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miércoles, 5 de marzo de 2014

La Muerte de Lesskin (Epílogo)

EPÍLOGO
  
L@S SINCUERPO
ASTARA
- ¿Cómo lo sabe?, ¿cómo sabe que hay una porción de la esencia dividida en Lesskin? üü
JINETE
- No lo sabe. Se arriesga. Conocer no es saber. Saber no es conocer. üü
BE-LEE
- Cada porción de mi esencia tiene sus formas de saber y sus mecanismos de conocimiento. üü
JINETE
- Y sus tiempos, Rebelde. üü
BE-LEE
- Y sus tiempos, Jinete. üü
LESSKIN
- Me han dicho que hay un tipo que sabe cosas porque ve a la gente como piezas de colores. Es raro, lo sé ¿Puedo ir a verle? üü
JINETE
- ¡Tú cállate, Lesskin! Se supone que estás muerto. üü






La Muerte de Lesskin (yV)


El entierro de Lesskin es grandioso, apoteósico, digno del décimo octavo Conde de Lesskin, trigésimo segundo Duque de Lesskin y noveno Barón de Randualles.
Las puertas del Limbo se abren de par en par y la Guardia Dorada penetra por ellas para realizar la escolta de honor del féretro, una caja de ámbar y cristal, de ónice y amatista, esculpida por el propio Ramhata con su danza.
Insanj retuerce la tierra baldía del Páramo Límbico para elevar una montaña que luego se transforma en un panteón con cientos de columnas cada una de ellas custodiada por un  miembro de La Elite de Tadeus o un guerrero de La Manada de Lyciarades.
Nohelu abre la montaña, como hiciera antaño, y arrancando hebras, hilos y tramas de las telas que son las mismas almas de los dioses teje un sudario para el cuerpo, casi ínfimo entre tanta grandeza, de Lesskin. El amor siempre se hace pequeño cundo llega la muerte.
La tela, de una suavidad irreal, de una fortaleza imposible, contiene miles de millones de matices de intricados irisados de blanco y arco iris. En contra de lo que creen los humanos, el amor no es rojo. Siempre es de todos los colores.
Y van llegando. Caín arriba salido de la cueva en que habita. El holandés errante embarranca su navío en las arenas vacías del desierto límbico y salta a tierra como un pirata en busca de un saqueo, Lilith llega entre cantos e inciensos intentando seducir a todo el que se acerca a saludarla, la sombra del último dragón se proyecta sobre todos custodiando los cielos.
Las musas se pelean por un puesto de privilegio en el cortejo fúnebre. Las nueve conocidas y las cincuenta y tres desconocidas. Arvak impone orden enseñando su hacha. Un frió antinatural confirma que ha llegado La Sombra y nadie la verá. Caos hace su entrada por el lado equivocado del cortejo y amenaza con derribar el panteón. No le importa. En el caos no hay error.
El cántico susurrado por Ada hace crecer y florecer arboles de todas las especies al paso del cortejo que se detiene cuando Akrhan, que lo abre, se para a saludar con una pequeña inclinación de cabeza a los dioses de oriente que, ajenos hasta hoy a las cosas del lejano occidente, han honrado al finado con su presencia.
Sideria demuestra su tristeza aunque ella lo niegue poblando el firmamento de cometas, medio millar de estrellas se inmolan y se navas para hacer de fuegos de artificio que iluminen el cielo.
Por turnos, Las Doce Lágrimas portan el frágil catafalco hasta la que será su morada infinita. El mundo de los que nadie ve y mucho menos recuerda permanece en silencio.
Los N´garai están, los ángeles están, los caídos están, Legión está, los restos de los dioses están, Los Perdidos están, Los Ignotos están. Todas las casas, familias, facciones, ejércitos y clanes de lo desconocido y aún por conocer están.
El Invisible no. Ni está, ni se le espera. Ni a él ni a los humanos.
Como siempre, los humanos perciben estas cosas cada cual a su modo.
La muerte de Lesskin es percibida o ignorada por los humanos en tan solo un segundo.
Durante ese segundo estallan cientos de discusiones, se espetan miles de recriminaciones contenidas, se tuercen millones de gestos, se cometen cientos de millones de traiciones. Se dan centenares de excusas, se niegan miríadas de perdones, se evitan cantidades ingentes de miradas, se interrumpen o niegan por desidia innumerables coitos y no se dan, se pierden o se ignoran un número incalculable de besos y de abrazos.
Y luego la vida sigue. Nadie percibe siquiera que durante tres escasas décimas de segundo la Red que une todos los lugares ha estado muerta.

