viernes, 28 de marzo de 2014

Alas Cambiadas (yIV)

¿Por qué no puede verme? -Plasmiranthatas se pregunta eso en su cabeza mientras aquella dulce criatura sigue ajena a su presencia sumida en su cántico de amargura -. Es una pena leve. Él lo sabe por el tono de cada sonido. En eso si es un experto. Es un experto en cantos y es un experto en penas.
Es uno de esos dolores sordos que pasan pronto y que van a sumarse a otros dolores sordos que también han pasado pronto para formar un hastío sonoro que no se acaba nunca. Es uno más entre tantos pequeños quebraderos que hacen que la existencia pueda llegar a convertirse en una sima inmensa.
Plasmiranthatas la contempla sin poder hacer nada. Sin querer hacerlo ¿Qué hacer por alguien que no puede volar, que no puede escapar?.
Ha soñado, eso cree, que ha salvado el castillo de los reflejos y las luces, pero recuerda el vago sentimiento de culpa y eso le impide actuar. Es el arrepentimiento. Si algo te hace renegar de una acción anterior ¿de dónde sacar fuerzas para emprender un acto posterior?
Permanece quieto, observando en silencio el dolor y la pena hasta que por instinto extiende una de sus alas y decide regalar a aquel ser algo de lo que más aprecia.
Cuando la pluma cae se siente infinitamente liviano. La ve ir a enredarse en las extremidades de otro ser que pasa por un pasillo cercano con ese desplazamiento lento y cadencioso de los que no tienen alas. Quizás porque no la ve, aquel ser se resbala y cae pesadamente ante los ojos de la otra criatura.
La canción se transforma en un himno de repentina alegría. Un estallido que hace olvidar el sordo rumor del pequeño dolor y que inunda la sala de unos nuevos sonidos que sólo un ser contento es capaz de emitir.
Si lo hubiera sabido, lo habría hecho antes - piensa el alado sorprendiéndose de su nueva ligereza- Una sola pluma...
 Nadie escucha su grito cuando contempla el ala. Un apéndice vacío sin una sola pluma. La otra es una copia. Delgada y sanguinolenta. Pegada a su cuerpo es incapaz de agitarse para succionar el aire que le eleve en los cielos. Permanece posado, incrédulo, atónito.
 Era su última pluma, de ahí la ligereza, de ahí el descanso, de ahí el fin del dolor.
 En una única jornada ha perdido sus alas. Malgastadas en un sinfín de pequeños fracasos sin importancia que ahora se convierten en una frustración sin solución.
Siente la tentación de recuperar esa pluma, esa última pluma que flota junto al suelo, pero la desecha. Es posible que esa sea la única que ha sido bien gastada y ahora de nada servirá una pluma solitaria.
Con todo, se niega a resignarse. Rehace la posición y extiende los patéticos muñones que otrora, apenas hace un día, fueran sus hermosas alas de plumas blancas. El aire pasa a través de ellos como lo hace por entre las ramas de los árboles. No puede percibir las corrientes que deberían contribuir a elevarle y ayudarle a mantenerse flotando en las alturas.
Pese a todo aletea en un esfuerzo vano por recuperar aquello que ha perdido. No aparta los ojos de aquella criatura, como si su sola presencia fuera una garantía de que aún quedaba una posibilidad. El dolor le estremece los músculos del cuello, agarrotados por el esfuerzo de sostener en alto aquellas estructuras inservibles sin la inestimable ayuda de las plumas.
Salta al vacío desde su apoyatura y bate con furia aquello que ha perdido. Comienza a caer en un viaje largo y desesperante. No se rinde. Se niega a hacerlo. No lo hizo en las nubes, no lo hizo en el falso cielo, no lo hizo en el picado de Ranthalas, no lo hizo en el laberinto de la luz, no lo hizo en el bosque de agujas, no lo hizo entonces... Pero entonces tenía alas.
Cuando está a punto de estrellarse vuelve a mirar a aquella criatura y esta le sonríe.

- “Me ha visto” - piensa sólo un instante antes de volver a elevarse hacia los cielos.

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S
u vuelo es un disparo. Sube más allá del nidal sin alas que le impulsen. Es como si aquella sonrisa le hubiera lanzado al firmamento. Pasa el mar ¿por qué le llama así al cielo que no es cielo? y sigue su camino directo hacia el cielo verdadero. Deja atrás los pequeños alados y las nubes.
Siente el calor de esa inmensa fricción que se origina en su velocidad. Sus sangrientos muñones se desprenden del cuerpo. Para nada los quiere en este salvaje viaje. Las nubes pasan rápidas como si fueran una simple gasa extendida en el cielo se abren a su paso. El calor se hace casi insoportable pero sigue subiendo.
Se cubre con los brazos ¿desde cuando tiene brazos? que se licúan ante sus ojos un instante antes de que lo hagan unas piernas que tampoco recuerda haber tenido nunca. Pasa por delante de los torpes querubines no comprende porqué les da ese nombre, remedos de lo que habían de ser. Atrofiados en una infancia eterna. Sin responsabilidad.
Sigue subiendo. Hacia arriba, hacia el sol o eso le parece cuando los Serafines ¿Que demonios es eso? contemplan su paso fugaz sin dejar de atusar sus alas, símbolo de su eterna belleza. Pasa junto al nidal que había sido su casa y tan sólo un anciano, postrado en su aposento, le sigue con la vista.
Plasmiranthatas no le ve. No puede hacerlo. Sus ojos han desaparecido un instante después de que lo hicieran sus oídos y su boca. Lo último que escucha es el ruido de las armas de los Arcángeles ¿Debería saber quiénes son? en su eterna batalla.
No tiene cuerpo, no tiene alas, no tiene rostro. Entonces ¿qué le mantiene vivo?.
Piensa en eso mientras con sus perdidos sentidos solo puede percibir la luz, la inmensa luz de algo que parece el sol pero no está caliente. Se extraña una vez más pues le llega el aroma. Si aún le quedaran labios sonreiría.
 Es curioso que precisamente ahora que no tiene olfato reconozca el aroma que percibió en el laberinto de luz como el mismo que emanaba de aquella criatura.
La macabra broma no le impide realizarse de nuevo la pregunta que se ha hecho desde que comenzara su vertiginosa ascensión sin alas.
¿Qué es lo que me impulsa? ¿Qué me mantiene vivo?

