, arrogante, cargante y
desquiciante lo intentó por nosotros. Se lo debemos.
Y lo hacen. El Lobo y el murciélago. El vampiro y el
licántropo. Los dos errores del Invisible se unen en un abrazo. Algo que era
imposible hasta que dos mil años atrás ambos descubrieron que podían
intentarlo.
Fundido en ese abrazo, que durante cien guerras dos razas
inmortales habían considerado antinatural, Tadeus expande sus sentidos como
sólo los suyos y sus enemigos sabían hacer. Como solo había sido hecho una vez
antes. Convoca a La Elite a trabajar con él
Comienza por olfatear el aire cercano y percibe el olor,
dulce y pegajoso de la muerte en Lesskin. Lo ignora. No se detiene, olfatea más
allá y encuentra a sus hermanos. Se une a ellos y utiliza sus sentidos, sus
fosas nasales, para alejarse más.
Así, abandona el desierto que le rodea y se proyecta al
mundo humano, a la ciudad. El agudo
olfato de Timoneas le permite atravesar el gran lago salado. En la otra costa,
Niguamba abandona su cacería para cederle sus sentidos. Ninguno sabe lo que
busca Tadeus, irónicamente conocido como Deus, El Elegido de La Elite, pero no
puede ignorarse su llamada. Esa es la ley y todos la cumplen.
Uncius Malicinus deja de hablar en la asamblea para que
Tadeus pueda olfatear la capital del Imperio; Ibn Hammun detiene su caravana y
espera a que Tadeus pase a través de él; Tochanatapac frena su cuerpo en mitad
de su danza. La lluvia puede esperar. Deus no.
Y junto a los sentidos de sus hermanos, de los otros
vampiros, hay otros. Olfatos mucho más agudos y precisos; miradas mucho más
penetrantes; oídos más finos. Por segunda vez desde que el gran mar anego el
continente común, un miembro de La Elite utiliza los sentidos licántropos. La
unión con Lyciarades se lo permite. Los sentidos de las dos razas cubren el
mundo a la orden de Deus. Detectan lo indetectable. Millones de olores son
asimilados y procesados por la memoria colectiva de dos razas inmortales. Lo
invisible se hace visible.
Pasea el olfato y el oído de dos razas por ciudades y
campos; huertos y páramos; minas y barcos. Se detiene un instante para
descubrir que los Odum, los temibles seres felinos, no están tan derrotados
como parece. Desciende a los fondos abisales y su nariz se arruga con la
pestilencia de los sirenios, pálidos como él y esquivos como La Sombra. Respira
el sulfuroso aire de volcanes y simas y descubre que él último dragón del mundo
duerme en Kathay.
Y entonces envía su mensaje. Miles de hombres y mujeres a
medias y de fieras lo repiten con aullidos, rugidos, relinchos y siseos.
Intentemos ser uno.
Y los Doce Señores de La Instrumentalidad que no quisieron
ser dioses se ponen también a hacer su trabajo.
Nohelu, la que tejió las almas de los dioses, tensa los
hilos de millones de almas en todo tiempo y espacio, les cambia los colores,
les repone los hilos gastados por el miedo, la duda o la rutina, les deshace
los nudos de la traición, la mentira o la rabia y teje entre ellas, con ellas y
para ellas su mensaje.
Intentemos ser uno.
Yakio y su fría y cálida voz de puente se ponen manos a la
obra. Los refuerza, los construye, los mantiene, los hace visibles entre la
niebla y el miedo, entre la indecisión y el futuro. Millones de humanos de todo
tiempo y vida atisban un instante caminos que no veían, pasos que desconocían
en el río de sus vidas. Y Yakio coloca su alma en cada uno de ellos repitiendo
a paseantes y navegantes fluviales su mensaje.
Intentemos ser uno.
Ephiné convoca a las huestes de La Guardia Dorada, la que
muere pero no se rinde, en su honor y su dignidad, en su resistencia y su
orgullo con un grito de guerra: Intentemos ser uno.
Arvak parte su hacha en dos y libera su alma atrapada en el
arma desde el comienzo de sus tiempos, Y el crujido del arma es un grito que
llega a los oídos, los corazones y las vidas de todos aquellos que tienen sus
almas y sus vidas ligadas a algo que no era la vida.
Intentemos ser uno.
Insanj, el Hacedor de Mundos, arroja sus esencias de
creación hacia todos los que hacen y piensan algo nuevo, a artistas y
filósofos, a bardos y poetas, a arquitectos y locos. Y todos repiten sin
saberlo siquiera el mensaje de Insanj.
Intentemos ser uno.
Ramhata, el avatar de ámbar baila su danza eterna y convoca
a todos aquellos que viven bajo otro nombre, que se esconden de su miedo y su
soledad bajo imágenes perfectas, bajo nombres de dioses, que anhelan otras
vidas, que albergan otros sueños. Y aquellos que son avatar de sí mismos o de otros,
replican al unísono.
Intentemos ser uno.
Xaerjes, reitera su
rento hacia los vientos, a todos los enemigos invisibles, a todos los que
luchan contra nada y no pueden vencer. Y los vientos conducen en pausados
soplidos o furiosas tormentas su mensaje. Intentemos ser uno.
Uhm´ere, el rey rastreador deja miles de rastros que
conducen a aquellos que se dan a la caza y ansían ser cazados, a aquellas que
depredan de noche y deseaban ser devoradas hacía la misma pista, hacia la misma
pista.
Intentemos ser uno
Ada, el sándalo que hizo amar a un bosque, habla con sus
hojas, canta con sus ramas, recita con su tronco y grita con sus raíces. Y
robles, castaños, sauces, tejos, manzanos, melocotoneros y toda clase de árbol
y de bosque lo repite con la lluvia, con las floraciones, con las caídas
otoñales y con todo aquello con lo que saben comunicarse los que no saben
comunicarse con palabras.
Intentemos ser uno.
Sir Eglamor, el
Caballero del vientre del dragón clava su oxidada espada en el suelo del páramo
desierto que es limbo y abre un tajo que se reproduce en una miriada de tiempos
y de espacios. Y por esa abertura repentina en los mundos y vidas de todos los
que moran en sus propios silencios, en lugares oscuros, en moradas de soledad y
tinieblas, de oscuro hastió o lúgubre resignación, de lóbrego desespero o
umbría resignación introduce un mensaje.
Intentemos ser uno.
Artoban, el Forjador del caos y Astáragas, El invasor de los
cielos, tan solo repiten en voz alta la frase: Intentemos ser uno. El Caos y el
infierno tienen sus formas propias y desconocidas de trasmitir un mensaje.
Y Akrhan cabalga. El Jinete de los Vientos siempre da inicio
a sus acciones con una cabalgada.


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