¿Por qué no
puede verme? -Plasmiranthatas se pregunta eso en su cabeza mientras aquella
dulce criatura sigue ajena a su presencia sumida en su cántico de amargura -.
Es una pena leve. Él lo sabe por el tono de cada sonido. En eso si es un
experto. Es un experto en cantos y es un experto en penas.
Es uno de esos
dolores sordos que pasan pronto y que van a sumarse a otros dolores sordos que
también han pasado pronto para formar un hastío sonoro que no se acaba nunca.
Es uno más entre tantos pequeños quebraderos que hacen que la existencia pueda
llegar a convertirse en una sima inmensa.
Plasmiranthatas
la contempla sin poder hacer nada. Sin querer hacerlo ¿Qué hacer por alguien
que no puede volar, que no puede escapar?.
Ha soñado, eso
cree, que ha salvado el castillo de los reflejos y las luces, pero recuerda el
vago sentimiento de culpa y eso le impide actuar. Es el arrepentimiento. Si
algo te hace renegar de una acción anterior ¿de dónde sacar fuerzas para
emprender un acto posterior?
Permanece
quieto, observando en silencio el dolor y la pena hasta que por instinto
extiende una de sus alas y decide regalar a aquel ser algo de lo que más
aprecia.
Cuando la
pluma cae se siente infinitamente liviano. La ve ir a enredarse en las
extremidades de otro ser que pasa por un pasillo cercano con ese desplazamiento
lento y cadencioso de los que no tienen alas. Quizás porque no la ve, aquel ser
se resbala y cae pesadamente ante los ojos de la otra criatura.
La canción se
transforma en un himno de repentina alegría. Un estallido que hace olvidar el
sordo rumor del pequeño dolor y que inunda la sala de unos nuevos sonidos que
sólo un ser contento es capaz de emitir.
Si lo hubiera
sabido, lo habría hecho antes - piensa el alado sorprendiéndose de su nueva
ligereza- Una sola pluma...
Nadie escucha su grito cuando contempla el ala. Un apéndice vacío
sin una sola pluma. La otra es una copia. Delgada y sanguinolenta. Pegada a su
cuerpo es incapaz de agitarse para succionar el aire que le eleve en los
cielos. Permanece posado, incrédulo, atónito.
Era su última pluma, de ahí la ligereza, de
ahí el descanso, de ahí el fin del dolor.
En una única
jornada ha perdido sus alas. Malgastadas en un sinfín de pequeños fracasos sin
importancia que ahora se convierten en una frustración sin solución.
Siente la
tentación de recuperar esa pluma, esa última pluma que flota junto al suelo,
pero la desecha. Es posible que esa sea la única que ha sido bien gastada y
ahora de nada servirá una pluma solitaria.
Con todo, se
niega a resignarse. Rehace la posición y extiende los patéticos muñones que
otrora, apenas hace un día, fueran sus hermosas alas de plumas blancas. El aire
pasa a través de ellos como lo hace por entre las ramas de los árboles. No
puede percibir las corrientes que deberían contribuir a elevarle y ayudarle a
mantenerse flotando en las alturas.
Pese a todo
aletea en un esfuerzo vano por recuperar aquello que ha perdido. No aparta los
ojos de aquella criatura, como si su sola presencia fuera una garantía de que
aún quedaba una posibilidad. El dolor le estremece los músculos del cuello,
agarrotados por el esfuerzo de sostener en alto aquellas estructuras
inservibles sin la inestimable ayuda de las plumas.
Salta al vacío
desde su apoyatura y bate con furia aquello que ha perdido. Comienza a caer en
un viaje largo y desesperante. No se rinde. Se niega a hacerlo. No lo hizo en
las nubes, no lo hizo en el falso cielo, no lo hizo en el picado de Ranthalas,
no lo hizo en el laberinto de la luz, no lo hizo en el bosque de agujas, no lo
hizo entonces... Pero entonces tenía alas.
Cuando está a
punto de estrellarse vuelve a mirar a aquella criatura y esta le sonríe.
- “Me ha visto”
- piensa sólo un instante antes de volver a elevarse hacia los cielos.
