- No puedo arreglar esto – señaló vagamente El Dios Errante
al planeta que permanecía en eterna galerna porque no sabía estar parado- Hazlo
tú. Yo voy a pedir algún favor.
Mientras veía alejarse el caballo alazán en el que el Dios
que nunca quiso Serlo se remontaba hacia el cielo, Lesskin suspiró y se sentó
en una roca, la única que no se movía a su alrededor.
Durante el tiempo siguiente calló y esperó.
Jalaban seguía parado, seguía con su habla y su escucha
puesta en la inmóvil Kanthra, en su corteza cada vez más fría, en sus entrañas
cada vez más secas, en su centro cada vez más inmóvil.
Kanthra no se movía y moría. Kanthra no se movía y lloraba.
Las lagrimas de un cometa son fuego, las de Kanthra, parada y silenciosa, eran
sólo cenizas.
Y todas caían en la tempestuosa e inmóvil superficie de
Jalaban. El planeta parado las veía chocar contra sus riscos, hundirse en sus
mares en constante y furioso moviendo incontenible, fundirse en sus magmas.
Cada una de ellas se hacía roca, cada una de ellas se transformaba en un ser
que era parte del cometa que yacía parado.
Y como Jabalan era un organismo exigió a todas sus partes, a
todos sus miembros, a todos los que eran vidas parte de su vida, recuperarlas,
ayudarlas, sanarlas.
Resucito a héroes y diose muertos para que hicieran el
trabajo. Envió a hombres que lloraban mares a que las recuperaran, a cazadores
capaces de dar vida a la piedra a que las encontraran, a guerreros sin alma a
que las protegieran, a caballeros devorados por dragones a que las vigilaran, a
robles capaces de hablar y de moverse a que las sanaran.
Convocó a dioses y verdugos para llegar a todas y cada una
de las lágrimas que Kanthra enviaba sobre él. Mágicas tejedoras intentaron
reconstruir los hilos de sus vidas, gobernantes antiguos, demonios y hasta
ángeles fueron en su busca. A algunas las sanaron, a otras las rescataron y a
algunas las protegieron. Pero Kanthra siguió varada en el puerto que su
ficticia órbita había marcado en el vacío. Kanthra seguía muerta.
Sus lágrimas podían ser recuperadas, pero ella no. Seguía
demasiado lejos.
Cuando Jalaban llego a ese desesperado convencimiento fue el
momento en el que Lesskin se decidió por fin a dejar de contar los pétalos de
las flores que surcaban el viento embravecido como látigos y decir algo.
- Te equivocas, chaval –dijo, ignorando que le hablaba a un
planeta- está demasiado cerca.
- No puedo ayudarla –el rugido de los mares se intensifico.
La rabia de un planeta parado por ser algo inusitado no era algo precisamente
que nadie deseara ver.
Jalaban se resistió al principio, pero lo hizo. Utilizó su
voz y comenzó a entonar la melodía que había enviado a Kanthra, el discurso que
había lanzado al éter cuando ni siquiera había percibido la voz que ahora
formaba el único argumento de sus armonías.
Como, aunque los humanos llevaran siglos sin saberlo e tardaran
eones en conocerlo, era un organismo su voz estaba hecha de otros miles de
voces. Sus armónicos eran los gritos silenciosos de tres seres muriendo sin
razón en la puerta de un templo dedicado a algún dios, los llantos felices de
niños naciendo con los ojos cerrados, las palabras calladas de una traición,
los guiños susurrados de una conspiración, los gritos ciegos del odio
incomprendido e incomprensible, los jadeos constantes del amor, las peleas en
las tabernas, los ritos y los mitos olvidados tras olvidar a los dioses a los
que eran debidos, los rugidos de esfuerzo y los soplidos de cansancio, los
trinos que avisan del depredador y los bufidos que se defienden de él.
Y en su canción seguía faltando una nota. Seguía faltando
Kanthra.
Y Jalaban comprendió que su canción nunca había estado
completa y nunca lo estaría. No podía cantar la nota que Kanthra le había dado.
Como mucho podía callarse y que ella la cantara por él.
- Pero ahora está callada. Esta parada. Está muriendo –la
desesperación volvía-
Y Jabalan comprendió y quiso comprender y quiso comprender
por qué lo comprendía. La voluntad genera bucles infinitos.
Los mares volvieron a su seno, furiosos y excitados, pero a
su seno. Las montañas dejaron de moverse y Jalaban volvió a girar despacio y a
desgana pero a girar, al fin y al cabo. Y su órbita dejó de rozar, de llamar,
de clamar por la Kanthra. No sabía si eso servía para algo pero se suponía que
tenía que hacerlo.
