L@S SINCUERPO
- ¿Es buena idea?
NOMUERTO
- ¿Cómo quieres que lo sepa?
- Va a ciegas
BE-LEE
- ¡Mira quién habla!, ¿no se trata de eso?
- ¡Callaos! Deberías ser dioses. Así al menos podría haceros
callar con mis plegarias
JINETE
- Jajaja, Muy bueno Lesskin. El cinismo es muy divertido
cuando es falso.
Y disparó.
Disparó con la fría y cruel precisión de un francotirador
serbio en un mercado bosnio, hiriendo, no matando, atrayendo más vidas al altar
de la muerte. Disparó con el miedo del miliciano que levantaba el arma por
encima del parapeto y dispara deprisa con el terror encogiéndole las entrañas.
Disparó con los ojos cerrados del soldado que no quiere
disparar pero lo hace obedeciendo órdenes; con la tristeza del que dispara
sabiendo que su disparo arrancará una vida; con la furia enfermiza del que
aprieta el gatillo sin reparar en nada para seguir las falsas revelaciones de
su dios; con la ignorancia del que cree que una muerte más conducirá al mundo a
su imposible revolución.
Con la vergüenza del que saca la pajita más corta para componer un pelotón e ejecución, con la
indiferencia del que da el disparo de gracia a alguien que cree ya muerto, con
la rabia del que usa su arma en una venganza inútil que nunca trae la paz. Con
la desesperación del que se defiende, con la elegancia del que cobra por ello,
con la indolencia del que paga por hacerlo.
Con la indiferencia de quien lo cree su derecho, con el
convencimiento de quien lo imagina su obligación, con la tranquilidad de quien
sabe que es capaz de hacerlo, con el nerviosismo de quien cree que nunca lo
conseguirá.
Disparó la X-700 como una carabina de precisión, como un
subfusil, como una ametralladora de posición, como un revolver, como un tiro de
gracia, como una batería de misiles.
Como un arma de construcción masiva.
Se detuvo. Ya no quedaba rabia, ya no quedaba furia, ya no
quedaba incomprensión, ya no quedaba carrete en la Minolta.
Había sido una explosión y había pasado como otras tantas
pequeñas furias en su vida, como irían y vendrían otras muchas.
Se sentía agotada. Los hombros agarrotados, el dedo
entumecido, los ojos irritados. Sentía llegar de lejos un martilleo sordo en su
cabeza que anunciaba el dolor de la venidera migraña.
Por un momento creyó poder recodar cada rostro encuadrado,
cada disparo, cada instantánea capturada. Giró la cámara, el objetivo muerto
apuntando hacia el suelo, en el gesto instintivo de buscar el visor para
revisar los disparos.
Pero era una Minolta X-700. Era vieja. Antigua como otras
guerras, como otras vidas.
Su cabeza era ya un yunque contra el que se estrellaban
rítmicamente los martillazos del dolor y salió a la terraza para intentar que
el viento vespertino la aliviara. Era pronto para iniciar el rito del
ibuprofeno.
EL paisaje era digno. No espectacular, no memorable, pero
digno. Un lejano atardecer en naranjas y malvas, recortado contra las siluetas
de los iconos ansia humana de grandeza, edificados en cemento, hierro y
cristal.
Jugaba con los carretes de la Minolta en las manos. Los
pasaba rítmicamente de una palma a otra y los hacía rodar por ellas.
Reparó de repente en una pequeña tienda en la calle. Su
entrada era estrecha, casi ponía en duda la posibilidad de que alguien
traspasara el umbral. “Foto Qué” podía leerse en el rotulo sin luz.
¿Qué pintaba una tienda de fotografía en una calle en la que
no había ni siquiera una panadería? Qué extraño negocio para abrir en ese
entorno de urbanizaciones que siempre miran hacia adentro, que nunca salen
hacia afuera, en ese tiempo de USB y entornos digitales gestionados desde el
teléfono y el disco duro. ¿Era un dinosaurio que se resistía a morir o un loco
que no sabía que ya estaba muerto?, ¿había estado siempre ahí?, ¿cómo no se
había fijado antes?