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S
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u vuelo es un
disparo. Sube más allá del nidal sin alas que le impulsen. Es como si aquella
sonrisa le hubiera lanzado al firmamento. Pasa el mar ¿por qué le llama así al
cielo que no es cielo? y sigue su camino directo hacia el cielo verdadero. Deja
atrás los pequeños alados y las nubes.
Siente el
calor de esa inmensa fricción que se origina en su velocidad. Sus sangrientos
muñones se desprenden del cuerpo. Para nada los quiere en este salvaje viaje.
Las nubes pasan rápidas como si fueran una simple gasa extendida en el cielo se
abren a su paso. El calor se hace casi insoportable pero sigue subiendo.
Se cubre con
los brazos ¿desde cuando tiene brazos? que se licúan ante sus ojos un instante
antes de que lo hagan unas piernas que tampoco recuerda haber tenido nunca.
Pasa por delante de los torpes querubines no comprende porqué les da ese
nombre, remedos de lo que habían de ser. Atrofiados en una infancia eterna. Sin
responsabilidad.
Sigue
subiendo. Hacia arriba, hacia el sol o eso le parece cuando los Serafines ¿Que
demonios es eso? contemplan su paso fugaz sin dejar de atusar sus alas, símbolo
de su eterna belleza. Pasa junto al nidal que había sido su casa y tan sólo un
anciano, postrado en su aposento, le sigue con la vista.
Plasmiranthatas no le ve. No puede hacerlo. Sus ojos han
desaparecido un instante después de que lo hicieran sus oídos y su boca. Lo
último que escucha es el ruido de las armas de los Arcángeles ¿Debería saber
quiénes son? en su eterna batalla.
No tiene
cuerpo, no tiene alas, no tiene rostro. Entonces ¿qué le mantiene vivo?.
Piensa en eso
mientras con sus perdidos sentidos solo puede percibir la luz, la inmensa luz
de algo que parece el sol pero no está caliente. Se extraña una vez más pues le
llega el aroma. Si aún le quedaran labios sonreiría.
Es curioso que precisamente ahora que no tiene
olfato reconozca el aroma que percibió en el laberinto de luz como el mismo que
emanaba de aquella criatura.
La macabra
broma no le impide realizarse de nuevo la pregunta que se ha hecho desde que
comenzara su vertiginosa ascensión sin alas.
¿Qué es lo que
me impulsa? ¿Qué me mantiene vivo?
- No hace falta que pienses. - contesta una
voz que retumba como si fuera el eco de si misma- Ahora puedes hablar.
Plasmiranthatas
lo intenta y descubre que puede. Ahora que el calor ha quemado su garganta, ha
derretido sus labios y ha hecho desaparecer todo su rostro, puede hablar
¿cuándo había adquirido todos esos órganos? ¿Cuándo había aprendido sus
nombres?
Pregunta dónde
está y la voz no contesta. Pregunta qué le espera y la voz sigue muda. Así que
elige el camino de la resistencia y se niega a seguir preguntando.
- Con todo lo que has hecho, qué poco has
comprendido. A estas alturas deberías saber donde estás y qué es lo que ha
ocurrido. Los buenos son siempre imprudentes y a veces desconocen el verdadero
alcance de sus actos.
Los
pensamientos que recibe están completamente libres de ironía. Plasmiranthatas,
más acostumbrado a este tipo de conversación abandona su mutismo.
- He perdido
mis alas. Quiero recuperarlas. Son todo lo que tengo - suplica sin saber si
alguien tiene el poder de concederle ese deseo-
- Nunca
tuviste alas...
- Pero, ¿qué es lo que soy? - interrumpe
Plamiranthatas -.
La voz
demuestra una sorpresa genuina en la contestación
- ¿Acaso es
que nadie te lo ha dicho? Tu, mi querido Plasmiranthatas, naciste como un
ángel.
- Ninguno de nosotros las tiene nunca. Verás, es algo difícil de
comprender, pero ha funcionado durante mucho tiempo - la voz se vuelve docta y
vieja, como si se sintiera en la obligación de adoptar un tono paternal y
pedagógico -. Cada par de alas que hay en el nidal es una esperanza o un
fracaso. Aquí no hay término medio. Las recibimos y es nuestra obligación
utilizarlas para...bueno, para hacer algo.
