miércoles, 2 de abril de 2014

La Psicología de los Mares (I)




Los hombres no entienden la psicología de los mares.
Algunos se han arriesgado a intentarlo. Desde Cook hasta Akab, desde el viejo Magallanes hasta el eterno y joven holandés. Pero los hombres no entienden la psicología de los mares.
Aquellos que forjaron el mundo con sus huesos lo supieron en cuanto vieron el ir y venir de sus mareas; lo aceptaron en cuanto percibieron el inefable fluir de sus corrientes, lo temieron en cuanto sintieron el furioso estallar de sus rompientes.
Lo supieron y quisieron remediarlo. Los que crean siempre creen que tienen el derecho de poder corregir sus creaciones.
Y le pusieron un dios fuerte y terrible para poder domarlo. Y ese dios se agotó en sus intentos que poblaron de monstruos las aguas. Le colocaron una diosa cadenciosa y mortecina que lo tranquilizara con mimos y susurros. Y esa diosa se durmió para siempre en sus arrullos y dejó al mar a sus vientos y a su suerte.
Así que, fracasados sus intentos, lo olvidaron y pusieron la tierra entre hombres y mares. Los dioses siempre olvidan lo que crean. Los dioses siempre olvidan sus fracasos.
Y luego llego alguien de quien no queda constancia ni recuerdo y se atrevió a enmendarles la plana a las deidades que ya estaban matándose entre ellos.
Con miedo, con rabia, con vergüenza y con sorpresa miro hacia ese mar al que no comprendía y construyó los faros. Y sin saber porque lo hizo llorando. Él, que no lloró al nacer, lo hizo llorando.
Y el primer faro surgido de la piedra callada de la tierra y las saladas lágrimas del hombre fijo su luminosa vista en esos mares cuya psicología no entendía  y les habló.
Y los mares, asustados de que alguien entendiera o quisiera entender su lenguaje, se apartaron, se encerraron en la basta inmensidad de sus aguas, se retrayeron a la segura lejanía de sus inalcanzables horizontes.
Y una sima profunda surgió entre el faro y el mar.
Y así siguieron y siguen hoy las cosas desde entonces entre el mar y el primer faro que construyeron los hombres para intentar comprender su húmeda, cambiante e inmensa mente.

Hay un hombre en un lugar en el que no debería haber nadie. En un lugar cegado de la vista por la bruma, la historia y el olvido. Sus pies, el final de sus ridículamente delgadas piernas, cuelgan y se mecen sobre una sima profunda cuya negrura parece infinita. Tira distraídamente una piedrecilla blanquecina al fondo del abismo. No se escucha ruido de choque alguno.
Si el hombre, con sus calzas, su jubón y su escudo de armas en el pecho no debería estar en ese espacio, lo que saca de su bolsillo no tendría cabida en el tiempo al que su propietario parece pertenecer.
Un rectángulo negro, de un metal brillante. Pasa el dedo por su superficie que podría ser un cristal o un espejo. Un zumbido parte del artilugio como si albergara en su interior un zángano arrojado con enfado al trabajo.

L@S SINCUERPO
INSANJ
- Ni tú estás tan loco como para intentar esto  
NOMUERTO
- Así que lo construiste para nada
INSANJ
-  Fallé. Hasta los dioses fallaron y yo no soy un dios. No quise serlo
NOMUERTO
- Necesitan un traductor. Solo eso
NOHELU
- ¿Solo eso? No se entienden, no se comprenden. No pueden hacerlo
BARONESA
- No saben cómo hacerlo. Puede parecer lo mismo, pero no lo es
BE-LEE
- La que faltaba 

El hombre mira al mar cuya antinatural marea no llega nunca a caer por la sima. Sus tenues espumas lamen el borde del abismo y luego se retiran como si algo tirara de ellas hacia el océano abierto impidiéndolas alcanzar el borde del abismo. Vuelve a pasar el dedo por el aparato robado de otro tiempo.


Baronesa @lesskin    1 s
@lesskin  ¿Un mensaje al mar? Vuestra salud metal comienza a preocuparme, caballero.

Duque de Randualles @lesskin    1 s
@lesskin  que no quiera hablar no implica que no escuche

Guarda el curioso artefacto y apoya la espalda en la piedra que forma la sólida y callada base del faro del Principio del Mar.