 - No hace falta que pienses. - contesta una voz que retumba como si fuera el eco de si misma- Ahora puedes hablar.
Plasmiranthatas lo intenta y descubre que puede. Ahora que el calor ha quemado su garganta, ha derretido sus labios y ha hecho desaparecer todo su rostro, puede hablar ¿cuándo había adquirido todos esos órganos? ¿Cuándo había aprendido sus nombres?
Pregunta dónde está y la voz no contesta. Pregunta qué le espera y la voz sigue muda. Así que elige el camino de la resistencia y se niega a seguir preguntando. 
- Con todo lo que has hecho, qué poco has comprendido. A estas alturas deberías saber donde estás y qué es lo que ha ocurrido. Los buenos son siempre imprudentes y a veces desconocen el verdadero alcance de sus actos.
Los pensamientos que recibe están completamente libres de ironía. Plasmiranthatas, más acostumbrado a este tipo de conversación abandona su mutismo.
- He perdido mis alas. Quiero recuperarlas. Son todo lo que tengo - suplica sin saber si alguien tiene el poder de concederle ese deseo-
- Nunca tuviste alas...
 - Pero, ¿qué es lo que soy? - interrumpe Plamiranthatas -.
La voz demuestra una sorpresa genuina en la contestación
- ¿Acaso es que nadie te lo ha dicho? Tu, mi querido Plasmiranthatas, naciste como un ángel.
- Ninguno de nosotros las tiene nunca. Verás, es algo difícil de comprender, pero ha funcionado durante mucho tiempo - la voz se vuelve docta y vieja, como si se sintiera en la obligación de adoptar un tono paternal y pedagógico -. Cada par de alas que hay en el nidal es una esperanza o un fracaso. Aquí no hay término medio. Las recibimos y es nuestra obligación utilizarlas para...bueno, para hacer algo.
- Eso es a lo que me refiero. Yo las he perdido por accidente. Sin hacer nada. No las he tenido más que un día. Eso no puede considerarse usarlas para algo.
- Sigues sin entender y eso me sorprende. El que no pierde sus alas ha fracasado. Este lugar esta lleno de ellos. Ancianos incapaces de volar que mantienen intacto su plumaje. Tu has dado una vida y una muy importante.
- Pero sólo en un día no he podido...
- Piensa Plasmiranthatas. Están atados al suelo y al tiempo. Eso hace su vida mucho más lenta, aunque más breve que la nuestra. Por cada minuto, un año o a veces un siglo. Nuestros días pueden medirse en generaciones de las suyas. Durante toda la jornada has dado vida a alguien.
- ¿Yo?
- ¿Has estado en su alma y no la recuerdas?
Plasmiranthatas suspira comprendiendo por fin las implicaciones. El castillo de luces y reflejos  era un alma. Los verdes y los rojos eran esperanza y pasión, los dorados de un alma completa. Reflejos traslúcidos de otras almas, otros lugares que habían dejado su sello en aquel mundo interior. Risa y canto. Oscura tristeza, gris aburrimiento. La eterna batalla.
El aroma. El aroma era el mismo. Aquel ámbar marrón era también el mismo. Había luchado y restañado el alma de aquella criatura sin saberlo. Al menos había intentado contribuir a ese propósito. Se sintió libre.
 - Cada pluma que has perdido ha curado una herida, ha sellado una tristeza, ha evitado un dolor. Recibiste tus alas cuando ella nació y desde entonces has estado tan sólo a su servicio. Le enseñaste la soberbia de tu vuelo junto al anciano, para mostrarle luego la piedad. Le imbuiste la arrogancia, para darla luego la responsabilidad de solucionarla. Le diste el amor por la aventura y el valor para salir de los problemas. Desde que nació ha ido recibiendo con cada pluma que perdías una lección que al parecer tu no aprendías.
Sentiste la pasión por ella sin conocerla y conociste su interior sin sentir pasión por él. Hiciste tu trabajo, que en tu caso era especialmente difícil, pues aunque naciste aquí no sabías quién eras.
Al fin, conseguiste abrir con tu batalla un camino a su alma. Eso no es para ella. Ella dejará entrar a quien le plazca. A muchos o a ninguno pero en esa batalla que para ti fue un suspiro y para ella media vida has conseguido abrir su corazón, algo que muchos de tus compañeros tardan una vida entera en lograr si es que al fin lo consiguen”.
-¿Y si no deja entrar a nadie?, ¿y si no ama?
- Entonces el fracaso será suyo. Tú ya no puedes pararlo.
Plasmiranthatas recordó entonces la última pluma, la única que le había entregado voluntariamente y se preguntó que función había cumplido en ese oculto esquema de las cosas que ahora, cuando ya no existía, le era revelado.
- Nadie enseña a amar, Plasmiranthatas. A  amar se aprende amando. Y tú ya has aprendido.
- ¿Cómo se llama?
- ¿Acaso importa?
- Es posible que a ti o cualquier otro ángel no, pero yo he dado mis alas por ella
- Sólo conozco dos nombres de su gente. Has visto lo que custodiaba su alma. Dudas de su nombre.
- ¿Eres Dios?
- ¿Aún con esas? -la voz se volvió aviesa, eterna- Dios abandonó el edificio. Dios no existe. Nosotros le matamos. Pero puedes pensar lo que quieras. Ahora eres libre de hacerlo.
- ¿Puedo verla? ¡Soy su ángel!
Una mujer con la piel blanca, el rostro hermoso, el cuerpo infinito, el cabello rubio  y los ojos marrones recoge una pluma y la guarda en un libro con una amplia sonrisa. Saca la lengua como burlándose.

- En eso te equivocas mi querido Plasmiran. El ángel y el demonio siempre ha sido ella. Tú sólo le guardabas las alas.

Alas Cambiadas (III)


Aquel nidal no podía ser el habitat de los pequeños alados. Los nidos eran demasiado grandes para aquellas criaturas y no tenían la estructura como para albergarlos. Eran demasiado cerrados y tenían el acceso al cielo tapado. Tan sólo unas ínfimas aberturas permitirían salir volando de aquellas construcciones, lo que obligaba a una tremenda precisión a la hora de realizar el despegue. Era ilógico forzarse a aquel trabajo cuando se podía simplemente comenzar a volar desplegando las alas hacia el cielo abierto.
 Plasmiranthatas observó que las pequeñas criaturas que le escoltaban tenían reparos para acercarse a los nidos. Por muy mal que estén las cosas, nadie tiene nunca miedo de acercarse a su casa.
Definitivamente los alados no vivían allí.
Iba a comenzar a investigar cuando una luz le sorprendió. Era como la de su sueño si es que su experiencia en el castillo de reflejos había sido un sueño.
¿Podía haber dormido mientras volaba hacia este extraño nidal? Era posible, pero sus recuerdos eran demasiado intensos como para estar producidos por un sueño. No existía ese extraño tamiz por el que la vigilia transporta las sensaciones del sueño para hacerlas recordables.
Mientras volaba intentando identificar el origen del resplandor alcanzó a observar de reojo sus alas. Las plumas que había utilizado para su reconstrucción no estaban en su sitio. Eso no quería decir nada. Había sometido a sus recién adquiridas alas a tanto esfuerzo en aquel día que estaban seriamente ultrajadas. Las plumas podían haberse perdido en el falso cielo o en el picado de Ranthalas y luego, en su sueño, haber recordado el dolor de la pérdida.
Pero, si era un sueño ¿por qué parecía ahora aquella luz?
Por fin logró fijar el origen del resplandor ambarino que parecía llamarle hacia él. Era un nido lejano y antiguo. Construido con bloques de una piedra anaranjada que Plasmiranthatas desconocía y que se le antojaba demasiado cálida y sólida como para formar parte de un buen nido. Un macizo rectangular que se elevaba desde aquel suelo gris y mate sobre el que parecían asentarse todas las nidificaciones de aquel extraño habitat.
Tengo que descansar   - pensó al tiempo que elegía inconscientemente aquel refugio como su destino- Mis alas necesitan un buen repaso.

Nada había más importante que su destino. Guiado por aquella luz no se fijó en nada de lo que circulaba por el extraño mundo al que había arribado después de su caída.
Tardó en llegar mucho más de lo que había previsto. Las distancias en el ese nidal siempre le engañaban. Era la falta de perspectiva.
Por fin arribó a la estructura de piedra anaranjada y decidió posarse junto a la abertura más inferior.
Un ser pasó junto a él y Plasmiranthatas se apresuró a esconderse pero no tuvo el tiempo suficiente. Sin embargo, el ser pasó junto a él sin prestarle atención pese a que estuvo a punto de arrollarle. Aquel ser volaba muy bajo, casi a ras de suelo. De hecho, sus extremidades parecían tocar constantemente el firme y se movían con una cadencia extraña según se aumentaba o disminuía su velocidad.
Se dio cuenta de que la luz había desaparecido y comprendió que estaba dentro de ella. Buscó y buscó con los ojos y los instintos para descubrir la fuente. Por fin la encontró.

Estaba en una extraña posición sobre lo que podía haber sido un aposento. Su espalda se arqueaba y sus alas reposaban sobre un trozo de madera elevada que se encontraba frente a ella. Las extremidades inferiores recogidas bajo el tronco y cruzadas por debajo del aposento.
Debe encontrarse incómoda - se argumentó a si mismo, reconociendo inmediatamente su condición femenina -.
Disponía de ese impulso que sólo ese sexo, sea de la especie que sea, sabe imbuir a sus movimientos. Ejercía la cadencia de la atracción de una forma instintiva, casi inconsciente, pero eso era algo que no le interesaba a Plasmiranthatas. Él buscaba respuestas.
Aquel ser de bellos ojos marrones abrió la boca y comenzó a pronunciar sonidos. Era como si se comunicase consigo misma, puesto que ningún otro miembro de su especie estaba en las cercanías.
Es posible que lo haga por el propio placer de escucharse  - reflexionó el alado. No sería extraño que ese fuera el motivo porque, pese a no reconocer ni uno sólo de los sonidos que aquel ser extraño como su mundo emitía, Plasmiranthatas tenía la sensación de poder estar escuchando siempre.
No era la armonía, era la cadencia, el ritmo de lo que salía a borbotones de su garganta. Ruidos que en otra circunstancia habrían resultado ensordecedores como chirridos, se deslizaban por entre la abertura de su boca como el sol lo hace por el filo de la pluma de un ala. Era como un canto hipnótico que el alado contemplaba ensimismado y que cesó en un instante para transformarse en un susurro.
Seguía siendo musical, pero teñido de tristeza, de desasosiego, de contrariedad. Era como la canción de un alado prisionero. Como los cantos que él mismo había entonado cuando aún estaba prisionero de su propia incapacidad para volar.
Otro ser de aquel extraño mundo se acercó a ella y emitió también sonidos. Eran absurdos por su estridencia; insoportables por su disonancia; odiosos por su mal controlada intensidad. El timbre era parecido por el efecto de la memoria que toda especie tiene de si misma, pero no había nada de la luz de su sueño en aquel ruido. Sintió el mismo frío que cuando luchó contra la niebla oscura en el laberinto de claridad.
El ser desapareció y el silencio se hizo tan sólo por un instante. Luego la triste letanía reapareció con más intensidad como un viento que gana fuerza entre los riscos. Plasmiranthatas la conocía, la sabía de memoria, de hecho, hasta ese momento creía que él mismo la había inventado.

