Aquel nidal no podía ser el habitat de los pequeños alados.
Los nidos eran demasiado grandes para aquellas criaturas y no tenían la
estructura como para albergarlos. Eran demasiado cerrados y tenían el acceso al
cielo tapado. Tan sólo unas ínfimas aberturas permitirían salir volando de
aquellas construcciones, lo que obligaba a una tremenda precisión a la hora de
realizar el despegue. Era ilógico forzarse a aquel trabajo cuando se podía
simplemente comenzar a volar desplegando las alas hacia el cielo abierto.
Plasmiranthatas
observó que las pequeñas criaturas que le escoltaban tenían reparos para
acercarse a los nidos. Por muy mal que estén las cosas, nadie tiene nunca miedo
de acercarse a su casa.
Definitivamente los alados no vivían allí.
Iba a comenzar a investigar cuando una luz le sorprendió.
Era como la de su sueño si es que su experiencia en el castillo de reflejos
había sido un sueño.
¿Podía haber dormido mientras volaba hacia este extraño
nidal? Era posible, pero sus recuerdos eran demasiado intensos como para estar
producidos por un sueño. No existía ese extraño tamiz por el que la vigilia
transporta las sensaciones del sueño para hacerlas recordables.
Mientras volaba intentando identificar el origen del
resplandor alcanzó a observar de reojo sus alas. Las plumas que había utilizado
para su reconstrucción no estaban en su sitio. Eso no quería decir nada. Había
sometido a sus recién adquiridas alas a tanto esfuerzo en aquel día que estaban
seriamente ultrajadas. Las plumas podían haberse perdido en el falso cielo o en
el picado de Ranthalas y luego, en su sueño, haber recordado el dolor de la
pérdida.
Pero, si era un sueño ¿por qué parecía ahora aquella luz?
Por fin logró fijar el origen del resplandor ambarino que
parecía llamarle hacia él. Era un nido lejano y antiguo. Construido con bloques
de una piedra anaranjada que Plasmiranthatas desconocía y que se le antojaba
demasiado cálida y sólida como para formar parte de un buen nido. Un macizo
rectangular que se elevaba desde aquel suelo gris y mate sobre el que parecían
asentarse todas las nidificaciones de aquel extraño habitat.
Tengo que descansar
- pensó al tiempo que elegía inconscientemente aquel refugio como su
destino- Mis alas necesitan un buen repaso.
Nada había más importante que su destino. Guiado por aquella
luz no se fijó en nada de lo que circulaba por el extraño mundo al que había
arribado después de su caída.
Tardó en llegar mucho más de lo que había previsto. Las
distancias en el ese nidal siempre le engañaban. Era la falta de perspectiva.
Por fin arribó a la estructura de piedra anaranjada y
decidió posarse junto a la abertura más inferior.
Un ser pasó junto a él y Plasmiranthatas se apresuró a
esconderse pero no tuvo el tiempo suficiente. Sin embargo, el ser pasó junto a
él sin prestarle atención pese a que estuvo a punto de arrollarle. Aquel ser
volaba muy bajo, casi a ras de suelo. De hecho, sus extremidades parecían tocar
constantemente el firme y se movían con una cadencia extraña según se aumentaba
o disminuía su velocidad.
Se dio cuenta de que la luz había desaparecido y comprendió
que estaba dentro de ella. Buscó y buscó con los ojos y los instintos para
descubrir la fuente. Por fin la encontró.
Estaba en una extraña posición sobre lo que podía haber sido
un aposento. Su espalda se arqueaba y sus alas reposaban sobre un trozo de
madera elevada que se encontraba frente a ella. Las extremidades inferiores
recogidas bajo el tronco y cruzadas por debajo del aposento.
Debe encontrarse incómoda - se argumentó a si mismo,
reconociendo inmediatamente su condición femenina -.
Disponía de ese impulso que sólo ese sexo, sea de la especie
que sea, sabe imbuir a sus movimientos. Ejercía la cadencia de la atracción de
una forma instintiva, casi inconsciente, pero eso era algo que no le interesaba
a Plasmiranthatas. Él buscaba respuestas.
Aquel ser de bellos ojos marrones abrió la boca y comenzó a
pronunciar sonidos. Era como si se comunicase consigo misma, puesto que ningún
otro miembro de su especie estaba en las cercanías.
