Dentro de miles de años alguien tendrá la idea de pensar que
los cuerpos celestes son organismos vivos. Es posible que eso haya ocurrido
hace docenas de siglos. Pero los cuerpos celestes que albergan vida saben que
son organismos desde antes y mucho después de que alguien tenga la idea.
Jabalan lo sabía desde el momento en que el primer ser unicelular necesitó
comer en sus mares, desde que el primer microorganismo se fagocitó a si mismo.
Jabalan siempre supo que era un todo.
No era un caso único pero si era un caso extraño. Era un
planeta que orbitaba sólo en un sistema en el que había habido otros cuerpos
celestes. El se había movido fuera de sus órbitas y ellos fuera de la suya.
Jabalan tenía el don de la palabra como todos los astros y los seres siderales,
pero también tenía el don de la conciencia. Y eso le hacía extraño. Tan extraño
como un cometa que se hace a si mismo.
En mitad de los trinos, los rugidos, las voces, los sonidos
y los silencios que componían la melodía que lanzaba al espacio, el discurso
que clamaba hacia el éter, Jabalan sabía que la suya era una de esas melodías
inacabadas, de esas diatribas astrales sin conclusión porque había una nota que
faltaba. La entonaba con esperanza y esperaba que alguien la cortara, la
elevara, la completara.
Por eso y pese a eso escuchó la voz de Kanthra. Mucho antes
de verla la escuchó. Mucho antes de conocerla la soñó. El sueño de un planeta
es un terremoto.
Aguzó su oído estelar y pudo oír la voz, pudo atisbar como
la fuerza de la cola de fuego que impulsaba a Kanthra escondía la nota que le
faltaba a su melodía, la palabra que precisaba para su discurso, la nota que le
permitiría completar la sinfonía que la vida en su superficie se empeñaba en
entonar.
Jabalan era un todo pero nada de su todo podía ayudarle a
interceptar esa nota a traerla hacia sí. Si conociera al menos la canción y la
conversación que esa voz emitía. Entonces podría aclimatarse a ella.
Puede que los humanos no lo hagan nunca, puede que los
dioses lo hagan a regañadientes, pero Jabalan cuando no tuvo nadie a quien
recurrir, acudió a la única parte de él que no era él. Al único ser que todo
ser inteligente pretende evitar como aliado.
Como Jabalan era un todo acudió a aquel que viene de la
nada. Llamó a Lesskin.
Puede ser que entonces fuera joven, que fuera inexperto o
que fuera tan sumamente ególatra como lo es ahora con aquellos que tienen la
desdicha de conocerle. Puede ser que sólo sea una forma suya de contar la
historia, puede ser que todo sea mentira, pero Lesskin hizo lo que estaba
prohibido hacer, lo que nadie se atreve hacer, lo que, en teoría, es imposible
que pueda realizarse. Vamos, hizo su trabajo.
Abrió los brazos, sonrió a un planeta que giraba en torno
suyo y cambió el universo.
En un acto tan imposible como todos los que se empeñaba en
realizar apartó polvo estelar, limpio campos magnéticos, elimino interferencias
cósmicas, apartó cinturones asteroidales y privó al vacío de sus propiedades
físicas. Con un gesto creo un cono de sonido que trasladó la llamada de Jabalan
hasta el mismo borde exterior del ardiente manto ambarino que custodiaba e
impulsaba el viaje continuo y constante de Kanthra.
Quizás fuera por la fuerza del místico conjuro imposible del
hombre o por que la voluntad inquebrantable que Antares la dejara heredar tenía
fecha de caducidad. Quizás fuera por que la llamada del planeta que rotaba
tranquilo en una órbita constante y solitaria llegó más clara de lo que
debería. Pero Kanthra la escuchó.
Tal vez la sorprendió en uno de los pocos momentos en los
que, por intentar encontrar la respuesta que Sideria le había negado, Kanthra
no se encontraba atenta a no amar. Pero Kanthra, el cometa que se hizo a si
mismo, respondió.
Y la magia de Lesskin se desplegó en un estadio que ni
siquiera alcanzó jamás aquel que fue gris y luego se hizo llamar el blanco; que
nunca siquiera soñó el mago que se hizo dios ni el dios que se hizo mago. Tenso
el tejido del tiempo, abrió los hilos del espacio, enmaraño y desenmaraño los
movimientos celestes sin importarle las leyes que rompía en sus intentos. Cada
uno de sus movimientos cambiaba el ritmo del universo hasta que logró que lo
que no era factible fuera un hecho, que lo que las leyes de la probabilidad
reducían a cero se volviera numeroso e incontable.
Contrajo la luz, organizó el caos, desorganizo el orden,
cambio los polos de mil mundos y las mareas de los mares estelares que rompían
con fuego lo que el polvo del vacío contenía con frío.
La llamada de Jabalan, la respuesta de Kanthra y la magia de
un ser que no sabe hacer magia más allá del deseo de hacerla lograron
acercarlos, mantenerlos unidos, hacerlos orbitar el uno en torno al otro sin
que la gravedad de ninguno alterara los deseos del otro.
Los intensos calores del manto ígneo que era el cuerpo de
ámbar que portaba el cometa hicieron arder las órbitas exteriores del sistema
de Jabalan y calentaron en tanto su interior y su superficie que vio nacer
especies que no tenían previsto poblar lugar alguno.
Cada vez que se rozaban sus superficies el calor les cubría,
las hacia encenderse. Sus palabras cruzadas cambiaban tanto de dueño que ya
ninguno sabía por quien habían sido pronunciadas. Y su conversación se articuló
en un rito constante en el que cada frase era una nota nueva, un cántico
descubierto y abierto.
Kanthra sintió quizás por vez primera desde el tiempo en
maldito en que estaba en su hogar al límite del vacío infinito que era parte
del ritmo conjunto de la melodía que teje el universo, que su voz se escuchaba,
que sus palabras se entendían, que su conversación se seguía, que su canto se
amaba.
Y Lesskin contemplo la obra de los cuerpos celestes surgida
de su magia. Un proceso orbital complejo e imposible. Un sistema en el que todo
rotaba al ritmo de do seres siderales que giraban tranquilos, sin alterar sus
ritmos. Dos planetas que se hacían estrellas uno a otro reflejando el brillo de
aquel que giraba con ellos.
Jabalan siguió siendo planeta y Kanthra quiso serlo por fin.
Lesskin, cansado y satisfecho, se retiró a dormir
- Un bello sistema- comentó para si mientras apoyaba su rala
cabellera en un cojín de plumas surgido de la nada- Dos planetas que se hacen
estrellas el uno al otro. Es un bello sistema –sentenció con último bostezo-.
“Todo lo bello tiende a ser inestable” –La frase que alguien
dijo hace miles de años o que alguien pronunciaría dentro de cientos de siglos
le condujo hasta el sueño.
Nadie sabe cuanto durmió Lesskin. Bueno Ahkran lo sabe pero
no lo dice. Pero con cada ronquido, con cada agitado sueño, con cada
respiración entrecortada, el sistema que había ayudado con su impropia magia a
diseñar se fue quebrando.
Los creadores no piensan en la evolución, pero la evolución
existe pese a su ignorancia, pese a su fuerza, pese a su pasión.
Jaraban fue el primero en notarlo. La vida que bullía en su
superficie, la vida que era él, que le transformaba en un organismo volvió a
tirar de él. La quiso ignorar, la quiso repeler, quiso centrar su voz y su
conversación en la de voz de Kanthra.
Y Kanthra quiso cantar con la vida que bullía en el interior
de Jabalan, le buscó, le ayudo, pero las mareas seguían exigiendo atención, los
satélites seguían imponiendo solsticios y equinoccios, los humanos seguían
clamando por la luz, por la noche, por la vida y la muerte.
Y así llegó el invierno.
Las trazas mágicas de Lesskin se fueron diluyendo y todo lo
que había modificado para ayudara Kanthra y Jalaban volvieron a su sitio. Los
vientos estelares volvieron a rugir y golpear la espalda de Jalaban que modificaba
una vez y otra su orbita sedente para evitar que golpearan el rostro de
Kanthra. Las tormentas aullaban ocultando las voces de los dos cuerpos celestes
que se hablaban y a veces ni siquiera podían escucharse.
Jalaban lo sintió primero como un impulso y luego como una
realidad indeseada. No podía demorarlo más tiempo. Miles de seres morían cada
día abrasados en las costas de sus mares evaporados por el eterno calor de un
verano infinito.
Luego sintió que tiraba de él. Y se resistió pero al final
cedió. Cuando el invierno llegó para jalaban fue algo natural. Indeseado,
inoportuno, pero natural. Comenzó a rotar lentamente y espero que Kanthra lo
hiciera con él, como hacía todo lo que giraba en su sistema cuando él estaba
sólo. Como lo hubiera hecho un satélite. Pero el sabía que Kanthra era un
cometa, no quería que fuera otra cosa y nunca deseo que lo fuera. Ella no
giraría.
Con el agua y la nieve que recordó a la vida que hacía de
Jabalan un organismo la tristeza de la vida, el planeta que llamó a gritos a un
cometa tan grande como él se vio obligado a dar la espalda a quien le hablaba.
Y Kanthra siguió hablando, siguió conversando y cantando
pero los sonidos de Jabalan cada vez llegaban más lejanos. Ya no estallaban en
su interior. Lo hacían a parsecs de distancia como las flechas de un arquero
ciego, como los gritos de la Madre Desmedida.
Jalaban lo sabía y gritaba su rabia y cantaba su deseo en un
intento de que Kanthra lo comprendiera, de que pudiera esperar el tiempo
suficiente para que el ciclo de su lenta rotación de planeta habitado cubriera
con su rito y le permitiera estar de nuevo frente a ella.
Pero cada ciclo se retrasaba. Las placas de su corteza se
rasgaban desde dentro, los vientos de su atmosfera se calentaban más de lo
necesario negándole el aliento y luego se enfriaban de pronto congelando el
éter que le daba la vida.
Vio llegar los asteroides y no se apartó. Mejor en él que en
Kanthra. Observo como el polvo etéreo del espacio flagelaba su aire y carcomía
su corteza y le dejó hacerlo. Mejor él que el cometa que estaba a sus espaldas.
Quiso seguir hablando pero perdió la voz cuando la lluvia candente de meteoros
impactó en sus entrañas y segó sus fuentes. Pero aún así, todo era mejor que
consentir que ardieran en el cuerpo de Kanthra. Así al menos podía protegerla.
Pero se equivocaba. Erraba como erró el mago que dormía al
no prever el giro de los cuerpos cuya naturaleza eterna es ese mismo giro.
Un planeta que rota no está acostumbrado a dejar nada a sus
espaldas cuando la rotación le lleva a dar la cara a otro lado del vacío que
anega el universo. Por eso nunca se cubre las espaldas.
Y Kanthra, que no sabía eso, quiso hacer lo mismo que hacía
Jabalan con todo lo que atacaba la retaguardia de aquel que la había hablado y
ahora no lo hacía, de aquel que había completado su melodía con ella y ahora no
cantaba.
Un quasar hubiera recurrido a la luz, una nova hubiera
echado mano del una explosión, un pulsar se hubiera refugiado en la fuerza
magnética que le hace encogerse, un agujero negro se hubiera escondido y
pertrechado de tiempo. Pero Kanthra era un cometa, un cometa que por voluntad
se había puesto en movimiento y que por voluntad había decidido detenerse, pero
era un cometa.
Cuando se vive por ti mismo sólo puedes recurrir a ti mismo.
Kanthra quiso ser ella y recordó que el humano durmiente le había dicho que no
podía dejar de amar, así que recurrió a la única manera en la que había hablado
antes de hablar, a la única forma en la que había amado antes de amar. Optó por
el silencio.
Luchó pero no habló. Vio como su ardiente manto de magma
ambarino se apagaba pero no dijo nada; percibió con los vapores sulfurosos de
sus entraña se diseminaban por su alma como un veneno ardiente y carroñero pero
permaneció en silencio. Recibió los impactos de estrellas errantes y fugaces
fragmentos de púlsares que reclamaban su espacio entre los cuerpos celestes que
en otro tiempo se habían hecho estrellas el uno al otro y mantuvo el mutismo de
su voz y su alma.
Y así un día, mientras Lesskin soñaba dijo una palabra y
reemprendió el viaje. Un cometa puede permanecer parado cuando su voluntad así
lo quiere, pero no cuando su naturaleza se lo prohíbe.
Esa única palabra fue oída por Jabalan más allá de los
atronadores tormentos, mas allá de los ensordeceros ruidos que poblaban su
atmósfera. Dio igual que fuera dicha a su espalda. Había sido dicha por
Kanthra.
Ignoró su rotación, sus ritmos y sus males y se giró en un
movimiento prohibido a los planetas. Mato la mitad de la vida que albergaba en
su seno. Hizo chocar las mareas contra las montañas, las nieves contra los
desiertos, desplazó de un solo movimiento las auroras de polo y los hielos de
sitio, pero se giró.
Por cansado que estuviera, por profundo que fuera su sueño,
Lesskin se vio obligado a despertar. Se vio obligado al llanto.
Cuando contempló lo que había sucedido quiso usar la misma
magia, la misma fuerza incontenible que había forzado para construir el sistema
para repararlo, pero una voz dura y aterciopelada se lo impidió. Se giró
sabiendo que a sus espaldas habría alguien montado a caballo con un turbante
negro en un caballo negro.
- Lo que sirve para crear no sirve para reparar. Créeme, yo
lo sé.
Lesskin asintió en silencio y señaló al cielo. Kanthra
estaba detenida. Por primera vez desde que naciera como la escisión de otros
que giraban, estaba detenida.
La naturaleza de los cuerpos celestes es el giro, es el
movimiento. En ocasiones es lento y constante, en ocasiones rápido y
tumultuoso. Hay veces que no les lleva a ninguna parte y en ocasiones les conduce
de un confín a otro del universo. Pero el movimiento de un ser sideral es la
vida. Pararse es morir.
Jabalan percibió también parada a Kanthra. Supo que sin la
rotación que calentara su manto abrasador, sin la traslación que fundiera los
hielos de su vientre, sin el giro que dispersara los vapores de sus entrañas,
Kanthra estaba muerta.
Sus órbitas aún se tocaban, aún se rozaban, pero estaban lo
suficientemente alejadas como para ser incapaces de sincronizarse, como para no
desear hacerlo, como para permanecer varadas en el mar del vacío antes de
atreverse a reemprender un movimiento que les había llevado a una situación
insostenible. Al cataclismo planetario y la muerte estelar.
Jalaban lo sabía, así que decidió detenerse y morir con
ella. Sus órbitas aún se tocaban.
Ni toda la magia de un ser que no posee magia puede impedir
el estancamiento, puede evitar el caos. De modo que Lesskin, olvidó sus títulos
y sus honores, ignoró su orgullo y su dignidad, arrinconó sus ironías y
desterró sus sarcasmos e hizo lo único que separa a Lesskin de los dioses.
Pidió ayuda.


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