Pero no. Era un himno universal que se canta en mil lenguas y conocen todas las especies del universo. Es el himno a la frustración, al deseo de huida. Es ese sordo rumor que surge cuando estás donde no quieres y no puedes alcanzar el lugar que deseas.
Plasmiranthatas creyó por un instante que se trataba de una triste despedida. Aquel extraño ser, perfecto a su manera y hermoso desde cualquier punto de vista, iba a batir sus alas y a marcharse a otro sitio. A un lugar donde la misma claridad que desprendía no fuera oscurecida por los chirridos de seres como el que acababa de marcharse.
Esperó para ver como desplegaba las alas. Las movió con gracilidad durante unos instantes, dibujando extraños arabescos frente al rostro. Eran muy flexibles, eran bellas. Capaces de moverse en múltiples direcciones aunque con un plumaje un tanto extraño.
El alado esperó el despegue de aquella criatura pero este no llegó. Siguió debatiéndose en aquella extraña posición y prosiguió su canto de tristeza.
¿Por qué no se marcha? ¿Qué la retiene aquí donde su canto es triste? ¿Por qué no busca un nido donde pueda ser lo que quiere ser?
Entonces lo comprendió y dejó escapar un grito que ahogó antes de completar. Aquel ser de mirada marrón y piel cálida y blanca miró en su dirección como si le hubiera descubierto. Pero luego sacudió la cabeza y volvió a su posición inicial.
Cuando los ojos de Plasmiranthatas, invisibles para el triste y extraño ser, se cruzaron con aquellos dos ópalos marrones de cristal transparente el alado comprendió definitivamente lo que ocurría.
Pese a que su canto era lo más hermoso que había escuchado, pese a sus movimientos gráciles e hipnóticos, pese a la vida y la luz que irradiaban sus ojos marrones...
Por primera vez en su vida, con alas o sin ellas, Plasmiranthatas lloró.
Aquella criatura de belleza y perfección no era uno de los suyos.

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¡Concentración, Plasmiran, Concentración!. Estás perdiendo el impulso y lo necesitarás para pasar a través del siguiente resquicio.
El dolor no importa. Sólo el sieguiente peldaño. ¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Por qué alguien como ella no puede volar a voluntad?
Tu también vas a dejar de volar como no pongas atención. Estas agujas no perdonan ni un descuido. Otro desgarro. Da igual, comienzo a acostumbrarme.
El laberinto de claridad esconde algo y yo tengo derecho a saberlo. Creo que me he ganado algo de confianza por su parte.
¡Gira ahora!, hacia arriba y luego el picado para esquivar la que surge del oeste. Otra herida.
Las agujas me buscan como los sabuesos a la presa y yo me aprovecho del impulso para esquivarlas, vadearlas y eludirlas en una danza peligrosa y perversa. Cada vez que me tocan pierdo impulso, pierdo fuerza y concentración, pero con cada riesgo estoy más cerca del final. Cada herida es una victoria.
Mi cabeza gira al mismo ritmo que el resto de mi cuerpo. Pienso en aquella criatura atada para siempre a la superficie ¿Quién toma la decisión de que una especie u otra tenga alas, pueda huir?
Yo estoy demostrando que no merezco estas que ahora ejecutan a la perfección esta danza de huidas y dolores entre púas ardientes que queman cuando tocan. ¿Por qué yo y no ella? ¿Por qué ella y no yo?
Vengo de un lugar donde se nace para ser como nuestros padres, donde todo es el cielo y el cielo es todo lo que tenemos. Yo no soy responsable y me siento culpable. Otro bucle, otra espina que busca mi garganta queda atrás cuando rizo el cuerpo en un picado y lo levanto luego con el fuego en las alas.
Ella las necesita y yo ¿qué he hecho con ellas?. Pavonearme, deleitarme en el goce de mi propia persona. Odio mis alas. Me odio a mi mismo. Odio la decisión que me obliga a no usarlas.
Una leve abertura y me lanzo hacia ella con un sólo batir de estas alas equivocadas, concedidas a aquel que no se las merece. Usadas para poner en peligro una vida, para herir a un anciano, para perder una oportunidad. Entre herida y quebranto atravieso otra espina que se cobra su precio. Recurro a la amargura, ese estadio pasajero que sólo nos prepara para un mundo más triste.
Y sigo así, cansado. Esquivando al tiempo el dolor y la pena. Otro rizo, seguido de otro bucle y acabado en una maniobra absurda que nunca he aprendido. Una nueva batería de esos dedos de piedra agudos como garras que buscan mi garganta me cierra el paso.
Es un baile rutinario, casi repetitivo. Cuando coges el ritmo casi parece fácil. Puedo pasar mil veces por el mismo camino y siempre retrocedo para encontrar de nuevo las púas que me buscan para cerrarme el paso, puedo hacerlo y lo hago.
No soy igual que ellos. Ellos viven sin prisa y yo rozo el abismo por descubrir que esconde el corazón de un laberinto luminoso y transparente al que no se como he llegado y al que, desde luego, nunca he sido invitado.
Puedo volar. Por eso me esfuerzo en traspasar la barrera que cierra mi esperanza con un último giro y un último picado. No miro atrás. Me poso y luego floto avanzando hacia el centro.
El aire es cálido aquí. La luz es bella. El aroma es hermoso, dulce. Casi olvido el dolor de las heridas, casi olvido la amargura, casi olvido mi miedo.
Soy Plasmiranthatas y he vencido. Eso debería ser importante ¿Por qué no siento nada? ¿Por qué sigo sufriendo?
Ese patio infinito me recoge y me cura. Su luz me rodea como si me diera las gracias, como si me acariciara y me diera cobijo. Me oculta su quebranto, pero yo puedo verlo. Formo parte de ella, ya no puedo evitarlo.
En el centro del tibio sol que es esta sala inacabable hay un suelo de ámbar marrón y cristalino. Froto sobre él y descubro que bajo el se arremolina una niebla de humo negro y de vapor gris.
Ver aquello en el mismo corazón del laberinto de los reflejos me hiere mucho más de lo que lo han hecho las agudas agujas contra las que he combatido hace un momento. Todo lo que reparé se ha vuelto a destruir. Esta oscuridad está lo más profundo y recóndito de la casa de la luz porque una vez más Pasmiranthatas ha hecho mal su trabajo.
 Ya apenas me duele. Estoy comenzando a acostumbrarme a no hacer nada a derechas.

Me resisto de nuevo a quedarme parado. He de actuar, he de cubrir la inmensa laguna de negro y gris que invade el santuario de esta construcción de claridad.
Vuelo bajo hasta que puedo rozar el suelo con las plumas y observo como, bajo ese marrón ambarino de miles de reflejos se agita lo que he dejado pasar. Comienzo a arrojar mis plumas sobre el suelo. Ha servido una vez, pero no estoy seguro de que funcione una segunda. Algunas caen rotas, no me importan. Otras lo hacen con sangre de la reciente batalla, las ignoro.
Sólo cuando reconozco que es una tarea imposible me fijo en el susurro. Es costumbre de este alado ignorante dejar pasar por alto lo esencial. Ignoré la agonía del anciano, el viento frío sobre las alas de Ranthalas y la viscosidad del cielo que no era tal.
Ahora escucho el susurro y no entiendo los ruidos. Son cadencias que ya he escuchado antes. Llenan mi cabeza con el  extraño canto de las criaturas del nidal de piedras naranjas pero puedo entender los pensamientos. Por un momento pienso que es un instinto nuevo y me enorgullezco una vez más de mi especie.

“¿Qué intentas?” - me pregunta y le quiero gritar que estoy salvando el castillo de luz de esa presencia oscura, pero no lo hago. Me quedo quieto y callado como el polluelo que recibe una regañina de uno de sus mayores. “Si me quitas el mundo, ¿cómo veré lo bueno? Gracias pero no puedes arreglarlo todo”.
Miro de nuevo a la oscuridad que se encuentra tras el ámbar y reconozco los rostros. Como aquellos que asomaban en los huecos traslúcidos de los pasillo, pero mucho menos nítidos, mucho más confusos como apenas liberados del gris y el negro que les rodea.
Hay rostros iracundos pero los hay amables; los hay indiferentes, pero los hay preocupados; los hay ignorantes pero los hay sabios. Todos sumidos en la niebla, todos en el mismo nivel. Todos esperando. Todos fuera.
Ese suelo ambarino de reflejos marrones es el fin del castillo que está en su mismo centro. Al otro lado no hay laberinto, no hay luz ni reflejos. Ese es un puesto de vigilancia.
Como el pequeño ignorante que soy rompo a sollozar. Queriendo hacer una acción de la que sentirme orgulloso he vuelto a poner en peligro la vida ¿Qué habría sido del castillo sin su lugar de vigilancia?
Si hubiera cubierto el ámbar con mis plumas las estancias de luz no hubieran sabido cual de esos rostros podía asomarse a su interior y la oscuridad la hubiera sin duda invadido.
 Soy un inútil irreflexivo y tengo alas mientras que alguien que verdaderamente las merece y las necesita carece de ellas. El universo es terriblemente injusto. Ha de serlo para que un privilegiado lo reconozca.
“Tu trabajo está hecho”. Es lo último que oigo, que escucho o que pienso. No lo se, pero después ya no hay sonido. Sólo el aroma, un aroma que he percibido antes. Tan sólo está el aroma.
Me dispongo a marcharme creyendo que mi trabajo, mi aportación se ha reducido a las plumas que cubren las grietas de las paredes y cuando giro dispuesto a enfrentarme de nuevo a las aristas, sin fuerzas para vencerlas otra vez, descubro que no existen.
El roce de las alas, el toque de mis plumas, el fluir de mi sangre las ha convertido en un bosque de romos bosquejos que dejan un espacio diáfano y sin riesgo.
Algunas yacen quebradas por la fuerza de mi impulso, otras dobladas e inservibles, tumbadas por la fuerza del viento levantado en el vuelo. Otras muchas se rompieron perdiendo su agudeza después de cobrar su tributo en forma de mi piel y mis plumas. Algunas, las más delgadas y afiladas, se han derretido con el calor de las gotas de sangre vertidas sobre ellas.
La entrada al corazón del castillo de luces y reflejos es ahora algo que podría hacer hasta una cría recién salida del cascarón. La salida no es igual de sencilla. Lentamente enfilo hacia el abierto pasillo entre las romas aristas y aleteo despacio. El dolor vuelve como un amigo persistente que no es del todo bien recibido. Me resisto a abandonar. El próximo invitado tendrá la entrada franca gracias a mi esfuerzo, pero no puedo hacer nada para evitar que ese visitante sea una sombra de grises y de negros.

“Yo me encargo de eso” - escucho de nuevo un pensamiento-



¿Quién eres tu?, quiero preguntar, pero de nuevo no me atrevo. Quizás no tenga derecho, quizás no sea bien recibida la pregunta, quizás no quiera saber la respuesta, quizás todo sea un sueño inexplicable, quizás no merezca las alas que poseo, quizás lleve muerto desde que atravesé las nubes, quizás me haya matado en la caída, quizás esto sea una pesadilla tenida en el nido y me despierte sin haber tenido nunca mis adoradas alas, quizás la criatura no precise volar, quizás no lo merezca...

 No eso no. Ella lo merece. Un sonido me arranca de mi mismo cuando estoy perfilando el último quizás.

domingo, 23 de marzo de 2014

Alas Cambiadas (II)


“La muerte es volar eternamente sin llegar a ninguna parte” -eso fue lo que pensó Plasmiranthatas antes de darse cuenta de que si estaba pensando no podía estar muerto. Miró hacia arriba y vio la capa de nubes alejarse sobre su cabeza. Luego miró hacia abajo-.
Había dos cielos.
Por eso ninguno de los que se marchaba volvía. Más allá de las nubes había otro cielo azul y blanco que se extendía hasta el infinito. Se fijó en el y descubrió que se movía. Un lejano vaivén le hacía ondularse. Eso no podía ser un cielo. Aunque fuese azul, aunque fuese cristalino. Aquello era otra cosa.
Decidió descender para comprobarlo.
Al principio parecía que iba a llegar enseguida pero, cansado como estaba. se negó a hacer de nuevo un picado del que era más que probable que sería incapaz de recobrarse. Por ello se dejó llevar por las corrientes eligiendo las frías para descender y las cálidas para frenar cada poco tiempo.
Un batir de alas le sobresaltó.
Han bajado a por mí. Ranthalas ha decidido acudir en mi rescate igual que yo acudí en el suyo. Su mente dibujó ese pensamiento obviando el hecho de que el rescate de Ranthalas no se habría producido si la gamberrada de Plasmiranthatas no hubiera tenido lugar. Cuando haces algo bueno tiendes a olvidar todo el daño que has causado hasta llegar a ese estadio. Es un derecho patológico que creen tener los miembros de todas las especies.
En cualquier caso, esperó planeando a que sus congéneres llegaran para ayudarle de nuevo a ascender a casa. Espero y esperó pero el batir de alas continuaba y nadie aparecía.
No quería mirar hacia atrás para dar sensación de tenerlo todo controlado y no estar lo mortalmente asustado que en realidad estaba. Aquel cielo que no era un cielo y que se movía bajo sus alas en constantes ondas azules le ponía muy nervioso.
Decidió modificar ligeramente su ángulo de planeo para poder atisbar discretamente cual era el motivo de la tardanza en acercarse de la partida de rescate. Así lo hizo y lo que vio le dejó sin aliento.
Tras él, pero muchos metros por debajo, volaban otros seres alados. Pequeños, casi diminutos, no se atrevían a ascender más por miedo a que las corrientes que mantenían a Plasmiranthatas en el aire les arrastrasen más fuerte de lo que sus débiles alas podían soportar.
Existían otros alados y el no lo sabía. Vaya noticia cuando volviera. Si es que volvía. A lo lejos, el segundo cielo desapareció y fue sustituido por unos extraños riscos. Eran regulares. Cuadrados y rectangulares se erguían al final de aquel cielo móvil como lo hacían sus nidos al final de su cielo.
¿Serían los hogares de aquellos extraños alados?. Decidió comprobarlo. A lo mejor le estaban escoltando hasta lo que ellos consideraban un lugar seguro. Comenzó a batir sus alas con fuerza. Cuanto antes llegara a aquel extraño nidal antes descubriría qué era lo que pasaba y con un poco de suerte como llegar a casa.
Batió sus alas con tanta fuerza que, en su inexperiencia, alcanzó una trayectoria diagonal que le llevó directamente hacia el segundo cielo.
Pese a intentarlo no pudo evitar introducirse en él. Era viscoso y no permitía mover las alas. Batió y batió en un esfuerzo supremo, intentando liberarse de las garras de aquel falso cielo hasta que por fin este le permitió marcharse, como un depredador consiente que una presa moribunda abandone sus garras con la seguridad de que podrá recuperarla más adelante.
Pero Plasmiranthatas no se rindió. Siguió aleteando hasta que por fin recupero la trayectoria que le llevaría hacia el nidal. El peso de la sustancia hizo desprenderse algunas plumas y él lo agradeció porque le aligeró y le permitió mantener la compostura y el rumbo. Los pequeños alados habían mantenido las distancias sin participar en el drama personal de su huésped.
Menuda hospitalidad. Espero que en sus nidos se porten mejor.


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“Si alguien pudiera contemplar el interior vería lo que ni este lugar es capaz de ver. Si alguien, olvidando la presencia, olvidando la dictadura que impone aquella presencia exterior, pudiera observar lo que yo estoy viendo no dudaría nunca más.
Ver dentro de lo que se esconde es algo que no sabía que se podía hacer. Las alas resultan más útiles de lo que nunca imaginé. Es este un lugar desconcertante, nunca había volado por un sitio como el que ahora se extiende bajo mi sombra. Tan recóndito, tan expresamente guardado de la vista y de la intromisión, que me siento como un ladrón que penetra en el nido de otro para robar sus huevos.
Hay luz, como si el sol se recostara contra los muros intangibles de este laberinto. Cada giro me conduce a esa luz, cada picado, cada bucle, cada espiral me lleva de nuevo a esta luz tenue y cálida de la que parece estar hecho este lugar.
¿Quién crea una claridad semejante para después no dejarla asomar? ¿Quién puede ser tan cruel consigo mismo que prefiere que los demás no conozcan una creación tan luminosa?

Es posible que decida más allá de mi propio conocimiento. Ya me pasó con el anciano, ya me pasó con Ranthalas. De hecho, estoy convencido que por algún motivo siempre decido más allá de lo que conozco. No quiero equivocarme. Esta vez no.
Me elevo para ver más claramente, para tener una visión general, para descubrir el esquema de las paredes de luz de este laberinto en el que no se cómo he penetrado y del que no se salir, del que aún no quiero salir. Del que temo y espero que nunca quiera salir.
No todo es luz. Hay espacios traslúcidos donde se filtra algo exterior. Una imagen, un rostro, un paisaje. Hay ventanas hacia un mundo exterior que desconozco, que no es el mío. O quizás sí.
Cada giro me descubre una nueva tonalidad en esta luz eterna y reconfortante. Verdes matices en zonas a las que aún he de llegar y que desaparecen cuando me acerco. Rojos intensos que fluctúan en un instante para esfumarse y luego volver a brillar tras un nuevo recodo. Azules y marrones moviéndose en una danza caleodiscópica sin ritmo ni armonía, como polluelos buscando su lugar en el nido. Pasión, esperanza, deseo, ¿Miedo?
¿Será ese el motivo que mantenga este paraíso a salvo de los que lo rodean, de los rostros que se asoman a él sin saber lo que esconde su interior?
No se puede recorrer algo que cambia constantemente. No se puede conocer. Por más prisa que me de, por más que acelere los vuelos siempre llegó un instante tarde. Siempre desconozco el recodo adecuado a la falsa pared que me aleja del lugar al que me he destinado en cada momento a llegar.
Es jugar al desconcierto, jugar al escondite conmigo mismo.

Ahora las paredes son altas y tapan todo atisbo de la luz que las crea como hambrientos guardianes celosos de todo lo que está en el interior. Un instante después son pequeñas barreras débiles que se deforman con la intensidad de la luz que en vano intentan contener. Y la claridad que da vida a este sitio se derrama, se agolpa, brotando hacia el exterior en un impulso solitario que apenas dura lo que tardo en pensarlo.
Y yo sigo volando dentro de este lugar hermoso y desconcertante, radiante y temeroso; sigo volando dentro de este caótico desorden, de este amable laberinto que parece envolver todo lo que toca para luego retirarse allí donde nadie puede destruirle.

Y de pronto, el silencio.
Al sonido se le define por su ausencia y la de este resulta abrumadora aún cuando no había percibido su existencia.
Era como un rumor constante de viento siseante. Como suena la brisa agradable de la primavera en los oídos del que planea tranquilo entre el nido y el sol. Era el sonido tranquilo de la vida apacible, del polluelo que no tiene nada que temer, del que es feliz.
Más ahora hay silencio, un silencio que hace tensarse hasta los muros del laberinto.
 Aprovecho una columna de aire para mantenerme quieto y observar. Ya no me preguntó dónde lo he aprendido. Lo sé, eso es lo que importa.
 Y entonces llega el negro.


Primero se matiza como una niebla gris que entra por los traslúcidos resquicios donde antes había rostros y paisajes. Luego se hace denso hasta convertirse en una plaga que se extiende como lo hacen las nubes de tormenta sobre el cielo.
Y devora la luz, devora la claridad con el paso firme y decidido del conquistador, del destructor que sólo halla placer en el destrozo.
¿He de hacer algo? He de hacer algo ¡He de hacer algo!

Fijo la posición de la invasión y me lanzo hacia las sombras con las alas plegadas. Aterrizo junto al lugar de entrada de la negrura, junto al inicio del ataque. Miro hacia fuera y no puedo localizar el origen de aquella fría negrura que ahora invade el laberinto de luz y de sonido. Bloqueo su paso con mi cuerpo y el frío me congela las entrañas.
No puedo hacer otra cosa y permanezco impidiendo el paso a aquellas sombras. Lentamente, como con miedo, los colores y la luz reaparecen pero no toman posesión del laberinto. La oscuridad es aún muy intensa.
Utilizo las alas para alejar al enemigo. Las bato con tal fuerza que siento como el cuello se transforma en un tronco rígido por el esfuerzo. Sigo haciéndolo aunque el dolor a veces resulta insoportable. Creo una corriente tal que estoy a punto de ser succionado por el mismo sumidero traslúcido por el que ahora se escapa la negrura. Me afianzo en el suelo y doy a esa claridad que desconozco la oportunidad del contraataque.
Es todo lo que necesita. Una vez más el laberinto cambiante en el que estoy se tiñe de matices y reflejos. Miró hacia atrás y veo que ese oscuro agujero es de nuevo un opaco círculo. Me relajo al pensar que hemos triunfado.
Quien quiera que sea el propietario de esta desconcertante belleza y yo hemos triunfado.
Floto entre las paredes para desentumecerme y descubro el mal que ha causado el ataque. Cientos de grietas pequeñas, en ocasiones casi invisibles, recorren las paredes y dejan filtrarse esa oscuridad. Me acerco a una de ellas. El siseo del negro entrando por las paredes es apenas perceptible. Lo tapo y desaparece, pero reaparece en cuanto me alejo.
Nuestra lucha, la lucha de aquella claridad y aquella brisa, no habrá servido de nada si no sello las grietas, pero no tengo nada con que hacerlo. Busco barro y no hay nada parecido en el pulido suelo de este castillo de luz, busco ramas u hojas y todas están fuera, más allá de los miradores traslúcidos que salpican los muros.
Arranco una pluma y la poso sobre la grieta. Como si siempre hubiera sido parte de él se une al muro, sellando aquella entrada de negrura.
Al instante me envuelve una luz argentina con reflejos de azules. Un azul casi verde, casi transparente me rodea y me roza; me alimenta y me sacia. La esperanza de una nueva presencia me llena los ojos y los oídos y me colma en agradecimiento a aquel sitio perfecto por dejarme formar parte él.
Y recorro el laberinto con unos nuevos ojos, con unos nuevos instintos, con un nuevo conocimiento.

Ahora formo parte de ésa luminosa estructura. Mi pluma ha taponado una abertura y está rodeada de luz, de claridad. Es luz y claridad. Ya no me hacen falta los instintos de orientación, ya casi ni siquiera me hace falta el vuelo. Reconozco cada recodo, cada pasillo, cada muro y cada tragaluz. Se lo que se oculta tras cada reflejo, aunque sigo sin comprender su significado. No me importa.
Anticipo cada cambio de forma, cada distorsión, porque yo formo parte de esos mismos cambios. Ya no me sorprenden muros que se alzan donde no debería haber nada salvo luz. Ya no me deslumbra un reflejo cuando me sorprende mirándole de frente porque creía que en ese lugar debía haber una pared. Tengo conciencia de dónde puedo estar y donde no; de qué me está vetado y cuales son mis privilegios, si es que poseo alguno.
En estas condiciones soy capaz de descubrir la ubicación exacta de cada grieta, de cada daño e intentar repararlo.
En un vuelo continuo y agotador me concentro en escuchar los siseos de negrura y localizarlos. La misma acción mil veces repetida. Una pluma o dos o las que sean necesarias cierran el agujero y la luz se restablece. El trabajo es agotador, pero mi conocimiento de aquel lugar es cada vez más completo, lo que facilita mi labor.
Tras horas de trabajo he recorrido por completo el castillo de luz y restañado sus heridas con las mías. Mis plumas volverán a crecer en pocas semanas y así los dos estaremos ya completos.
No tengo nada que hacer, así que vuelvo a dejarme llevar por la curiosidad y vuelo disfrutando de nuevo de mi mismo hasta que un dolor lacerante me sorprende y me arroja hasta el suelo.
Miro la sangre brotar de una herida e intento localizar al autor de la misma. Una arista afilada me trae la respuesta a mis preguntas con un jirón de piel colgando aún de su punzante pico.
Me levanto y descubro un sitio que desconocía. Una especie de patio central rodeado de afiladas agujas que apenas permiten pasar al propio aire. Intento esquivar el enjambre de agujas volando sobre él, pero crece para seguir deteniéndome.