Dos minutos después atravesaba la puerta del establecimiento
con el dolor de cabeza encima de los hombros.
Marcos vacíos, álbumes vacíos imitando pieles viejas, fotos
inocentes de niños vestidos de marinero, mujeres embellecidas en blanco
radiante saliendo de limusinas con ramos de flores tan sonrientes como ellas en
la mano. Lo típico de una vieja tienda de fotografía.
- Buenas tardes, señorita -le saludo el hombre. Un tipo con
la edad escondida tras su sonrisa de dependiente- ¿Qué desea?
- “Parece de otro tiempo” -pensó y el pensamiento le trajo
la ráfaga del recuerdo de alguien girando la esquina de Children Street
gritando a los cuatro vientos una frase sin sentido, de un cámara aburrido
esperando a su jefa- Quisiera que me revelara esto. Es en blanco y negro.
- ¿Tiene mucha prisa? -pregunto el hombre mirando los carretes
y sopesándolos como si con ello fuera a descubrir- Hoy en día la gente siempre
tiene prisa. Prisa para todo. Creen que revelar una foto es lo mismo que
volcarla en el ordenador. Tienen prisa y la prisa mata le tiempo, lo comprime…
- Ya, ya -interrumpió con una sonrisa vaga como de
aceptación muda de la teoría- Pues sí, algo de prisa tengo.
- Pues ha tenido suerte -el hombre dio un respingo que casi
la sobresaltó. Tengo todo preparado. ¿Sé quedará a esperar?, ¿volverá dentro de
un rato? Ya sabe que esto lleva su tiempo y son muchas fotos.
- ¿Cuándo cierra? - y se dio cuenta de que el hombre no le
hacía ni caso. Había fijado su atención en un móvil que probablemente había
sacado del bolsillo de su camisa. Espero un par de minutos en silencio y el
hombre volvió a mirarla- Perdone, tengo que irme un momento, es urgente, me han
dicho que hay un material que conviene que vea y…
- Vale, vale, volveré mañana -dijo ella tendiéndole la mano
para que le devolviera los carretes.
- Hagamos una cosa -dijo el hombre reteniendo el material-
Pasé usted. Se nota que es profesional, si quiere vaya haciéndolo usted y
cuando yo vuelva la ayudo o la espero, lo que prefiera. Venga, venga -la dijo
animándola ante su cara de sorpresa y duda- será divertido. ¡Como en los viejos
tiempos!
Y el tipo se fue soltando una llave encima del mostrador -Si
acaba antes de que vuelva, cierre y deje la llave dentro de la maceta- Y está
vez su voz si parecía idéntica a otro que oyera hace tiempo en Belén.
No cabía en sí de sorpresa
¿Cómo en los viejos tiempos? -pensó con enfado- ¿Cuántos
años se creía ese tipo que tenía? Ella era de la era digital, ella era…
Cogió el teléfono y accedió a Whatsapp. Buscó a su amiga y
el plexo solar evitado hacía un rato la saludó de pronto.
MARTADIVINA
- ¿A que está bueno? üü
- Bueno ya me dirás. Ya sé que a ti no te van demasiado…
buenorros üü
- ¿Qué tal con lo tuyo? üü
- No le habrás contestado, ¿verdad? üü
- Pasa de él. Se enganchará de ti üü
- Los tíos son para lo que son üü
- ¿Qué haces, chica?, ¿por qué no te conectas? üü
- Por cierto que le he dicho a Paco que dormiré en tu casa
porque estás hecha polvo y tal, que no se te olvide. Besitos. üü
- Tengo trabajo.üü
Se metió en la habitación y cerró la puerta. La total oscuridad
se llevó de repente el dolor de cabeza.

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