viernes, 14 de marzo de 2014

La Óptica de los Paisajes. Her View (IV)

L@S SINCUERPO
 INSANJ
- ¿Es buena idea? 
 NOMUERTO
- ¿Cómo quieres que lo sepa?  
 EGLAMOR
-  Va a ciegas 
BE-LEE
- ¡Mira quién habla!, ¿no se trata de eso?  
 NOMUERTO
- ¡Callaos! Deberías ser dioses. Así al menos podría haceros callar con mis plegarias  
JINETE
- Jajaja, Muy bueno Lesskin. El cinismo es muy divertido cuando es falso.  

 

Y disparó.
Disparó con la fría y cruel precisión de un francotirador serbio en un mercado bosnio, hiriendo, no matando, atrayendo más vidas al altar de la muerte. Disparó con el miedo del miliciano que levantaba el arma por encima del parapeto y dispara deprisa con el terror encogiéndole las entrañas.
Disparó con los ojos cerrados del soldado que no quiere disparar pero lo hace obedeciendo órdenes; con la tristeza del que dispara sabiendo que su disparo arrancará una vida; con la furia enfermiza del que aprieta el gatillo sin reparar en nada para seguir las falsas revelaciones de su dios; con la ignorancia del que cree que una muerte más conducirá al mundo a su imposible revolución.
Con la vergüenza del que saca la pajita más corta para  componer un pelotón e ejecución, con la indiferencia del que da el disparo de gracia a alguien que cree ya muerto, con la rabia del que usa su arma en una venganza inútil que nunca trae la paz. Con la desesperación del que se defiende, con la elegancia del que cobra por ello, con la indolencia del que paga por hacerlo.
Con la indiferencia de quien lo cree su derecho, con el convencimiento de quien lo imagina su obligación, con la tranquilidad de quien sabe que es capaz de hacerlo, con el nerviosismo de quien cree que nunca lo conseguirá.
Disparó la X-700 como una carabina de precisión, como un subfusil, como una ametralladora de posición, como un revolver, como un tiro de gracia, como una batería de misiles.
Como un arma de construcción masiva.
Se detuvo. Ya no quedaba rabia, ya no quedaba furia, ya no quedaba incomprensión, ya no quedaba carrete en la Minolta.
Había sido una explosión y había pasado como otras tantas pequeñas furias en su vida, como irían y vendrían otras muchas.
Se sentía agotada. Los hombros agarrotados, el dedo entumecido, los ojos irritados. Sentía llegar de lejos un martilleo sordo en su cabeza que anunciaba el dolor de la venidera migraña.
Por un momento creyó poder recodar cada rostro encuadrado, cada disparo, cada instantánea capturada. Giró la cámara, el objetivo muerto apuntando hacia el suelo, en el gesto instintivo de buscar el visor para revisar los disparos.
Pero era una Minolta X-700. Era vieja. Antigua como otras guerras, como otras vidas.
Su cabeza era ya un yunque contra el que se estrellaban rítmicamente los martillazos del dolor y salió a la terraza para intentar que el viento vespertino la aliviara. Era pronto para iniciar el rito del ibuprofeno.
EL paisaje era digno. No espectacular, no memorable, pero digno. Un lejano atardecer en naranjas y malvas, recortado contra las siluetas de los iconos ansia humana de grandeza, edificados en cemento, hierro y cristal.
Jugaba con los carretes de la Minolta en las manos. Los pasaba rítmicamente de una palma a otra y los hacía rodar por ellas.
Reparó de repente en una pequeña tienda en la calle. Su entrada era estrecha, casi ponía en duda la posibilidad de que alguien traspasara el umbral. “Foto Qué” podía leerse en el rotulo sin luz.
¿Qué pintaba una tienda de fotografía en una calle en la que no había ni siquiera una panadería? Qué extraño negocio para abrir en ese entorno de urbanizaciones que siempre miran hacia adentro, que nunca salen hacia afuera, en ese tiempo de USB y entornos digitales gestionados desde el teléfono y el disco duro. ¿Era un dinosaurio que se resistía a morir o un loco que no sabía que ya estaba muerto?, ¿había estado siempre ahí?, ¿cómo no se había fijado antes?
Dos minutos después atravesaba la puerta del establecimiento con el dolor de cabeza encima de los hombros.
Marcos vacíos, álbumes vacíos imitando pieles viejas, fotos inocentes de niños vestidos de marinero, mujeres embellecidas en blanco radiante saliendo de limusinas con ramos de flores tan sonrientes como ellas en la mano. Lo típico de una vieja tienda de fotografía.

