domingo, 15 de junio de 2014

El Llanto de los Astros V


- No puedo arreglar esto – señaló vagamente El Dios Errante al planeta que permanecía en eterna galerna porque no sabía estar parado- Hazlo tú. Yo voy a pedir algún favor.
Mientras veía alejarse el caballo alazán en el que el Dios que nunca quiso Serlo se remontaba hacia el cielo, Lesskin suspiró y se sentó en una roca, la única que no se movía a su alrededor.
 La paciencia es una virtud aristocrática. Quizás la única que Lesskin no atesora con sus títulos. Pero se forzó a ella.
Durante el tiempo siguiente calló y esperó.
Jalaban seguía parado, seguía con su habla y su escucha puesta en la inmóvil Kanthra, en su corteza cada vez más fría, en sus entrañas cada vez más secas, en su centro cada vez más inmóvil.
Kanthra no se movía y moría. Kanthra no se movía y lloraba. Las lagrimas de un cometa son fuego, las de Kanthra, parada y silenciosa, eran sólo cenizas.
Y todas caían en la tempestuosa e inmóvil superficie de Jalaban. El planeta parado las veía chocar contra sus riscos, hundirse en sus mares en constante y furioso moviendo incontenible, fundirse en sus magmas. Cada una de ellas se hacía roca, cada una de ellas se transformaba en un ser que era parte del cometa que yacía parado.
Y como Jabalan era un organismo exigió a todas sus partes, a todos sus miembros, a todos los que eran vidas parte de su vida, recuperarlas, ayudarlas, sanarlas.
Resucito a héroes y diose muertos para que hicieran el trabajo. Envió a hombres que lloraban mares a que las recuperaran, a cazadores capaces de dar vida a la piedra a que las encontraran, a guerreros sin alma a que las protegieran, a caballeros devorados por dragones a que las vigilaran, a robles capaces de hablar y de moverse a que las sanaran.
Convocó a dioses y verdugos para llegar a todas y cada una de las lágrimas que Kanthra enviaba sobre él. Mágicas tejedoras intentaron reconstruir los hilos de sus vidas, gobernantes antiguos, demonios y hasta ángeles fueron en su busca. A algunas las sanaron, a otras las rescataron y a algunas las protegieron. Pero Kanthra siguió varada en el puerto que su ficticia órbita había marcado en el vacío. Kanthra seguía muerta.
Sus lágrimas podían ser recuperadas, pero ella no. Seguía demasiado lejos.
Cuando Jalaban llego a ese desesperado convencimiento fue el momento en el que Lesskin se decidió por fin a dejar de contar los pétalos de las flores que surcaban el viento embravecido como látigos y decir algo.

- Te equivocas, chaval –dijo, ignorando que le hablaba a un planeta- está demasiado cerca.
- No puedo ayudarla –el rugido de los mares se intensifico. La rabia de un planeta parado por ser algo inusitado no era algo precisamente que nadie deseara ver.
 - En eso tienes razón –Lesskin se levantó y se cruzó de brazos como si la eterna galerna que la forzada detención de Jalaban no fuera con él – sólo se tiene a si misma. Sólo está Kanthra. Es un cometa.
 - Yo también –El dolor tiende a ser recalcitrante- Estoy mudo. Estoy sordo.
 - Tienes tu canción –y Lesskin dio un salto que le mantuvo suspendido en el aire. Arqueó el cuerpo para dejar pasar un tronco que surcaba el aire a velocidad de colisión estelar.
 - Ella es mi canción
 - ¡Patán! –Sentenció el individuo flotando en el aire- Ella es una nota. La mejor nota, quizás, pero una nota, ¡Escucha tu canción, recuérdala! ¿Qué cantabas, qué hablabas antes de que te encontrara?

Jalaban se resistió al principio, pero lo hizo. Utilizó su voz y comenzó a entonar la melodía que había enviado a Kanthra, el discurso que había lanzado al éter cuando ni siquiera había percibido la voz que ahora formaba el único argumento de sus armonías.
Como, aunque los humanos llevaran siglos sin saberlo e tardaran eones en conocerlo, era un organismo su voz estaba hecha de otros miles de voces. Sus armónicos eran los gritos silenciosos de tres seres muriendo sin razón en la puerta de un templo dedicado a algún dios, los llantos felices de niños naciendo con los ojos cerrados, las palabras calladas de una traición, los guiños susurrados de una conspiración, los gritos ciegos del odio incomprendido e incomprensible, los jadeos constantes del amor, las peleas en las tabernas, los ritos y los mitos olvidados tras olvidar a los dioses a los que eran debidos, los rugidos de esfuerzo y los soplidos de cansancio, los trinos que avisan del depredador y los bufidos que se defienden de él.
Y en su canción seguía faltando una nota. Seguía faltando Kanthra.
Y Jalaban comprendió que su canción nunca había estado completa y nunca lo estaría. No podía cantar la nota que Kanthra le había dado. Como mucho podía callarse y que ella la cantara por él.

- Pero ahora está callada. Esta parada. Está muriendo –la desesperación volvía-
 - Te lo vuelvo a decir, tarugo. – si un planeta arquera las cejas sería algo así como un cambio de estación inesperado. De repente el verano se hizo otoño- Sólo se tiene a ella. Sólo tiene una nota.