Es posible que lo haga por el propio placer de
escucharse - reflexionó el alado. No
sería extraño que ese fuera el motivo porque, pese a no reconocer ni uno sólo
de los sonidos que aquel ser extraño como su mundo emitía, Plasmiranthatas
tenía la sensación de poder estar escuchando siempre.
No era la armonía, era la cadencia, el ritmo de lo que salía
a borbotones de su garganta. Ruidos que en otra circunstancia habrían resultado
ensordecedores como chirridos, se deslizaban por entre la abertura de su boca
como el sol lo hace por el filo de la pluma de un ala. Era como un canto
hipnótico que el alado contemplaba ensimismado y que cesó en un instante para
transformarse en un susurro.
Seguía siendo musical, pero teñido de tristeza, de
desasosiego, de contrariedad. Era como la canción de un alado prisionero. Como
los cantos que él mismo había entonado cuando aún estaba prisionero de su
propia incapacidad para volar.
Otro ser de aquel extraño mundo se acercó a ella y emitió
también sonidos. Eran absurdos por su estridencia; insoportables por su
disonancia; odiosos por su mal controlada intensidad. El timbre era parecido
por el efecto de la memoria que toda especie tiene de si misma, pero no había
nada de la luz de su sueño en aquel ruido. Sintió el mismo frío que cuando
luchó contra la niebla oscura en el laberinto de claridad.
El ser desapareció y el silencio se hizo tan sólo por un
instante. Luego la triste letanía reapareció con más intensidad como un viento
que gana fuerza entre los riscos. Plasmiranthatas la conocía, la sabía de
memoria, de hecho, hasta ese momento creía que él mismo la había inventado.
Pero no. Era un himno universal que se canta en mil lenguas
y conocen todas las especies del universo. Es el himno a la frustración, al
deseo de huida. Es ese sordo rumor que surge cuando estás donde no quieres y no
puedes alcanzar el lugar que deseas.
Plasmiranthatas creyó por un instante que se trataba de una
triste despedida. Aquel extraño ser, perfecto a su manera y hermoso desde
cualquier punto de vista, iba a batir sus alas y a marcharse a otro sitio. A un
lugar donde la misma claridad que desprendía no fuera oscurecida por los
chirridos de seres como el que acababa de marcharse.
Esperó para ver como desplegaba las alas. Las movió con
gracilidad durante unos instantes, dibujando extraños arabescos frente al
rostro. Eran muy flexibles, eran bellas. Capaces de moverse en múltiples
direcciones aunque con un plumaje un tanto extraño.
El alado esperó el despegue de aquella criatura pero este no
llegó. Siguió debatiéndose en aquella extraña posición y prosiguió su canto de
tristeza.
¿Por qué no se marcha? ¿Qué la retiene aquí donde su canto
es triste? ¿Por qué no busca un nido donde pueda ser lo que quiere ser?
Entonces lo comprendió y dejó escapar un grito que ahogó
antes de completar. Aquel ser de mirada marrón y piel cálida y blanca miró en
su dirección como si le hubiera descubierto. Pero luego sacudió la cabeza y
volvió a su posición inicial.
Cuando los ojos de Plasmiranthatas, invisibles para el
triste y extraño ser, se cruzaron con aquellos dos ópalos marrones de cristal
transparente el alado comprendió definitivamente lo que ocurría.
Pese a que su canto era lo más hermoso que había escuchado,
pese a sus movimientos gráciles e hipnóticos, pese a la vida y la luz que
irradiaban sus ojos marrones...
Por primera vez en su vida, con alas o sin ellas,
Plasmiranthatas lloró.
Aquella criatura de belleza y perfección no era uno de los
suyos.
El dolor no importa. Sólo el sieguiente peldaño. ¿Por qué la
vida es tan injusta? ¿Por qué alguien como ella no puede volar a voluntad?
Tu también vas a dejar de volar como no pongas atención.
Estas agujas no perdonan ni un descuido. Otro desgarro. Da igual, comienzo a
acostumbrarme.
El laberinto de claridad esconde algo y yo tengo derecho a
saberlo. Creo que me he ganado algo de confianza por su parte.
¡Gira ahora!, hacia arriba y luego el picado para esquivar
la que surge del oeste. Otra herida.
Las agujas me buscan como los sabuesos a la presa y yo me
aprovecho del impulso para esquivarlas, vadearlas y eludirlas en una danza
peligrosa y perversa. Cada vez que me tocan pierdo impulso, pierdo fuerza y
concentración, pero con cada riesgo estoy más cerca del final. Cada herida es
una victoria.