- Buenas tardes, señorita -le saludo el hombre. Un tipo con la edad escondida tras su sonrisa de dependiente- ¿Qué desea?
- “Parece de otro tiempo” -pensó y el pensamiento le trajo la ráfaga del recuerdo de alguien girando la esquina de Children Street gritando a los cuatro vientos una frase sin sentido, de un cámara aburrido esperando a su jefa- Quisiera que me revelara esto. Es en blanco y negro.
- ¿Tiene mucha prisa? -pregunto el hombre mirando los carretes y sopesándolos como si con ello fuera a descubrir- Hoy en día la gente siempre tiene prisa. Prisa para todo. Creen que revelar una foto es lo mismo que volcarla en el ordenador. Tienen prisa y la prisa mata le tiempo, lo comprime…
- Ya, ya -interrumpió con una sonrisa vaga como de aceptación muda de la teoría- Pues sí, algo de prisa tengo.
- Pues ha tenido suerte -el hombre dio un respingo que casi la sobresaltó. Tengo todo preparado. ¿Sé quedará a esperar?, ¿volverá dentro de un rato? Ya sabe que esto lleva su tiempo y son muchas fotos.
- ¿Cuándo cierra? - y se dio cuenta de que el hombre no le hacía ni caso. Había fijado su atención en un móvil que probablemente había sacado del bolsillo de su camisa. Espero un par de minutos en silencio y el hombre volvió a mirarla- Perdone, tengo que irme un momento, es urgente, me han dicho que hay un material que conviene que vea y…
- Vale, vale, volveré mañana -dijo ella tendiéndole la mano para que le devolviera los carretes.
- Hagamos una cosa -dijo el hombre reteniendo el material- Pasé usted. Se nota que es profesional, si quiere vaya haciéndolo usted y cuando yo vuelva la ayudo o la espero, lo que prefiera. Venga, venga -la dijo animándola ante su cara de sorpresa y duda- será divertido. ¡Como en los viejos tiempos!
Y el tipo se fue soltando una llave encima del mostrador -Si acaba antes de que vuelva, cierre y deje la llave dentro de la maceta- Y está vez su voz si parecía idéntica a otro que oyera hace tiempo en Belén.
No cabía en sí de sorpresa
¿Cómo en los viejos tiempos? -pensó con enfado- ¿Cuántos años se creía ese tipo que tenía? Ella era de la era digital, ella era…
Cogió el teléfono y accedió a Whatsapp. Buscó a su amiga y el plexo solar evitado hacía un rato la saludó de pronto.

MARTADIVINA
- ¿A que está bueno?  üü
- Bueno ya me dirás. Ya sé que a ti no te van demasiado… buenorros üü
- ¿Qué tal con lo tuyo? üü
- No le habrás contestado, ¿verdad? üü
- Pasa de él. Se enganchará de ti üü
- Los tíos son para lo que son üü
- ¿Qué haces, chica?, ¿por qué no te conectas? üü
- Por cierto que le he dicho a Paco que dormiré en tu casa porque estás hecha polvo y tal, que no se te olvide. Besitos. üü
 FORTUNA
- Tengo trabajo.üü  


Se metió en la habitación y cerró la puerta. La total oscuridad se llevó de repente el dolor de cabeza.

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