viernes, 28 de marzo de 2014

Alas Cambiadas (yIV)

¿Por qué no puede verme? -Plasmiranthatas se pregunta eso en su cabeza mientras aquella dulce criatura sigue ajena a su presencia sumida en su cántico de amargura -. Es una pena leve. Él lo sabe por el tono de cada sonido. En eso si es un experto. Es un experto en cantos y es un experto en penas.
Es uno de esos dolores sordos que pasan pronto y que van a sumarse a otros dolores sordos que también han pasado pronto para formar un hastío sonoro que no se acaba nunca. Es uno más entre tantos pequeños quebraderos que hacen que la existencia pueda llegar a convertirse en una sima inmensa.
Plasmiranthatas la contempla sin poder hacer nada. Sin querer hacerlo ¿Qué hacer por alguien que no puede volar, que no puede escapar?.
Ha soñado, eso cree, que ha salvado el castillo de los reflejos y las luces, pero recuerda el vago sentimiento de culpa y eso le impide actuar. Es el arrepentimiento. Si algo te hace renegar de una acción anterior ¿de dónde sacar fuerzas para emprender un acto posterior?
Permanece quieto, observando en silencio el dolor y la pena hasta que por instinto extiende una de sus alas y decide regalar a aquel ser algo de lo que más aprecia.
Cuando la pluma cae se siente infinitamente liviano. La ve ir a enredarse en las extremidades de otro ser que pasa por un pasillo cercano con ese desplazamiento lento y cadencioso de los que no tienen alas. Quizás porque no la ve, aquel ser se resbala y cae pesadamente ante los ojos de la otra criatura.
La canción se transforma en un himno de repentina alegría. Un estallido que hace olvidar el sordo rumor del pequeño dolor y que inunda la sala de unos nuevos sonidos que sólo un ser contento es capaz de emitir.
Si lo hubiera sabido, lo habría hecho antes - piensa el alado sorprendiéndose de su nueva ligereza- Una sola pluma...
 Nadie escucha su grito cuando contempla el ala. Un apéndice vacío sin una sola pluma. La otra es una copia. Delgada y sanguinolenta. Pegada a su cuerpo es incapaz de agitarse para succionar el aire que le eleve en los cielos. Permanece posado, incrédulo, atónito.
 Era su última pluma, de ahí la ligereza, de ahí el descanso, de ahí el fin del dolor.
 En una única jornada ha perdido sus alas. Malgastadas en un sinfín de pequeños fracasos sin importancia que ahora se convierten en una frustración sin solución.
Siente la tentación de recuperar esa pluma, esa última pluma que flota junto al suelo, pero la desecha. Es posible que esa sea la única que ha sido bien gastada y ahora de nada servirá una pluma solitaria.
Con todo, se niega a resignarse. Rehace la posición y extiende los patéticos muñones que otrora, apenas hace un día, fueran sus hermosas alas de plumas blancas. El aire pasa a través de ellos como lo hace por entre las ramas de los árboles. No puede percibir las corrientes que deberían contribuir a elevarle y ayudarle a mantenerse flotando en las alturas.
Pese a todo aletea en un esfuerzo vano por recuperar aquello que ha perdido. No aparta los ojos de aquella criatura, como si su sola presencia fuera una garantía de que aún quedaba una posibilidad. El dolor le estremece los músculos del cuello, agarrotados por el esfuerzo de sostener en alto aquellas estructuras inservibles sin la inestimable ayuda de las plumas.
Salta al vacío desde su apoyatura y bate con furia aquello que ha perdido. Comienza a caer en un viaje largo y desesperante. No se rinde. Se niega a hacerlo. No lo hizo en las nubes, no lo hizo en el falso cielo, no lo hizo en el picado de Ranthalas, no lo hizo en el laberinto de la luz, no lo hizo en el bosque de agujas, no lo hizo entonces... Pero entonces tenía alas.
Cuando está a punto de estrellarse vuelve a mirar a aquella criatura y esta le sonríe.

- “Me ha visto” - piensa sólo un instante antes de volver a elevarse hacia los cielos.