- Eso es a lo
que me refiero. Yo las he perdido por accidente. Sin hacer nada. No las he
tenido más que un día. Eso no puede considerarse usarlas para algo.
- Sigues sin
entender y eso me sorprende. El que no pierde sus alas ha fracasado. Este lugar
esta lleno de ellos. Ancianos incapaces de volar que mantienen intacto su
plumaje. Tu has dado una vida y una muy importante.
- Pero sólo en
un día no he podido...
- Piensa
Plasmiranthatas. Están atados al suelo y al tiempo. Eso hace su vida mucho más
lenta, aunque más breve que la nuestra. Por cada minuto, un año o a veces un
siglo. Nuestros días pueden medirse en generaciones de las suyas. Durante toda
la jornada has dado vida a alguien.
- ¿Yo?
- ¿Has estado
en su alma y no la recuerdas?
Plasmiranthatas
suspira comprendiendo por fin las implicaciones. El castillo de luces y
reflejos era un alma. Los verdes y los
rojos eran esperanza y pasión, los dorados de un alma completa. Reflejos
traslúcidos de otras almas, otros lugares que habían dejado su sello en aquel
mundo interior. Risa y canto. Oscura tristeza, gris aburrimiento. La eterna
batalla.
El aroma. El
aroma era el mismo. Aquel ámbar marrón era también el mismo. Había luchado y
restañado el alma de aquella criatura sin saberlo. Al menos había intentado
contribuir a ese propósito. Se sintió libre.
- Cada pluma
que has perdido ha curado una herida, ha sellado una tristeza, ha evitado un
dolor. Recibiste tus alas cuando ella nació y desde entonces has estado tan
sólo a su servicio. Le enseñaste la soberbia de tu vuelo junto al anciano, para
mostrarle luego la piedad. Le imbuiste la arrogancia, para darla luego la
responsabilidad de solucionarla. Le diste el amor por la aventura y el valor
para salir de los problemas. Desde que nació ha ido recibiendo con cada pluma
que perdías una lección que al parecer tu no aprendías.
Sentiste la
pasión por ella sin conocerla y conociste su interior sin sentir pasión por él.
Hiciste tu trabajo, que en tu caso era especialmente difícil, pues aunque
naciste aquí no sabías quién eras.
Al fin,
conseguiste abrir con tu batalla un camino a su alma. Eso no es para ella. Ella
dejará entrar a quien le plazca. A muchos o a ninguno pero en esa batalla que
para ti fue un suspiro y para ella media vida has conseguido abrir su corazón,
algo que muchos de tus compañeros tardan una vida entera en lograr si es que al
fin lo consiguen”.
-¿Y si no deja
entrar a nadie?, ¿y si no ama?
- Entonces el
fracaso será suyo. Tú ya no puedes pararlo.
Plasmiranthatas
recordó entonces la última pluma, la única que le había entregado
voluntariamente y se preguntó que función había cumplido en ese oculto esquema
de las cosas que ahora, cuando ya no existía, le era revelado.
- Nadie enseña
a amar, Plasmiranthatas. A amar se
aprende amando. Y tú ya has aprendido.
- ¿Cómo se
llama?
- ¿Acaso
importa?
- Es posible
que a ti o cualquier otro ángel no, pero yo he dado mis alas por ella
- Sólo conozco
dos nombres de su gente. Has visto lo que custodiaba su alma. Dudas de su
nombre.
- ¿Eres Dios?
- ¿Aún con
esas? -la voz se volvió aviesa, eterna- Dios abandonó el edificio. Dios no
existe. Nosotros le matamos. Pero puedes pensar lo que quieras. Ahora eres
libre de hacerlo.
- ¿Puedo
verla? ¡Soy su ángel!
Una mujer con
la piel blanca, el rostro hermoso, el cuerpo infinito, el cabello rubio y los ojos marrones recoge una pluma y la guarda
en un libro con una amplia sonrisa. Saca la lengua como burlándose.
- En eso te
equivocas mi querido Plasmiran. El ángel y el demonio siempre ha sido ella. Tú
sólo le guardabas las alas.


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