Y Jabalan comprendió y quiso comprender y quiso comprender por qué lo comprendía. La voluntad genera bucles infinitos.
Los mares volvieron a su seno, furiosos y excitados, pero a su seno. Las montañas dejaron de moverse y Jalaban volvió a girar despacio y a desgana pero a girar, al fin y al cabo. Y su órbita dejó de rozar, de llamar, de clamar por la Kanthra. No sabía si eso servía para algo pero se suponía que tenía que hacerlo.
Tras la desesperación, tras el silencio, tras el habla y la melodía inacabada. Tras el estatismo y la muerte. Jalaban hizo lo que tenía que hacer todo cuerpo celeste con otro que se aleja. Consintió que se fuera. Acabó la conversación. Puso la última nota a esa melodía.

- Pero ella sigue ahí. Sigue quieta –Kanthra apenas si había percibido el movimiento, su cola de cometa seguía fría e inmóvil flotando junto a ella, su superficie seguía siendo roca y no lava.
 - Yo no puedo hacer nada –se quejó Lesskin apartándose el despeinado flequillo de la cara- Creo que eso depende de un sujeto barbudo que cree que es un dios porque monta a caballo.

Mientras Lesskin reordenaba el mundo en el que combatirían o habían combatido los mil dioses Akrhan hacia literal la frase cabalgar por el firmamento. O quizás fuera antes o tal vez mucho después. Nunca se sabe como se mueve el tiempo cuando los cuerpos celestes y los dioses están implicados en su devenir.

Los que saben de dioses dicen que los mil dioses murieron y eso es cierto, pero dicen que lo hicieron en la Guerra de Los Mil Dioses y en eso se equivocan.
Atienne, Gabal, Sahure, Misteyl y Pavar no lo hicieron. Escaparon del campo de batalla y se refugiaron en el único lugar en el que ninguno de sus hermanos podía encontrarlos. En el éter que por entonces estaba vacío, despoblado. Pidieron refugio a La Madre Desmedida y esta se lo negó como les negaba todo a sus hijos. Los que saben de su existencia les llaman Los Cinco Huidos y no les rezan ni les piden nada. Nadie espera nada de los refugiados ni de los cobardes.
Pero saben que se alimentan del padecimiento de otros seres. Que se hicieron llamar los Señores de La Tragedia y que siempre que el cosmos asiste a un momento de infinito dolor, ellos están presentes para roer los huesos del sufrimiento y masticar las piltrafas de la aflicción y el pesar.
Quizás fuera por eso por lo que El Jinete del Tiempo no se sorprendió de verles tan cerca del lugar donde había estado el sistema que antaño fueran un planeta y un cometa tratándose mutuamente como estrellas.

- Estáis aquí –la afirmación era una amenaza y el alfanje desenvainando una advertencia- Ahora entiendo muchas cosas.


La cabeza de Atienne, Señor de la Desidia, cayó un segundo después antes de que su indolencia le permitiera borrar la socarrona sonrisa de su rostro. Las entrañas de Kanthra experimentaron una contracción que le recordó por primera vez en cientos de rotaciones celestes que estaba viva.
Sahure gritó y se lanzó con las manos desnudas contra el caballo del Dios Errante al ver caer a sus pies el cuerpo de su hermano con el que había compartido durante miriadas de años exilio y huída. Y siguió gritando mientras el Jinete del Viento se lanzaba contra ella. Los desesperados gritan y maldicen y una maldición profundamente elaborada fue lo último que escapó de los labios de la que otrora fuera adorada como Diosa de la Desesperación. El arma de Akrhan brillaba con la esencia de otro dios muerto cuando abandonó el cuerpo de Sahure.

- No me extraña que huyerais de la Guerra –se quejó el Señor de los Vientos con desgana-.

El cometa advirtió la caída de la diosa huída como una liberación en el fluir de su magma. Lentamente comenzó a borbotear, a fluir. Su manto de fuego y ámbar comenzó a encenderse a sus espaldas.
Gabal había sido el último de Los Cinco Huidos que abandonó el campo de batalla. No porque su valor y su dignidad se lo impidiera, sino porque tardo casi un lustro más que sus hermanos en decidir en que dirección huir.
Tras mirar la masacre que estaba provocando el arma de El Errante, hizo ademán de postrarse para suplicar clemencia, paro a mitad del gesto y se giró para huir y luego intentó agarrar a uno de sus hermanos para esconderse tras él. Estaba decidiendo si ofrecerse de aliado a Akrhan o arrojarle una piedra cuando la hoja afilada de su antagonista termino de cortar su cuerpo en dos. El Señor de la Indecisión nunca se caracterizó por tener las cosas claras. Ni siquiera en su muerte.
Misteyl fue la última en caer. La señora de la Desdicha murió en silencio como había vivido. Sin decir una sola palabra. Su muerte hizo cantar a Kanthra que no sabía que se había producido, pero que por primera vez tenía ganas de hacerlo en mucho tiempo. Quizás el fulgor renovado de los vapores de su seno, el frescor del hielo derretido sobre su superficie y la renovada fuerza de su cola de cometa habían motivado esas ganas de canto. Eso había ocurrido cuando Akrhan decidió por Gabal que era momento de unirse a sus más de novecientos hermanos muertos.
El Que Nunca Quiso Ser Dios se volvió para enfrentar a Pavar, Señor del Miedo, pero este ya no estaba.
 - Era de esperar –masculló mientras limpiaba el arma en sus ropas y azuzaba a su caballo- El miedo siempre huye. El miedo siempre vuelve. Y ahora a pedir ese favor que se me debe.

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