Me paro a pensar y me siento como si lo hiciera por primera vez en mi vida. Tomo aire y me lanzo hacia las púas justo en el momento en el que soy arrebatado del castillo de luz y de reflejos...

viernes, 21 de marzo de 2014

Alas Cambiadas (I)


Plasmiranthatas ya tenía alas. Habían aparecido de la nada aquella noche. Después de que la desesperación estuviera a punto de acabar con él, después de que el nido se convirtiera en una prisión insoportable, después de días, de semanas, atisbando de reojo en busca de un síntoma en cada superficie pulida que se presentaba ante sus ojos.
Para cualquier otro la espera hubiera sido algo natural, un ejercicio de paciencia, como mucho una prueba de Dios, pero para Plasmiranthatas había sido un infierno.
El no se conformaba con recibir lo que los demás le traían con una sonrisa de agradecimiento a la amabilidad de aquellos que podían desplegarse por el cielo realizando formaciones de escapada ante sus ojos. El ya sabía como era tener alas, ya había vivido la sensación del vuelo y además podía ver lo que había detrás de la condescendencia de los que planeaban a su alrededor. Quizá si existiera un poco más de buena intención se podría dejar de acudir al remedio de la caridad en estas ocasiones.
Pero ahora nada de eso importaba. Las alas ya estaban allí y eran perfectas. Se asomó con cierto temor al borde del nido. Se afianzó por centésima vez en su posición sobre el escaso margen de seguridad que le daba su habitáculo y repitió el gesto reflejo que la naturaleza y Dios le habían dado.
Esta vez, en lugar de sentir como se alzaban dos muñones inservibles contempló hasta la última pluma blanca de un par de alas perfectas.
En un primer momento le parecieron inmensas, como si abarcaran todo el universo, pero luego recapacitó y se dio cuenta que no eran mejores ni peores que las de cualquier otro de su especie. Simplemente eran suyas y eso las hacía más importantes para él que cualquiera que hubiera visto con anterioridad.
Con un grito de triunfo, Plasmiranthatas, el nuevo ser alado, se lanzó al vacío y saludó al viento como su nuevo compañero.
La brisa era suave pese a la altura a la que se movía por lo que hubo de batir con fuerza para ganar impulso y elevación. Era como si todo lo que había esperado le hubiera preparado para aquel momento. Sus alas se movían solas, guiadas por la vida que les otorgaban los deseos de Plasmiranthatas. Miró hacia el sol y se interpuso entre sus rayos. La luz dibujó destellos irisados en cada una de las plumas: “soy hermoso” -pensó, para recapacitar un instante después- “son hermosas”.
Planeando grácilmente con una técnica que no sabía como había aprendido, contempló extasiado como los rayos del sol se filtraban por entre los huecos de sus plumas creando una especie de cascada multicolor. Intentó hacer que la luz se filtrara según su conveniencia para crear un dibujo concretó y persistió en aquel inútil esfuerzo hasta que el mareo le hizo perder la concentración y comenzó a descender
Esto es una estupidez pueril  - se reprochó a si mismo al tiempo que aprovechaba una corriente para volver a elevarse- Es hora de que los demás sepan que Plasmiranthatas ya es uno de los suyos con todas las de la ley.

El grito de uno de los mayores le avisó de que se encontraba demasiado cerca de la pared del nido. Ya lo sabía, pero había decidido apurar hasta el extremo, en parte para probar sus recién adquiridos reflejos de vuelo y en parte para vengarse de aquel espécimen en concreto.
Había sido uno de los más caritativos  con Plasmiranthatas durante su larga y forzosa estancia en el nido en espera de sus alas. Siempre que acudía a visitarle se comportaba como si supiera en que justo momento fueran a brotar las plumas de sus alas y se complacía en acariciarle el cuello para confortarle, pero Plasmiranthatas sabía que en realidad lo hacía para comprobar en que estadio de desarrollo se encontraba la musculatura de su cuello, la que había de mantener erguidas sus alas.
Remontó a tiempo para que tan sólo el viento levantado por su vuelo afectara a aquel viejo, cuyos días de planeos y picados habían pasado a la historia mucho antes de que el autor de la proeza acrobática hubiera venido al mundo
Ya no soy como tu ,viejo. Ya no soy un tullido. Guarda tu caridad para quien realmente lo necesita. Guarda tu superioridad, ahora que tu apenas puedes sostenerte unos instantes en el aire y yo puedo hacer lo que quiera. Nunca seré como tu.
La crueldad de sus pensamientos le sorprendió. Era cierto que aquel alado era especialmente pesado, pero era posible que lo hiciera con buena intención, con preocupación genuina. Desechó el remordimiento, aunque la sensación le sirvió para poner mucho cuidado en no exhibirse ante los nidos de los hasta hacía unas horas compañeros de infortunio. Evito pasar por aquellos lugares en los que se esperaban las alas con impaciencia y en algunos casos con auténtica desesperación, como había sido su caso.
Sintió una remota empatía con aquellas criaturas aún incompletas y quiso acercarse hasta ellas para abrazarlas y consolarlas. Para explicarles lo que él había sentido, para decirles que entendía su dolor.
¡ Idiota!  - se reprendió a si mismo en sus pensamientos - Eso es lo que hacían contigo. Eso era lo que intentaban y tu estabas demasiado ciego para salir de tu propio círculo de dolor.
Sabía la frustración que causaría su presencia en cualquiera de aquellos nidos así que se mantuvo al margen, no se acercó, pero volvió a dar una pasada junto al nido del anciano.
En esta ocasión fue un vuelo tranquilo, casi ceremonioso. Un planeo que le permitió deslizarse tan cerca de su congénere que pudo rozar levemente su rostro con la última pluma de una de sus alas. Un gesto de respeto, de disculpa.
Un dulce gorjear brotó de la garganta del viejo.
Tiene razón el muchacho. Nunca será como yo. Él no  - pensó el anciano mientras veía caer la pluma flotando en el cielo - Lo has entendido muy pronto. Estás en el camino.

Ajeno a aquellos pensamientos, Plasmiranthatas prosiguió con su ración de soberbia. Pasearse, volar ante los ojos de los demás le proporcionaba esa extraña sensación de placer que no sabía describir. Era como si se alimentase más de la cuenta y quedará satisfecho para una semana. Cada joven volador era objetivo de sus retos. Uno era sobrepasado en un picado, otro rebasado en un vuelo lateral, el siguiente cargado por detrás y en cada una de las acciones Plasmiranthatas sentía hincharse su corazón de júbilo. Aquellos si que lo merecían. Ellos si se habían pavoneado ante el ante de que las plumosas armas blancas de su venganza aparecieran en su cuerpo.
Algunos entraban en los juegos y retos que les proponía con sus vuelos. Casi todos terminaban superándole en habilidad, pero no le importaba. Un día antes ni siquiera hubieran tenido que sudar para lograr hacer algo que a él le resultaba imposible: volar.
Pasó el día de esa guisa hasta que divisó a Ranthalas.


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Era aquel alado especialmente majestuoso y por ello se había convertido sin que nadie le nombrara en una especie de ejemplo para todos. “Cuando salgan mis alas volaré como Ranthalas”  - había pensado en más de una ocasión y ahora se encontraba en su mismo nivel, planeando a la misma altura.
Como todo el que insiste en la perfección, salvo gloriosas excepciones generalmente femeninas, Ranthalas resultaba odioso. Si no puedes evitar ser perfecto por lo menos debes tener el decoro suficiente para no anunciarlo a todas horas. Ranthalas no lo hacía y continuamente demostraba sus habilidades en el aire, así que Plamiranthatas decidió convertirse en el genuino vengador de todos los seres imperfectos de la creación, lista en la que, por supuesto, no pensó incluirse ni por un segundo.
Cortó en oblicuo sobre el vuelo de Ranthalas para evitar que la estela de su aleteo y la brisa de sus alas delatara su llegada ¿Dónde había aprendido aquella maniobra? No lo sabía. Sus innatismos funcionaban a la perfección.
Cuando estuvo en un plano de vuelo más elevado que Ranthalas se mantuvo en el ascenso esperando a que su víctima en aquella danza perversa se pusiera en planeo. Ranthalas lo hizo de la misma forma perfecta que lo hacía siempre. Las alas en ángulos perfectos, las aberturas de los extremos en ciclos perfectos, las elevaciones en dinámicas perfectas, el plumón con una inclinación perfecta, el cuello en una posición perfecta...
El grito tuvo también la entonación perfecta.


