viernes, 28 de marzo de 2014

Alas Cambiadas (III)


Aquel nidal no podía ser el habitat de los pequeños alados. Los nidos eran demasiado grandes para aquellas criaturas y no tenían la estructura como para albergarlos. Eran demasiado cerrados y tenían el acceso al cielo tapado. Tan sólo unas ínfimas aberturas permitirían salir volando de aquellas construcciones, lo que obligaba a una tremenda precisión a la hora de realizar el despegue. Era ilógico forzarse a aquel trabajo cuando se podía simplemente comenzar a volar desplegando las alas hacia el cielo abierto.
 Plasmiranthatas observó que las pequeñas criaturas que le escoltaban tenían reparos para acercarse a los nidos. Por muy mal que estén las cosas, nadie tiene nunca miedo de acercarse a su casa.
Definitivamente los alados no vivían allí.
Iba a comenzar a investigar cuando una luz le sorprendió. Era como la de su sueño si es que su experiencia en el castillo de reflejos había sido un sueño.
¿Podía haber dormido mientras volaba hacia este extraño nidal? Era posible, pero sus recuerdos eran demasiado intensos como para estar producidos por un sueño. No existía ese extraño tamiz por el que la vigilia transporta las sensaciones del sueño para hacerlas recordables.
Mientras volaba intentando identificar el origen del resplandor alcanzó a observar de reojo sus alas. Las plumas que había utilizado para su reconstrucción no estaban en su sitio. Eso no quería decir nada. Había sometido a sus recién adquiridas alas a tanto esfuerzo en aquel día que estaban seriamente ultrajadas. Las plumas podían haberse perdido en el falso cielo o en el picado de Ranthalas y luego, en su sueño, haber recordado el dolor de la pérdida.
Pero, si era un sueño ¿por qué parecía ahora aquella luz?
Por fin logró fijar el origen del resplandor ambarino que parecía llamarle hacia él. Era un nido lejano y antiguo. Construido con bloques de una piedra anaranjada que Plasmiranthatas desconocía y que se le antojaba demasiado cálida y sólida como para formar parte de un buen nido. Un macizo rectangular que se elevaba desde aquel suelo gris y mate sobre el que parecían asentarse todas las nidificaciones de aquel extraño habitat.
Tengo que descansar   - pensó al tiempo que elegía inconscientemente aquel refugio como su destino- Mis alas necesitan un buen repaso.

Nada había más importante que su destino. Guiado por aquella luz no se fijó en nada de lo que circulaba por el extraño mundo al que había arribado después de su caída.
Tardó en llegar mucho más de lo que había previsto. Las distancias en el ese nidal siempre le engañaban. Era la falta de perspectiva.
Por fin arribó a la estructura de piedra anaranjada y decidió posarse junto a la abertura más inferior.
Un ser pasó junto a él y Plasmiranthatas se apresuró a esconderse pero no tuvo el tiempo suficiente. Sin embargo, el ser pasó junto a él sin prestarle atención pese a que estuvo a punto de arrollarle. Aquel ser volaba muy bajo, casi a ras de suelo. De hecho, sus extremidades parecían tocar constantemente el firme y se movían con una cadencia extraña según se aumentaba o disminuía su velocidad.
Se dio cuenta de que la luz había desaparecido y comprendió que estaba dentro de ella. Buscó y buscó con los ojos y los instintos para descubrir la fuente. Por fin la encontró.