Mi cabeza gira al mismo ritmo que el resto de mi cuerpo.
Pienso en aquella criatura atada para siempre a la superficie ¿Quién toma la
decisión de que una especie u otra tenga alas, pueda huir?
Yo estoy demostrando que no merezco estas que ahora ejecutan
a la perfección esta danza de huidas y dolores entre púas ardientes que queman
cuando tocan. ¿Por qué yo y no ella? ¿Por qué ella y no yo?
Vengo de un lugar donde se nace para ser como nuestros
padres, donde todo es el cielo y el cielo es todo lo que tenemos. Yo no soy
responsable y me siento culpable. Otro bucle, otra espina que busca mi garganta
queda atrás cuando rizo el cuerpo en un picado y lo levanto luego con el fuego
en las alas.
Ella las necesita y yo ¿qué he hecho con ellas?. Pavonearme,
deleitarme en el goce de mi propia persona. Odio mis alas. Me odio a mi mismo.
Odio la decisión que me obliga a no usarlas.
Una leve abertura y me lanzo hacia ella con un sólo batir de
estas alas equivocadas, concedidas a aquel que no se las merece. Usadas para
poner en peligro una vida, para herir a un anciano, para perder una
oportunidad. Entre herida y quebranto atravieso otra espina que se cobra su
precio. Recurro a la amargura, ese estadio pasajero que sólo nos prepara para
un mundo más triste.
Y sigo así, cansado. Esquivando al tiempo el dolor y la
pena. Otro rizo, seguido de otro bucle y acabado en una maniobra absurda que
nunca he aprendido. Una nueva batería de esos dedos de piedra agudos como
garras que buscan mi garganta me cierra el paso.
Es un baile rutinario, casi repetitivo. Cuando coges el
ritmo casi parece fácil. Puedo pasar mil veces por el mismo camino y siempre
retrocedo para encontrar de nuevo las púas que me buscan para cerrarme el paso,
puedo hacerlo y lo hago.
No soy igual que ellos. Ellos viven sin prisa y yo rozo el
abismo por descubrir que esconde el corazón de un laberinto luminoso y
transparente al que no se como he llegado y al que, desde luego, nunca he sido
invitado.
Puedo volar. Por eso me esfuerzo en traspasar la barrera que
cierra mi esperanza con un último giro y un último picado. No miro atrás. Me
poso y luego floto avanzando hacia el centro.
El aire es cálido aquí. La luz es bella. El aroma es
hermoso, dulce. Casi olvido el dolor de las heridas, casi olvido la amargura,
casi olvido mi miedo.
Soy Plasmiranthatas y he vencido. Eso debería ser importante
¿Por qué no siento nada? ¿Por qué sigo sufriendo?
Ese patio infinito me recoge y me cura. Su luz me rodea como
si me diera las gracias, como si me acariciara y me diera cobijo. Me oculta su
quebranto, pero yo puedo verlo. Formo parte de ella, ya no puedo evitarlo.
En el centro del tibio sol que es esta sala inacabable hay
un suelo de ámbar marrón y cristalino. Froto sobre él y descubro que bajo el se
arremolina una niebla de humo negro y de vapor gris.
Ver aquello en el mismo corazón del laberinto de los
reflejos me hiere mucho más de lo que lo han hecho las agudas agujas contra las
que he combatido hace un momento. Todo lo que reparé se ha vuelto a destruir.
Esta oscuridad está lo más profundo y recóndito de la casa de la luz porque una
vez más Pasmiranthatas ha hecho mal su trabajo.
Ya apenas me duele.
Estoy comenzando a acostumbrarme a no hacer nada a derechas.
Me resisto de nuevo a quedarme parado. He de actuar, he de
cubrir la inmensa laguna de negro y gris que invade el santuario de esta
construcción de claridad.
Vuelo bajo hasta que puedo rozar el suelo con las plumas y
observo como, bajo ese marrón ambarino de miles de reflejos se agita lo que he
dejado pasar. Comienzo a arrojar mis plumas sobre el suelo. Ha servido una vez,
pero no estoy seguro de que funcione una segunda. Algunas caen rotas, no me
importan. Otras lo hacen con sangre de la reciente batalla, las ignoro.
Sólo cuando reconozco que es una tarea imposible me fijo en
el susurro. Es costumbre de este alado ignorante dejar pasar por alto lo
esencial. Ignoré la agonía del anciano, el viento frío sobre las alas de
Ranthalas y la viscosidad del cielo que no era tal.