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Solo tres personajes infinitos, además de El Invisible, que lo es porque se niega a vivir, no traspasan los umbrales del limbo para rendir homenaje al ser que nació de los restos de mil amores muertos.
Uno es el Dios del Miedo, el único de los mil dioses que aún sobrevive. Contempla la grandiosa ceremonia desde la lejanía, atisbando a hurtadillas desde el umbral del limbo. No puede ni quiere entrar. Hace varios universos que Akrhan tiene puesto precio a su cabeza.
Los otros dos son el mismo pero ya nunca serán lo mismo. Las dos esencias divididas observan la escena en silencio, sin hablarse, sin mirarse siquiera.
Hasta que termina y de repente no hay nada. Nada salvo el panteón de Lesskin.
Y entonces, solo entonces, cuando no queda nada de lo que podía haberles unido, se miran. Pueden hablar, sus lenguas están ahí, pero las palabras no. Pueden mirarse, sus ojos no están ciegos, pero sus miradas sí. Así que hacen lo que han estado haciendo desde que Belial los enviará divididos al mundo. Buscándose y eludiéndose.
Sacan sus barajas y juegan. El saber y el conocimiento siempre juegan su partida. Saber no es conocer. Conocer no es saber. Aunque sean las dos esencias de un ángel dividido.
Ante los ojos del dios del miedo, juegan.
La partida empieza como todas, como las miles que han jugado. Ella juega para ganar, él no quiere jugar pero lo hace. Algunas han durado años, incluso la vida entera de civilizaciones; en algunas él estuvo a punto de ganar, o tras ganó ella. Él nunca tuvo todas las cartas de ambas barajas en su mano; ella las tuvo muchas veces.
Hoy, el día en que Lesskin ha muerto, la partida apenas dura unos segundos.
El dios cobarde contempla la partida y no la entiende. Él la entiende desde el principio. Por primera vez la juega sin Lesskin en la sombra, sin nadie susurrando en su oído. Por primera vez aquello que era el ser que surgió de mil amores muertos no le dirige, no le impele arriesgarse, a seguir en el juego, a concluirlo. A perderlo. Por única vez desde que las Esencias Dividías comenzaron el juego, él no muestra sus cartas, no canta su jugada, no disfruta del juego.
Ella tarda apenas un instante en comprenderlo. Intenta anticipar los movimientos pero llega un segundo tarde, intenta cerrar las aperturas pero no encuentra naipe para contrarrestar cada jugada. Y al cabo de un minuto en el tiempo infinito en el que pueden haber muerto mil planetas, el juego ha terminado.
Las cartas no están mezcladas, no están confusas. Por primera vez desde que comenzarán, la baraja de él es toda suya. Son solamente sus cartas, las partes de la esencia que él puso en el juego. Y las de ella son tan solo su mazo.
Ella hace un último movimiento de mantener el juego. Esconde su mazo por completo, lo abre en un abanico amplio y pone en la mesa solo dos cartas. Juega los comodines.
Él podría jugar, podría seguir jugando con todas las cartas por fin reconocidas. Pero conocer no es saber y ya no quiere hacerlo. Recoge su mazo y se levanta. El juego ha terminado.
La parte de la esencia que ahora es ella, se levanta y recoge su baraja de la mesa. Puede que lo haga  llorando para sí o riendo para sus adentros. Él no lo sabe. Ya no la conoce. Le mira sin verle y se marcha más allá de los límites del limbo. Al mundo humano supone. A seguir con su muerte.
La parte de la esencia que es o había sido él simplemente recoge las cartas y mira hacia el páramo.
- Vete como ella -le dice la cobarde deidad- O vete con tus cartas.
- No -la mirada de él está clavada en el túmulo de Lesskin-
- Estás dividido. No hay otra opción.
- Siempre hay otra opción. He recuperado mi parte. Tengo mi alma.
- Pero está divida y no quieres unirla. No servirá de nada -la voz del dios cobarde es un sise, es el canto que despierta los miedos-.
- La esencia dividida lo está en multitud de porciones. Belial la dividió en dos de un solo tajo de la espada de Aziel pero El Invisible la atomizó en venganza. Tenemos miles de aristas podemos encajar con otro trozo. -su mirada ya está concentrada irremisiblemente en la tumba de Lesskin- Lesskin se dedicaba a unir esos trozos.
- ¿Y qué logró? -el dios del miedo casi le grita en el oído. Baja la voz. Susurra- Apenas unió una mínima porción de la esencia en todos los pedazos que compuso a lo largo de toda la eternidad y ahora está muerto. Hay esquirlas sueltas, pedazos perdidos, retazos que no casan, que no pueden casar, que no tienen nada con lo que unirse
- Eso es cierto -dice sin mirar a su interlocutor y comienza a andar-.
- ¿Qué vas a hacer?, ¿vas a hacerlo otra vez?, ¿vas a mostrar tus cartas? -la voz del miedo es puro miedo. Miedo a que no se tenga miedo
- Es lo que sé hacer -un paso-.
- No lo encontraras
- No lo sabes -otro paso-.
- Si encuentras otra parte de la esencia y no te reconoce sufrirás.
- ¿Sufrir? -se detiene, ríe, llora-. ¿Cómo ahora?
- ¡Protégete! -todo el miedo del mundo está en el grito- ¡Calcula!, ¡guarda los comodines!
- Un riesgo calculado no es un riesgo. Si doy todas las cartas, si las ve todas sabré a qué quiere jugar
- Y si nadie quiere hacerlo.
- No lo hará y sabré que es por no quiere. No por que desconozca que el juego existe. Saber no es lo mismo que conocer.
Ya no se vuelve. Ya no se para. Entra en los Páramos Límbicos dejando atrás al dios cobarde que no se atreve a seguirle. Le grita
- ¡No te creo!, ¡Si la encuentras no te creerá!
- Matamos a mil dioses, bueno, a novecientos noventa y nueve. Estamos condenados a la increencia.
La referencia es demasiado directa y personal como para que el dios del miedo no la capte. Se marcha de la linde del páramo mientras él se acerca al catafalco que brilla con reflejos infinitos del sudario y sus finos materiales y deja encima de él una baraja.

- Quizás puedas hacer mejor tu trabajo si conoces todas las cartas -dice antes de marcharse a aprender como desear vivir con su elección-.


La Muerte de Lesskin (IV)



Hasta los dioses tienen madre. Aunque sea una estrella infinita.
El Jinete de los Vientos cabalga hasta su madre. Está le recibe con esa frialdad que tienen las madres  hacia los hijos a los que no pueden dejar de amar, de los que no pueden dejar de estar orgullosas, aunque se hayan negado a hacer lo que ellas querían que hicieran.
- Buenos días, madre
- ¿Es de día? -La carcajada de Akrhan hace templar mil mundos. Y el dios que no lo es por propia voluntad ríe con esa desfachatez de los hijos que saben que sus madres están orgullosas de ellos, que no dejan de amarles, aunque no hayan hecho lo que ellas siempre dijeron que querían que hicieran-.
- He vivido eones. El cinismo me resulta aburrido, pero es tremendamente divertido cuando es falso- Y el Jinete de los Vientos mira de frente a los ojos de una estrella. Solo él sabe dónde estaban-. Siempre es de día, madre.
- Y ahora me dirás que tengo que hacer algo
- Y ahora te recordaré que sabes que tienes que hacer algo. Lesskin está muriendo
- ¿Ese hombrecillo?
- Madre, ¿de verdad piensas que creo que eres estúpida? Para ser estúpido hay que ser humano y la mayor parte de las veces varón. Tú no eres ninguna de las dos cosas.
La furia de Sideria, la estrella que es madre de los dioses, Está a punto de arrasar tres universos. Se contiene. Tan solo incendia uno.
- Bien -concede la estrella. La voz de Sideria son llamaradas estelares, púlsares y cambios de densidad. Cada ente habla con las palabras que tiene- no es un hombre, ¿qué me importa que muera?
- Me pariste con el conocimiento, la memoria, el saber y la arrogancia de todos los dioses que maté y había de matar. Hazte un favor a ti misma. No intentes tratarme como a un niño -y la rabia de Akrhan destruye los dos universos que su madre había salvado de su furia-.
- Y, ¿qué se supone que debo hacer al respecto?
- ¿Tu trabajo?
Y Sideria lo hace. No porque su hijo se lo exija. La madre de mil dioses que murieron matándose entre ellos no acepta órdenes. No porque Lesskin lo necesite. La estrella que alumbró el universo no es consciente de las necesidades de nadie que lo pueble. Sideria lo hace porque ha de hacerse.
Aunque nunca lo hubiera hecho si su hijo no se lo hubiera exigido y Lesskin no lo necesitara.
Sidería envía el mensaje
Las estrellas empiezan a nacer susurrando entre nubes de gas: intentemos ser uno y a morir gritando en estallidos furiosos de supernovas tardías: intentemos ser uno.
Los pulsares lo periten como un matra: intentemos ser uno; los quásares los proyectan como un rayo de luz: intentemos ser uno; los agujeros negros convierten la materia que absorben en un mensaje sordo: intentemos ser uno.
Los cometas lo llevan en su estela, los planetas lo repiten lentamente en sus órbitas, los asteroides lo expulsan cuando se estrellaban contra algo, los astros lo irradiaban en sus amaneceres, las lunas los emiten en sus anocheceres: intentemos ser uno.
El universo entero lo dice, lo grita, lo repite a quien quiera oír con atención. Aunque en realidad hay pocos que puedan escucharlo y aún menos que quieran enterarse.
Y Sideria vuelve a la ardua tarea de parir dioses y Akrhan al repetido esfuerzo de no querer ser dios.
Y al Limbo donde Lesskin se muere.