Estaba en una extraña posición sobre lo que podía haber sido un aposento. Su espalda se arqueaba y sus alas reposaban sobre un trozo de madera elevada que se encontraba frente a ella. Las extremidades inferiores recogidas bajo el tronco y cruzadas por debajo del aposento.
Debe encontrarse incómoda - se argumentó a si mismo, reconociendo inmediatamente su condición femenina -.
Disponía de ese impulso que sólo ese sexo, sea de la especie que sea, sabe imbuir a sus movimientos. Ejercía la cadencia de la atracción de una forma instintiva, casi inconsciente, pero eso era algo que no le interesaba a Plasmiranthatas. Él buscaba respuestas.
Aquel ser de bellos ojos marrones abrió la boca y comenzó a pronunciar sonidos. Era como si se comunicase consigo misma, puesto que ningún otro miembro de su especie estaba en las cercanías.
Es posible que lo haga por el propio placer de escucharse  - reflexionó el alado. No sería extraño que ese fuera el motivo porque, pese a no reconocer ni uno sólo de los sonidos que aquel ser extraño como su mundo emitía, Plasmiranthatas tenía la sensación de poder estar escuchando siempre.
No era la armonía, era la cadencia, el ritmo de lo que salía a borbotones de su garganta. Ruidos que en otra circunstancia habrían resultado ensordecedores como chirridos, se deslizaban por entre la abertura de su boca como el sol lo hace por el filo de la pluma de un ala. Era como un canto hipnótico que el alado contemplaba ensimismado y que cesó en un instante para transformarse en un susurro.
Seguía siendo musical, pero teñido de tristeza, de desasosiego, de contrariedad. Era como la canción de un alado prisionero. Como los cantos que él mismo había entonado cuando aún estaba prisionero de su propia incapacidad para volar.
Otro ser de aquel extraño mundo se acercó a ella y emitió también sonidos. Eran absurdos por su estridencia; insoportables por su disonancia; odiosos por su mal controlada intensidad. El timbre era parecido por el efecto de la memoria que toda especie tiene de si misma, pero no había nada de la luz de su sueño en aquel ruido. Sintió el mismo frío que cuando luchó contra la niebla oscura en el laberinto de claridad.
El ser desapareció y el silencio se hizo tan sólo por un instante. Luego la triste letanía reapareció con más intensidad como un viento que gana fuerza entre los riscos. Plasmiranthatas la conocía, la sabía de memoria, de hecho, hasta ese momento creía que él mismo la había inventado.

Pero no. Era un himno universal que se canta en mil lenguas y conocen todas las especies del universo. Es el himno a la frustración, al deseo de huida. Es ese sordo rumor que surge cuando estás donde no quieres y no puedes alcanzar el lugar que deseas.
Plasmiranthatas creyó por un instante que se trataba de una triste despedida. Aquel extraño ser, perfecto a su manera y hermoso desde cualquier punto de vista, iba a batir sus alas y a marcharse a otro sitio. A un lugar donde la misma claridad que desprendía no fuera oscurecida por los chirridos de seres como el que acababa de marcharse.
Esperó para ver como desplegaba las alas. Las movió con gracilidad durante unos instantes, dibujando extraños arabescos frente al rostro. Eran muy flexibles, eran bellas. Capaces de moverse en múltiples direcciones aunque con un plumaje un tanto extraño.
El alado esperó el despegue de aquella criatura pero este no llegó. Siguió debatiéndose en aquella extraña posición y prosiguió su canto de tristeza.
¿Por qué no se marcha? ¿Qué la retiene aquí donde su canto es triste? ¿Por qué no busca un nido donde pueda ser lo que quiere ser?
Entonces lo comprendió y dejó escapar un grito que ahogó antes de completar. Aquel ser de mirada marrón y piel cálida y blanca miró en su dirección como si le hubiera descubierto. Pero luego sacudió la cabeza y volvió a su posición inicial.
Cuando los ojos de Plasmiranthatas, invisibles para el triste y extraño ser, se cruzaron con aquellos dos ópalos marrones de cristal transparente el alado comprendió definitivamente lo que ocurría.
Pese a que su canto era lo más hermoso que había escuchado, pese a sus movimientos gráciles e hipnóticos, pese a la vida y la luz que irradiaban sus ojos marrones...
Por primera vez en su vida, con alas o sin ellas, Plasmiranthatas lloró.
Aquella criatura de belleza y perfección no era uno de los suyos.