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Mucho se perdió en la Guerra de la Fragua.
Los temidos Skelin, guerreros venidos del recuerdo y condenados al olvido, fundieron las llaves que se guardaron durante milenios en los templos de Antares y cuando la última gota de su metal licuado se mezcló con el barro y la sangre, los hombres dijeron adiós al acceso al mundo de los sueños; Las huestes de Caos anegaron los páramos infinitos e inundaron las profundas puertas de la Nada que habían sido custodiadas durante siglos por la flor y nata de la Instrumentalidad, negando para siempre al Continente Occidental el acceso a los bajíos de los que beben las fuentes del destino.
Las tierras quedaron muertas, las bestias se asilvestraron, los hombres quedaron cojos, mancos y tullidos como quedan los hombres en todas las guerras, los profetas quedaron mudos y los reyes y los nobles quedaron vivos. Los dioses ya se habían marchado hacía tiempo, matando y muriendo en su propia guerra, pero sonrieron contentos al darse cuenta de que los hombres eran tan irresponsables como ellos. Los clérigos quedaron mudos, pero eso nadie lo sintió.
Pero además de las fuentes del destino, el acceso a los sueños y la voz de los profetas se perdió algo mucho más preciado.
Tan sólo unos pocos supieron que el mundo había perdido en ese momento el contacto con su propia existencia. La voz que le mantenía vinculado a sí mismo.
Pocos supieron que se había perdido el Habla de Las Piedras.
La vida empezó con la roca. No con los dioses, no con las plantas ni con las bestias y, desde luego, no con los hombres. La vida comenzó con la roca.
Pero usada, usada para la muerte y la venganza, la piedra no decía nada. Si nadie te oye, te escucha ni te entiende, no tiene sentido decir nada. Así que, a todos los efectos, la roca estaba muda por incapacidad o por desidia.
Los humanos, como siempre, vivieron el fin del Habla de Las Piedras de formas distintas y diversas, no fue diferente entre las rocas.
Los granitos la experimentaron con rabia y con desdén, poblando sus canteras de sordos rugidos ya por nadie entendidos; los mármoles se hicieron grietas de tanto gritar en el silencio impuesto por la magia; las calizas se deshicieron en polvo en un intento de cambiar su sustancia y recuperar su voz, las areniscas susurraron al mar para ver que si el mar podía trasmitir sus palabras a animales y humanos. Y el mar se fue de ellas. Otra vez.
Y el faro del Principio del Mar era de piedra. Así que estaba mudo. No podía hablar. No podía pedirle al mar que se explicara, que le ayudara a entender, que le contara.

- Eso es una tontería –escuchó retumbar de repente el faro entre el mortero que juntaba sus piedras y por un momento la alegría volvió. Escrutó cada una de sus grietas, cada uno de sus sillares cuadrados, los siguió todos en todas sus aristas en busca de cuál era el que estaba utilizando su interlocutor para comunicarse. Pero la tristeza volvió cuando sintió que todos seguían mudos. Ninguno se estremecía con ecos más allá de los naturales, ninguna grieta vibraba o se encogía. Seguían mudas.

- Lo dicho, es una tontería –repitió la voz y en ese momento el faro del Principio del Mar recordó que tenía tacto. Eso no lo había perdido en la Guerra en la que los hombres habían aprendido a utilizarle para forzar la muerte.
Sus poros de caliza se abrieron y sintió como un cuerpo, un cuerpo humano por la huella que dejaba en sus areniscas,  se apoyaba contra ella. Tenía que ser delgado, casi esquelético…

- Eso, yo vengo a ayudarte y tu empiezas a hacer menosprecios de mi anatomía. No me parece una actitud muy diplomática por tu parte. Claro que la cortesía nunca ha sido tú fuerte, ni el de ese Hacedor llorón que se empeñó en construirte  para escupir en la cara de los dioses.
El faro se contrajo de la sorpresa. Los humanos habían perdido el habla de la Roca hacía eones y el mar siempre se había negado a escuchar su voz. Era imposible que ese ser la escuchara, era imposible que le hablara. Estaba solo, varado. No podía ser él…

- ¡Serás cabezota! -espetó y luego se llevó la mano al mentón pensativo- Aunque, mirándolo bien, no se puede esperar otra cosa de ti. Estas hecho de roca. Si te digo que tienes la cabeza más dura que una piedra será cierto, pero no aportará nada a la metáfora, puesto que ni siquiera será una metáfora, ya que, como he dicho antes eres una piedra y…
El ser se quedó fijamente mirando al horizonte anegado por los mares y esbozó una sonrisa.
- ¿Has mirado últimamente a las aguas,  Faro del Principio del Mar?

Y el faro miró al mar.

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