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- ¡Muy hermoso, chicos! -Lesskin aplaude viviblemente emocionado. Una falsa lágrima resbala por su rostro. La limpia y en el mismo movimiento adquiere una expresión adusta- Pero, lamento decir, que, como diría alguien que conocí un día en una taberna… ¿o era en la corte real de ese rey de Francia que se empeñó en ser santo matando a un papa?... ¡Bueno, da igual!.. ¡No me creo vuestro rollo!
- La percepción no altera la realidad -dice Sir Eglamor muy tranquilo-. Que tu lo creas o no no lo hace más o menos real.
- Soy el Señor del Tiempo y la Paciencia -retumba una voz que no está en el Limbo, que no tiene cuerpo-, Vendrán.
- ¡Tú quédate en tu cementerio con el pie puesto sobre una tumba, Aziel! -espeta Lesskin a la nada que es la voz- No lo harán. No lo han hecho ya y no van a hacerlo porque yo me esté muriendo. Nací de mil amores muertos, no de mil estupideces vivas.
- Lo han hecho -dice Astáragas. Y una vez más no necesita confirmación-.

Como siempre en El Limbo, llegan de donde debería llegar nadie.
Uno desde el sur, otra desde el norte; uno desde el combate, otra desde la huida; con los cuerpos de un señor cortesano y una pirata; con los rostros de una tahúr tramposa y un mercenario de frases y palabras.
Los que allí están se retiran para dejarles acercarse a Lesskin. Este ha dejado de hablar. Solamente tose. La sangre brota de nuevo de la comisura de sus labios. Ahora no hace nada por limpiarla.
Podrían haber sido la misma persona cuando se detienen frente a él. Podrían no tener nada que ver cuando se quedan mirando fijamente al personaje.
- De modo que te mueres -dice ella-.
- De manera que te estamos matando -dice él-.
Las Doce Lagrimas callan. No es su momento. Akrhan calla. Tampoco es el suyo.
Los dos que son Belial, que han huido el uno del otro durante eones, que se han buscado durante milenios, que se ha encontrado, amado, ignorado y enfrentado, se miran el uno al otro y se hablan. Por primera vez en tiempos infinitos, se hablan. No conversan, se hablan.
Ada, El Sándalo que una vez contuvo una parte de la esencia del Ángel Dividido, intenta mostrar lo que se dicen, dibujarlo en su hojas, Nohelu intenta tejerlo en su telar e Insanj recrearlo en sus mundos. Pero no pueden. No hay nada que mostrar, tejer o recrear.
Las Doce Lágrimas viven del sentimiento y ya no hay nada.
- Las cosas son así, ¿qué otra cosa puedo hacer? -dice ella-.
- Podría hacer otra cosa, pero no quiero hacerlo -dice él-.
Las esencias que el Ángel envió al mundo para recomponerlo en su unión permanecen divididas, se giran divididas, se alejan divididas y abandonan El Limbo. Divididas.
Y Lesskin, que nació de los restos de mil amores muertos, hace una reverencia cansada, suspira, cierra los ojos, tose, sangra y termina de morir.



La Muerte de Lesskin (III)


- Bueno -interrumpe Lesskin a Astáragas- Técnicamente eso no es exacto del todo. Aziel no es un Ángel de Piedra. En realidad el chico va y viene más que un tranvía lisboeta pero le gusta ese rollo de -enfatiza su voz con una gravedad impostada- “espero aquí, hecho piedra, a que las esencias se reúnan”. No hace más que presionarme.
Una sola carcajada hice brillar por un instante el rostro siempre sombrío de Umh`ere, mientras que Ada hace mover sus hojas siseando. Cuando los sándalos ríen, sus hojas huelen más.
- Y te recuerdo que tu trabajo es unir esas esencias -dice Akrhan. Esta vez sonríe-.
- Y te recuerdo que llevo haciéndolo desde el principio -Se encoge como si esperara una colleja o algo parecido- Bueno, vale, me dormí con el planeta y el cometa pero aparte de ese pequeño incidente en nada achacable a mi persona sino más bien al lento y aburrido modo de conversar de los astros, ¿os he fallado alguna vez?
Y eso es cierto. Ramhata asiente en silencio, Nohelu sonríe. El Jinete de los vientos permanece en silencio. Es Cierto.
Lesskin ha seguido y perseguido la esencia dividida por todos los tiempos y todos los espacios.
En las fiestas aqueas él servía los caldos entre Paris y Helena; en la guerra de Actium, un jefe de galeras llenó su vientre y su espalda de latigazos mientras su forma de bogar generaba tal caos que permitía huir a Cleopatra y a Antonio, aunque Antonio no huyera; en Padua casó y unió a los amantes trágicos disfrazado de monje; en Orleans susurro obscenidades hasta que consiguió que Jean Sebastian de Dunois amara a Juana, en Azincourt bramó gritos de batalla hasta que logró que Enrique se cansara y volviera a su casa a buscar a la reina a quien amaba; en Banockburn acalló la batalla para que la Loba de Francia cumpliera sus amores. Esencias divididas. Esencias encontradas.
- ¿De verdad crees que eso no fueron fallos? -Cuando sabes la respuesta y haces la pregunta solo quieres asegurarte de que el otro también la conoce. Akrhan sabe la respuesta-.
- ¡De verdad me echas a mí la culpa -y por una vez en todos sus eones de falsas indignaciones y protestas fingidas, el enfado de Lesskin parece verdadero- Yo no tengo la culpa de que Antonio fuera idiota y quisiera morir; yo no tengo la culpa de que esos dos pardillos paduanos eligieran hincharse de veneno en lugar de comprarse una casa solariega en la Romaña e intentar morir de viejos juntos -suspira y vuelve a recostarse como cansado, como moribundo- Ni siquiera tengo la culpa de que el idiota del gascón ese que esgrimía tan bien decidiera callarse su amor por su prima hasta que tenía demasiados años y demasiada poca vida como para que a nadie le importara.
- Tiene razón- de nuevo la voz de Yakio es fría como la piedra, cálida como la madera- La estupidez no es cosa suya, ni de las esencias divididas.
- La estupidez es de los humanos, no del amor, no de Lesskin -Y Astáragas no espera confirmación del Errante. No la necesitaba-.
Todos se quedan callados, quietos, en un instante infinito. Un viento tenue comienza a soplar, un leve susurro empieza a escucharse. Ada estaba hablando. Los sándalos hablan con sus hojas.
Y las Doce Lágrimas lo ven, lo escuchan, lo sienten, lo viven. Ada canta y cuenta los éxitos de Lesskin.
Miles de hojas, miles de espacios, miles de tiempos, millones de historias. Un anciano que no tiene fuerza casi para vivir dando de beber a una anciana que envejece a su lado; una mujer dando un vaso de agua a un soldado enemigo, una mujer escondiendo regalos de aniversario por toda la casa, un campesino medieval caminando dos días para ir al mercado y comprar una peineta de hueso; dos ancianos discutiendo y buscándose, un hombre persiguiendo por la casa a una mujer para hacerla cosquillas, caminos de pétalos flores hasta una bañera, una pareja haciendo la compra a carcajadas, dos personas fumando y riendo en la cama con el olor del sexo impregnando la estancias.
Historias, más historias. Miles de tiempos, de espacios y de historias.
La canción que cuenta el Sándalo Viviente parece interminable, está escrita en letras infinitas. Es eterna.
Y en cada hoja, en cada susurro del árbol que hizo moverse un bosque, en cada historia está Lesskin. Él, regala el dinero al campesino y vendé la peineta, Él cierra la puerta para que la mujer que huye riendo de las cosquillas no tenga escapatoria, él sujeta invisible el tembloroso brazo del anciano que acerca la taza a los labios de su esposa, él mantiene caliente, casi contra la física, él agua de la bañera, el susurra la broma que hace reír a los amantes tras su acto de amor.
Millones de ínfimos pedazos de las esencias divididas reunidos, mantenidos unidos, conformados en uno. Tiempos compartidos, vidas entrelazadas. Seres interdependientes.
- Has vivido toda tu vida como un dios, aunque no hayas ejercido de ello -le dice la Tejedora de Almas con una dulzura infinita al Dios Errante- Solo ves los fracasos, solo ves lo grande, solo ves lo que recuerdas.
- Y vosotros no quisisteis ser dioses -sonríe Akrhan sabiendo lo que ya conoce de antemano- Os quitaron el cuerpo no podéis recordar. Solo podéis vivir.
- Los fracasos de Lesskin siempre se recordarán porque han muerto -y el Forjador del Caos no habla para nadie- Sus éxitos son vividos. No resulta necesario recordarlos. Solamente se recuerda lo que muere.
- Ejem, ejem -todos volvieron la vista hacia Lesskin- Os agradecería que no hablarais de mi como si no estuviera. Me encanta que os toméis la molestia de practicar para mi elegía, aunque he de decir que el tono quizás debería ser algo más festivo y desenfado, ya que estamos. Pero una cosa es ensayar y otra hacerlo delante del moribundo. No sé, a lo mejor es que mis orines aristocráticos y mi gran capacidad lírica y poética, me imponen un protocolo diferente al que utilizan los que -y en ese punto hace un gesto de burla y adopta un tono que todos habían sufrido en algún momento de la eternidad- “decidieron no ser dioses”, pero creo que leí en alguna parte… quizás en el Libro de Los Muertos de Cannabis,… ¿Anubis?… que es el muerto el que elige el protocolo de su muerte.
- No vas a morir hoy, Lesskin. Hoy no -y la voz a la espalda del Duque de Randualles suena larga y sibilante. Suena como un aullido.