 _________________________________________________________



¡Concentración, Plasmiran, Concentración!. Estás perdiendo el impulso y lo necesitarás para pasar a través del siguiente resquicio.
El dolor no importa. Sólo el sieguiente peldaño. ¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Por qué alguien como ella no puede volar a voluntad?
Tu también vas a dejar de volar como no pongas atención. Estas agujas no perdonan ni un descuido. Otro desgarro. Da igual, comienzo a acostumbrarme.
El laberinto de claridad esconde algo y yo tengo derecho a saberlo. Creo que me he ganado algo de confianza por su parte.
¡Gira ahora!, hacia arriba y luego el picado para esquivar la que surge del oeste. Otra herida.
Las agujas me buscan como los sabuesos a la presa y yo me aprovecho del impulso para esquivarlas, vadearlas y eludirlas en una danza peligrosa y perversa. Cada vez que me tocan pierdo impulso, pierdo fuerza y concentración, pero con cada riesgo estoy más cerca del final. Cada herida es una victoria.
Mi cabeza gira al mismo ritmo que el resto de mi cuerpo. Pienso en aquella criatura atada para siempre a la superficie ¿Quién toma la decisión de que una especie u otra tenga alas, pueda huir?
Yo estoy demostrando que no merezco estas que ahora ejecutan a la perfección esta danza de huidas y dolores entre púas ardientes que queman cuando tocan. ¿Por qué yo y no ella? ¿Por qué ella y no yo?
Vengo de un lugar donde se nace para ser como nuestros padres, donde todo es el cielo y el cielo es todo lo que tenemos. Yo no soy responsable y me siento culpable. Otro bucle, otra espina que busca mi garganta queda atrás cuando rizo el cuerpo en un picado y lo levanto luego con el fuego en las alas.
Ella las necesita y yo ¿qué he hecho con ellas?. Pavonearme, deleitarme en el goce de mi propia persona. Odio mis alas. Me odio a mi mismo. Odio la decisión que me obliga a no usarlas.
Una leve abertura y me lanzo hacia ella con un sólo batir de estas alas equivocadas, concedidas a aquel que no se las merece. Usadas para poner en peligro una vida, para herir a un anciano, para perder una oportunidad. Entre herida y quebranto atravieso otra espina que se cobra su precio. Recurro a la amargura, ese estadio pasajero que sólo nos prepara para un mundo más triste.
Y sigo así, cansado. Esquivando al tiempo el dolor y la pena. Otro rizo, seguido de otro bucle y acabado en una maniobra absurda que nunca he aprendido. Una nueva batería de esos dedos de piedra agudos como garras que buscan mi garganta me cierra el paso.
Es un baile rutinario, casi repetitivo. Cuando coges el ritmo casi parece fácil. Puedo pasar mil veces por el mismo camino y siempre retrocedo para encontrar de nuevo las púas que me buscan para cerrarme el paso, puedo hacerlo y lo hago.
No soy igual que ellos. Ellos viven sin prisa y yo rozo el abismo por descubrir que esconde el corazón de un laberinto luminoso y transparente al que no se como he llegado y al que, desde luego, nunca he sido invitado.
Puedo volar. Por eso me esfuerzo en traspasar la barrera que cierra mi esperanza con un último giro y un último picado. No miro atrás. Me poso y luego floto avanzando hacia el centro.
El aire es cálido aquí. La luz es bella. El aroma es hermoso, dulce. Casi olvido el dolor de las heridas, casi olvido la amargura, casi olvido mi miedo.
Soy Plasmiranthatas y he vencido. Eso debería ser importante ¿Por qué no siento nada? ¿Por qué sigo sufriendo?
Ese patio infinito me recoge y me cura. Su luz me rodea como si me diera las gracias, como si me acariciara y me diera cobijo. Me oculta su quebranto, pero yo puedo verlo. Formo parte de ella, ya no puedo evitarlo.
En el centro del tibio sol que es esta sala inacabable hay un suelo de ámbar marrón y cristalino. Froto sobre él y descubro que bajo el se arremolina una niebla de humo negro y de vapor gris.
Ver aquello en el mismo corazón del laberinto de los reflejos me hiere mucho más de lo que lo han hecho las agudas agujas contra las que he combatido hace un momento. Todo lo que reparé se ha vuelto a destruir. Esta oscuridad está lo más profundo y recóndito de la casa de la luz porque una vez más Pasmiranthatas ha hecho mal su trabajo.
 Ya apenas me duele. Estoy comenzando a acostumbrarme a no hacer nada a derechas.

Me resisto de nuevo a quedarme parado. He de actuar, he de cubrir la inmensa laguna de negro y gris que invade el santuario de esta construcción de claridad.
Vuelo bajo hasta que puedo rozar el suelo con las plumas y observo como, bajo ese marrón ambarino de miles de reflejos se agita lo que he dejado pasar. Comienzo a arrojar mis plumas sobre el suelo. Ha servido una vez, pero no estoy seguro de que funcione una segunda. Algunas caen rotas, no me importan. Otras lo hacen con sangre de la reciente batalla, las ignoro.
Sólo cuando reconozco que es una tarea imposible me fijo en el susurro. Es costumbre de este alado ignorante dejar pasar por alto lo esencial. Ignoré la agonía del anciano, el viento frío sobre las alas de Ranthalas y la viscosidad del cielo que no era tal.
Ahora escucho el susurro y no entiendo los ruidos. Son cadencias que ya he escuchado antes. Llenan mi cabeza con el  extraño canto de las criaturas del nidal de piedras naranjas pero puedo entender los pensamientos. Por un momento pienso que es un instinto nuevo y me enorgullezco una vez más de mi especie.