Ahora escucho el susurro y no entiendo los ruidos. Son
cadencias que ya he escuchado antes. Llenan mi cabeza con el extraño canto de las criaturas del nidal de
piedras naranjas pero puedo entender los pensamientos. Por un momento pienso
que es un instinto nuevo y me enorgullezco una vez más de mi especie.
“¿Qué intentas?” - me pregunta y le quiero gritar que estoy
salvando el castillo de luz de esa presencia oscura, pero no lo hago. Me quedo
quieto y callado como el polluelo que recibe una regañina de uno de sus
mayores. “Si me quitas el mundo, ¿cómo veré lo bueno? Gracias pero no puedes
arreglarlo todo”.
Miro de nuevo a la oscuridad que se encuentra tras el ámbar
y reconozco los rostros. Como aquellos que asomaban en los huecos traslúcidos
de los pasillo, pero mucho menos nítidos, mucho más confusos como apenas
liberados del gris y el negro que les rodea.
Hay rostros iracundos pero los hay amables; los hay
indiferentes, pero los hay preocupados; los hay ignorantes pero los hay sabios.
Todos sumidos en la niebla, todos en el mismo nivel. Todos esperando. Todos
fuera.
Ese suelo ambarino de reflejos marrones es el fin del
castillo que está en su mismo centro. Al otro lado no hay laberinto, no hay luz
ni reflejos. Ese es un puesto de vigilancia.
Como el pequeño ignorante que soy rompo a sollozar.
Queriendo hacer una acción de la que sentirme orgulloso he vuelto a poner en
peligro la vida ¿Qué habría sido del castillo sin su lugar de vigilancia?
Si hubiera cubierto el ámbar con mis plumas las estancias de
luz no hubieran sabido cual de esos rostros podía asomarse a su interior y la
oscuridad la hubiera sin duda invadido.
Soy un inútil
irreflexivo y tengo alas mientras que alguien que verdaderamente las merece y
las necesita carece de ellas. El universo es terriblemente injusto. Ha de serlo
para que un privilegiado lo reconozca.
“Tu trabajo está hecho”. Es lo último que oigo, que escucho
o que pienso. No lo se, pero después ya no hay sonido. Sólo el aroma, un aroma
que he percibido antes. Tan sólo está el aroma.
Me dispongo a marcharme creyendo que mi trabajo, mi
aportación se ha reducido a las plumas que cubren las grietas de las paredes y
cuando giro dispuesto a enfrentarme de nuevo a las aristas, sin fuerzas para
vencerlas otra vez, descubro que no existen.
El roce de las alas, el toque de mis plumas, el fluir de mi
sangre las ha convertido en un bosque de romos bosquejos que dejan un espacio
diáfano y sin riesgo.
Algunas yacen quebradas por la fuerza de mi impulso, otras
dobladas e inservibles, tumbadas por la fuerza del viento levantado en el
vuelo. Otras muchas se rompieron perdiendo su agudeza después de cobrar su
tributo en forma de mi piel y mis plumas. Algunas, las más delgadas y afiladas,
se han derretido con el calor de las gotas de sangre vertidas sobre ellas.
La entrada al corazón del castillo de luces y reflejos es
ahora algo que podría hacer hasta una cría recién salida del cascarón. La salida
no es igual de sencilla. Lentamente enfilo hacia el abierto pasillo entre las
romas aristas y aleteo despacio. El dolor vuelve como un amigo persistente que
no es del todo bien recibido. Me resisto a abandonar. El próximo invitado
tendrá la entrada franca gracias a mi esfuerzo, pero no puedo hacer nada para
evitar que ese visitante sea una sombra de grises y de negros.
“Yo me encargo de eso” - escucho de nuevo un pensamiento-
¿Quién eres tu?, quiero preguntar, pero de nuevo no me
atrevo. Quizás no tenga derecho, quizás no sea bien recibida la pregunta,
quizás no quiera saber la respuesta, quizás todo sea un sueño inexplicable,
quizás no merezca las alas que poseo, quizás lleve muerto desde que atravesé
las nubes, quizás me haya matado en la caída, quizás esto sea una pesadilla
tenida en el nido y me despierte sin haber tenido nunca mis adoradas alas,
quizás la criatura no precise volar, quizás no lo merezca...
No eso no. Ella lo
merece. Un sonido me arranca de mi mismo cuando estoy perfilando el último
quizás.



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