- ¡Vaya, los que faltaban! -los hombros de Lesskin se contraen en un gesto de fingida derrota-, ¿quién declaró hoy jornada de puertas abiertas?

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Tadeus no es un señor de la Instrumentalidad, no es un dios que no quería serlo. Es un hijo de Caín, como lo es, Lyciarades, quien había hablado. Son dos de los muchos errores atribuidos a El Invisible.
En otro tiempo, en otra guerra, se habían enfrentado. Habían sido líderes de La Elite y de La Manada. Habían sido enemigos, habían sido medio humanos, medio otra cosa. Ahora solo son transeúntes.
- Todos sabemos lo que tenemos que hacer -dice el que fuera el más feroz de los llamados vampiros- Hagámoslo de una vez. Tenemos que intentarlo. Este individuo insoportable, melifluo, arrogante, cargante y desquiciante lo intentó por nosotros. Se lo debemos.
Y lo hacen. El Lobo y el murciélago. El vampiro y el licántropo. Los dos errores del Invisible se unen en un abrazo. Algo que era imposible hasta que dos mil años atrás ambos descubrieron que podían intentarlo.
Fundido en ese abrazo, que durante cien guerras dos razas inmortales habían considerado antinatural, Tadeus expande sus sentidos como sólo los suyos y sus enemigos sabían hacer. Como solo había sido hecho una vez antes. Convoca a La Elite a trabajar con él
Comienza por olfatear el aire cercano y percibe el olor, dulce y pegajoso de la muerte en Lesskin. Lo ignora. No se detiene, olfatea más allá y encuentra a sus hermanos. Se une a ellos y utiliza sus sentidos, sus fosas nasales, para alejarse más.
Así, abandona el desierto que le rodea y se proyecta al mundo humano,  a la ciudad. El agudo olfato de Timoneas le permite atravesar el gran lago salado. En la otra costa, Niguamba abandona su cacería para cederle sus sentidos. Ninguno sabe lo que busca Tadeus, irónicamente conocido como Deus, El Elegido de La Elite, pero no puede ignorarse su llamada. Esa es la ley y todos la cumplen.
Uncius Malicinus deja de hablar en la asamblea para que Tadeus pueda olfatear la capital del Imperio; Ibn Hammun detiene su caravana y espera a que Tadeus pase a través de él; Tochanatapac frena su cuerpo en mitad de su danza. La lluvia puede esperar. Deus no.
Y junto a los sentidos de sus hermanos, de los otros vampiros, hay otros. Olfatos mucho más agudos y precisos; miradas mucho más penetrantes; oídos más finos. Por segunda vez desde que el gran mar anego el continente común, un miembro de La Elite utiliza los sentidos licántropos. La unión con Lyciarades se lo permite. Los sentidos de las dos razas cubren el mundo a la orden de Deus. Detectan lo indetectable. Millones de olores son asimilados y procesados por la memoria colectiva de dos razas inmortales. Lo invisible se hace visible.
Pasea el olfato y el oído de dos razas por ciudades y campos; huertos y páramos; minas y barcos. Se detiene un instante para descubrir que los Odum, los temibles seres felinos, no están tan derrotados como parece. Desciende a los fondos abisales y su nariz se arruga con la pestilencia de los sirenios, pálidos como él y esquivos como La Sombra. Respira el sulfuroso aire de volcanes y simas y descubre que él último dragón del mundo duerme en Kathay.
Y entonces envía su mensaje. Miles de hombres y mujeres a medias y de fieras lo repiten con aullidos, rugidos, relinchos y siseos.
Intentemos ser uno.
Y los Doce Señores de La Instrumentalidad que no quisieron ser dioses se ponen también a hacer su trabajo.
Nohelu, la que tejió las almas de los dioses, tensa los hilos de millones de almas en todo tiempo y espacio, les cambia los colores, les repone los hilos gastados por el miedo, la duda o la rutina, les deshace los nudos de la traición, la mentira o la rabia y teje entre ellas, con ellas y para ellas su mensaje.
Intentemos ser uno.
Yakio y su fría y cálida voz de puente se ponen manos a la obra. Los refuerza, los construye, los mantiene, los hace visibles entre la niebla y el miedo, entre la indecisión y el futuro. Millones de humanos de todo tiempo y vida atisban un instante caminos que no veían, pasos que desconocían en el río de sus vidas. Y Yakio coloca su alma en cada uno de ellos repitiendo a paseantes y navegantes fluviales su mensaje.
Intentemos ser uno.
Ephiné convoca a las huestes de La Guardia Dorada, la que muere pero no se rinde, en su honor y su dignidad, en su resistencia y su orgullo con un grito de guerra: Intentemos ser uno.
Arvak parte su hacha en dos y libera su alma atrapada en el arma desde el comienzo de sus tiempos, Y el crujido del arma es un grito que llega a los oídos, los corazones y las vidas de todos aquellos que tienen sus almas y sus vidas ligadas a algo que no era la vida.
Intentemos ser uno.
Insanj, el Hacedor de Mundos, arroja sus esencias de creación hacia todos los que hacen y piensan algo nuevo, a artistas y filósofos, a bardos y poetas, a arquitectos y locos. Y todos repiten sin saberlo siquiera el mensaje de Insanj.
Intentemos ser uno.
Ramhata, el avatar de ámbar baila su danza eterna y convoca a todos aquellos que viven bajo otro nombre, que se esconden de su miedo y su soledad bajo imágenes perfectas, bajo nombres de dioses, que anhelan otras vidas, que albergan otros sueños. Y aquellos que son avatar de sí mismos o de otros, replican al unísono.
Intentemos ser uno.
 Xaerjes, reitera su rento hacia los vientos, a todos los enemigos invisibles, a todos los que luchan contra nada y no pueden vencer. Y los vientos conducen en pausados soplidos o furiosas tormentas su mensaje. Intentemos ser uno.
Uhm´ere, el rey rastreador deja miles de rastros que conducen a aquellos que se dan a la caza y ansían ser cazados, a aquellas que depredan de noche y deseaban ser devoradas hacía la misma pista, hacia la misma pista.
Intentemos ser uno
Ada, el sándalo que hizo amar a un bosque, habla con sus hojas, canta con sus ramas, recita con su tronco y grita con sus raíces. Y robles, castaños, sauces, tejos, manzanos, melocotoneros y toda clase de árbol y de bosque lo repite con la lluvia, con las floraciones, con las caídas otoñales y con todo aquello con lo que saben comunicarse los que no saben comunicarse con palabras.
Intentemos ser uno.
Sir Eglamor, el Caballero del vientre del dragón clava su oxidada espada en el suelo del páramo desierto que es limbo y abre un tajo que se reproduce en una miriada de tiempos y de espacios. Y por esa abertura repentina en los mundos y vidas de todos los que moran en sus propios silencios, en lugares oscuros, en moradas de soledad y tinieblas, de oscuro hastió o lúgubre resignación, de lóbrego desespero o umbría resignación introduce un mensaje.
Intentemos ser uno.
Artoban, el Forjador del caos y Astáragas, El invasor de los cielos, tan solo repiten en voz alta la frase: Intentemos ser uno. El Caos y el infierno tienen sus formas propias y desconocidas de trasmitir un mensaje.