“¿Qué intentas?” - me pregunta y le quiero gritar que estoy salvando el castillo de luz de esa presencia oscura, pero no lo hago. Me quedo quieto y callado como el polluelo que recibe una regañina de uno de sus mayores. “Si me quitas el mundo, ¿cómo veré lo bueno? Gracias pero no puedes arreglarlo todo”.
Miro de nuevo a la oscuridad que se encuentra tras el ámbar y reconozco los rostros. Como aquellos que asomaban en los huecos traslúcidos de los pasillo, pero mucho menos nítidos, mucho más confusos como apenas liberados del gris y el negro que les rodea.
Hay rostros iracundos pero los hay amables; los hay indiferentes, pero los hay preocupados; los hay ignorantes pero los hay sabios. Todos sumidos en la niebla, todos en el mismo nivel. Todos esperando. Todos fuera.
Ese suelo ambarino de reflejos marrones es el fin del castillo que está en su mismo centro. Al otro lado no hay laberinto, no hay luz ni reflejos. Ese es un puesto de vigilancia.
Como el pequeño ignorante que soy rompo a sollozar. Queriendo hacer una acción de la que sentirme orgulloso he vuelto a poner en peligro la vida ¿Qué habría sido del castillo sin su lugar de vigilancia?
Si hubiera cubierto el ámbar con mis plumas las estancias de luz no hubieran sabido cual de esos rostros podía asomarse a su interior y la oscuridad la hubiera sin duda invadido.
 Soy un inútil irreflexivo y tengo alas mientras que alguien que verdaderamente las merece y las necesita carece de ellas. El universo es terriblemente injusto. Ha de serlo para que un privilegiado lo reconozca.
“Tu trabajo está hecho”. Es lo último que oigo, que escucho o que pienso. No lo se, pero después ya no hay sonido. Sólo el aroma, un aroma que he percibido antes. Tan sólo está el aroma.
Me dispongo a marcharme creyendo que mi trabajo, mi aportación se ha reducido a las plumas que cubren las grietas de las paredes y cuando giro dispuesto a enfrentarme de nuevo a las aristas, sin fuerzas para vencerlas otra vez, descubro que no existen.
El roce de las alas, el toque de mis plumas, el fluir de mi sangre las ha convertido en un bosque de romos bosquejos que dejan un espacio diáfano y sin riesgo.
Algunas yacen quebradas por la fuerza de mi impulso, otras dobladas e inservibles, tumbadas por la fuerza del viento levantado en el vuelo. Otras muchas se rompieron perdiendo su agudeza después de cobrar su tributo en forma de mi piel y mis plumas. Algunas, las más delgadas y afiladas, se han derretido con el calor de las gotas de sangre vertidas sobre ellas.
La entrada al corazón del castillo de luces y reflejos es ahora algo que podría hacer hasta una cría recién salida del cascarón. La salida no es igual de sencilla. Lentamente enfilo hacia el abierto pasillo entre las romas aristas y aleteo despacio. El dolor vuelve como un amigo persistente que no es del todo bien recibido. Me resisto a abandonar. El próximo invitado tendrá la entrada franca gracias a mi esfuerzo, pero no puedo hacer nada para evitar que ese visitante sea una sombra de grises y de negros.

“Yo me encargo de eso” - escucho de nuevo un pensamiento-



¿Quién eres tu?, quiero preguntar, pero de nuevo no me atrevo. Quizás no tenga derecho, quizás no sea bien recibida la pregunta, quizás no quiera saber la respuesta, quizás todo sea un sueño inexplicable, quizás no merezca las alas que poseo, quizás lleve muerto desde que atravesé las nubes, quizás me haya matado en la caída, quizás esto sea una pesadilla tenida en el nido y me despierte sin haber tenido nunca mis adoradas alas, quizás la criatura no precise volar, quizás no lo merezca...

 No eso no. Ella lo merece. Un sonido me arranca de mi mismo cuando estoy perfilando el último quizás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario