domingo, 29 de junio de 2014

Las Raíces de Hautling (III)

Los hay que creen que la parte más sensible de los árboles son las hojas y las flores. Se equivocan. Son las partes más bellas y más efímeras de los entes arbóreos, pero desde su nacimiento hasta el final de su ciclo de existencia saben que su función es lucir y mostrarse. Y eso es lo que hacen.
Carecen del impulso necesario para desarrollar el sentimiento. El dolor no se muestra, el sufrimiento no otorga belleza. Así que hojas y flores no sienten, tan solo viven en la más perfecta de las armonías consigo mismas hasta el instante mismo en el que dejan de hacerlo.
La voluntad de un dios muerto puede hacer a una flor querer ser más bella, puede hacer a una hoja querer ser más brillante. Pero no puede hacerlas sentir. Eso ni Hautling puede hacerlo.
Otros piensan que el sentimiento de los seres arbóreos radica en sus raíces pero se equivocan. Las raíces se hunden en la tierra, se pierden de la vista de hombres y de árboles. Están ciegas. Sólo ven los principios y saben los finales. La tierra las arrulla haciéndolas inmunes a la capacidad de sentir. Viven ancladas al sustrato que ha sido su comienzo y que es el final. El conocimiento evita el sentimiento ¿Para qué hacer nada si el destino es idéntico al origen?
La esencia de Anares no sirve para nada cuando se es incapaz de contemplar los espacios intermedios de la vida.
La mayoría desprecia el tronco de los árboles como algo que es consecuencia lógica de sus raíces y un camino necesario hacia sus hojas, sus flores y sus frutos. Para ellos el tronco es una vía desde la necesidad hasta la belleza y como todo camino no tiene valor en si mismo.
Pero claro, eso lo opinan los humanos, que no necesitan de la voluntad de un dios caído para moverse.
El Tirón de Veneno, que luego Ada bautizaría como el Impulso Nocivo, sacudió en primer lugar el centro mismo de su ser, es decir su tronco.
Todo tipo de seres han escuchado llamadas a lo largo de los incontables eones que han pasado desde que el penúltimo dios exhaló su último aliento. Humanos han sentido llamadas alienígenas; animales han sentido la llamada de la sangre e incluso algunos han creído sentir la llamada de los dioses en sus mentes, sus oídos o sus testículos, que en muchos casos resultan ser lo mismo.
Desde el Grito de Craning hasta la Llamada del Sinaí, todas esas voces han impelido a los seres vivientes a hacer algo. A agruparse, a replegarse, a marchar, a matar o a morir e incluso a obligar a que  otros los maten. A comer o a ayunar, a sangrar o desangrar; a inmolar o a sacrificar, a correr o a parar; a huir o a atacar. A matar en la hoguera o a morir en la cruz.
Todas las llamadas, las voces y los mensajes han obligado a actuar de una manera determinada. Todas menos el Tirón del Veneno.
Lo primero que Ada sintió en el centro de su corteza fue la inmovilidad, como si todos los pequeños resquicios de su revestimiento, por los que habitualmente manaba su sinuoso perfume, se estuvieran cerrando. Como si la brisa que la voluntad de Hautling hacía fluir por el bosque dejara de tocarla. Si hubiera tenido ojos hubiera podido comprobar que sus ramas seguían meciéndose en el arrullo del viento otoñal templado que la voluntad común de Hautling había elegido para ese momento. Pero Ada era un árbol y no tenía ojos y por ello sintió como si sus ramas se hubieran detenido repentinamente, como si no hubiera viento capaz de hacerlas regresar al movimiento que ella deseaba, que su estancia en el bosque del dios muerto le permitía elegir.
Y luego sintió el frío. No era el frío exterior que a veces eligen los árboles de Hautling para poder llevar a cabo sus ciclos naturales que ni siquiera su voluntad pueden evitar. Era un frío interno, que partía del mismo centro de su ser.
Un frío que convertía su olor en algo estancado, enfermizo, en algo que impedía mover las hojas, las ramas y las raíces. El frío le impedía reconocer su propio aroma y le apartaba de los de Hautling, le apartaba de los estallidos de luz que eran los árboles de Azahar; de los calidos abrazos que eran los sauces; de las pertinaces insistencias que aportaban los manzanos. Sólo podía recibir el perfume interior que no reconocía. El olor de su propia podredumbre.
Cuando fue incapaz de reconocerse, cuando fue incapaz de sentir nada salvo su ser retorcido sobre su propio tronco empezaron las voces.
Eran voces lejanas. Voces imposibles, voces que llegaban a la vez desde el horizonte más lejano y desde el interior más cercano era como si la lejanía fuera el eco de su interior o cu interior fuera la respuesta a esas voces.
Fue entonces cuando reconoció la procedencia de aquella llamada. Cuando pudo escuchar la sibilante lengua de los álamos negros contrapuesta con el airado griterío de los eucaliptos. Lo supo. Cuando escucho los timbres histéricos de las acacias de hojas aserradas en asonancia constante con los graves tonos de robles añejos y pinos perennes, conoció el origen de las voces. Cuando distinguió los agudos chillidos de los acebos resonando en discordancia con las cansadas voces de los chopos, descubrió quien la estaba llamando.
Cuando recordó el olor del veneno supo que el Bosque del Norte la estaba llamando.
“la voluntad no es la respuesta. Es la trampa”. El Bosque del Veneno repetía una y otra vez su llamada, con la insistencia de los que esperan ser obedecidos, con el anhelo de los que ansían tener el poder de imponer sus órdenes, con la superioridad de los que creen conocer el destino del mundo.
Y esa repetitiva insistencia enfriaba la voluntad de Ada hasta conseguir privarla de la sensación de poseer esa voluntad que la inmolación voluntaria de un dios añejo la había regalado.
La salmodia constante que atravesaba su tronco como una letanía de falsa conmiseración y de miedo la impedía oler otra cosa que el olor del propio veneno que llevaba en su interior, de la herencia de las aguas y las tierras del Bosque del Veneno.
Eres de los nuestros, decían los armónicos de las acacias; llevas nuestro veneno, no puedes evitarlo, contrapunteaban los chopos; no puedes evitarlo, disonaban los acebos. No tienes donde ir, salmodiaban los eucaliptos.
Pliégate, resígnate, ocupa tu lugar entre nosotros y envenena el aire, repetían todos al unísono y la cadencia volvía a repetirse en cada anillo, cada rama y cada hoja de Ada hasta que el movimiento se hacía imposible.
Cuando el veneno invade al aire el único movimiento plausible es tratar de contener la respiración.
Y así pasó días y noches. Parada en el límite externo del calvero que quería abandonar. Ciclos marcados por la voluntad común de Hautling no por la suya. Ada no podía acceder a su propia voluntad. La Llamada Nociva se lo impedía.
La Voluntad Común de Hautling, surgida de las ínfimas partes  de voluntad propia que cada árbol cedía para organizar mínimamente el entorno, gobernó la vida del sándalo que era Ada mientras no esta no podía hacer nada por sí misma. Mientras el Tirón del Veneno intentaba arrastrarla lejos de su elección, lejos de su movimiento y mantenerla congelada en el frío de su propio veneno.
Pero la voluntad de un dios es más fuerte que la llamada cualquier bosque por venenosa que se la masa arbórea, por muerto que este el dios. La Voluntad de Hautling era la voluntad de un mundo por seguir en movimiento. Eso no habría podido pararlo la ponzoñosa letanía del Bosque del Veneno incluso aunque Anares no hubiera muerto allí, incluso aunque el Señor de La Voluntad no hubiera existido nunca.
Hautling no interfiere, Hautling no lucha y no se enfrenta a aquellos que le muestran miedo, rencor o inquina. Hautling se limita a vivir. A vivir y a moverse.
Pero ese movimiento es su propia forma de lucha, de resistencia, de victoria. Las normas que rigen Hautling son sólo conocidas por aquellos de sus moradores y solamente por aquellos de ellos que recurren o han recurrido a ellos. Pero solamente aquellos que ellos que recurren a su propia voluntad pueden solicitar el apoyo del Bosque de Anares.
En mitad del frío, en mitad del hedor de su propio veneno, que atestaba y arrasaba sus poros, Ada tuvo un momento en el que recordó su voluntad. Algunos de los habitantes vegetales del Enjambre Verde, como era conocido Hautling en las leyendas de las praderas, dirían que había sido por el impulso del bosque; otros dirían que fue por la fuerza  Anares y otros susurrarían que Ada recordó su donada voluntad porque recurrió a su propia conciencia.
Nadie lo sabe con certeza, ni siquiera Ada, pero lo cierto es por un instante un solo pensamiento recorrió su ser de madera y sabia y poseyó todas las fibras de su nudoso tronco, sus rectas ramas y sus volubles hojas. Recordó el salto que la llevó del límite meridional del Bosque del Veneno a la linde septentrional de Hautling en ese día en el que la Selva del Empeño decidió abandonar el norte después de acogerla en su seno.