Y Akrhan cabalga. El Jinete de los Vientos siempre da inicio a sus acciones con una cabalgada. 

martes, 4 de marzo de 2014

La Muerte de Lesskin (II)

Suspiró con un gesto de resignada aceptación derrotada que él pensó muy apropiada para un moribundo cuando un viento furioso se levantó justo frente a él
-No se supone que el tipo ese… ¿Cómo se llamaba?, ¿Benito?, ¿Mazinger?... ¡como sea! -agitó las manos en el aire con afectada desesperación-, ¿no se supone que ese ancianito de blanco había cerrado las puertas de limbo?
- Benedicto, Lesskin, Se llama, llamaba o llamará Benedicto -y la voz llega mucho antes que el cuerpo como suele ocurrir siempre con Akrhan. Es amigo de las apariciones espectaculares- y sabes perfectamente que hace eones que murió o faltan siglos para que nazca. Esto es el limbo. Esta es tu casa -desde lo alto de su alazán piafante, que hacía un segundo no estaba allí, el jinete de los vientos miro a su alrededor - y la tienes bastante descuidada, por cierto.
-¡Me muero! - y la frase es la queja de un niño pequeño que no quiere comerse la cena-.
- ¡Mueve tu aristocrático trasero de esa piedra, sacude tu polvorienta y pasada de moda indumentaria y haz tu trabajo! No podemos permitirnos que te duermas de nuevo - y la regañina es la arenga de alguien que no quiere reconocer que un inmortal se muere-.
Pero Nohelu lo sabe por eso coloca su dulce mano sobre el hombro de Akrhan y repite el gesto aunque este la rechaza con un movimiento que parece más bien un estertor; por eso Arvak mira hacia otra parte cuando el Jinete de los Vientos pasó su negra manga por delante de su rostro para apartar la arena, solo para apartar la arena.
- Lo he intentado -Lesskin se detiene a toser. Escupe sangre y se limpia pulcramente la comisura de los labios como si acabara de introducirse en la boca un minúsculo bocado del más exquisito manjar-. De veras, Errante. Lo intentado desde el principio. Pero no van a hacerlo.
- Eso no lo sabes, Lesskin. Nunca lo has sabido y nunca lo sabrás- Y la voz del Jinete recobra esa dulzura, esa condescendencia, que ha mantenido a lo largo de eones en sus charlas con Lesskin-.
- Lo sé. No se unirán. Ya no quieren hacerlo. Ya les da igual. Se separaron - y otro ataque de tos le interrumpe. Insanj, aquel que hizo y deshizo universos enteros para encontrar el suyo, se inclina a sujetarle- Se separaron -y tuerce el gesto en un mohín absurdo de disgusto que resta por completo todo dramatismo a sus palabras- y yo estaba allí. Tú no. Tú estarías por ahí, con tus serrallos o molestando a esa estrella que quiso ser tu madre o… ¡No!, ¡Ya me acuerdo!, ¡estabas matando por enésima vez al dios ese cobarde que tiene siempre miedo!... pero yo estaba allí cuando Abott y Costello se separaron -encarna las cejas un momento como si dudara-  No eran Abott y Costelo, ¿verdad?... ¿Dimas y Gestas? - la mirada furiosa del Señor de los Vientos le pone alerta- ¿Agamenón y Clitemnestra?, ¿Ramón y Cajal?, ¿Miliki y Milikito?... ¡Maldición, dadme una pista!
- Belial, Lesskin, ambos eran Belial -y la voz del Yakio es fría como la piedra, cálida como la madera, firme como el mortero, segura como un puente bien hecho- Todos estábamos allí. Todos recordamos.
- Bueno todos no -matiza Lesskin, apuntando un dedo acusador hacia la Guardiana Dorada- Ella no estaba allí -Estás preciosa querida, hasta con esa rugosa y desfavorecedora armadura dorada, estás preciosa-. Bueno, a lo que iba. Técnicamente ella no había nacido aún y esencialmente ya había muerto. Sí, sé que es algo complicado, pero hasta vosotros, obtusos Instrumentales que por algún extraño motivo que aún me es desconocido no quisisteis ser dioses, tenéis que comprenderlo.
- Lo sabemos Lesskin. Estábamos allí y el vicio más profundo y continuo de todo inmortal es recordar.
Y Astáragas habla porque recuerda. Y los demás recuerdan porque Astáragas habla pero aunque es su voz, el relato es de otro.
De alguien que ahora no puede hablar porque sus alas son de roca. El relato de un Ángel de Piedra.

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"Nuestra esencia es dual o lo era hasta ese aciago instante en el que una vieja pendencia que nada tenía que ver con la gloria y el poder, que en nada se relacionaba con la belleza o la soberbia de Luzbel o con la bondad o la cólera de El Invisible nos forzó a dividirnos, a rompernos, a elegir entre las dos orillas del río que marcaba la esencia de la vida en las Casas Celestes.
Antes de que Los Caídos dieran vida a las runas de sus espaldas y Los que han de seguir activaran las algebras de sus escudos, antes de que el acero crepitara con los glifos arcanos y el cristal se quebrara bajo el peso infinito del poder de las cunas antiguas siempre habíamos sido una dualidad, siempre habíamos mantenido el equilibrio de los lados apuestos de una misma moneda, de las facetas enfrentadas de una misma joya.
Aquel que era señor de la música también lo era del silencio; el que gobernaba sobre la luz también inspiraba sobre la oscuridad, el hermano que era guardián del dolor lo era a la vez del placer, el ser que dirimía sobre el orgullo también  juzgaba sobre la vergüenza.
Así fue no porque lo decidiéramos, sino porque nos resultaba imposible existir de otra manera. Pese a los cambios en el mundo del hombre así seguía siendo; pese a las disensiones, las disputas y la Espada del Fin del Tiempo, así seguía siendo; pese a los deseos del Invisible así seguía siendo.
Incluso, pese a Lesskin, así seguía siendo.
Pero una batalla cambia mucho, pese a que se perciba en cama lenta por aquellos que viven otra existencia en un plano diferente, pese que las armas choquen y crepiten en absoluto silencio, una batalla tiende a cambiar las cosas. La mayor parte de las veces tan sólo se inician con ese objetivo.
Más allá del resultado, por todos conocido y por todos ignorado, más allá de las paces y los armisticios, más allá de las deserciones, los abandonos, las traiciones y los destierros, el día en que el Campo de las Armas se anegó del impulso fratricida de nuestro pueblo inmortal, nosotros dejamos de ser duales. Dejamos de ser dos.
Cuentan, aquellos que mantienen en su esencia el transcurso del tiempo entre los tiempos, que en aquel segundo que fue una era en el orbe que gira en mitad de la columna del Palomar de Almas, que esa fue la ocasión en la que rompimos nuestras esencias y desviamos nuestras existencias a lo que hoy somos, a lo que ya hemos sido y volveremos a ser.
Pero, hasta aquellos capaces de mantener la mente entre los tiempos distintos de los mundos angélicos y los fuegos abisales y el correr de los días del mundo de los hombres, pueden equivocarse.
De hecho, se supone que no pueden hacerlo y eso les lleva a cometer errores que ni ellos mismos perciben en su momento.
Los que vieran llorar a Samael, sonreír a Abbadon y rezar a Astáragas se equivocan; los que vieron charlar a Herahiah con su hermano perdido se equivocan; los que contemplaron el nacimiento del curso de un planeta con una órbita que abarca el universo se equivocan; los que vieron nacer un bosque que camina y a un hombre que no llora se equivocan; aquellos que contemplaron el ascenso y caída de la Hija de Caos se equivocan; los dioses que nacieron y murieron ese día y en jornadas posteriores se equivocan. Hasta El Invisible se equivoca. Aunque eso no es noticia.
Aquel día, en aquella que batalla que duró lo que el tiempo diferido y acelerado de los cielos e infiernos tuvo a bien concedernos, los que Habían de Caer los que Teníamos que Permanecer no perdimos nuestra esencia, no mudamos nuestra existencia.
Aquel día nacimos
Y el primero fue Belial. En eso si aciertan aquellos que han visto lo que ha de pasar y relatan lo que está por llegar.
Tanto me daría que no lo hicieran. A mí no tienen que contármelo. Yo estaba allí. Luché contra él.

 - ¿Por qué te retienes hermano?  ¿Temes matarme?
Escucho la risa de Belial como si se estuviera produciendo en este momento. A lo mejor es así. El tiempo no es lo mismo en un lugar que otro.
Si pudiera alzar la cabeza hacia el profundo oscuro que se levanta sobre mí, podría comprobar qué tiempo viven ahora en Las Casas Celestes. Pero no puedo hacerlo. Así que supongo que no está ocurriendo de nuevo, que no está ocurriendo aún. Supongo que tan sólo recuerdo. Mi nombre es Aziel y lucho contra Belial en favor de El Invisible. Luego seré un ángel de Piedra, pero para eso queda mucho.
- ¿Por qué insistís?, ¿sabéis que no podéis vencer? – y de nuevo mi antagonista, mi enemigo, mi hermano, me lleva a quebrantar las normas no escritas del campo de las Armas. Se combate en silencio, se vence en silencio, se cae en silencio.


Cada palabra mía es una victoria suya y lo sé. Mucho más que una estocada o una finta; mucho más que una runa trazada para anular un glifo o que una salmodia interrumpida por un ensalmo bendito. Cada palabra me hace romper las normas, me traslada a su lado, me derrota.
- No queremos vencer. Nunca hemos querido eso- Y pese a que su estoque serpenteante está a punto de cercenar mi ala derecha, pese a que su salmodia rúnica intenta instalarse en mi garganta para impedirme recitar mis ensalmos protectores y activar las algebras doradas de mi espada que le devolverán el daño que me infrinja, sé que no miente.
Siempre hemos sabido lo que buscan. Por eso siempre les hemos comprendido. Por eso siempre les hemos perdonado.
Mis pensamientos me alejan de la batalla y me acercan a mi enemigo y eso casi me cuesta el combate.
El hecho de que seamos inmortales, como el sarcasmo de Belial me ha recordado, no implica que no luchemos a muerte. Nuestro objetivo es anular al rival, restarle sus esencias parcial o totalmente hasta que no pueda combatir, hasta que no pueda pensar, hasta que no pueda creer.
Nuestra danza de hechizos y estocadas no tiene otro objetivo que paralizar la esencia del rival. Apartarla de él lo suficiente para que no pueda defenderse de nuestros razonamientos y de nuestra magia. Para que deba aceptar la voluntad de El Invisible o la rebeldía del Príncipe del Mal
Entonces le hemos derrotado porque le forzamos a aceptar la nuestra.
Así de simple. Así de doloroso. Mucho más doloroso que la muerte. Mucho menos macabro que la vida.
Contemplo el campo de batalla y veo que ya apenas nos quedan rivales. No es que les hayamos vencido. Es que no están. Sus espadas dentadas y sinuosas no adornan el Campo de las Armas como tocones desnudos esperando a ser cosechadas por los vencedores; no quedan jirones de sus ropas y trozos de sus armaduras.
Puede que les estemos derrotando, pero no les estamos venciendo. No huyen, no se rinden, simplemente se retiran. Aplazan y difieren el resultado de esta pendencia absurda y fratricida.
Y eso, en el correr del tiempo de nuestra especie y nuestra morada puede significar unos cuantos universos de demora. Puede significar la eternidad y ni siquiera El Invisible puede permitirse tanto retardo.
Luzbel sigue luchando. Será el último en irse. Su magnificencia, su gracia, su elegancia en las armas y los ritos le han permitido sojuzgar a muchos, llevarlos a su lado, casi a tantos como a los que ha rescatado Herahiah para nuestras huestes.
Tanto me fijo en los dos paladines, los dos hermanos, que casi no percibo a tiempo la maniobra de Belial.
Ha soltado la empuñadura de su arma, dejándola colgar de la cinta de plata que la ata a su muñeca y traza una runa en el aire. Es una runa ardiente, que se dibuja a medida que la va diseñando. Por lo intrincada es definitiva. Si le dejo arrojarla el combate habrá terminado.
- El mundo ha de girar, hermano, el mundo ha de girar – me grita mientras termina de trazar el arma cabalística que pretende arrojarme.
No tengo tiempo para determinar su contenido y trazar el algebraico que la anule así que opto por la solución de emergencia. Alzo mi espada y marco un golpe justo en mitad de los trazos que Belial dibuja. Me sorprendo de que no haga ningún gesto defensivo. Me alarma que sonría.
Y lo comprendo tarde. Sólo un instante tarde. Sólo con un universo de demora.
El Campo de las Armas se detiene como hiciera ante el rezo de Astáragas mucho tiempo después, como hizo ante la huida de Mariel dentro de miles de años. Se detiene y observa como la hoja sagrada, con todos sus glifos ardiendo, corta y cercena en dos la runa que no es otra cosa que el nombre secreto de Belial.
Los que ya son Caídos y los que algún día deberían de serlo contienen el aliento cuando cae sobre el signo  arcano que cuelga en el aire y los brazos de Belial se separan apuntando en direcciones divergentes. No me hace falta girar la cabeza para ver a qué lugar apuntan.
Los nidos, los lugares donde las esencias se arremolinan en espera del tránsito hacia el mundo, se estremecen cuando las esencias separadas de Belial las sacuden al este y a l oeste de Las Casas Celestes.
La batalla concluye.
Como Belial, los que seguían combatiendo se colocan fuera de nuestro alcance, desparecen como si nunca hubieran estado entre nosotros. No hemos vencido. Ellos han decidido dejar de pelear.
Por primera vez en eones el Invisible sale de su templo. Como siempre con retraso, como siempre sin saber nada o casi nada.
Por un momento, casi por instinto, pongo la mirada en el tiempo de los hombres, allá en el mundo que yace en el centro mismo de la columna que mantiene el universo. Veo como un rey convoca a las huestes, veo como un hombre pisa una tierra ignota y la reclama para sí, pero no veo a Belial
Dicen los que saben aquello que ocurrió cuando no había mundo que, Belial, el que fuera señor de la memoria y el conocimiento, recibió a Luzbel en su nueva morada cuando este se retiró a las bóvedas basálticas.
Aunque no estaba allí me inclino a creerlo
¿Qué otro lugar le queda a aquel que ha separado su esencia dual entre los vivos?
- El mundo ha de girar, hermano- y no sé si es un eco o un recuerdo de la voz de Belial.
Casi puedo escuchar a Lesskin con su voz musical y estridente a la vez chillar un “mira que os lo advertí”.

Al llegar a las bóvedas oscuras que serían su morada Los caídos, los hermanos de Belial siguieron su ejemplo. Se dividieron en enviaron una parte de lo que fue su dualidad al mundo que se agita bajo las nubes que son la base de nuestra angélica morada.
Ahora, sus esencias dispares no son tan desconocidas como lo es al Invisible el amor por el que sus aliados se revelaron. Ahora los comprendo. No voy con ellos pero los comprendo.
Y mientras yo sigo atisbando el mundo en busca de mi antagonista, de mi rival, de aquel con el que combatí y ya no quiero hacerlo. Veo como una noble morada de La Ciudad de la Luz se sacude con la llegada de un alma que lo guarda.
El Primer Ángel Dividido, el que fuera Señor del Saber y la Memoria, se esconde bien. Ya no hay equilibrio que seguir, flujo que rastrear. Se ha separado a sí mismo para poder entregarse a aquellos por los que luchó, por los que perdió.
Ahora miro y por fin veo. Busco a Belial. Y él se esconde. Al menos en parte.
Estoy seguro que Belial planea recomponerse luego.
Pero “luego” es un término muy vago cuando el tiempo circula de una forma tan anárquica como lo hace en Las Casas Celestes.
Mi nombre es Aziel. Y hoy, mientras espero, soy un Ángel de Piedra".

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domingo, 2 de marzo de 2014

La Muerte de Lesskin (I)


Doce son los Señores de la Instrumentalidad que pudieron ser dioses y no quisieron serlo.
Como toda deidad, nacieron de los sueños y de las pesadillas. Como ninguno de ellas, intentaron hacer que los unos se hicieran realidad y las otras murieran.
Surgieron de quimeras de humanos soñadores, del lejano destino de las aventureras, de casuales encuentros de los descubridores, de viajes malditos, de trágicos naufragios, de arriesgados rescates.
Crecieron con los ruegos de santas indolentes, con las preces constantes de creyentes piadosos, con la furia perversa de fanáticos locos, con el sueño dormido por justas penitentes.
Forjaron sus esencias con la sangre y la muerte de mujeres rebeldes, con la lucha y el llanto de hombres valerosos, con la guerra y victoria de ángeles que quebraron sus alas, con la vida y derrota de demonios que donaron las suyas.
Tomaron sus poderes de la risa de niños inocentes, de la sonrisa aciaga de traidores perversos, de la mirada fija de soldados rendidos, del orgullo vacío de héroes victoriosos.
doce fueron los dioses que no quisieron serlo.
Se hundieron y se alzaron entre lodos y lavas, se irguieron y encogieron entre rocas y mares, cayeron y volaron entre cielos y tierras.
Y cuando, en el más alto cenit de aquello que podían haber llegado a ser, después de las tres guerras de dioses, de ángeles y de hombres, aquellos que quedaban como divinidades al fin les ofrecieron un lugar entre ellos, se negaron a serlo.
Y fue tal la cólera furiosa de quienes aún se creían dioses que, como pírrica venganza contra su negativa, les dejaron sin cuerpo. No pudieron matarles, no pudieron cambiarles, no pudieron borrarles. Les dejaron sin cuerpo.
Y los doce volvieron al lugar en que habían nacido.
A vivir en los sueños, a morar en delirios, a poblar los rincones de universos oníricos, a habitar los palacios de mundos de ilusiones.
Dispersaron sus esencias sin cuerpo al sur, al norte, al este y al oeste; al cielo y al infierno; a la tierra y el mar; al espacio y al éter. A la muerte y la vida.
Y siguieron sin cuerpo. Si uno propio al menos. Al menos hasta hoy.
Pero hoy sus historias no han de ser contadas. Baste decir sus nombres.
Nohelu, la tejedora de almas; Ramhata, el avatar de ámbar; Xaerjes, el retador del viento; Yakio, el guardián de los puentes; Arvak, el guerrero sin alma.
Insanj, el hacedor sin lágrimas; Ephiné, la dorada guardiana, Uhm´ere, el rey rastreador; Ada, el sándalo viviente; Eglamor, aquel que estuvo vivo en las profundidades del vientre de un dragón; Artoban, el forjador del caos; Astáragas, el que invadió los cielos.
Doce son los Señores de La Instrumentalidad que, aun pudiendo ser dioses, se negaron a serlo. Y uno fue aquel que siendo dios y sin perder el poder para serlo, se rió de los suyos y se negó a ejercerlo.
No se sabe si cabalga a su lado, delante o tras de ellos pues su eterno movimiento hace siempre difícil el poder atisbarle. Akrhan, el dios errante, el jinete del viento.
Y luego estaba Lesskin
Lesskin surgió de los restos de mil amores muertos.
Se hizo de las volutas de amores postergados por miedo o por desidia, sonrisas congeladas en el rostro de amantes por gestos de desprecio, de traiciones ocultas, de excusas inventadas, de disculpas tardías, de perdones mentidos.
Forjó su voluntad en besos esquivados, encuentros postergados, bostezos en silencio. En orgasmos fingidos, en coitos soportados. En te quieros marchitos, en huidas veloces, en resistencias vacuas, en llantos disfrazados, en furias encendidas.
Y nació siendo eterno. Habitó en todo mundo, residió en todo tiempo y viajo por las horas buscando los amores perdidos, el sumar las esencias, el forzar los encuentros, el tapar las ausencias.
Y no conoce el miedo, la derrota, la saña, la traición o la duda. No puede parar ni detenerse, pues busca restaurar en el mundo aquello que murió para darle la vida.
Desde romances contados en los libros hasta amores pequeños de días de diario, desde idilios heroicos a apegos cotidianos, desde pasiones encendidas cantadas por los bardos a cariños pausados contados al oído, de atracciones fatales a quereres dormidos.
Lesskin los quiere todos, los hace todos suyos, los quiere hacer perfectos.
Lesskin nació de los restos de mil amores muertos y ahora yace perdido.
Solo, muriendo y aterido.
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- ¡Curiosa hermandad para el desastre! -afirmó al verse acercarse en la lejanía la corte de siluetas recortadas contra el vago horizonte que separaba la arena de los cielos- Y encima ni siquiera me dan tiempo para adecentarme mínimamente, ¡ya no hay respeto alguno por la etiqueta!
El petimetre separó la cabeza de la piedra en la que estaba apoyado y la alzó. Luego tosió haciendo que su cuerpo se estremeciera como si fuera a partirse por la mitad.
Aprovechó el haberse incorporado para arreglarse las mangas de encaje que salían por debajo de su levita.
 Como si ese fútil gesto fuera a evitar que estuvieran cubiertas de tierra y sucias por el fango, como si eso pudiera enmascarar que estaba acostado sobre un desierto cuarteado y seco con la cabeza apoyada en una piedra, como si eso fuera a borrar la sangre que, en pequeñas gotas, jalonaba las solapas de su indumentaria.
Como si pudiera disimilar con él que se estaba muriendo.
- Alguien debió robarles el don de la oportunidad a la vez que los cuerpos -masculló entre dientes y el esfuerzo le hizo de nuevo recostarse sobre la piedra.
- Ahí llegan -suspiro agotado-.
Llegan de donde no debería haber llegado nadie. Pisan los suelos en los que nadie ha puesto el pié desde que Los Mil Dioses se arrojaran a su guerra fratricida.
Avanzan, respirando el aire que nadie ha osado inspirar desde los tiempos que se detuvieron con la primera de las rebeliones y la última de las derrotas. Caminan por sendas que no ha desbrozado hoja afilada alguna desde que la espada del Fin de Los Tiempos fue envainada; atraviesan los arcos que permanecían sellados desde que Mikael los cerrara con su sangre para borrar de la endeble memoria de su padre sus ansias de exterminio. Trasponen los umbrales que han estado cegados con la piedra del cielo y el lodo del infierno desde que el último humano fue aceptado en Las Casas Celestes por hacer la obra de El Invisible bajo el nombre de Iscariote; flanquean los puentes que fueron quemados en los primeros eones del universo celestial para evitar la retirada de los N´garai.
Hacen lo que nadie ha hecho ni volverá hacer, lo que le estaba vedado a dioses y espíritus, a mortales e inmortales, a efímeros y a eternos. Pisan El Limbo.
El limbo que es el hogar de Lesskin en el que está muriendo.