Cuando Plasmiranthatas se colocó de pronto batiendo sobre él, Ranthalas simplemente se quedó sin viento con el que planear y comenzó a caer en un descenso perfecto - pensó jocosamente Plamiranthatas -.
La idea era que Ranthalas descendiera durante unos angustiosos metros ante la vista de todos hasta que consiguiera recuperar la compostura. Cuando lo hiciera recuperaría altura y buscaría la causa de aquella insoportable imperfección, pero no la hallaría porque esta estaría bastante lejos, escondida tras un risco con el estómago contraído por la risa.
Sin embargo, la idea no era que la corriente sobre la que planeaba el odioso perfecto fuera de aire frío. La idea no era que el aire frío tuviera el efecto contrario que el caliente empujando a Ranthalas hacia abajo e impidiéndole usas sus alas para contrarrestar la caída y la fuerza de la gravedad. La idea no era que se estrellase con sus alas bloqueadas por el peso del aire que bajaba con él. La idea no era esa.
Boquiabierto observo el descenso. En un instante no sabía que hacer pero al siguiente había agrupado sus alas junto a los costados y se encontraba en un picado suicida.
Las nubes se acercaban como siluetas desfiguradas por la velocidad y cuando pasó junto a Ranthalas pudo observar sus movimientos. Intentaba aletear acogotado por el miedo y su cuerpo se estremecía en convulsiones que le impedían tomar el control de sus movimientos.
No se si tiene más miedo a la caída que al ridículo que está haciendo  - pensó y automáticamente se arrepintió. Por primera vez sintió dolor en sus recién adquiridas alas. Pegadas contra el cuerpo sufrían el cortante roce del aire helado y protestaban con leves crujidos. Plasmiranthatas las obvió. Se olvidó de que existían hasta que, una vez superada la caída de su víctima por varios metros tuvo que utilizarlas.
Una vez más respondieron con un conocimiento que él desconocía poseer. Se abrieron de golpe, como lo hacen los girasoles en primavera, en un sólo movimiento.
Por segunda vez en la jornada cortó el aire a Ranthalas.
En esta ocasión el efecto fue el contrario. Privado del frío vendaval que le empujaba hacia abajo, su congénere pudo por fin tomar posesión de sus alas y frenar su descenso extendiéndolas al máximo. El pánico le llevó a iniciar un ascenso vertiginoso en lugar de reponerse del cansancio dejándose elevar por la corriente cálida que había hallado gracias a la intervención de Plasmiranthatas.
Nadie me ha visto cortar el aire de Ranthalas y si me han visto salvarle. Cuando suba seré un héroe, seré el mejor. Hasta Ranthalas tendrá que reconocer que mi maniobra ha sido perfecta.
En estas disquisiciones se encontraba el alado cuando las nubes salieron a su encuentro. Su vista se nubló por el vapor y pese a que seguía planeando en cómodos círculos perdió completamente la orientación entre esa masa de cielo gaseoso.
Intentó encontrar una nueva corriente que le alzara más allá de aquel universo pegajoso y traslúcido que apenas le dejaba respirar y mucho menos encontrar la dirección adecuada en la que volar.
Maravilloso  - pensó mientras intentaba en vano encontrar un punto de referencia -. Mi primer día con alas y voy a desaparecer más allá del mundo conocido por gastarle una broma pesada al mandamás de la bandada. Una forma perfecta de morir. Supongo que no voy a ser un héroe sino algo parecido a un mártir.
Seguía deslizándose en círculos hacia abajo. Hacia ese lugar donde pocas veces se aventuraban los de sus especie desde tiempos inmemoriales y del que casi nadie volvía. Los arcos que trazaba eran cada vez más amplios y el vapor de las nubes no le dejaba divisar el sol con claridad para utilizarlo de punto de referencia. La luz se diluía, se perdía en cientos de reflejos que oscilaban en una miriada de dorados y ámbares. Era como si hubiera sol por todas partes y a la vez no estuviera en ningún sitio concreto.
Preso de su propia desidia, Plasmiranthatas decidió dejarse llevar definitivamente a donde las nubes quisieran arrojarle. Estaba seguro de que su fin estaba cerca, de que nada había por debajo de los cúmulos que ahora le mantenían apresado, de que su existencia concluiría una vez que los hubiera traspasado, si es que llegaba a atravesarlos.
Comenzó a sentir como algunas de las plumas de la parte baja de sus alas se separaban y perdían con pequeños chasquidos. Era el precio de su broma.
Calentado repentinamente por el vapor de las nubes tras su lucha con el aire gélido, el cáñamo que las mantenía unidas se había acabado por romper. Vestigios de lo que unos minutos antes eran inmaculadas plumas blancas flotaban a su alrededor convertidos en irreconocibles y arrugados despojos.
¡Estupendo!, tardarán un mes en volver a salir. Pero qué digo - se corrigió a si mismo en sus pensamientos- para cuando salgan yo ya estaré muerto.

De esta forma tan poco halagüeña concluyó el primer día en que Plasmiranthatas dispuso de alas para poder volar.

martes, 18 de marzo de 2014

La Óptica de los Paisajes. Her View (yVI)


Empezó como empezaban todas.
Hablaron de trabajo, se desfogaron. Se desahogaron.
De la oficina, a la jefa, de la incompetencia a los recuerdos divertidos, de los consejos a las risas, del trabajo a la vida.
A la vida en general, sin nombres ni apellidos, sin sus nombres ni apellidos. A la vida, a los pensamientos, a los principios, a muchas otras cosas. A hablar de la imposibilidad de querer desde el primer momento, de dar poder a otros sobre ti, de ejemplos y teorías.
- Si yo te beso -dijo ella en un momento para ilustrar algo-
- ¡Ah, por fin has decidido besarme! -contesto él-.
Y el registro empezó a cambiar.
- Es cuestión de empezar dando -dijo él más adelante-.
- No me creo tu rollo. Te encanta que te quieran -contestó ella-.
Y el registro terminó de cambiar.
Pero nada cambio. No se pasó de la broma a la tragedia, no se mutó de la risa a la agonía. Las risas siguieron intercalándose, las heridas producidas por manos y armas de otros y de otras siguieron curándose.
Y la conversación terminó como las anteriores, como otras muchas, como otros momentos compartidos de diversión y conocimiento, como otros muchos momentos de puzles incompletos.
- Me he divertido -dijo ella al despedirse. Y a él no le sonó como que faltaba algo-.
- Hasta el lunes. Te quiero -dijo el al despedirse. Y a ella no le sonó como si sobrara algo-.

Llegó a casa y se hizo la foto. Ya casi era un ritual. No esperaba nada. Al menos no nada diferente. Sin mirar previamente el resultado, proyectó la instantánea sobre la pared. El timbre sonó. Arqueó una ceja.
- Buenas noches -le saludó la voz del viejo dependiente de la tienda de fotografía acercándose en extremo a la mirilla de la puerta- se dejó esto -agitó un monedero delante del círculo de luz que era la mirilla-.
Ella Abrió para recogerlo y darle las gracias. ÉL hombre entró en la casa como si le hubieran con la misma naturalidad que tendría alguien que había sido anunciado en una recepción oficial de una legación diplomática.
- Curiosa instantánea -dijo mirando la fotografía proyectada en la pared-.
Solo entonces ella se fijó en la fotografía. Esperaba un mar infinito, como el alma de un niño, y un solo árbol desnudo pero vivo en la orilla pero vio otra cosa.
- Ayer no era así -masculló sorprendida-
- Los paisajes es lo que tienen, querida -y ese querida sonó como llegado de una conversación tenida en una puesta de largo victoriana- que cambian.
- Con el tiempo, lo sé.
- Y con la lluvia, querida, y con la lluvia - la miró con unos ojos que parecían saber y divertirse, conocer y sufrir- El tiempo no le sirve de nada a los paisajes si no se les riega de vez en cuando -ella tomó aire para hablar, pero calló- aunque este es ciertamente un caso de floración asincrónica bastante peculiar . Habrá que aguantar al tronco florecido hasta que los pequeños brotes del otro consigan igualarlo. No veía algo parecido desde el Bosque de Hauntling. Era un bosque que estaba vivo -el hombre se embalaba- Aunque claro, Hauntling y Ada siempre tuvieron el problema del veneno.
- ¿Perdón? -replicó ella sorprendida sin poder apartar la mirada de la fotografía proyectada en la pared.
- Es una historia larga. Si me lo recuerdas otro día te la cuento, querida. En fin que, por experiencia sé que en estos casos los que florecen pronto suelen aguantar a poco que se les riegue. Soy botánico aficionado, ¿sabías? Hay que confiar en que la floración aguante el tiempo suficiente con el riego. Tiempo, confianza… Fe, espera… Ya sabes, esos equilibrios raros que necesitan los paisajes. Bueno, me voy.
Y salió por la puerta como quien hace un mutis por el foro en una representación de una comedia shakesperiana.
Ella miró la pared y sonrió. El IPhone trinó. Solo por salir de su ensimismamiento lo miró.
  
