Algunos se han arriesgado a intentarlo. Desde Cook hasta
Akab, desde el viejo Magallanes hasta el eterno y joven holandés. Pero los
hombres no entienden la psicología de los mares.
Aquellos que forjaron el mundo con sus huesos lo supieron en
cuanto vieron el ir y venir de sus mareas; lo aceptaron en cuanto percibieron
el inefable fluir de sus corrientes, lo temieron en cuanto sintieron el furioso
estallar de sus rompientes.
Lo supieron y quisieron remediarlo. Los que crean siempre
creen que tienen el derecho de poder corregir sus creaciones.
Y le pusieron un dios fuerte y terrible para poder domarlo.
Y ese dios se agotó en sus intentos que poblaron de monstruos las aguas. Le
colocaron una diosa cadenciosa y mortecina que lo tranquilizara con mimos y
susurros. Y esa diosa se durmió para siempre en sus arrullos y dejó al mar a
sus vientos y a su suerte.
Así que, fracasados sus intentos, lo olvidaron y pusieron la
tierra entre hombres y mares. Los dioses siempre olvidan lo que crean. Los
dioses siempre olvidan sus fracasos.
Y luego llego alguien de quien no queda constancia ni
recuerdo y se atrevió a enmendarles la plana a las deidades que ya estaban
matándose entre ellos.
Con miedo, con rabia, con vergüenza y con sorpresa miro
hacia ese mar al que no comprendía y construyó los faros. Y sin saber porque
lo hizo llorando. Él, que no lloró al nacer, lo hizo llorando.
Y el primer faro surgido de la piedra callada de la tierra y
las saladas lágrimas del hombre fijo su luminosa vista en esos mares cuya psicología no entendía y les habló.
Y los mares, asustados de que alguien entendiera o quisiera
entender su lenguaje, se apartaron, se encerraron en la basta inmensidad de sus
aguas, se retrayeron a la segura lejanía de sus inalcanzables horizontes.
Y una sima profunda surgió entre el faro y el mar.
Y así siguieron y siguen hoy las cosas desde entonces entre
el mar y el primer faro que construyeron los hombres para intentar comprender
su húmeda, cambiante e inmensa mente.
Hay un hombre en un lugar en el que no debería haber nadie.
En un lugar cegado de la vista por la bruma, la historia y el olvido. Sus pies,
el final de sus ridículamente delgadas piernas, cuelgan y se mecen sobre una
sima profunda cuya negrura parece infinita. Tira distraídamente una piedrecilla
blanquecina al fondo del abismo. No se escucha ruido de choque alguno.
Si el hombre, con sus calzas, su jubón y su escudo de armas
en el pecho no debería estar en ese espacio, lo que saca de su bolsillo no
tendría cabida en el tiempo al que su propietario parece pertenecer.
Un rectángulo negro, de un metal brillante. Pasa el dedo por
su superficie que podría ser un cristal o un espejo. Un zumbido parte del
artilugio como si albergara en su interior un zángano arrojado con enfado al
trabajo.
L@S SINCUERPO
INSANJ
- Ni tú estás tan loco como para intentar esto
NOMUERTO
- Así que lo construiste para nada
INSANJ
- Fallé. Hasta los dioses
fallaron y yo no soy un dios. No quise serlo
NOMUERTO
- Necesitan un traductor. Solo eso
NOHELU
- ¿Solo eso? No se entienden, no se comprenden. No pueden hacerlo
BARONESA
- No saben cómo hacerlo. Puede parecer lo mismo, pero no lo es
BE-LEE
- La que faltaba
El
hombre mira al mar cuya antinatural marea no llega nunca a caer por la sima.
Sus tenues espumas lamen el borde del abismo y luego se retiran como si algo
tirara de ellas hacia el océano abierto impidiéndolas alcanzar el borde del
abismo. Vuelve a pasar el dedo por el aparato robado de otro tiempo.
Baronesa @lesskin 1
s
@lesskin ¿Un mensaje
al mar? Vuestra salud metal comienza a preocuparme, caballero.
Duque de Randualles @lesskin 1 s
@lesskin que no
quiera hablar no implica que no escuche
Guarda el curioso artefacto y apoya la espalda en la piedra
que forma la sólida y callada base del faro del Principio del Mar.
_______________________________________
Mucho se perdió en la Guerra de la Fragua.