Avanzan al unísono, pero sus cadencias son individuales, propias de cada una de las doce figuras que caminan por donde ni los alados se atreven a volar.
Algunos demasiado despacio para ser una línea de batalla, otros demasiado deprisa como para componer un cuadro de desfile; con los pasos cambiados pero armónicos, con los ritmos diferentes pero convergentes, demasiado asimétricos para ser una formación, demasiado organizados para ser una turba.
Todos con el mismo destino e idéntico objetivo, pero con trayectorias diferentes que nunca se interfieren, que siempre se intercambian, que en ocasiones se superponen, que nunca se interrumpen.
Si hubiera alguien velando la muerte de Lesskin. Si alguno de aquellos cuyos amores salvó, perfeccionó o simplemente intentó, hubiera venido a devolverle el favor en su agonía, sus nombres serían susurrados a cada paso que dieran, a cada metro que recorrieran.
Pero, a medida que avanzan por las polvorientas veredas que ningún pie humano, angélico o divino ha pisado en milenios, tan sólo un nombre se repite entre susurros, entre las toses y estertores de Lesskin
Arvak, Insanj, Nohelu, Ramhata, Ephiné, Uhm´ere, Xaerjes, Eglamor, Artoban, Ada, Yakio y Astáragas, por supuesto Astáragas, arriban a Las Planicies Límbicas con el equilibrio con el que sólo pueden hacerlo aquellos que caminan juntos, con la coordinación que sólo pueden desarrollar aquellos que piensan juntos. Con la determinación que sólo pueden poseer aquellos que sienten juntos. Con el valor que sólo pueden mostrar aquellos que aman juntos.  Entran en El Limbo como sólo puede hacerlo una constelación.
Como sólo pueden pisar el hogar de Lesskin los doce señores de la Instrumentalidad que por no aceptar ser dioses se volvieron estrellas. Las Doce Lágrimas.
El doce es un número importante. Por muchos motivos, el doce es un número que resulta imprescindible para comprender el tiempo y el espacio en las Casas Celestes y las Moradas Infernales. Aunque ambas cosas sean conceptos altamente relativos por esos lares.
Doce fueron los profetas. Aunque diversos clérigos mataron a ocho de ellos antes de darse cuenta de que eran profetas. O precisamente al caer en la cuenta de su condición.
Doce son las propias Casas Celestes, aunque Cáprica y Leo no quieren oír hablar del cielo desde antes de que se forjara el universo.

Doce son los Círculos del Infierno pese a que tres de ellos permanecen cerrados por los sellos de Legión hasta para el mismísimo Príncipe del Amor y las Tinieblas.
Doce son los mundos que pretende regir El Invisible aunque tres de ellos ya le han denostado, dos le han derrotado, otros dos le han repudiado, cuatro le han combatido y uno comienza a mostrar síntomas de evidente malestar ante su presencia.
Doce son los evangelios, aunque los cuatro que se leen no sean precisamente los más importantes, ni los más reales, ni los más verdaderos. Los de María, Lázaro, Tadeo y Los Winchester ni siquiera son conocidos. Los de Poncio, Gregorio, Simón y Judas nunca serán escuchados.
Doce son los dioses que residen, han residido o residirán en las Casas Celestiales. Más tres de ellos reniegan de su condición, siete son tan cretinos que es mejor que no descubran su divinidad y uno nunca está disponible cuando se le necesita porque considera que el destino de humanos y alados es que nadie le necesite.
El doce es algo recurrente cuando hay divinidades de por medio. Como lo es la intransigencia.
Así que doce eran los Señores de la Instrumentalidad.
Las historias de El Guerrero sin Alma, El Hacedor sin Lágrimas, La Guardiana Dorada, El Avatar de Ámbar, La Tejedora de Almas, El Rey Rastreador, El Retador del Viento, El Caballero del Vientre del Dragón, El Forjador del Caos, El Sándalo Viviente, El Guardián de los Puentes y el Invasor del Cielo ya han sido contadas y volverán a serlo. Aunque quizás pocos las escuchen y nadie les importe.
Pero no hoy. Hoy no. Hoy Lesskin agoniza.
- Y ahora llegará el otro, ¿verdad? -les grita Lesskin cuando están a punto de confluir sobre su posición- ¡Ese no se pierde una fiesta ni aunque sean mis honras fúnebres!