Recordó que nadie podía quitarle eso y recordó que siempre lo había recordado. Los árboles no olvidan nada, simplemente se olvidan de que aún lo recuerdan.
Y entonces quiso saltar.
La engañosa y venenosa salmodia que llegaba del septentrión ponzoñoso se detuvo un instante cuando los que la cantaban contuvieron el aliento temiendo que Ada pudiera realizar lo imposible, pudiera escapar de su llamada, controlar su frío y su veneno. Recuperar su voluntad. No había pasado el tiempo de un latido humano cuando descubrieron su error y volvieron a entonar la disonante melodía que imponía el Tirón del Veneno al recordar que era precisamente esa llamada, constante y repetida, lo que mantenía a Ada incapaz de recurrir a su voluntad. Un latido después, se reanudó con más fuerza, intensidad y empuje. Un latido era demasiado tarde.
El movimiento de un bosque, de cualquier bosque, es demasiado rápido para que lo perciba el ojo humano. Todo vuelve a estar en la misma posición antes de que ningún humano haya sido capaz de atisbar que se ha movido. En Hautling, donde el movimiento era una forma de existencia, era una voluntad, la velocidad tendía siempre al infinito.
En tiempo humano se vivió más o menos así.
Cuando la sinapsis inconsciente que dispara un latido se encendió la tierra de Hautling se ahueco, se hizo más porosa por una lluvia que no había caído y que no había mojado el sustrato. Cuando esa sinapsis se apagó miles de gusanos surgidos de una podredumbre que no existían completaron el trabajo bajo las raíces de Ada.
Luego miles de manzanos florecieron al unísono y su embrujo de Azahar saturó el aire de un aroma tan intenso y delicioso que borro de los arbóreos sentidos de Ada el hedor de su propia podredumbre. El delicioso olor pudo aspirarse durante semanas hasta en el confín de las tórridas tierras de los Hijos de caos y en las gélidas murallas de los Chamanes de Hielo. El músculo que daba entrada a la sangre se había contraído.
La cavidad  superior de un corazón humano adulto no había tenido tiempo para llevarse de sangre cuando olmos, abedules y álamos se colocaron en formación imposible alrededor de Ada y comenzaron a acariciarla con sus hojas. La cavidad estaba llena cuando la voluntad de los robles y nogales generó un viento del sur que hizo apenas audible el rumor venenoso que llegaba del norte.
La sangre del humano que marcaba el ritmo de la guerra entre Hautling y el bosque del Veneno paso a las cavidades inferiores mientras sauces, madroños y sobre todos los cantarines árboles de las praderas enviaron su mensaje de viento y agua hasta el último rincón del bosque de Hautling y la Voluntad Común lo confirmó cuando el corazón se contrajo para expulsar el ardiente líquido vital. Cuando la última gota de sangre abandonó el músculo todo Hautling dio un paso hacia el sur. Y Ada saltó hacia delante libre por fin del Tirón del Veneno.


Un corazón humano latió de nuevo. En el mundo de los hombres no había pasado nada que pudiera verse y no percibieron la desazón del Bosque del Veneno salvo porque durante un momento hasta los lugareños sintieron una extraña dificultad para respirar. Por supuesto, ningún humano percibió ni la sensación de victoria de Hautling ni desde luego el alivio de Ada al recuperar el movimiento. Ningún humano ponía el pie en Hautling desde Lesskin y Hautling tampoco tenía muy claro que Lesskin hubiera estado entre sus lindes.
En cualquier caso, la guerra entre bosques había terminado.
La humanidad nunca percibió batalla alguna. Al menos eso dice Lesskin, pero ¿Quién está seguro de que Lesskin percibe a la humanidad de la misma manera que la humanidad se percibe a si misma?
Ada recuperó la voluntad que había recibido de la esencia nebulosa de un dios que eligió morir y recuperó el movimiento que esa voluntad le regalaba, pero no olvido la última frase que escuchara de la salmodia de la Llamada Nociva. La emitida en todo grave y acento socarrón por el más negro roble del Bosque del Veneno
- Llevas nuestra marca. Envenenarás todo lo que toques
El eco de esa frase resonó en sus oídos y no impidió que se moviera. No impidió que avanzara, pero convirtió su avance en una huida. Transformó a Ada en una sombra.
Una sombra con voluntad, pero una sombra.

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