Los temidos Skelin, guerreros venidos del recuerdo y
condenados al olvido, fundieron las llaves que se guardaron durante milenios en
los templos de Antares y cuando la última gota de su metal licuado se mezcló
con el barro y la sangre, los hombres dijeron adiós al acceso al mundo de los
sueños; Las huestes de Caos anegaron los páramos infinitos e inundaron las
profundas puertas de la Nada que habían sido custodiadas durante siglos por la
flor y nata de la Instrumentalidad, negando para siempre al Continente
Occidental el acceso a los bajíos de los que beben las fuentes del destino.
Las tierras quedaron muertas, las bestias se asilvestraron,
los hombres quedaron cojos, mancos y tullidos como quedan los hombres en todas
las guerras, los profetas quedaron mudos y los reyes y los nobles quedaron
vivos. Los dioses ya se habían marchado hacía tiempo, matando y muriendo en su
propia guerra, pero sonrieron contentos al darse cuenta de que los hombres eran
tan irresponsables como ellos. Los clérigos quedaron mudos, pero eso nadie lo
sintió.
Pero además de las fuentes del destino, el acceso a los sueños
y la voz de los profetas se perdió algo mucho más preciado.
Tan sólo unos pocos supieron que el mundo había perdido en
ese momento el contacto con su propia existencia. La voz que le mantenía
vinculado a sí mismo.
Pocos supieron que se había perdido el Habla de Las Piedras.
La vida empezó con la roca. No con los dioses, no con las
plantas ni con las bestias y, desde luego, no con los hombres. La vida comenzó
con la roca.
Pero usada, usada para la muerte y la venganza, la piedra no
decía nada. Si nadie te oye, te escucha ni te entiende, no tiene sentido decir
nada. Así que, a todos los efectos, la roca estaba muda por incapacidad o por
desidia.
Los humanos, como siempre, vivieron el fin del Habla de Las
Piedras de formas distintas y diversas, no fue diferente entre las rocas.
Los granitos la experimentaron con rabia y con desdén,
poblando sus canteras de sordos rugidos ya por nadie entendidos; los mármoles
se hicieron grietas de tanto gritar en el silencio impuesto por la magia; las
calizas se deshicieron en polvo en un intento de cambiar su sustancia y
recuperar su voz, las areniscas susurraron al mar para ver que si el mar podía
trasmitir sus palabras a animales y humanos. Y el mar se fue de ellas. Otra
vez.
Y el faro del Principio del Mar era de piedra. Así que
estaba mudo. No podía hablar. No podía pedirle al mar que se explicara, que le ayudara a entender, que le contara.
- Eso es una tontería –escuchó retumbar de repente el faro
entre el mortero que juntaba sus piedras y por un momento la alegría volvió.
Escrutó cada una de sus grietas, cada uno de sus sillares cuadrados, los siguió
todos en todas sus aristas en busca de cuál era el que estaba utilizando su
interlocutor para comunicarse. Pero la tristeza volvió cuando sintió que todos
seguían mudos. Ninguno se estremecía con ecos más allá de los naturales,
ninguna grieta vibraba o se encogía. Seguían mudas.
- Lo dicho, es una tontería –repitió la voz y en ese momento
el faro del Principio del Mar recordó que tenía tacto. Eso no lo había perdido
en la Guerra en la que los hombres habían aprendido a utilizarle para forzar la
muerte.
Sus poros de caliza se abrieron y sintió como un cuerpo, un
cuerpo humano por la huella que dejaba en sus areniscas, se apoyaba contra ella. Tenía que ser
delgado, casi esquelético…
- Eso, yo vengo a ayudarte y tu empiezas a hacer
menosprecios de mi anatomía. No me parece una actitud muy diplomática por tu
parte. Claro que la cortesía nunca ha sido tú fuerte, ni el de ese Hacedor
llorón que se empeñó en construirte para
escupir en la cara de los dioses.
El faro se contrajo de la sorpresa. Los humanos habían
perdido el habla de la Roca hacía eones y el mar siempre se había negado a
escuchar su voz. Era imposible que ese ser la escuchara, era imposible que le
hablara. Estaba solo, varado. No podía ser él…
- ¡Serás cabezota! -espetó y luego se llevó la mano al
mentón pensativo- Aunque, mirándolo bien, no se puede esperar otra cosa de ti.
Estas hecho de roca. Si te digo que tienes la cabeza más dura que una piedra
será cierto, pero no aportará nada a la metáfora, puesto que ni siquiera será
una metáfora, ya que, como he dicho antes eres una piedra y…
El ser se quedó fijamente mirando al horizonte anegado por
los mares y esbozó una sonrisa.
- ¿Has mirado últimamente a las aguas, Faro del Principio del Mar?
Y el faro miró al mar.


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