Tras la desesperación, tras el silencio, tras el habla y la
melodía inacabada. Tras el estatismo y la muerte. Jalaban hizo lo que tenía que
hacer todo cuerpo celeste con otro que se aleja. Consintió que se fuera. Acabó
la conversación. Puso la última nota a esa melodía.
- Pero ella sigue ahí. Sigue quieta –Kanthra apenas si había
percibido el movimiento, su cola de cometa seguía fría e inmóvil flotando junto
a ella, su superficie seguía siendo roca y no lava.
Mientras Lesskin reordenaba el mundo en el que combatirían o
habían combatido los mil dioses Akrhan hacia literal la frase cabalgar por el
firmamento. O quizás fuera antes o tal vez mucho después. Nunca se sabe como se
mueve el tiempo cuando los cuerpos celestes y los dioses están implicados en su
devenir.
Los que saben de dioses dicen que los mil dioses murieron y
eso es cierto, pero dicen que lo hicieron en la Guerra de Los Mil Dioses y en
eso se equivocan.
Atienne, Gabal, Sahure, Misteyl y Pavar no lo hicieron.
Escaparon del campo de batalla y se refugiaron en el único lugar en el que
ninguno de sus hermanos podía encontrarlos. En el éter que por entonces estaba
vacío, despoblado. Pidieron refugio a La Madre Desmedida y esta se lo negó como
les negaba todo a sus hijos. Los que saben de su existencia les llaman Los
Cinco Huidos y no les rezan ni les piden nada. Nadie espera nada de los
refugiados ni de los cobardes.
Pero saben que se alimentan del padecimiento de otros seres.
Que se hicieron llamar los Señores de La Tragedia y que siempre que el cosmos
asiste a un momento de infinito dolor, ellos están presentes para roer los
huesos del sufrimiento y masticar las piltrafas de la aflicción y el pesar.
Quizás fuera por eso por lo que El Jinete del Tiempo no se
sorprendió de verles tan cerca del lugar donde había estado el sistema que
antaño fueran un planeta y un cometa tratándose mutuamente como estrellas.
- Estáis aquí –la afirmación era una amenaza y el alfanje
desenvainando una advertencia- Ahora entiendo muchas cosas.
La cabeza de Atienne, Señor de la Desidia, cayó un segundo
después antes de que su indolencia le permitiera borrar la socarrona sonrisa de
su rostro. Las entrañas de Kanthra experimentaron una contracción que le
recordó por primera vez en cientos de rotaciones celestes que estaba viva.
Sahure gritó y se lanzó con las manos desnudas contra el
caballo del Dios Errante al ver caer a sus pies el cuerpo de su hermano con el
que había compartido durante miriadas de años exilio y huída. Y siguió gritando
mientras el Jinete del Viento se lanzaba contra ella. Los desesperados gritan y
maldicen y una maldición profundamente elaborada fue lo último que escapó de
los labios de la que otrora fuera adorada como Diosa de la Desesperación. El
arma de Akrhan brillaba con la esencia de otro dios muerto cuando abandonó el
cuerpo de Sahure.
- No me extraña que huyerais de la Guerra –se quejó el Señor
de los Vientos con desgana-.
El cometa advirtió la caída de la diosa huída como una
liberación en el fluir de su magma. Lentamente comenzó a borbotear, a fluir. Su
manto de fuego y ámbar comenzó a encenderse a sus espaldas.
Gabal había sido el último de Los Cinco Huidos que abandonó
el campo de batalla. No porque su valor y su dignidad se lo impidiera, sino
porque tardo casi un lustro más que sus hermanos en decidir en que dirección
huir.
Tras mirar la masacre que estaba provocando el arma de El Errante, hizo ademán de
postrarse para suplicar clemencia, paro a mitad del gesto y se giró para huir y
luego intentó agarrar a uno de sus hermanos para esconderse tras él. Estaba
decidiendo si ofrecerse de aliado a Akrhan o arrojarle una piedra cuando la
hoja afilada de su antagonista termino de cortar su cuerpo en dos. El Señor de
la Indecisión nunca se caracterizó por tener las cosas claras. Ni siquiera en
su muerte.
Misteyl fue la última en caer. La señora de la Desdicha
murió en silencio como había vivido. Sin decir una sola palabra. Su muerte hizo
cantar a Kanthra que no sabía que se había producido, pero que por primera vez
tenía ganas de hacerlo en mucho tiempo. Quizás el fulgor renovado de los
vapores de su seno, el frescor del hielo derretido sobre su superficie y la
renovada fuerza de su cola de cometa habían motivado esas ganas de canto. Eso
había ocurrido cuando Akrhan decidió por Gabal que era momento de unirse a sus
más de novecientos hermanos muertos.
El Que Nunca Quiso Ser Dios se volvió para enfrentar a
Pavar, Señor del Miedo, pero este ya no estaba.


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