Tejedora @nohelu                               1 s
Cada segundo de tiempo que me das es una gota de lluvia que te ganas.

No sabía quién era. Seguramente algún avatar absurdamente filosófico que seguía por alguna frase acertada o algún varón intenso fingiendo ser mujer para ligar o algún cínico. No le importaba. Había dado en el clavo. Respondió sin querer.

Diosa Fortuna @diosafortuna              1 s
@nohelu  Confianza y tiempo rehacen los paisajes.

Apagó el proyector mientras el IPhone le trinaba las respuestas. Ignoró a la  mujer  escrutando el horizonte, al tipo con el ceño fruncido, al vaquero con las gafas ahumadas, a Mae West, a la actriz porno nacida en Cincinnati, a los tres gatos, al  dragón de la lluvia y al Lago Ness.
Ignoró al número vagamente contable de narices, ojos, labios, lenguas, piernas y sonrisas.

Se durmió con la imagen y quizás con una sonrisa en los labios. Nadie sabe lo segundo. No había nadie allí para contarlo.



L@S SINCUERPO
JINETE
- ¿Y él? üü
NOMUERTO
- Ya he estado en ello. No me presiones   üü

lunes, 17 de marzo de 2014

La Óptica de los Paisajes. Her View (V)



Sus manos volaban, se movían solas, ejecutaban una danza antigua e inconsciente en la más completa oscuridad. Apenas tocaban la película, colocaron las espirales, agitaron y golpearon las cubetas. Siguieron los tiempos y las formas que creía olvidados para siempre revelaron, fijaron, y colgaron. Era como si la oscuridad la hubiera movido en el tiempo, la hubiera trasladado a un lugar al que nunca había pensado volver.
Y la luz volvió mientras usaba  el secador de pelo, la ampliadora, la lupa, el marginador, herramientas que no utilizaba desde sus primeros cursillos de fotografía. Y al cabo de horas que podía haber sido minutos o días las tenía todas.
Las miró como el que mira una procesión de Semana Santa. Como quien se encuentra con la Santa Compaña.
Almas. Paisajes.
Se separó para contemplarlas en su conjunto. Nada parecido a lo que adornaba su salón. Nada parecido a dos viejos libaneses paseando por Belén.
Paramos yermos, praderas florecientes, enredaderas que tiraban de robles impidiéndoles crecer, árboles tan alejados en los márgenes de la imagen que apenas podía considerarse que formaban parte del mismo paisaje, inmensas sequoias que tapaban el sol a delgados álamos, sauces retorcidos sobre sí mismos. Un mar, un faro zarandeado por las olas, una ciudad devastada, árboles que entrelazaban una sola rama, tocones caídos, cedros hendidos por un rayo…
- Me gusta el mar -la voz del hombre la sobresaltó, ¿de dónde había salido?- es plano, infinito, sin navegar. Como el alma de un niño.
Eso era. Le sorprendió que no le sorprendiera que el hombre hubiera acertado de pleno.
- Muchas gracias -dijo ella mientras recogía las fotos, ya secas de sus emplazamientos- ha sido usted muy amable. Ha sido divertido.
- Un poco vacíos los paisajes, ¿no le parece?, ¿no les falta algo?, ¿aunque a lo mejor les sobra? No sé.
- No todos los paisajes tiene árboles -ella sabía porque lo decía, pero intentó que pareciera algo casual, algo insustancial-.
- Pero pueden tenerlos -comentó el hombre con la misma indiferencia mientras rebuscaba algo debajo de la vieja mesa de madera que estaba en el cuarto de revelado-.
Y ella volvió a mirar el conjunto de las imágenes.
En el páramo eran dos huecos lejanos, como cráteres apenas diferentes del resto de la tierra yerma, en otros paisajes había unas ramas caídas, en otros eran puntas de raíces que sobresalían apenas inundadas por brillantes girasoles, en otros había uno seco en la montaña y otro roto en el centro un campo de juncos, en otros no se veían pero se intuían en las lindes de un rio o de un lago. Pero en todas las imágenes, de una manera u otra… Menos en el mar. Pero el mar era el alma de un bebé.
- Una foto es un momento, un instante -dijo el hombre sacando la cabeza de debajo de la mesa con una cuerpo de cámara en la mano- El tiempo cambia las cosas. Siempre lo hace. Tome -le tendió el cuerpo de la vieja cámara. Era digital, pero de las antiguas Ella arqueó una ceja- . Es un modelo raro, lo hicieron para que pudieran aprovecharse las ópticas de los viejos modelos de película. Ya se sabe que la óptica es siempre lo que importa. Así no tendrá que gastarse el dinero en revelados. Es el pago por cuidarme la tienda.
Se fue con las fotos en un sobre, el trípode bajo y la sonrisa del hombre grabada en su memoria. Amanecía. Había pasado la noche en vela.
Desde el bolsillo del abrigo  su IPhone con su trino le recordó su existencia. Lo miró.

Lo hago así @lohagoasí      5 s
Hoy es lunes y los espejos siempre muestran las cosas al revés. Haceos una foto y me contáis.

¿Por qué recibía siempre aviso de sus tuits? Tenía que revisar la configuración de su cuenta. Recordó que no había pagado. Se giró y vio a través del escaparate al viejo dependiente estaba concentrado en su móvil. La ignoró.

L@S SINCUERPO
RAMHATA
- ¿Se hará la foto? 
 NOMUERTO
- Ha bailado tu danza con las manos en la oscuridad ¿tienes alguna duda??  
JINETE
-  La muerte te vuelve críptico, viejo amigo  
ANGEL DE PIEDRA
- ¿Y el otro?, ¿qué pasa con el otro?  
NOMUERTO
- Llevas eones parado en un cementerio, chaval. Dime algo que no sepa sobre el tiempo  
JINETE
- Y soberbio, también te vuelve soberbio. Me gusta   

 Y se la hizo. Hizo lo que ni en la rabia, ni en el miedo, ni en la pena o la locura había hecho. Usó los viejos objetivos de la Minolta tocada por la muerte para retratarse.
Un mar infinito, como el alma de un niño, y un solo árbol desnudo pero vivo en la orilla.
Durante toda la semana se la hizo una y mil veces.
En BestDay todo seguía igual, Ni una referencia al sms, ni un cambio de actitud. Seguían siendo ellos, seguían siendo ella y él. Ocurría a veces. Ocurría siempre. Hacían las cosas y luego era como si no las recordaran. Ella se apartaba y él la seguía. Él se retraía y ella le sacaba de ese retraimiento. Hablaban, bromeaban. Él la saludó con un texto, ella le dio los buenos días con una fotografía. Todo seguía igual.
Pero cada día repetía la foto. La hizo con un 75-30, la hizo con un gran angular, con un ojo de pez. La repitió una y mil veces con el 50 desde todos los ángulos posibles. Cambio las luces, estudió las sombras, modifico los fondos. La preparó a conciencia.
Hasta hizo la locura de tirar de teles y de zooms. Preparó un 500 con remoto en la terraza y se fotografió casi a un kilómetro de distancia. Se movió justo en el momento disparo, le llamó por teléfono mientras se retrataba…
Un mar infinito, como el alma de un niño, y un solo árbol desnudo pero vivo en la orilla. Siempre igual.
No es que la obsesionara, no es que la preocupara. Pero quería hacerlo.
Incluso le sacó a él, a escondidas, una foto con la Minolta muerta.
Un mar infinito, como el alma de un niño, y un solo árbol desnudo pero vivo en la orilla.

Y llegó el viernes. Y llego el tuit.


Y llegó la tarde. Y llegaron las copas. Y llegó la conversación.