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S
u vuelo es un disparo. Sube más allá del nidal sin alas que le impulsen. Es como si aquella sonrisa le hubiera lanzado al firmamento. Pasa el mar ¿por qué le llama así al cielo que no es cielo? y sigue su camino directo hacia el cielo verdadero. Deja atrás los pequeños alados y las nubes.
Siente el calor de esa inmensa fricción que se origina en su velocidad. Sus sangrientos muñones se desprenden del cuerpo. Para nada los quiere en este salvaje viaje. Las nubes pasan rápidas como si fueran una simple gasa extendida en el cielo se abren a su paso. El calor se hace casi insoportable pero sigue subiendo.
Se cubre con los brazos ¿desde cuando tiene brazos? que se licúan ante sus ojos un instante antes de que lo hagan unas piernas que tampoco recuerda haber tenido nunca. Pasa por delante de los torpes querubines no comprende porqué les da ese nombre, remedos de lo que habían de ser. Atrofiados en una infancia eterna. Sin responsabilidad.
Sigue subiendo. Hacia arriba, hacia el sol o eso le parece cuando los Serafines ¿Que demonios es eso? contemplan su paso fugaz sin dejar de atusar sus alas, símbolo de su eterna belleza. Pasa junto al nidal que había sido su casa y tan sólo un anciano, postrado en su aposento, le sigue con la vista.
Plasmiranthatas no le ve. No puede hacerlo. Sus ojos han desaparecido un instante después de que lo hicieran sus oídos y su boca. Lo último que escucha es el ruido de las armas de los Arcángeles ¿Debería saber quiénes son? en su eterna batalla.
No tiene cuerpo, no tiene alas, no tiene rostro. Entonces ¿qué le mantiene vivo?.
Piensa en eso mientras con sus perdidos sentidos solo puede percibir la luz, la inmensa luz de algo que parece el sol pero no está caliente. Se extraña una vez más pues le llega el aroma. Si aún le quedaran labios sonreiría.
 Es curioso que precisamente ahora que no tiene olfato reconozca el aroma que percibió en el laberinto de luz como el mismo que emanaba de aquella criatura.
La macabra broma no le impide realizarse de nuevo la pregunta que se ha hecho desde que comenzara su vertiginosa ascensión sin alas.
¿Qué es lo que me impulsa? ¿Qué me mantiene vivo?

 - No hace falta que pienses. - contesta una voz que retumba como si fuera el eco de si misma- Ahora puedes hablar.
Plasmiranthatas lo intenta y descubre que puede. Ahora que el calor ha quemado su garganta, ha derretido sus labios y ha hecho desaparecer todo su rostro, puede hablar ¿cuándo había adquirido todos esos órganos? ¿Cuándo había aprendido sus nombres?
Pregunta dónde está y la voz no contesta. Pregunta qué le espera y la voz sigue muda. Así que elige el camino de la resistencia y se niega a seguir preguntando. 
- Con todo lo que has hecho, qué poco has comprendido. A estas alturas deberías saber donde estás y qué es lo que ha ocurrido. Los buenos son siempre imprudentes y a veces desconocen el verdadero alcance de sus actos.
Los pensamientos que recibe están completamente libres de ironía. Plasmiranthatas, más acostumbrado a este tipo de conversación abandona su mutismo.
- He perdido mis alas. Quiero recuperarlas. Son todo lo que tengo - suplica sin saber si alguien tiene el poder de concederle ese deseo-
- Nunca tuviste alas...
 - Pero, ¿qué es lo que soy? - interrumpe Plamiranthatas -.
La voz demuestra una sorpresa genuina en la contestación
- ¿Acaso es que nadie te lo ha dicho? Tu, mi querido Plasmiranthatas, naciste como un ángel.
- Ninguno de nosotros las tiene nunca. Verás, es algo difícil de comprender, pero ha funcionado durante mucho tiempo - la voz se vuelve docta y vieja, como si se sintiera en la obligación de adoptar un tono paternal y pedagógico -. Cada par de alas que hay en el nidal es una esperanza o un fracaso. Aquí no hay término medio. Las recibimos y es nuestra obligación utilizarlas para...bueno, para hacer algo.
- Eso es a lo que me refiero. Yo las he perdido por accidente. Sin hacer nada. No las he tenido más que un día. Eso no puede considerarse usarlas para algo.
- Sigues sin entender y eso me sorprende. El que no pierde sus alas ha fracasado. Este lugar esta lleno de ellos. Ancianos incapaces de volar que mantienen intacto su plumaje. Tu has dado una vida y una muy importante.
- Pero sólo en un día no he podido...
- Piensa Plasmiranthatas. Están atados al suelo y al tiempo. Eso hace su vida mucho más lenta, aunque más breve que la nuestra. Por cada minuto, un año o a veces un siglo. Nuestros días pueden medirse en generaciones de las suyas. Durante toda la jornada has dado vida a alguien.
- ¿Yo?
- ¿Has estado en su alma y no la recuerdas?
Plasmiranthatas suspira comprendiendo por fin las implicaciones. El castillo de luces y reflejos  era un alma. Los verdes y los rojos eran esperanza y pasión, los dorados de un alma completa. Reflejos traslúcidos de otras almas, otros lugares que habían dejado su sello en aquel mundo interior. Risa y canto. Oscura tristeza, gris aburrimiento. La eterna batalla.
El aroma. El aroma era el mismo. Aquel ámbar marrón era también el mismo. Había luchado y restañado el alma de aquella criatura sin saberlo. Al menos había intentado contribuir a ese propósito. Se sintió libre.
 - Cada pluma que has perdido ha curado una herida, ha sellado una tristeza, ha evitado un dolor. Recibiste tus alas cuando ella nació y desde entonces has estado tan sólo a su servicio. Le enseñaste la soberbia de tu vuelo junto al anciano, para mostrarle luego la piedad. Le imbuiste la arrogancia, para darla luego la responsabilidad de solucionarla. Le diste el amor por la aventura y el valor para salir de los problemas. Desde que nació ha ido recibiendo con cada pluma que perdías una lección que al parecer tu no aprendías.
Sentiste la pasión por ella sin conocerla y conociste su interior sin sentir pasión por él. Hiciste tu trabajo, que en tu caso era especialmente difícil, pues aunque naciste aquí no sabías quién eras.
Al fin, conseguiste abrir con tu batalla un camino a su alma. Eso no es para ella. Ella dejará entrar a quien le plazca. A muchos o a ninguno pero en esa batalla que para ti fue un suspiro y para ella media vida has conseguido abrir su corazón, algo que muchos de tus compañeros tardan una vida entera en lograr si es que al fin lo consiguen”.
-¿Y si no deja entrar a nadie?, ¿y si no ama?
- Entonces el fracaso será suyo. Tú ya no puedes pararlo.
Plasmiranthatas recordó entonces la última pluma, la única que le había entregado voluntariamente y se preguntó que función había cumplido en ese oculto esquema de las cosas que ahora, cuando ya no existía, le era revelado.
- Nadie enseña a amar, Plasmiranthatas. A  amar se aprende amando. Y tú ya has aprendido.
- ¿Cómo se llama?
- ¿Acaso importa?
- Es posible que a ti o cualquier otro ángel no, pero yo he dado mis alas por ella
- Sólo conozco dos nombres de su gente. Has visto lo que custodiaba su alma. Dudas de su nombre.
- ¿Eres Dios?
- ¿Aún con esas? -la voz se volvió aviesa, eterna- Dios abandonó el edificio. Dios no existe. Nosotros le matamos. Pero puedes pensar lo que quieras. Ahora eres libre de hacerlo.
- ¿Puedo verla? ¡Soy su ángel!
Una mujer con la piel blanca, el rostro hermoso, el cuerpo infinito, el cabello rubio  y los ojos marrones recoge una pluma y la guarda en un libro con una amplia sonrisa. Saca la lengua como burlándose.

- En eso te equivocas mi querido Plasmiran. El ángel y el demonio siempre ha sido ella. Tú sólo le guardabas las alas.

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